Enseñar el Holocausto a los jóvenes

La sociedad española, y no sé si afirmar que aún más particularmente la catalana, vive desde hace unos años una verdadera obsesión por colocar etiquetas, sobre todo políticas, a diestro y siniestro. Y una de las más utilizadas en estos últimos años ha sido la de “fascista”, aplicada a cualquier persona que osara levantar una voz discrepante en relación a la postura, “políticamente correcta”, en relación a lo que se supone que es la manera “progresista” de entender las relaciones con el Estado de Israel y, por extensión, a cualquier tema vinculado con el judaísmo y los judíos, sean o no ciudadanos israelíes. No caeré en la tentación de etiquetar yo también afirmando que la política oficial de los partidos que han gobernado Catalunya hasta hace unos meses, o la del que todavía gobierna desde Madrid, ha estado marcada por una orientación antisemita. Seré más suave y diré que ha sido “tensa”, “fría” o “indiferente” al tratar o enfrentarse a todo lo relacionado con Israel, las comunidades judías del país o su cultura que, en definitiva, es también, en buena parte, y aunque esto no guste a muchos, parte importante de nuestra.

Como no quisiera etiquetar, tendría que obviar el hecho de que en nuestro país hemos tenido que asistir a la visión, lo tengo que decir, lamentable, de contemplar a algunos de los miembros del antiguo equipo de gobierno catalán participando en una manifestación, pretendidamente en nombre de la paz, donde se gritaban consignas a favor de una organización terrorista, Hamas, y se levantaban pistolas simbólicamente antiisraelíes. O gritando a una cantante, Noa, sólo por ser ciudadana de un estado, Israel, actitud que está más en la línea de las discriminatorias leyes de Nüremberg, ideadas por los nazis, que en la que se esperaría que fuera la actuación de personas que se autodenominan de izquierdas y que, por tanto, se cuelgan la etiqueta de solidarios, pacifistas y progresistas. Siempre he dicho que me gustaría saber si habrían ido a insultar a Bruce Springsteen si hubiera venido a cantar a Barcelona en el momento en que los EEUU decidieron invadir Irak. Fuera etiquetas, así que debería pasar por alto el intento de anulación de los actos en conmemoración a las víctimas del Holocausto de 2009 como respuesta al ataque israelí en Gaza, mezclando groseramente la política totalmente discutible de Israel respecto al conflicto con el pueblo palestino con el Holocausto del pueblo judío, que ha marcado trágicamente la historia humana. Y defendiendo explícitamente unos gobiernos autoritarios y corruptos. A algunos de los progresistas y pacifistas miembros del gobierno del Tripartito (podría decir “pijoprogres”, pero no me gustaría que me pusieran la etiqueta de “pepera” por utilizar este calificativo, porque no lo soy y Dios me libre de serlo nunca ) les debió parecer que no era lo bastante políticamente correcto sentarse junto a judíos que viven y trabajan en nuestro país, muchos de ellos desde hace generaciones, y les debía incomodar recordar a los más de 6 millones de hombres, mujeres y niños inocentes que fueron víctimas del mayor genocidio organizado y sistemático que ha sufrido ningún pueblo a lo largo de la historia de la humanidad. Y quizá tampoco debería acordarme del malestar profundo de la comunidad judía de Barcelona en relación a la postura del Memorial Democrático, organismo dependiente de la Conselleria de Interior y que entonces tenía, mira por dónde, a Joan Saura al frente. Ponedme la etiqueta que os apetezca, no importa, pero creo que llevábamos demasiados años mezclando “el culo con las témporas”.

Con la llegada de CIU al gobierno de la Generalitat parece que cambiarán muchas  cosas y me temo que algunas de ellas no nos gustarán a los ciudadanos, ni siquiera a los que votaron el partido de Artur Mas con el convencimiento de que estos cambios eran necesarios. No hablaré aquí de las medidas que ya nos afectan directamente en nuestro día a día político, económico y laboral, ya sabemos que “pintan bastos” y no es la  la finalidad de este escrito.  Me refiero a un cambio que es posible que pase desapercibido para muchos, pero que considero que es un paso importante en la forma de presentar la historia a los chicos y chicas catalanes: la importancia y la necesidad de enseñar lo que fue la Shoah, el Holocausto a nuestros alumnos de secundaria. Y, sobre todo, de enseñarlo “per se”, como un hecho que merece un estudio individual, no solo como uno de los capítulos de la Segunda Guerra Mundial, sino como el episodio de la historia de los seres humanos que ha marcado de manera más trágica y trascendental nuestro devenir como tales.

El Holocausto no se puede enseñar de la misma manera que se enseña el desembarco de Normandía o el Pacto Berlín-Moscú, porque si bien su momento álgido tiene lugar en el marco de una guerra mundial, es producto de una ideología antisemita y judeófoba que existía mucho antes de la guerra. Es cierto que el conflicto bélico favoreció y propició el antisemitismo eliminador que soñaban los nazis, pero este ya existía bien arraigado en el pensamiento de sus dirigentes y en la sociedad alemana y de otros países europeos desde el siglo XIX como “solución final” a lo que se denominaba “el problema judío”.

El alcalde de Sort y diputado en el Parlamento por CIU, Agustí López, presentó una Propuesta de Resolución para que fuera discutida y votada en la Comisión de Educación y Universidades para que el Gobierno llegue a acuerdos con Casa Sefarad, organismo dependiente del Ministerio de Asuntos exteriores, de forma que los profesores de secundaria (en principio parece que serían los encargados de la materia de historia) puedan formarse para enseñar a sus alumnos qué fue el Holocausto y cuál ha sido su repercusión en la historia de la humanidad. A partir de la enseñanza del Holocausto a los chicos y chicas catalanes, se podría abordar también el conocimiento de otros genocidios practicados a lo largo del siglo XX.

López expuso que “el conocimiento de la historia de la humanidad es uno de los fundamentos de la cultura” y, a la vez, “una herramienta imprescindible para el libre desarrollo del ideario de la gente joven con el objetivo de propiciar la reflexión y el espíritu crítico”. En este sentido, subraya que “hay episodios históricos que hay que mantener presentes para evitar que caigan en el pozo del olvido y, sirvan de recordatorio de los errores del pasado”.

El subrayado y la negrita son míos, está claro, porque considero claves las palabras “libre desarrollo del ideario de la gente joven” y “hay que mantener presentes”. Sólo el conocimiento de los hechos nos permitirá formarnos una opinión propia y libre de interferencias políticas actuales. Por otro lado, los seis millones de judíos muertos durante el Holocausto, por el simple hecho de ser judíos, merecen que la Shoah no se banalice ni se equipare con cualquiera de los conflictos actuales, que son territoriales, no lo olvidamos, en que el Estado de Israel está inmerso. Todo hombre y mujer de bien no puede avalar algunas de las políticas desarrolladas por Israel con relación a los palestinos. Sin embargo, ¿qué relación directa tienen con la Shoah? Posiblemente si no hubiera existido judeofobia, persecución, pogroms y, al cabo del camino, la “Solución Final”, los judíos seguirían viviendo mayoritariamente en Europa, en donde se habían instalado desde hacía centenares de años. Solo si somos capaces de entender esto y dejar de lado esta nueva y pervertida visión del Holocausto, instrumentalizada y politizada a que estamos asistiendo, si podemos contemplar los hechos con los ojos limpios, entendiendo que no existe persecución de ningún pueblo a lo largo de la historia de los hombres que pueda equipararse a la que sufrieron los judíos durante el nazismo, entenderemos esta propuesta de CIU (que está en la línea de lo que se está llevando a cabo en otros muchos países) y desvincularla de lecturas políticas.

Enseñar el Holocausto es la mejor prevención contra la mentalidad genocida que anida, posiblemente latente, en el subconsciente de millones de personas en el mundo. Estoy convencida que estudiar el Holocausto puede crear una conciencia entre nuestros estudiantes sobre los genocidios contemporáneos, fortalecer una cultura en la cual se entiendan como necesarias las políticas de prevención de persecuciones de seres humanos por otros seres humanos por razón de religión, raza, ideas políticas u orientación sexual. En resumen, empezar a creernos que la educación en derechos humanos es urgente, sobre todo en la sociedad en que nos ha tocado vivir, global y diversificada, y en que el mestizaje está presente. En una sociedad como la catalana, donde la educación en valores parece que sea la finalidad última de la enseñanza, me parece como mínimo sospechoso que las lecciones que se pueden sacar del estudio del Holocausto se ignoren y que su enseñanza haya quedado reducida, en algunos proyectos editoriales, a unas referencias puramente históricas y estadísticas en libros cada vez más exiguos en cuanto al contenido. Esto en el mejor de los casos: a menudo los planes de estudios ignoran el valor de transmitir a los niños y niñas las enseñanzas y los valores que pueden adquirir estudiando qué fue El Holocausto. Además, no son pocos los casos en que se manipula estos mismos niños y niñas. Porque no hay nada más fácil que “encauzar” la opinión y el criterio de los más jóvenes, precisamente porque les faltan los conocimientos y el espíritu crítico que tendrán que modelar su visión sobre el mundo y los hombres.

Postales a la Embajada israelí en favor de la paz. ¿Educación en valores o manipulación?

Quizás me equivoco, pero yo no sé ver de otro modo que como una manipulación lo que pasó hace poco más de un año en el colegio público El Castillo de Almoines, en  la comarca de la Safor (Valencia) cuando alumnos de 4º de Primaria (9-10 años), siguiendo una iniciativa promovida por Amnistía Internacional y seguida por otros centros educativos del Estado español, enviaron postales a la embajada de Israel pidiendo una solución pacífica al conflicto que este país mantiene con los palestinos. Parece ser que algunas de estas postales contenían frases o preguntas que los israelíes consideraron ofensivas. Algunos de estos estudiantes preguntaban que “por qué mataban niños” ,”por qué mataban por dinero” , afirmaban que “quienes tenían que marchar de aquella tierra en disputa eran los israelíes” e incluían frases como “marchd a otro país donde os acepten”. ¡Cómo me recuerda esto a las palabras de Amos Oz ! El escritor israelí, Premio  Príncipe de Asturias y uno de los pacifistas más destacados de su país, explica en su libro Una historia de amor y oscuridad que, siendo un niño, en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, veía pintadas en Jerusalén en las cuales podía leerse “Judíos, marchad de aquí“. Paradójicamente, el padre de Amos *Oz le había explicado que su familia y la de su madre, judíos llegados de Rusia, Lituania y Ucrania, habían dejado Europa precisamente porque las paredes del viejo continente se habían llenado con la frase “Judíos, marchad a Palestina“. Marchad a Palestina, marchad de aquí, marchad a otro país donde os acepten. “Marchad”, esta es la palabra clave: no os queremos ni aquí ni allá, por lo tanto, no existáis. Nos quieren hacer creer que estas palabras nacieron de las “ideas propias” que tienen niños de 9 y 10 años sobre el tema y que en ningún momento los profesores los “ayudaron” a escribir las postales o les dieron algún tipo de información que los llevara a escribir estas frases. Permitidme que lo dude. De todas maneras, la respuesta de profesores, padres y dirección del colegio fue considerar la reacción del gobierno israelí de “desproporcionada”. Quizás si una iniciativa de este tipo se hubiera llevado a cabo en relación a otros gobiernos, que persiguen a los opositores políticos, los encarcelan y torturan, privan a las mujeres y a las niñas de sus derechos fundamentales como seres humanos, reclutan niños para ir a la guerra, lapidan mujeres que se atreven a enamorarse de un hombre que no es el suyo, etc, etc, la respuesta en las calles de nuestras ciudades hubiera sido contundente. Con el acompañamiento habitual de estos pseudoprogres que últimamente pretenden convertirse en la voz de nuestra conciencia.

Antisemitismo y Holocausto. ¿Qué se enseña a nuestros estudiantes?

Difícilmente se pueden enseñar o transmitir valores o ideas en las cuales no se cree. Por eso no nos extrañemos cuando queda patente que en este país, las actitudes antisemitas crecen de manera alarmante, como constatan medios de comunicación de orientación ideológica muy diversa estos últimos días:

La crisis dispara el odio antijudío en España (El País)

La comunidad judía advierte de un aumento del antisemitismo en España (El Mundo)

Alerta de un aumento del antisemitismo en España en el último año (Xornal.com)

En este país todavía no hemos entendido que el antisemitismo ha sido, y todavía es, la escuela del odio. España no se considera antisemita (sí antisionista y sí, sin ninguna duda, antiisraelita, ¡¡si somos los abanderados europeos de las políticas anti-Israel!!). Pero ¿antisemita? ¡Por favor, no!  Por eso, porque aquí ni se entiende ni se ha entendido nunca que el odio a los judíos ha marcado durante toda la historia de la humanidad la entrada en zona de peligro en cuanto a los derechos de las personas, no nos importan estas advertencias, como no nos ha importado demasiado el Holocausto, qué fue, cuál es su origen, sus causas, ni qué enseñanzas podemos obtener de esta tragedia. Nos mantenemos al margen porque España no lo vivió directamente. No va con nosotros. Pero en cambio, esta misma España, con una comunidad judía que no llega a 40.000 personas, comunidad que, por otro lado, es prácticamente invisible, es el país de Europa donde se están produciendo más muestras de antisemitismo en los últimos años. Con el beneplácito, además, de buena parte de la intelectualidad, la clase política y del “famoseo”. ¿Qué opináis de estas viñetas publicadas al País por Romeu o por El Roto?

Fijaos en el judío arquetípico que aparece en la primera caricatura. ¿No os parece que haría las delicias de Julius Streicher, el más groseramente antisemita entre los nazis? Streicher no hubiera dudado en fichar Romeu como dibujante para Der Stürmer, el panfleto antisemita de cabecera del régimen hitleriano. ¿Cómo es posible que, a estas alturas, se utilicen todavía estos estereotipos para denunciar hechos que nada tienen que ver con los judíos como pueblo, ni en el pasado ni en la actualidad?

Mientras que Naciones Unidas defiende la enseñanza del Holocausto como herramienta fundamental para prevenir futuras políticas genocidas, aquí nos dedicamos a banalizarlo, a pervertirlo mezclando cuestiones políticas contemporáneas que no tienen ninguna relación con lo que fue la Shoah. “Spain is different”, incluso en esto, porque en su rechazo de todo lo que es judío, es capaz de unir a la extrema derecha con la izquierda que se considera moderna, progresista, avanzada, solidaria y un largo etcétera de etiquetas políticamente correctas. Es muy curioso.

Israel se equivoca cada día con su política respecto a  los palestinos, pero no seamos hipócritas ni maniqueos: tampoco los palestinos ni los que los apoyan trabajan para la paz entre los dos pueblos, puesto que los dos juegan al mismo juego, y si uno de los dos consigue imponerse sobre el otro, será esta una victoria pírrica. Pero no es de esto de lo que estamos hablando, que quede claro. Insisto en que equiparar el Holocausto con la política desarrollada por el Estado de Israel es perverso, aunque esta política signifique para muchos muerte y miseria. Por desgracia, como en todos los conflictos políticos que han sido y serán en este mundo. Pero etiquetar de “nazi” la política del Estado de Israel denota, o bien una absoluta falta de conocimiento del que era y perseguía el nazismo, no sólo contra los judíos, sino contra todos aquellos pueblos que no respondían a su idea de pureza racial o contra los individuos que no encajaban dentro de la categoría considerada socialmente adecuada, o bien una total, absoluta y deliberada manipulación de los hechos históricos.

Enseñar el Holocausto: romper mitos, desarrollar la capacidad de empatía, poner nombre y cara a las cifras

Muchos países han establecido programas de educación sobre el Holocausto de manera obligatoria para la escuela secundaria. La idea es que esta enseñanza abre las puertas a un estudio más amplio sobre los peligros de la xenofobia, el racismo y la intolerancia. Nadie tendría nada que objetar a estas iniciativas que irían encaminadas a formar ciudadanos comprometidos con la defensa de la paz y de los derechos humanos,  futuros hombres y mujeres que sean capaces de tener ideas propias, de denunciar, si así lo creen conveniente, las políticas del Estado de Israel, pero también el terrorismo de Hamas. Que no banalicen la tragedia más terrible que ha sufrido la humanidad ni la justifiquen en nombre de la política de un Estado formado mayoritariamente por judíos. Estudiar el Holocausto no solo tendría una dimensión política, como si todo hubiera sido producto de un delirio nazi, sino que permitiría reflexionar sobre la crueldad humana, sobre los peligros del silencio ante las injusticias, tendría que servir para inculcar en los más jóvenes el concepto de empatía y una ética de la compasión.

Se tiene que aprender del Holocausto y, por eso, hay que aprender el Holocausto. Y muchos de los profesores de nuestro país no tienen la formación necesaria ni en un aspecto ni en otro. No es culpa suya, obviamente, sino de la actitud general que ante este hecho capital de la historia se ha tenido en este país. La manera como se enseña en los colegios e institutos depende, en buena medida, del interés personal de cada profesor, mayoritariamente desde la asignatura de Historia, sin tener en cuenta que se puede abordar también desde la literatura o el arte. Incluso en estos casos, se tiende a relacionar el odio a los judíos con un periodo histórico y político concreto, el nazismo alemán, y no se explica, quizás por desconocimiento, que la Shoah fue posible porque también en otros países existía estos rechazo en los judíos, y que sin la colaboración activa y no pocas veces entusiasta de miles de personas anónimas, no hubiera sido posible, no al menos no de la manera sistemática, eficaz, casi industrializada con que se llevó a cabo el exterminio de buena parte de los judíos europeos.

Si se quiere ser riguroso con la historia y mantener una cierta ética, no se puede enseñar que el conflicto palestino-israelí es similar a la aniquilación deliberada, planificada y sistemática de las dos terceras partes de los judíos de Europa. Y esto no es negar de ninguna forma el derecho a la existencia de los palestinos como pueblo, ni es cerrar los ojos ante la política israelí ni blindar a su gobierno ante las críticas. Decir que la construcción del muro de seguridad es equiparable a la reclusión de los judíos en ghettos, privados de cualquier medio de subsistencia, asediados, perseguidos, acorralados, es volver a matar simbólicamente a las víctimas, es banalizar el mal, como decía Hannah Arendt.

Es necesario que enseñamos a nuestros jóvenes a romper mitos. No podemos hacerles creer que no se podía ofrecer resistencia ante la política genocida nazi. Es necesario que sepan que mientras en Polonia fueron exterminados el 99% de los judíos, en Dinamarca se salvaron el 99%. Tienen que saber que incluso a los soldados y miembros de los batallones policiales y de los einsatzgruppen encargados de llevar a cabo las masacres en Polonia y a la Unión Soviética, donde los judíos eran asesinados a miles mediante el método del fusilamiento y enterrados en fosas comunes, se les daba la oportunidad de no participar, de no disparar si no se veían capaces de ello. Poquísimos aceptaban este ofrecimiento, a pesar de que está demostrado que nunca se tomaron represalias contra estos alemanes que no pudieron disparar cara a cara contra inocentes, la mayoría, mujeres, ancianos y niños. Tienen que aprender que ante la injusticia, tan culpable es el perpetrador como el que calla y no actúa.

Los alumnos de colegios e institutos deberían saber que el Holocausto era conocido a grandes rasgos, al menos desde 1941, por las democracias occidentales. Y que el mundo cerró los ojos ante esta tragedia. Nadie salió a la calle a pedir a sus gobiernos, por ejemplo, que bombardearan las líneas ferroviarias que permitían que los trenes cargados con miles de judíos llegaran cada día a Treblinka, Sobibór, Majdanek, Belzec, Chelmno o Auschwitz. Ningún país quería hacerse cargo de los judíos que abandonaban Alemania asediados por el nazismo. La pretendidamente culta y neutral Suiza fue la responsable de la medida de marcar con la J de “judío” los documentos de identidad de las personas que pretendían cruzar las fronteras huyendo del destino terrible que los nazis les habían reservado.

Y lo más importante, tenemos que enseñar que el Holocausto fue posible porque el mundo ha perpetuado durante 2.000 años la judeofòbia, sí, esta que campa por España tranquilamente, la que destilan las caricaturas de algunos periódicos, las declaraciones de diseñadores borrachos y las palabras de niños que escriben postales en nombre de la paz (dicen que los niños y los borrachos dicen la verdad), la que hace afirmar a un alto porcentaje de la población española que los judíos dominan el mundo, la política, la cultura, el mundo de los negocios, que todos los judíos son ricos, racialmente diferentes, algo así como una quinta columna social. ¡Pero si la inmensa mayoría de los españoles no ha conocido un judío en su vida! El nazismo, pues, no crea la judeofobia, Hitler no descubre nada, sino que permite que esta judeofobia se canalice y se “legitime”. Los nazis no eran monstruos, ni psicópatas . Millones de alemanes, miles de personas en otros países participaron activamente en la destrucción de los judíos europeos. Eran personas normales, ciudadanos ejemplares, padres y madres que tenían hijos, hijos que querían a sus padres, de todas las extracciones sociales y culturales. Todos y cada uno de nosotros, pues, podríamos ser víctimas o victimarios. El Holocausto no se puede entender ni se puede racionalizar. No tenía explicación entonces, no la tiene ahora, no es comparable con nada de lo vivido por el ser humano. Entender esto es la mejor prevención para el futuro.

Enseñar el Holocausto es enseñar a desarrollar la capacidad de empatía. Si los millones de hombres y mujeres que participaron en él hubieran tenido esta capacidad de ponerse en el lugar del otro, de ver a los judíos como seres humanos, de ver en los niños a los cuales disparaban la imagen de sus hijos, el régimen nazi no hubiera sido capaz, por él mismo, de llevar a cabo el exterminio sistemático de más de seis millones de personas. Para conseguir esto, hace falta que pongamos caras y nombres a las víctimas. Normalmente, cuando se habla del Holocausto en las escuelas se presentan cifras, volumen de víctimas, imágenes que son tan terribles que acaban para anestesiar a los jóvenes contra la tragedia. Es  importante hacerles entender que aquellas personas que fueron encerradas en ghettos, deportadas y gaseadas, obligadas a trabajar como esclavas, fusiladas y enterradas en fosas comunes, habían sido, un día, como ellos, como sus padres, como sus hermanos pequeños. Tenían una vida, un trabajo, iban a la escuela, como ellos, como sus padres, como sus amigos. Ante esto, podemos prevenirlos contra quienes fomentan los prejuicios, el odio racial o religioso, los estereotipos. Podrán entender que el silencio y la apatía son tan culpables como la mano ejecutora. Que los valores democráticos y los derechos humanos no se sostienen solos, que hay que trabajar para mantenerlos. Tenemos que conseguir que reflexionen contra el abuso de poder y hacerles ver que naciones consideradas modernas y cultas pueden crear las condiciones para exterminar a millones de seres humanos. Y estos seres humanos no son sólo números dentro de estadísticas, sino que eran personas, con vida, con rostro, como ellos.

Y ahora sí, después de esto, ponedme la etiqueta que os apetezca.

Mujeres y literatura: las pioneras

En el año 1928, la escritora inglesa Virginia Woolf fue invitada a dar en Cambridge dos conferencias sobre el tema “La mujer y la novela”. En su libro Una habitación propia (1929) nos cuenta cómo acudió al Museo Británico y encontró miles de libros sobre la mujer, pero todos escritos por hombres. Ante este hecho hubiera sido fácil pensar que la literatura es cosa de hombres y que las mujeres se han limitado a ser instigadoras de la creación literaria, pero no creadoras, parte del objeto producido, pero raramente productoras del mismo. Partiendo de esta premisa, la palabra que mejor definiría, aparentemente, el papel de la mujer en la historia de la literatura universal sería ausencia. No se podría ignorar, por supuesto, la existencia de algunas mujeres escritoras que han dejado su impronta en el campo literario, las mujeres con cerebro de hombre a las que aludía Simone de Beauvoir. Pero precisamente esas mujeres no negarían la ausencia a que nos referimos, sino que, en todo caso, permitirían sustituir la palabra ausencia por excepcionalidad. Samuel Bennet, en su obra Our Women: Chapters on Sex-Discord, escribió: “() Con la posible excepción de Emily Brontë, ninguna novelista de sexo femenino ha producido una novela que iguale las grandes novelas escritas por hombres (…) Si bien es verdad que un pequeño porcentaje de mujeres son inteligentes como los hombres, en conjunto, la inteligencia es una especialidad masculina. No hay duda de que algunas mujeres son geniales, pero la suya es una genialidad inferior a la de Shakespeare, Newton, Miguel Ángel, Beethoven, Tolstoi. Además, la capacidad intelectual mediana de las mujeres parece muy inferior.” Añadiríamos, entonces, otro concepto que se aplicó a las mujeres que intentaron abrirse camino en un espacio que, durante siglos, fue prácticamente monopolio de los hombres: incapacidad. Para hablar en términos actuales, la literatura femenina fue considerada como un producto de serie B y, por tanto, marginal.

Si bien la mujer tardó siglos en reivindicar el espacio que le correspondía en el campo de la creación literaria, no cabe duda de que la literatura popular fue creada y transmitida en buena parte por mujeres. Esta literatura, bien ligada al ciclo vital o bien de temática amorosa, se caracteriza por ser, además de anónima, oral. Aparece aquí una de las primeras explicaciones para entender esa presencia casi excepcional de mujeres escritoras desde los inicios de las literaturas europeas occidentales hasta hace poco más de 150 años: el difícil acceso de la mujer a la educación y a la cultura letrada. La feminización indiscutible de la literatura popular oral demuestra que, aunque el genio creativo existía entre las mujeres, haberlas mantenido apartadas de la cultura escrita explicaría esa escasez secular de mujeres escritoras. Mientras que los hombres acudían a la universidad, sus hermanas ni siquieran podían pisar sus jardines, es decir, tenían que ser, en el mejor de los casos, autodidactas. Además, durante siglos, se consideró que la mujer no necesitaba saber leer o escribir para desarrollar las tareas que tenía asignadas en función de su sexo y que tener esos conocimientos constituía un peligro, una ventana abierta al mundo exterior, una forma de rebelión.

Es de nuevo Virginia Woolf en Una habitación propia quien nos da las claves sobre qué necesitarían las mujeres para poder competir con los hombres como creadoras de literatura: unas guineas y una habitación propia, es decir, algo de dinero (que proporciona independencia y acceso a la cultura) y una habitación cerrada a cal y canto, un espacio propio, no sólo entendido como un lugar físico individualizado y separado, sino también como un espacio vital, en el que la mujer pudiera ser dueña de su tiempo. Sus reflexiones apuntaban ya a una demanda de emancipación respecto de la tutela del padre o del esposo que todavía a principios del siglo XX sufría cualquier mujer, instalada en una minoría de edad mental permanente. Y si leyendo las reflexiones de Virginia Woolf no podemos evitar pensar que para la mujer la escritura profesional sería una especie de lujo burgués, es evidente que el mismo esquema se reproduce cuando estudiamos los casos de esas verdaderas pioneras de la literatura pensada y creada en femenino: en una inmensa mayoría, se trata de mujeres que, fuera cual fuera su estado (religiosas, solteras, casadas) pertenecían a estamentos sociales privilegiados, lo cual les garantizaba cierto acceso a la cultura y un apoyo económico. Éste sería el caso de Safo, la primera mujer escritora de obra conocida de la literatura occidental, de las refinadas poetisas que vivían en los harenes de Al-Andalus, como la conocida Wallada, o de las trobairitz, nobles occitanas del siglo XII, mujeres que cantaban al amor y al deseo que sentían por sus amantes con atrevimiento y cortesía, que tenían amplios conocimientos de música y que competían de igual a igual con los trobadores masculinos. Sus poesías sorprenden por su realismo y por sus referencias explícitas al amor carnal. Entre ellas destacan Beatriz, condesa de Dia, o Azalais de Porcairagues.

Trobairitz

A medida que avanzan los siglos, en la Edad Media y hasta el siglo XVII, la mayoría de mujeres que desarrollaron una actividad como escritoras pertenecen mayoritariamente al estamento religioso. La Iglesia condenaba determinados géneros y temas literarios y, por supuesto, consideraba que la mujer que se atreviera a escribir debía hacerlo bajo el amparo de su condición de religiosa o de una familia noble e influyente y, desde luego, sobre temas cuanto menos mundanos, mejor. Sería éste el caso de mujeres como Hrotsvitha, considerada la escritora más sobresaliente de la Alta Edad Media; o de Hildegarda de Bingen, la abadesa del siglo XII; de Catalina de Siena o de místicas como Teresa de Jesús o Sor Juana Inés de la Cruz. Aquellas mujeres que no habían abrazado la vida monástica, escriben igualmente sobre temas religiosos o, si no es así, sobre cuestiones que competían al rol que desempeñaban en la sociedad: el de esposas y, sobre todo, el de madres. Así son frecuentes las obras de mujeres dirigidas a sus hijos, en las que abundan los consejos de todo tipo, desde cómo gobernar un territorio a cómo gobernar una casa noble, pasando por consejos de tipo médico. No podríamos hablar aquí de literatura de ficción, sino de obras pertenecientes al género didáctico. Dhuoda, noble del siglo IX, sería una de sus representantes, aunque posiblemente el caso más notable sea el de Cristina de Pizán, hija de un médico y astrólogo italiano que vivió en la corte del rey Carlos V de Francia a principios del siglo XV.

Christine de Pizan

Cristina se educó en la corte y en su formación tuvieron un peso importantísimo las ideas de su padre sobre la necesidad de educar a las hijas. Cuando enviudó siendo muy joven y se encontró con tres niños a los que mantener, se puso a escribir como único medio de ganarse la vida. Nos encontramos ante el primer caso de mujer escritora profesional. Sus obras más importantes son La ciudad de las damas y Referente a mujeres famosas, escritas en 1404 y 1405 respectivamente. Ya en el siglo XVII, Madame de Sevigné escribió una serie de cartas a su hija, entre 1671 y 1696, en las que se pueden leer descripciones de la frívola corte de Luís XIV, comentarios acerca de sus preocupaciones afectivas o religiosas, su amargura por la separación de su hija o la angustia por la fugacidad del tiempo.

Aunque el XVIII es el siglo de la Ilustración, de la defensa de la libertad y de la igualdad, la mujer no consigue todavía situarse en el mismo plano que los hombres escritores. Si bien se alzan voces a favor del derecho a la educación de las niñas y jóvenes, ésta continúa circunscrita a ámbitos sociales privilegiados. Sin embargo, la mujer ya no será simplemente la protagonista de la literatura moralista y misógina o bien el objeto de deseo de la literatura amorosa escrita por hombres, sino que se le reconoce el derecho a leer, a codearse con los filósofos de la época en los salones literarios, a tener opinión, a conocer. El paradigma de la escritora del siglo XVIII podría ser Madame de Staël, alma de los principales salones literarios de París, relacionada con pensadores y políticos de la época y buena conocedora de sus obras. En su novela Delphine (1802) preconiza ya la libertad de elección sentimental por encima de los convencionalismos sociales.

A lo largo del siglo XIX asistimos al fenómeno de las mujeres que empiezan a plantearse decididamente su derecho a escribir y a que su literatura sea valorada según los mismos parámetros que la de sus compañeros masculinos. Me refiero a escritoras como Mary Shelley, Jane Austen, George Sand, a las hermanas Brontë, a Cecilia Böhl de Faber, a Colette o a Víctor Català, entre otras. Estas mujeres tuvieron que escoger entre tres opciones para poder ejercer como escritoras en toda la extensión del término que su época les permitía:

Masculinizarse, negar su condición de mujeres y asumir una identidad masculina, a través del uso de un pseudónimo o del apellido del esposo. Sería el caso de la escritora francesa Aurore Lucile Dupin, conocida como George Sand; de las hermanas Brontë, Charlotte, Emily y Anne quienes, en sus inicios literarios, utilizaron los pseudónimos de Currer, Ellis y Acton Bell, respectivamente. La española Cecilia Böhl de Faber, autora de La gaviota, publicó sus obras con el sobrenombre masculino de Fernán Caballero. Mary Wollstonecraft, la jovencísima autora de Frankenstein, cambió su apellido por el de su compañero sentimental y posteriormente marido, el poeta Percy Shelley. La novelista Caterina Albert, máxima representante de la novela rural modernista en lengua catalana con obras como Solitud o Drames rurals, tenía que firmar con el pseudónimo de Víctor Català. La novelista francesa Claudine Colette (1873-1954) se vio obligada a vivir la humillación de ver algunas de sus obras firmadas por su esposo, quien, además, no tenía escrúpulo alguno de mantener esa mentira y jactarse de un éxito literario que no era suyo

Describir en sus novelas vidas femeninas “impropias”, “marginales”, que no seguían el camino marcado, que sirvieran de revulsivo y a la vez de ejemplo conminatorio para el resto de las mujeres, como el personaje de la esposa loca de Rochester en Jane Eyre, de Charlotte Brontë, el de Catherine Earnshaw en Cumbres Borrascosas, de su hermana Emily, o el de la infanticida en la obra homónima de Víctor Català.

Crear una literatura estrictamente “femenina” hecha por y para mujeres en la cual no se pusiera en entredicho ninguno de los valores sociales imperantes. Nos servirían como ejemplo las novelas de Jane Austen, quien durante mucho tiempo fue acusada, incluso por otras mujeres escritoras, como Emily Brontë, de desarrollar una literatura de “saloncito”, de desconocer el mundo que había más allá de las paredes de su casa, aunque afortunadamente, la crítica moderna ha sabido reinvindicar el estilo, el humor, la ironía e incluso la crítica social que, siempre de manera muy tangencial, contienen las novelas de esta escritora inglesa.

Así pues, el camino que la mujer ha tenido que recorrer hasta ser considerada una profesional de la literatura ha estado sembrado de obstáculos: el dificilísimo acceso a la cultura escrita, unido a una infravaloración de la capacidad creativa de la mujer serían los principales y los más penosos de superar. Por esta razón, la tenacidad, el esfuerzo, hasta el atrevimiento que demostraron estas pioneras de la literatura merece que su obra sea conocida, reivindicada y valorada.

 

28 de Noviembre: ¿las elecciones de la abstención?

Queda una semana para las elecciones autonómicas y todavía estoy dándole vueltas a la cabeza sobre cuál será el contenido de la papeleta que debería depositar en la urna el próximo Domingo 28. Y lo que es peor: por primera vez me estoy planteando seriamente la abstención, opción que siempre he rechazado y he combatido, aunque solo sea por la obligación moral que entiendo que tengo con todos aquellos que lucharon para hacer posible que pudiéramos expresar nuestra voluntad en el marco de un sistema democrático. Porque este sentimiento lo tengo muy presente y porque sé que Catalunya se juega mucho en estas elecciones, sigo haciéndome estas reflexiones: sé que debería ir a votar, pero la abstención me tienta. Y no es por desinterés o por irresponsabilidad, como podréis suponer, sino porque estoy confundida. Y decepcionada. Y cabreada. Y no debo ser la única. No sé si el resto de los que son llamados a las urnas el 28 de Noviembre han votado nunca en estas condiciones. Para mí, al menos, es una novedad.

Estas elecciones deberían servir para estampar en las narices de los políticos, los de dentro y los de fuera, el cabreo, la decepción y el malestar de los catalanes, sentimientos que no solo están provocados por los cuatro últimos años de gobierno del Tripartito, sino por la actuación política hacia Catalunya de los partidos estatales, de los que gobiernan y de los que querrían hacerlo. La crisis económica, sus repercusiones y la manera cómo se están gestionando también serán determinantes en la decisión de los votantes y, por tanto, jugarán un papel importante en los resultados que salgan de estos comicios. En este sentido, estoy convencida de que lo que expresamos los catalanes en las urnas servirá, en buena parte, como precedente de lo que puede suceder en las próximas elecciones generales. Ir a votar en un país que vive la peor crisis económica que hemos conocido la mayoría no es el mejor de los escenarios. De esto, y también de la cuestión de la inmigración sacarán votos baratos y populistas partidos como Plataforma per Catalunya y el propio Partido Popular. Los partidos que defienden postulados xenófobos y racistas, que hasta ahora estaban más o menos camuflados, ya levantan la voz y quedarán totalmente al descubierto después de estas elecciones, si tienen razón las encuestas que les otorgan representación parlamentaria. No me sorprende, porque esta es también la sintonía que está sonando en otros países europeos. ¿Qué pienso al respecto? No estoy de acuerdo con lo que dijo la candidata del PP en Catalunya, Alicia Sánchez-Camacho, en el sentido de que “En Catalunya no cabemos todos. Pero tampoco apoyo la actitud política con la que se ha gestionado la cuestión de la inmigración desde hace una década, con despreocupación, sin ninguna previsión, considerando a los inmigrantes como piezas de un tablero económico que servían mientras tenían una función y que después nos sacamos de encima cuando no sirven. Como en todo, también en este caso se ha gobernado y legislado sin ningún tipo de previsión, sin prever los costes económicos y sociales y sin aprender de la realidad de nuestros vecinos europeos. Y eso puede comportar que tengamos que ver a individuos de extrema derecha sentados en escaños de nuestro parlamento, una imagen que yo quisiera reservada sólo para los pesadillas.

Otra cuestión que tendrá un peso evidente en estas elecciones, pienso que debería ser una de las más determinantes, es el modelo de relación que los catalanes queremos tener con el Estado español. En resumen, cómo se repartirá el voto independentista en un momento en que esta opción empieza a salir del ámbito más o menos emocional y se convierte en una opción que una parte importante de los catalanes consideramos viable, tras constatar, porque nos lo han dejado bien claro, que no tenemos cabida en el proyecto autonómico español, que por otra parte está cerrado y superado. El voto independentista, que desde siempre había sido representado por Esquerra Republicana de Catalunya, respondía mayoritariamente a cuestiones identitarias con las que no se sentían representados una parte de quienes viven y trabajan en Catalunya (ésta es la definición de “catalán” que un día dio Jordi Pujol). Pero es obvio que amplios sectores de la sociedad catalana han entendido que aquél “Adiós España” que se vio y se escuchó en la manifestación del 10 de Julio va más allá y responde a cuestiones no sólo de identidad . La opción independentista creo que ahora mismo es mucho más plural porque, por suerte o por desgracia, las razones que los catalanes podemos tener para desear formar parte de un nuevo estado son muchas. Y aunque Montilla hable de la “desafección” de los catalanes hacia España, yo diría que es más bien al contrario. Si dejamos de lado cuestiones tan importantes como son el derecho de los pueblos a decidir y a gestionar su futuro, la situación de agonía cultural y lingüística en que nos encontramos o los agravios históricos no resueltos (de ello, en España no quieren oír ni hablar, porque dicen que siempre hacemos el llorica y que ya es suficiente), hay muchísimas razones por las que cualquier persona que viva en Catalunya, sea nacida o no aquí, puede querer vivir en un país mejor. Pero los españolistas, a los que ya les parece bien el modelo de relación con el estado que tenemos actualmente, son los que, precisamente, utilizan sólo cuestiones identitarias para defender su postura. Porque se sienten muy españoles, centralistas y monolingües, porque el castellano es para ellos la única lengua con valores superiores (como afirmaban sin ningún rubor los firmantes del último Manifiesto por la Lengua, el Nobel Vargas Llosa entre ellos, por cierto), porque mola mucho pasearse con la camiseta de La Roja, aceptan que el Estado español someta a Catalunya a un expolio fiscal descarado e inmoral. Las cifras cantan, aunque ellos quieran mirar hacia otro lado. No quieren saber nada del déficit fiscal o de la falta de inversiones en infraestructuras. Seguro que se sienten muy bien cuando, después de pagar unas autopistas que están más que pagadas, se levanta la barrera de los peajes y no se acuerdan de las fantásticas autovías gratuitas de que gozan otras comunidades . Lo único que les molesta es que los rótulos de esta misma autopista están en catalán y en castellano: ¿por qué no sólo en castellano si estamos en España? No tienen ni idea, ni creo que les importe, de cuál es el futuro que se dibuja para sus hijos, de cuál es la política estatal con respecto a la concesión de becas (los estudiantes catalanes reciben sólo el 5% del total, mientras que los estudiantes madrileños se llevan el 57%). Si dejaran de lado si se sienten más españoles que catalanes o sólo españoles, entenderían que si tuviéramos una seguridad social propia nuestra renta per cápita anual, también la suya, aumentaría en casi unos 3.000 € anuales. No sé si por cuestiones puramente identitarias se puede admitir que el 70 % de los trenes considerados obsoletos circulen por Catalunya. O que se construya un aeropuerto como el de Ciudad Real, por donde no pasa ni Dios, mientras que las inversiones en el aeropuerto de El Prat son de sólo 12,7 millones de euros frente a los 300 invertidos en Barajas. Si una persona vive y trabaja en Catalunya, paga aquí sus impuestos, no en Albacete, en Mérida o Jaén, no puede aceptar agravios como el que se cometió con el AVE, por poner un ejemplo. Si yo tuviera que ir a vivir a las Quimbambas, por muy catalana que me pueda sentir, lo que querría es que la vida en las Quimbambas fuera lo mejor posible, sin perjudicar ni menospreciar a nadie, pero trabajaría y lucharía por hacer del país Quimbambil el mejor lugar para vivir. Y eso no quita que pudiera entrar en éxtasis si escuchara “Els Segadors” (que os aseguro que no sería el caso, no he sido nunca persona de veleidades folclóricas) o que colgara en el balcón una senyera cada fiesta de guardar. Si esto no se entiende, cualquier argumento que se presente será inútil. Pero para los partidos españolistas, para la últimamente llamada “caverna mediática”, que no es nueva, sino la de siempre, todo esto es lloriquear y hacerse la víctima. También puede que sea necesario explicar de manera clara estas cifras a aquellos que viviendo en Cataluña, trabajando, pagando sus impuestos, continúan exhibiendo un nacionalismo español incomprensible. Porque el Estado español los está perjudicando, a ellos o a los que son catalanes desde hace treinta generaciones. Se ve que les gusta ser cornudos y apaleados (en catalán, el refrán es “ser cornudo y pagar la bebida, y nunca mejor dicho). Pero hay un importante sector de la ciudadanía catalana que sin haber comulgado del todo con el independentismo hasta ahora, entienden este discurso economicista, que tristemente, en tiempos de crisis, es el que más preocupa. Sobran los despropósitos como el de Puigcercós diciendo que Madrid es una fiesta fiscal y en Andalucía no paga impuestos ni Dios. La primera parte de la afirmación parece tener algo de fundamento, viendo como Ruiz Gallardón ha tenido que ir con el rabo entre piernas a pedirle a Rodríguez Zapatero una refinanciación de la deuda del Ayuntamiento madrileño. En cuanto a los andaluces, está claro que pagan impuestos, es obvio. Pero lo que reciben a cambio de sus impuestos es infinitamente superior a lo que se recibe aquí, donde la cantidad que pagamos es también infinitamente superior. Pero, ¡es verdad! Decir eso es ser insolidarios. Pues yo diría que admitir que esto suceda en nombre del patriotismo españolista es ser imbéciles. Basta de demonizar al nacionalismo que desde el centro llaman “periférico” cuando los españoles practican el nacionalismo más rancio y excluyente. Basta de identificarlo con el fascismo y de comparar los partidos independentistas con la Liga Norte italiana, cuando desde el nacionalismo se ha luchado siempre por el progreso y la democracia. Las razones para optar por el voto independentista son muchas: las identitarias (asfixia cultural y lingüística, derecho a la autodeterminación) y las económicas y sociales. Podemos elegir las que queramos. A mí me afectan todas. Hay que estar ciego para no ver lo que interesa a España de Catalunya. Se llenan la boca hablando de España como de una “gran familia”, pero por lo visto, hay hijos de primera e hijos de segunda. ¿Quién querría formar parte de una familia donde se siente despreciado? Creo que el tiempo en que Catalunya ha hecho de motor de España tiene que acabar. Que arranquen de una vez, pero sin mi dinero.

Tras la manifestación del 10 de Julio parecía que algo se movía en Catalunya, que la voluntad de reafirmación y de plantar cara era firme. Por primera vez me planteaba dar mi voto a un partido independentista. Ahora ya no estoy tan segura de ello, no porque mis ideas hayan cambiado, sino porque no acabo de sentirme cómoda con ninguno de los tres partidos que representan esta opción. ERC ha estado en el Tripartito durante dos legislaturas y solo nos ha demostrado que, como siempre, acaba traicionándose a sí misma, que ya es lo último. Y los dos nuevos grupos que hacen suya de manera clara y abierta la opción por la independencia, Reagrupament y Solidaritat Catalana, mucho me temo que contribuirán a fragmentar el voto que escoja esta alternativa. Decepcionante, en definitiva.

Artur Mas, al frente de CiU, se apunta ahora al discurso más o menos independentista. Es sospechoso, como mínimo, cuando CiU no ha hablado nunca claro al respecto. Y por eso no me lo creo. Nos guste o no, tenemos todos los números para ver a Artur Mas instalado en el Palau de la Generalitat. Los primeros que lo tienen claro son los del PSC, que se han dedicado a reírse de él sistemáticamente y a utilizar medios muy poco elegantes para descalificar al candidato convergente, empezando por el eslogan “Artur Mas de lo mismo” y continuando con el vídeo en el que, al ritmo de la canción “Despeinado”, de un tal Palito Ortega, hacen un recorrido por la trayectoria política de Mas a través de diferentes estilos de peinados. Feo y poco serio, si se me permite decirlo. El ingenio que gastan lo podrían aplicar a explicarnos cómo piensan solucionar el follón económico y social en que nos han metido en estos últimos cuatro años. O a intentar justificar su absoluta sumisión a los dictados del PSOE, traicionando sus propias decisiones, lo que han votado en el Parlamento de Catalunya, que han acabado convirtiendo en un Parlamento de juguete. Qué nivel … Y no, no defiendo a Mas, porque me parece que no representa ninguna opción de cambio. Vuelvo a decirlo: no me lo creo en casi ninguna de sus propuestas electorales. Y todos sabemos, además, que si no llega a la mayoría absoluta, entraremos de nuevo en la política de pactos. Los pactos de CiU con el PP ya los conocemos. Y un pacto CiU-PSC, que es bastante más plausible de lo que muchos creen, acabaría haciendo el país ingobernable. Pero parece que las alternativas de gobierno están totalmente atomizadas entre Montilla y Mas, que serían los únicos con posibilidades reales de llegar a la Generalitat.

Ni me planteo dar mi voto al PSC, tengo tantos motivos para no hacerlo que os aburriría, pero correré el riesgo y os daré unas cuantas. Porque en contra de lo que debería haber hecho, no ha sabido defender los intereses de las clases medias y trabajadoras. Porque es totalmente subsidiario de los dictados del PSOE y ha traicionado a gran parte de sus bases en Catalunya. Porque ha permitido que nos convirtamos en una colonia y encima, tenemos que estar satisfechos de ello. Porque si de verdad es un partido de izquierdas y que trabaja para los menos favorecidos, debería darse cuenta de que el modelo de relación con el Estado español que defienden perjudica precisamente a las clases populares, a los trabajadores, a los pequeños empresarios autónomos, a los profesionales liberales, a los funcionarios, a todos aquellos que no llegan a final de mes y que tienen que subvencionar un Estado en quiebra. Porque su discurso cobarde y pseudocatalanista ya no engaña a nadie. Porque han hecho la peor gestión de la crisis económica que se podría imaginar y porque pretende comprar votos con proyectos como el de la subvención a los nini’s que me parece inmoral. Y porque, off the record, algunos de los políticos más destacados del partido, los que representan el sector tradicionalmente más catalanista, los más maragallianos, por decirlo de alguna manera, critican de manera clara la gestión política de este hombre que ha llegado a presidente de la Generalitat sin más aval que haber sido siempre el perro fiel de su amo, del que ha tocado en cada momento.

Los partidos como el de la expopular Montserrat Nebrera, el engendro llamado “Ciutadans” (las encuestas les otorgan un escaño más que en 2006, y eso produce arcadas) o el españolista UPyD de Rosa Díez (que acabaremos viendo apoltronada en las filas del PP haciéndole la competencia en casposidad a la mismísima Esperanza Aguirre si su proyecto no le acaba de funcionar, y si no, al tiempo) es obvio que sacarán votos de este sector que antepone las cuestiones identitarias a su bienestar económico y social. Son aquellos que juran y perjuran que los castellanoparlantes son perseguidos, que el castellano no se habla en Catalunya, que estamos llevando a cabo una especie de limpieza étnica simbólica, que se sienten felices con la camiseta de La Roja y el “torito” en el coche “tuneao”, que mienten como bellacos y lo saben, que fomentan la discordia, el malestar, el enfrentamiento y los estereotipos. Aunque esto les cueste 60 millones de euros diarios. Estos partidos sacarán votos “populacheros”, en el mismo sentido que Plataforma per Catalunya lo puede hacer explotando el tema de la inmigración.

Ante todo esto, no sé si a alguien le puede sorprender que la abstención sea la alternativa escogida por, dicen, entre un 40% y un 55% del electorado. La tendencia abstencionista afirman que favorece a Mas y a los partidos independentistas, ya que si la participación fuera baja, Solidaritat podría tener representación parlamentaria. No me fío mucho de las encuestas, pero como la voluntad abstencionista suele estar oculta, es probable que el porcentaje sea más alto de lo previsto. Y estoy segura de que el grueso de esta abstención lo nutrirán personas que han sido tradicionalmente votantes del PSC. Porque están hasta las narices, porque “pasan”, en definitiva. Las mismas encuestas dicen también que todavía hay entre un 35% y un 40% de indecisos, de potenciales electores que aún no han decidido su voto. Entre ellos, yo misma

Me gustaría poder “pasar”, abstenerme, pero sigue pareciéndome irresponsable. Quisiera tener las ideas más claras, ser un poco más crédula, no sentirme avergonzada por la campaña que están llevando a cabo algunos partidos para los que parece que más que electores seamos simplemente “audiencia”, espectadores de un ridículo “Gran Hermano “. Me parece lamentable el orgasmo que en su publicidad dicen los del PSC que nos provocará votar Montilla. Pues mira qué bien. Me avergüenza escuchar las descalificaciones gruesas y poco elegantes que se dirigen unos a otros, tener que contemplar a la pandilla de “Ciutadans” en pelotas, no doy crédito al videojuego pepero donde se dispara contra inmigrantes. No se está haciendo campaña política, sino publicidad pura y dura.

¿Comprendéis por qué me tienta la abstención?

 

Ser profesor en España: cuando la vocación ya no es suficiente

Hace demasiado tiempo que llego a casa después del trabajo pensando que tal vez no estaría mal intentar un “cambio de aires” laboral. Y este pensamiento, que antes sólo me rondaba por la cabeza después de un mal día (y un mal día lo tiene cualquiera), empieza a ser demasiado reiterativo e insistente. Y me enfado conmigo misma, me riño incluso, e intento pensar en otra cosa, porque si alguien ha nacido con vocación para la docencia, ésa soy yo. Cuando de pequeña  me hacían la insufrible pregunta sobre qué quería ser de mayor, nunca pasé por esa etapa de veleidades artísticas en la que algunas quieren ser cantantes o actrices. Ni sentí la llamada humanitaria que conduce a otros hacia la medicina.  Por fortuna, siempre fui consciente de mis limitaciones y no se me pasó por la cabeza querer ser modelo…. ¡ni siquiera azafata!  Tampoco me tentó, en determinado momento y estando en puertas de mi entrada en la universidad, cierta visión práctica y utilitarista de los estudios, así que no cometí el error de matricularme en Derecho, en Empresariales o en Económicas, que eran las carreras “estrella” en la época. Sólo durante un corto periodo de tiempo barajé la posibilidad de estudiar Periodismo. Pero siempre me interesaron las disciplinas humanísticas, la lengua y la literatura, la historia, la filosofía, así que al final, acabé en la facultad de Filología. Explico todo esto, y pido perdón por el preámbulo, para ilustrar el grado de decepción, de desilusión y de desgaste profesional que puedo estar experimentando cuando llego a plantearme dar un giro a mi vida y cambiar de trabajo cuando la docencia siempre ha sido para mí absolutamente  vocacional y la he ejercido con la entrega y con la motivación que cualquier persona pondría en una actividad que la llena y la satisface. Mi caso, desafortunadamente, no es único, más bien diría que es bastante representativo del estado de ánimo de miles de maestros y profesores en este país. Al menos, es idéntico al que experimentan los que yo conozco.

Hace poco más de un mes que se ha iniciado el nuevo curso. Un curso más. Seguro que cuando termine, allá por el mes de Junio, volverán a publicarse datos acerca de los males de la educación obligatoria en España, tanto en Primaria como en Secundaria. Volverán a ser objeto de debate entre los de siempre, los políticos y los teóricos de la educación, pero la voz de los que día a día entramos en el aula y nos enfrentamos a esos malos, no será escuchada. Y volverá a iniciarse un nuevo curso y, quién sabe si dentro de poco tendremos que lidiar con una nueva ley de educación, que es lo que suele pasar en este país cada vez que cambia el color del partido que gobierna. Y así nos va.

Los datos sobre la calidad de la enseñanza obligatoria en este país son francamente preocupantes, con la segunda tasa de fracaso escolar más alta de Europa. Los sucesivos Informes Pisa de la OCDE han demostrado que la puntuación media de nuestros alumnos de 15 años en Comprensión Lectora, Matemáticas, Ciencias Naturales y Capacidad para la Resolución de problemas está muy por debajo de la media de la OCDE, es más, está rayando la puntuación más baja.

Evidentemente, estos datos han sido motivo de reflexión, aunque existen discrepancias sobre dónde está el origen del problema y cuáles son sus posibles soluciones.  Unos creen que el problema de la educación en España es la falta de recursos económicos y que la solución radica en aumentar las dotaciones presupuestarias destinadas a la enseñanza. No digo que no tengan una parte de razón, por supuesto, aunque este análisis peca de simplista, porque siendo deseable que el presupuesto destinado a educación fuera superior, no podemos olvidar que es también imprescindible marcar en qué forma va a gastarse ese dinero y la eficacia final de ese gasto. Y ya tenemos cierta experiencia acerca de cómo dilapidan los recursos públicos las administraciones competentes en materia educativa, tanto estatales como autonómicas. De todas maneras, espero que no tengamos que llegar a los extremos que se han adoptado en Italia de tener que recurrir a la publicidad en las aulas de las escuelas públicas. Ya sólo nos faltaría ser esponsorizados por PlayStation, o Los 40 Principales. Por otro lado, están los que opinan que el problema lo constituye el propio sistema educativo españo y sus variantes,  y yo, personalmente, me inclino por esta última opción, porque tengo parece indiscutible que sus males estructurales son muchos. Aun así, las cosas no son tan sencillas, porque un sistema educativo es también el reflejo de una sociedad determinada, con sus valores, ideas e intereses,  y de su clase política.

No voy a negar que los problemas de la educación en España vienen de antiguo, pero si tuviésemos que marcar un punto de inflexión, ése sería el momento de la aplicación de la Ley Orgánica General del Sistema Educativo (LOGSE) de 1990, que iba a representar un giro en relación al sistema anterior. Y más que un giro, se hicieron varios luppings y un par de caídas al vacío, estilo Hurakan Condor. La educación española se ha estado moviendo, en los últimos 100 años, entre dos estrategias educativas diferentes: aceptada la premisa que cualquier estado moderno tiene que garantizar una instrucción universal y gratuita a todos sus ciudadanos como forma de garantizar la igualdad entre ellos, se empieza a discutir entonces la diferencia entre “instrucción” y “educación”. ¿Quién es el responsable de instruir y de educar? La instrucción, defienden unos, es tarea del Estado, mientras que la educación corresponde a las familias. Pero aparece una nueva concepción educativa basada principalmente en las ideas que Rousseau expone en su obra Emilio, que defiende que el objetivo del Estado es educar a través de la escuela y no instruir. Esa educación, base para el perfeccionamiento social y moral, sería responsabilidad más del Estado que de los padres, ya que su finalidad sería formar buenos ciudadanos. Para Rousseau, el niño ideal es el que se formaría a su propio ritmo, según sus particularidades (ni más ni menos que la famosa “atención a la diversidad” que se nos exige que llevemos a cabo en un aula con 25 alumnos), sin restricciones ni normas,  sin prohibiciones,  castigos o presiones,  y que sería capaz de aprender según su propia experiencia.  El profesor pasaría a ser una especie de mentor u orientador que lo acompañaría en ese camino.

Es bastante evidente que en España, a partir de la implantación de la LOGSE, hemos asistido al triunfo de la concepción educativa rousseauniana. Para los políticos y para los responsables en materia educativa, el sistema franquista, era autoritario, se basaba en el aprendizaje puramente memorístico de conceptos, tenía un peso evidente en contenidos religiosos, era represivo, monolítico y, además, clasista, ya que no ofrecía la oportunidad de acceder a estudios superiores a todos los ciudadanos y, por tanto, no garantizaba la igualdad de oportunidades para los mismos. Creo que nadie podría, en conciencia, rebatir todas estas objeciones, aunque quizás se ha demostrado que el sistema tradicional de enseñanza no era desechable en todos sus aspectos. De todas maneras, no hay que olvidar que en los últimos años del franquismo se caminó ya hacia un modelo de escuela unificada: se amplió la obligatoriedad de la enseñanza hasta los 14 años (8º de EGB) y se suprimieron los exámenes oficiales en la Secundaria.

A partir de los años 80, con la llegada de los socialistas al gobierno, se adopta el modelo de la comprenhensive school, que se había ensayado en Europa 30 años antes con resultados más bien poco satisfactorios. Por qué se implantó aquí como si de la panacea educativa se tratara, teniendo en cuenta las experiencias europeas previas, sigue siendo un misterio para mí. La idea principal de este sistema educativo es que la igualdad de oportunidades para los ciudadanos sería un hecho, independientemente de su nivel económico, si al terminar la etapa educativa obligatoria tenían todos el mismo bagaje cultural, la misma formación. Digamos que, hasta aquí, nada que objetar, porque la educación gratuita quiere evitar que las diferencias económicas comporten un nivel educativo inferior para los menos favorecidos. El problema es que nadie se había planteado que la educación, además de ser general para todos los ciudadanos, debía ser de calidad. De otra manera, igualaríamos a todos los ciudadanos, es cierto, pero en la ignorancia. Y esto es lo que acabó sucediendo. Se bajó el listón para que todos los chicos y chicas pudieran exhibir su título de Graduado en ESO, pero la trampa radica en que esos estudios son de una mediocridad escandalosa.

No creo que se pueda cuestionar que todos los individuos tienen derecho a la mejor de las educaciones. Pero lo que no podemos de ningún modo aceptar es que el papel de la escuela sea igualar a las personas desde el punto de vista intelectual, es decir, pretender que todas puedan recibir el mismo nivel de educación con el mismo aprovechamiento,  ya que todas las personas no tienen la misma facilidad o disposición para el estudio. Pretender eso es igualar a todos al nivel del más torpe. No sé si esto suena políticamente incorrecto, pero es lo que extraigo de mi experiencia de años de docencia. Pues esto, ni más ni menos, es lo que pasó en España a partir de la implantación de la LOGSE. Se quiso crear una escuela en la que no habría desigualdades, ni siquiera por razón de la inteligencia o de la capacidad intelectual de cada alumno. Se reprimiría la competitividad, que es algo natural y que si se entiende como algo sano, favorece el proceso educativo de los alumnos. Se aprendería a ser tolerante, solidario y todos los niños serían buenos y felices. Qué bonito sería eso pedagógicamente hablando, desde luego, pero cómo nos manipularon a todos los que íbamos a estar involucrados en la tarea de educar y a todos los que, pretendidamente iban a ser educados en la escuela.

Como resultado, con la aplicación de la LOGSE nace la Educación Secundaria Obligatoria (ESO), con cuatro cursos de enseñanza común, repartidos en dos ciclos (1º y 2º de ESO, Primer Ciclo, y 3º y 4º de ESO, Segundo Ciclo), que los alumnos cursarían entre los 12 y los 16 años (con lo cual, la educación obligatoria se alargaba dos años más). Después, el alumno podría optar por cursar dos cursos de Bachillerato o Formación Profesional. Eso significó que hasta los 16 años los alumnos no podrían ser separados ni en base a diferencias intelectuales ni por intereses distintos. En Educación Primaria, En un principio se pretendía que los conocimientos de los alumnos no fueran valorados con las notas tradicionales, sino con unos “progresa adecuadamente” o “no progresa adecuadamente”, que eran mucho más políticamente correctos y que no traumatizaran a los niños. Afortunadamente hace poco se tuvo que rectificar, pero después de tantos años, el mal ya está hecho. En Secundaria, si todos los alumnos tendrían que haber recibido el mismo nivel de formación, no podía hacerse de otra forma que no fuera aligerando los planes de estudio y recortando los temarios de manera que hasta los menos dotados para el estudio o los que tenían menos ganas de estudiar pudieran alcanzar los mínimos exigidos. ¿Y en qué queda el papel del profesor o del maestro? Pues siempre desde la óptica rousseauniana de la educación,  hemos acabado ejerciendo de mentores y orientadores, y también de psicólogos, policías, asistentes sociales, mediadores familiares, de todo, menos de docentes. Porque transmitir conocimientos es lo de menos. Porque hemos llegado a un punto en que un alumno no puede admitir que siente “cierta curiosidad” en saber cómo se adquiere el lenguaje, cuáles fueron las causas de la Primera Guerra Mundial, qué paralelismos encontramos entre la Odissea de Homero y el poema Ítaca de Kavafis o en la resolución de qué problemas matemáticos se puede aplicar un sistema de ecuaciones sin que sus compañeros le consideren un “friki”. Y es que a la escuela parece que ya no se va a aprender (entre otras cosas porque a los alumnos se les ha inculcado que no existe una verdad objetiva), los profesores, como colectivo, nos hemos convertido en una rama de los servicios sociales y un alumno que no da problemas no es ya el que supera trimestre tras trimestre los objetivos de cada materia, sino aquél que no provoca conflictos, no insulta a sus compañeros o no le falta al respeto flagrantemente al profesor.

Asumiendo todos esos nuevos roles que antes correspondían a la familia, favorecen que muchos padres se inhiban de sus responsabilidades educativas y las traspasen a la escuela. Pero, a la vez, desconfían totalmente de la capacidad de los profesores y maestros, contribuyen activamente a que nuestra consideración social y profesional haya caído en picado, y se erigen en jueces de nuestro trabajo, nos lo cuestionan, y culpan a aquéllos a quien han cargado con una responsabilidad que no les corresponde, al menos, no de manera absoluta, de todos los males de sus hijos y de los problemas que les puedan ocasionar. Para un cada vez más amplio sector de padres, la escuela es un “aparcamiento” donde depositar a sus hijos el mayor número de horas posibles, donde tienen que “aprender”, pero sin estresarse, en donde no se les pueden poner tareas para casa, porque después de las clases tienen taekwondo, ballet, hip hop-funky, fútbol, guitarra acústica o malabares, y claro, después se meten muy tarde en la cama y no les dejan ver la televisión tranquilos (aunque no se preocupan de saber qué hacen cuando  entran en sus habitaciones ni se enteran que, una vez en ellas, se pasan horas conectados al Messenger o al Facebook).

Me explicaban unas amigas, maestras de Educación Infantil, que los niños que entran en P3, cada vez les llegan más inmaduros y menos autónomos, sobre todo en el tema de la alimentación, muchos no quieren mascar ni tomar sólidos, porque para las madres es más fácil y cómodo por la mañana seguir enchufándoles un biberón de cereales, porque tardan mucho en tomar unas tostadas y un Cola-Cao, que además corre el peligro de acabar en el suelo, y eso significa, encima, tener que levantarse antes. O que muchos de los niños que no han ido a la guardería todavía usan pañal, porque tener que quitárselo es trabajoso y un engorro, y ya lo harán en el cole. Si extrapolamos esto a los adolescentes, resulta que somos nosotros, los que se supone que tenemos que despertar el amor por la lectura, el interés por la ciencia o la curiosidad por las aplicaciones de la matemática, los que tenemos que acabar enseñándoles desde que no se come con la boca abierta o que las mesas no se pintan con rotulador permanente, hasta cuáles son los peligros del consumo de drogas, las ventajas e inconvenientes de los diferentes métodos anticonceptivos, que la ducha diaria es muy sana o que no se debe llamar “puto moro de mierda” a los inmigrantes de religión musulmana. Si con el tiempo que nos queda podemos enseñarles a comprender lo que leen, a escribir sin demasiadas faltas de ortografía y a saber localizar en un mapa dónde está Bosnia-Hercegovina, pues mejor.

La LOGSE significó también que en educación se empezaran a utilizar una serie de conceptos de nueva cuña pedagógica: “desarrollo curricular”, “temporización”, “secuenciación”, “contenidos conceptuales”, “procedimientos”, “valores”, “normas” y “actitudes”. Ya no existían las asignaturas, sino los contenidos curriculares. No había exámenes, sino “pruebas diagnósticas”. Las evaluaciones tenían que ser “continuas, sumativas y formativas”. En todos los “desarrollos curriculares” se tenía que tener en cuenta la “transversalidad”, otra de las sopas de ajo descubiertas por los pedagogos, y que no es otra cosa que trabajar los temas recurrentes que aparecen en distintas asignaturas y que debían servir para trasmitir los valores que se suponía que tenía que difundir la escuela (la tolerancia, la solidaridad, el respeto al medio ambiente, la educación para la salud, etc).

En definitiva, mientras que en los países europeos que habían adoptado este modelo pedagógico éste se encontraba ya en franco retroceso, en este país parecía que se había descubierto la panacea educativa. La escuela ya no tenía como finalidad transmitir conocimientos sino inculcar valores y asegurar la adquisición de una serie de habilidades a las que llaman “competencias”. Los niños, nos dicen, tienen que “aprender a aprender”.

Transmitir conocimientos ya no es moderno, porque todo es relativo, porque los profesores no tienen la verdad absoluta. No, desde luego que no, decían los profesores que se enfrentaron con la reforma educativa en sus primeros años de andadura, pero algo más que los alumnos seguro que sabrían, al menos, en lo que respecta a las disciplinas que supuestamente tenían que impartir. Craso error, sería la respuesta de los padres de la LOGSE. Porque como cada niño tiene que aprender a su manera, educar no tenía que consistir en la transmisión de un conjunto de conocimientos, sino en quedarnos calladitos a su lado mientras observamos cómo “percibe el mundo” y, a partir de eso, aprende de la experiencia. A lo sumo, podemos darle un toquecito en el brazo si se desvía del camino de los valores, las normas y las actitudes que debe incorporar para convertirse en un buen ciudadano, pero no demasiado fuerte y siempre con educación, que si no, les faltas al respeto y pueden denunciarte.

Posiblemente llegar a estos extremos ridículos no era lo que pretendían los que, quiero creer que de manera bienintencionada, parieron la LOGSE.  Pero que lo que no pueden negar es que su objetivo principal era conseguir una educación sin alternativas para los alumnos, ni en función de su capacidad, inteligencia o intereses futuros. Que gracias a ellos, el docente ha perdido cualquier tipo de autoridad y que la permisividad es total y absoluta en todos los aspectos, disfrazada bajo la máscara de la tolerancia y del diálogo. Todo ello siguiendo la idea de que la escuela no debe sólo transmitir conocimientos (pero no muchos, no vaya a ser que algún alumno no apruebe la ESO), sino “educar en valores”. Y muchos de nosotros, viendo el panorama de la sociedad en la que vivimos, pensamos que, además de todos los conocimientos que marca el currículum, y algunos más, para que nuestros alumnos no salgan al mundo como analfabetos funcionales, les acabamos educando en esos famosos valores: la tolerancia, el valor del diálogo, la igualdad de género, el rechazo al racismo y a la xenofobia… Y a no comer con la boca abierta o a respetar el mobiliario del centro. Añadiría que en esa “educación en valores” se podrían añadir otros que parece que los defensores de la comprehensive school parecen haber olvidado: el valor del esfuerzo, la constancia, el respeto por la opinión del otro, la responsabilidad individual y colectiva, el deseo de superación o la iniciativa.

Pero nadamos contra corriente: si nuestro sistema educativo no contempla ningún principio de autoridad y deja al profesor o al maestro sin ningún recurso frente a las actitudes de apatía, desinterés, hostilidad e incluso violencia de los alumnos; si a un alumno que suspende cinco materias se le puede “promocionar” y, por tanto, pasar de curso, aunque no haya logrado adquirir los conocimientos mínimos exigidos, si hasta hace unos años no se podía repetir curso, si todos los alumnos van a llegar al mismo punto, independientemente del esfuerzo y del trabajo, si la actitud que mantengan en la clase, con los compañeros o con los profesores no se tiene en cuenta ¿quién va a ser el tonto que quiera estudiar y esforzarse?  Entonces ¿por qué nos sorprendemos de que la educación en España esté a la cola de Europa? Lo sorprendente sería lo contrario. Con la implantación de la LOE, la Ley Orgánica de Educación, de 2006-2007, el panorama educativo no ha mejorado y en algunos aspectos, diría que ha complicado más la situación porque el “buenismo educativo” campa a sus anchas.

Las diferentes leyes de educación que ha habido en España desde la transición han sido proyectos fallidos. Creo que cualquiera puede darse cuenta de que la idea de una educación común y prolongada lo único que hace es perjudicar a los alumnos, a todos, sean cuales sean sus intereses académicos y profesionales futuros, y desmotivar a los docentes (que somos uno de los colectivos profesionales con más problemas de depresión, ansiedad y estrés).  Lo único que debería interesarnos es encontrar la manera que los alumnos acaben la educación obligatoria con un nivel de conocimientos que nos iguale al que se exige a los alumnos de los países europeos que están a la cabeza en materia de educación, más que pretender que todos obtengan el mismo mediocre bagaje de conocimientos.  Y para aquéllos que no logren el nivel exigido, que existan alternativas en formación que les permitan afrontar con éxito su futuro en el mundo laboral, dignificando la formación profesional. La situación que se vive en la secundaria de este país es bochornosa: un grupo de alumnos que “desconectan”, en el mejor de los casos, o se dedican a molestar a sus compañeros o profesores, que sólo tenemos dos opciones: o prescindimos de ellos, lo cual es bien triste, o les prestamos atención, con lo cual retrasamos al resto o corremos el peligro de entrar en su juego y llegar a situaciones no demasiado agradables. Tal vez en España alguien tendría que atreverse, como han hecho los laboristas británicos, a permitir la agrupación de los alumnos según su rendimiento, al menos en las materias principales, porque la idea de la “igualdad de resultados” es una falacia, pero además es injusta y no beneficia a nadie.

Quiero dedicar esta reflexión a mis alumnos que durante años me han demostrado sus  ganas de aprender y de superarse y que, echando la vista atrás, han sido muchísimos. A todos los padres y madres que colaboran con la escuela y se esfuerzan cada día en hacer de sus hijos mejores personas. Y a todos mis compañeros y compañeras de profesión, Blanca, María Jesús, Josep Manuel, Cris, José Luis, Anna, Lydia, Jordi, va por vosotros, para que nuestra vocación profesional nos siga animando a acudir cada día a las aulas pensando que sigue mereciendo la pena enseñar… y educar.

Imágenes: www.e-faro.info

 

 

 

 

 

 

 

 

Dame un voto… y toma un bocadillo (o 633,3€)

Hace tiempo que pensaba que la actuación del PSC no podía depararme más sorpresas (o disgustos, según se mire). Pero es bien cierto aquéllo de “vivir para ver”. Porque su última propuesta electoral supera con creces el nivel de insensatez que podría suponerle a cualquier formación política, y eso que, entre unos y otros, están dejando el listón bien alto.

La nueva promesa electoral de Montilla es ofrecer créditos a los jóvenes menores de 25 años que forman parte de la llamada “generación NI-NI”, es decir, aquéllos que “Ni estudian Ni trabajan” para  facilitarles, dicen,  la formación y las posibilidades de encontrar un empleo. Montilla presentó la propuesta en uno de los feudos socialistas en Catalunya, L’Hospitalet de Llobregat, durante la conferencia nacional del PSC para la aprobación de su programa electoral de cara a las elecciones autonómicas catalanas del 28 de Noviembre. Los socialistas catalanes han bautizado la propuesta como “contrato para el futuro” y, según parece, tiene como objetivo que ningún joven en Catalunya esté más de seis meses en paro sin formarse.

La propuesta socialista sería la siguiente:

-los jóvenes menores de 25 años que ni estudian ni trabajan (los famosos “NINI” percibirían 633,3€ mensuales (el equivalente al salario mínimo) durante nueve meses y seguirían cobrando durante tres meses más mientras busquen empleo.

-podrían obtener, además, una “beca-formación”, a fondo perdido, que costearía los estudios durante esos nueve meses.

- para los menores de 30 años con formación, pero que deseen mejorarla, se otorgaría un “crédito-salario” por un máximo de 11.399€, que deberán devolver cuando encuentren trabajo. Con esto, dicen los socialistas, se pretende que este sector de población no permanezca en el paro más de 6 meses sin oportunidad de mejorar su formación.

 - los créditos, que solicitarían a través de los ayuntamientos, tendrían que devolverse sin intereses en el plazo de seis años siempre y cuando el beneficiario encuentre trabajo y el sueldo sea el doble al del salario mínimo nterprofesional. Si durante este plazo el joven perdiera el empleo, se suspendería también la obligación de devolver el crédito hasta que volviera a incorporarse al mundo laboral.

Los socialistas estiman que podrían beneficiarse de estas medidas un colectivo de aproximadamente 124.000 personas y que el coste sería de entre 137 y 148 millones de euros.

Cuando conseguí dejar de parpadear después de leer la noticia, confieso que lo primero que me pasó por la cabeza fue que esta nueva “ayuda” ideada por los socialistas difícilmente se iba a poner en práctica porque, tal como pinta la situación, el PSC lo tiene bastante difícil para repetir mandato. A no ser que haya un nuevo Tripartit, diga Montilla lo que diga en estos momentos. Pero es obvio que, independientemente del resultado de las elecciones del 28 de Noviembre, que sean capaces de “vender” esta propuesta merece algunas consideraciones, de tipo económico y de tipo moral.

Desde el punto de vista económico, no hay que ser un experto para darse cuenta de que los números no salen. Y que una ayuda de este tipo acabaría suprimiéndose, como otras, o bien conseguirla sería una especie de vía crucis más largo que las obras de la Sagrada Familia, como siempre. Que Montilla anuncie esta propuesta, electoralista donde las haya, teniendo en cuenta que hay miles de personas que todavía no se benefician de las ayudas que les corresponden según la Ley de Dependencia, por poner sólo un ejemplo, me parece poco menos que grotesco y que insulta la inteligencia de los votantes. ¿Dónde han quedado otras ayudas sociales anunciadas a bombo y platillo por el PSOE y que han tenido que retirar a causa del estado agónico de nuestra economía? Las “ayudas” de los socialistas, concebidas en una especie de estado de borrachera presupuestaria, las estamos pagando con más déficit, recortando sueldos, congelando pensiones, pretendiendo aumentar la edad de jubilación porque no tienen ni un euro, comprometiendo, en suma, el futuro de los jóvenes, de los que sí quieren formarse y trabajar. La reflexión que me hago es la siguiente: si no hay dinero público para becar a los jóvenes que desean labrarse un futuro, para los parados que han pagado religiosamente sus impuestos y que ahora se encuentran en una situación francamente comprometida, para los pequeños y medianos empresarios que tienen que hacer cada día juegos malabares para no echar el cierre a sus empresas… ¿Van a encontrar presupuesto para subvencionar a ese sector de jóvenes que prefiere pasarse el día en el parque o apalancados en el sofá?

Ésta es una medida muy del estilo del socialismo español, que ha fomentado la cultura de la “gratuidad”, del recibir sin aportar nada a cambio. Algo así como el PER en Andalucía, por ejemplo. Hace poco, una señora natural de Burgos, pero que lleva muchos años viviendo en Catalunya explicaba que en su tierra ha habido temporadas en que los trabajadores del campo han preferido dejar perder la cosecha que recogerla, porque consiguen más dinero tirando de ayudas estatales y europeas que yendo al campo cada día a trabajar. Lo mismo sería aplicable a los NINI’s ¿Para qué van a trabajar si se les está subvencionando precisamente el hecho de no hacerlo?

Por otra parte, creo que esta medida, de llegar a aplicarse, resultaría muy difícil de controlar. ¿Cómo demostrarán esos jóvenes que están buscando trabajo? ¿Pedirán un justificante cada vez que asistan a una entrevista? Además, si tienen que devolver el famoso crédito una vez obtengan un trabajo con un sueldo que sea el doble al salario mínimo interprofesional (estaríamos hablando de unos 1.2oo€), me río yo de cuántos van a poder devolverlo, teniendo en cuenta los sueldos que se pagan en este país, incluso a los jóvenes con estudios y formación. Si a esto le sumamos que si llegan a perder el empleo, la obligación de retornar el crédito queda en suspenso, no quiero pensar cuánto tiempo les van a durar los trabajos.

 Y ahora, las consideraciones morales, que pueden hacerse y muchas. Esta medida puede que les permita arañar votos en un sector de población que tradicionalmente no acude a las urnas ¿Para qué? Pero está claro que perderán los de muchísimos jóvenes cuyo futuro no es nada halagüeño debido a la mala gestión económica de los gobiernos socialistas, ya sea central o autonómico. Sumados a los que van a perder entre los que ven, como yo misma, como miles de puestos de trabajo están pendientes de un hilo, su economía se resiente a causa de la subida de impuestos, el gasto social se recorta por todos lados y ya se imaginan trabajando todavía a los 70 años para subvencionar los créditos a los NINI’s. En conjunto, me parece una inmoralidad.

El gobierno no se preocupa de los jóvenes que deben endeudarse para pagar esos másters y postgrados que se les exigen desde la implantación del Plan Bolonia, ya que con los títulos de grado que consiguen en las universidades catalanas y españolas, lo máximo que van a poder hacer es envolver un bocadillo. Esas titulaciones añadidas valen, a menudo, miles de euros, que suponen un esfuerzo económico para muchísimas familias, cuando ya para la mayoría lo es el simple hecho de poder enviar a sus hijos a la universidad. ¿Se acuerdan en algún momento nuestros impresentables gobernantes de estos chicos y chicas y de sus familias? Estos jóvenes, cuando por fin consiguen sus másters, logran hablar tres idiomas (pagando las clases como actividades extraescolares, claro, porque el nivel de idiomas que se imparte en la escuela pública de este país es, en general, para ponerse a llorar) y tienen no sé cuántos postgrados, acaban haciendo las maletas, porque no encuentran empleo o los sueldos que les ofrecen son irrisorios en relación a la preparación que se les exige. Estamos viviendo una oleada de “fuga de cerebros” y a los iluminados del PSC sólo se les ocurre subvencionar el analfabetismo funcional y la vagancia. ¿Creen de verdad que esta medida fomenta el empleo?

Seamos claros. Un chico o una chica menor de 25 años que no tenga una formación académica mínima (y mira que la ESO es mínima, mínimz, mínima) es, sencillamente, porque no le ha dado la gana de abrir un libro. No hay más. Sé de lo que hablo porque me dedico a la docencia y trabajo cada día con adolescentes. Cualquier estudiante de 16 años que no haya sido capaz de aprobar 4º de ESO sin tener ningún problema de aprendizaje que se lo dificulte, es porque no ha querido. Incluso en esos casos hay vías alternatvas de formación. Si llegan a los 25 años sin haber trabajado en nada o habiendo sido incapaces de conservar un empleo, no creo que lo que necesiten sea, precisamente, dinero a cambio de nada, porque se reafirmarán en su postura vital irresponsable. Aun en el caso remoto que existiera presupuesto para conceder tales créditos, debería exigírseles algún tipo de actividad, de tipo social, por ejemplo, no simplemente que se dediquen a buscar trabajo. Todos sabemos que lo que no cuesta nada, no se valora, es de sentido común, aunque sea el que menos demuestren tener los socialistas.

 Puedo asegurar que a los padres, a los profesores, cada vez nos cuesta más educar a los jóvenes en la cultura del esfuerzo, de la constancia, inculcarles determinados valores, como el del trabajo. Los “Grandes Hermanos” y los “Sálvame” juegan en nuestra contra. Pero si encima nuestros propios gobernantes los premian por no haber estudiado ni trabajado, tenemos la batalla perdida.

Y ¿sabéis lo que más me sulfura de todo esto? Que ni siquiera soy de derechas y, por tanto, no me estoy frotando las manos ni entro en éxtasis cada vez que pienso que las próximas elecciones puedan ganarlas, tanto en Catalunya como en el Estado español, partidos conservadores. Porque si algo duele es que te decepcionen una y otra vez aquéllos que durante años has pensado que te representaban.

Imágenes: www.e-faro.info

 

Praga, itinerarios y recomendaciones (VIII): los mejores parques y jardines de la ciudad

Es posible que Praga no esté a la altura de otras capitales europeas en cuanto a parques y jardines se refiere. Sin embargo, los praguenses se muestran orgullosísimos de ellos, los consideran un vestigio vivo de otros tiempos, y, a la vez han sabido integrarlos en su vida cotidiana. En Praga encontramos desde pequeños jardines casi secretos, oasis de paz en medio del ajetreo de la ciudad en donde sentarse a leer, a pensar o simplemente hacer un alto en el quehacer diario, hasta grandes parques abiertos en las afueras donde disfrutar del tiempo de ocio con la familia y los amigos.

En una estancia en Praga, me parece casi un crimen no disfrutar de alguno de sus parques y  jardines, la mayoría de estos últimos pertenecientes a palacios de los siglos XVII y XVIII y que en los dos siglos posteriores pasaron a ser jardines públicos.

Isla de Kampa

Desde la plaza Na Kampé hasta el extremo sur de la isla, prácticamente todo el espacio está ocupado por un extenso parque, que se creó al unir los jardines privados de dos antiguos palacíos. Uno de los lugares más hermosos y más relajantes en Praga.

Parque en la Isla de Kampa

Jardines del Castillo de Praga

Tanto los Jardines del Sur como el Jardín Real merecen por si mismos un recorrido tranquilo por parte del visitante del Castillo de Praga. Los primeros se diseñaron y construyeron en 1891 en el terreno que ocupaban los antiguos bastiones defensivos del Castillo. Desde ellos se contemplan unas de las vistas más hermosas de la ciudad de Praga.

Jardines del Sur

El Jardín Real se diseñó en el siglo XVI en estilo renacentista, aunque se renovó en el siglo XIX. Un relajante paseo entre sus estatuas es uno de los alicientes que ofrece una jornada en el recinto del Castillo.

El Belvedere en el Jardín Real

El Jardín Wallenstein

Estos jardines pertenecían al Palacio Wallenstein, el primer edificio civil de importancia de la Praga Barroca. Los jardines mantienen el mismo diseño que en la época de su construcción, entre 1624 y 1630. Están presididos por un hermoso pabellón que recibe el nombre de Sala Terrena. Un estanque con una fuente y una hilera de estatuas, copias de las originales construidas por Adriaen de Vries que los suecos saquearon en 1648, decoran uno de los rincones más agradables para recibir los primeros rayos del tímido sol primaveral de Praga, para leer o charlar tranquilamente con los amigos. Una enorme y diría que casi extraña construcción con una fachada que imita unas estalactitas artificiales completa el conjunto. Detrás del estanque se encuentra la antigua escuela de monta, que hoy se utiliza como sala de exposiciones de la Galería Nacional.

Jardines Wallenstein

Jardines Ledebour

Situados a los pies del Castillo de Praga, entrando por Valdštejnská 3. Podemos llegar a los Jardines Ledebour con la línea A del metro, estación Malostranská, o con los tranvías 12, 18 y 22.

Durante la Edad Media, la ladera sur del Castillo estaba ocupada por jardines y viñedos. A partir del siglo XVI, la nobleza empezó a construir sus palacios en ese emplazamiento para situar sus residencias cerca del Castillo, sede del poder real. Fue en esa época cuando se empezaron a diseñar jardines mucho más amplios, formando terrazas al estilo de los jardines italianos renacentistas. Muchos de estos jardines se remodelaron en los siglos XVII y XVIII, añadiéndoles estatuas y elementos decorativos barrocos.  Tres de los jardines que pertenecían a antiguos palacios, los Ledebour, Černin y Pálffy acabaron uniéndose y se permitió la entrada al público. Aunque permanecieron cerrados durante bastante tiempo a causa del mal estado de las escaleras de acceso a los jardines y volvieron a abrirse en 1995 y actualmente son uno de los lugares preferidos para los conciertos al aire libre.

Jardines Ledebour

El Jardín Ledebour fue diseñado a principios del siglo XVIII y posee una Sala Terrena, como muchos de los jardines de esa misma época. Si durante la estancia en Praga se celebra algún concierto en estos jardines, no podéis dejar pasar la ocasión.

El Jardín Vrtba

Se construyó, como los anteriores, en el emplazamiento de unos antiguos viñedos. Hoy en día se accede a él por la calle Karmelitská, muy cerca de la Plaza de la Malá Strana. También estuvo cerrado al público durante  unos años de remodelación y pudo volver a visitarse a partir de 1998.

Jardín Vrtba

Es un pequeño jardín barroco diseñado en 1720 por František Kaňka. Su forma escalonada en terrazas permite contemplar, desde la parte más alta, unas magníficas vistas de la Malá Strana. Como todos los jardines barrocos de la ciudad, se adorna con una Sala Terrena en la parte inferior, así como estatuas de figuras mitológicas, obra de Matthias Braun, el escultor de algunas de las figuras del Puente de Carlos.

El Parque Letná

Se llega al Parque Letná con la línea A del metro (estación Malostranská) y con los tranvías 1,8,15 y 25, bajando en la parada Sparta. Se puede llegar a pie, bajando desde la explanada del Castillo, o desde el Barrio Judío, cruzando el Puente Čechův.

El parque Letná está justo al otro lado del río si nos situamos en el Josefov, el antiguo Barrio Judío de Praga. Desde la orilla opuesta es fácil localizarlo, ya que en él se levanta un metrónomo de 23 metros de altura que es visible desde muchos puntos de la ciudad. Letná se encuentra unido a otro parque, el Chotek, cercano al Castillo, a través de un puente que se construyó en 1995.

Desde el Parque Letná, que significa La colina de verano, podemos contemplar en vivo y en directo una de las imágenes más fotografiadas de Praga: su sucesión de puentes sobre el Vltava.

El Vltava desde el Parque Letná

Si las vistas desde el parque son extraordinarias, el paraje natural que lo conforma es precioso. Es posiblemente el lugar preferido por los habitantes de la ciudad para disfrutar al aire libre de los momentos de ocio. Está siempre frecuentado por familias con niños, grupos de jóvenes, parejas paseando, ancianos tomando el sol… El parque está rodeado de antiguos palacetes barrocos y rococós que se han reconvertido en cafés y restaurantes, así como de estatuas que dan majestuosidad al entorno.

El Parque Letná

Lo primero que nos encontramos al acceder por los escalones que llevan de la terraza de la entrada al parque es un pedestal en el que se levanta un enorme metrónomo de 23 metros de altura, que ocupa el lugar de una gigantesca estatua de Stalin y sus compañeros comunistas y que se retiró en 1991.

Metrónomo en el Parque Letná

En el parque también encontramos una construcción en hierro forjado que recibe el nombre de Pabellón Hanavský, que data de 1891 y que fue erigido para conmemorar el centenario de la primera Exposición Industrial celebrada en Praga. Hoy en día alberga un restaurante y un café.

Pabellón Hanavský

Para los turistas, el Parque Letná es el lugar ideal, sobre todo en primavera y en verano, para tomarse un respiro, especialmente después de una jornada de visita por la ciudad.

Los jardines Vojan

Se encuentran en la Malá Strana, en la calle U lužického semináře, al lado de los Jardines Wallenstein. Se llega a ellos con la línea A del metro, estación Malostranská, y con los tranvías 12, 18 y 22. Datan del siglo XVII y formaba parte del antiguo Convento de los Carmelitas.  Los jardines, bastante austeros en comparación con sus vecinos Wallenstein, Ledebour y, por supuesto, con los del Castillo, constituyen otro rincón de Praga ideal para relajarse y descansar.

Jardín Vojan

 El Parque Stromovka

Parque Stromovka

Stromovka es un parque natural a las afueras de Praga (Praha 7), que actualmente se encuentra casi rodeando el Parque de Exposiciones, construido para la Exposición de 1891. Ya desde 1266 era coto de caza de los reyes de Bohemia, como prueba el Palacio de Verano, que era el antiguo Pabellón de Caza medieval.

El Parque se encuentra a unos pocos minutos del Zoo de Praga y del Palacio de Troja, justo en la otra orilla del río, por lo que se puede aprovechar la visita a este último para pasear por Stromovka. Si se viaja con niños, la visita al Zoo y, seguidamente al Parque, pueden constituir una divertida jornada.

Para llegar al parque Stromovka se pueden tomar los tranvías 5, 12 y 17, que dejan en U Výstaviště, en la entrada del Parque de Exposiciones. En metro, las estaciones más cercanas son Vltavská y Nádrazí Holesovice, de la línea C, a unos 10 minutos a pie hasta el Parque.

Imagino que muchos visitantes van a aprovechar para visitar también el Parque de Exposiciones (es un lugar muy socorrido si se viaja con niños, ya que siempre hay exposiciones interesantes, eventos, competiciones deportivas, etc).

Palacio Industrial en el Parque de Exposiciones de Stromovka

Para visitar el Parque Stromovka lo mejor es tomar la larga avenida de castaños que queda a la izquierda del acceso al Parque de Exposiciones. Si avanzáis por este camino, subiendo la ladera, dejaréis a vuestra izquierda el Planetario y llegaréis hasta el Acueducto de Rodolfo II, que se construyó en 1584, con una longitud de más de 1 km y que servía para llevar el agua del río Vltava a los estanques del Parque.

Parque Stromovka

Continuando el paseo se llega a la Casa Real, un edificio ahora abandonado que data del siglo XVII. Durante un tiempo fue el restaurante Slechta y después, a mediados del siglo XIX, rehabilitado en estilo neogótico.

El restaurante Slechta, ahora abandonado

A continuación, tomando un ramal que queda en una curva a la izquierda, se sube por un camino bastante empinado hasta el Antiguo Pabellón de Caza de los Reyes de Bohemia. Posteriormente, el edificio se amplió en estilo neogótico y en 1805 se convirtió en Palacio de Verano. Actualmente alberga la hemeroteca del Museo Nacional.

Antiguo Pabellón de Caza

Hay que regresar al camino principal que se ha abandonado para ascender hasta el Pabellón de Caza. Si continúa adelante y se toma el primer camino que queda a la derecha, se llega a un pequeño jardín de estilo francés del siglo XVI, en donde destaca una estatua que representa a una pareja.

A partir de aquí, el paseo nos lleva hasta la orilla opuesta del río, a través de un puente que atraviesa un canal del río Vltava y que llega hasta los jardines del Palacio de Troja. Desde el jardín francés, hay que regresar otra vez al camino principal que hemos dejado atrás. Seguimos el camino hasta llegar a una bifurcación: allí tomaremos el camino de la derecha. Llegará un momento en que encontremos un camino a nuestra izquierda, que pasa por debajo de la vía del ferrocarril.  Seguiremos adelante hasta que encontremos el canal del río Vltava.  Lo cruzaremos por el puente y torceremos a la izquierda, caminando paralelos al río por la calle Povltavská.  Allí encontraremos el muro que delimita una de las entradas al Castillo de Troja. Para llegar a la entrada, hay que atravesar los jardines del mismo. Justo en la entrada se puede tomar el autobús 112, que deja en la estación de metro de Nádrazí Holesovice.

UNA SUGERENCIA ESTIMULANTE: otra manera mucho más divertida y bonita para regresar al centro de Praga es tomar uno de los barcos que hacen la travesía del Vltava. Se toman en el mismo puente que atraviesa el canal y su recorrido llega hasta el Puente Palacký (Palackého Most), en la Ciudad Nueva, con la posibilidad de desembarcar también en la Isla de Kampa, junto al Puente de Carlos.

 

 

True Blood, tras finalizar la tercera temporada: friends don’t let friends drink friends

Una advertencia para los hipotéticos lectores que pueda tener esta entrada: resulta muy difícil, más bien diría que imposible, escribir un comentario sobre un libro, una película o una serie televisiva sin dar información sobre los mismos. Como no era capaz de opinar o comentar sin desvelar determinados detalles, he optado por escribir lo que me apetecía y como me apetecía, advirtiendo, eso sí, que la entrada contiene referencias a situaciones y personajes de las tres temporadas de True Blood que podrían perjudicar el interés y el nivel de intriga de aquellas personas que no han seguido la serie. O sea, que lo que sigue tendría que estar plagado de spoilers. Quien avisa no es traidor.

True Blood es una serie que parece no dejar indiferente a nadie: unos la aman, otros la odian y muchos, diría que los que más, esperan ansiosamente cada uno de sus episodios mientras se preguntan por qué razón están tan “enganchados” a una serie bastante irregular en calidad y con unos altibajos más que evidentes en cuanto a interés argumental. Ahora, tras finalizar su tercera temporada, seguramente habrá una redistribución en  la composición de estos tres grupos: los que son fans incondicionales de la serie lo seguirán siendo, porque si no se sintieron decepcionados con la segunda temporada, difícilmente renegarán de ella  tras la tercera, que a mi entender, ha reconciliado bastante a sus seguidores con las historias y los personajes de True Blood. No sé si va a hacerse más numeroso el grupo de los que odian esta serie  protagonizada por vampiros y humanos que se relacionan siempre en un dificílisimo equilibrio. Mientras tanto, yo me mantengo en la tercera categoría, apuesto a que la más numerosa.

A buen seguro que no debo ser la única persona que durante estas vacaciones ha dedicado unas horas a seguir la tercera temporada de la famosa serie televisiva True Blood, basada (cada vez más libremente) en las novelas The Southern Vampire Mysteries de la estadounidense Charlaine Harris. Los capítulos de esta tercera entrega, que se estrenó en EEUU en Junio, ya han circulado por Internet durante todo el verano, lo que ha permitido visualizarlos on line o por descarga directa.

True Blood es la adaptación de Alan Ball (A dos metros bajo tierra, American Beauty) para la pequeña pantalla de las aventuras y desventuras de Sookie Stackhouse, una camarera telépata que vive en una pequeña y conservadora comunidad del norte de Louisiana. Sookie ve alterada su anodina existencia cuando, gracias a la fabricación por parte de los japoneses de una sangre sintética, comercializada con la marca True Blood, los vampiros del mundo, después de milenios de ocultación y de verse condenados a matar para  prolongar su “no vida”, deciden “salir del ataúd” y declarar que, no siendo ya una amenaza para los humanos, pueden convivir con ellos y reclaman sus “derechos civiles”. Cuando una noche aparece en el Merlotte’s, el bar donde trabaja, Bill Compton, un vampiro partidario de la “adaptación”, se abre para Sookie la existencia de un mundo sobrenatural, más allá de lo que vemos y percibimos por los sentidos,  poblado por seres que hasta ese momento se ocultaban tras la sombría cortina de lo mítico,  en el imaginario terrorífico de los humanos o en las páginas de las novelas de terror. Los vampiros de True Blood, que aparentemente ya no van a necesitar desgarrar yugulares cada noche para alimentarse, están más cerca del glamour de una estrella del rock que de la figura  siniestra del No Muerto imaginado por Stoker, aquél que se levanta cada noche del ataúd depositado en una cripta húmeda y maloliente. Los nuevos vampiros se relacionan con los humanos, regentan negocios y dirigen partidos políticos. Pero Sookie descubrirá que es imposible vestir al lobo con piel de cordero y que los vampiros, por muy atractivos y encantadores que puedan parecer en sus esfuerzos por “normalizar” su condición, no pueden sustraerse a lo que conforma su verdadera naturaleza: el instinto depredador.

Dicen los detractores de True Blood que esta serie sólo puede gustar a fanáticos de la figura del vampiro o a descerebrados adictos al gore y al sexo explícito gratuito. Pues hay que ver, y yo pensando durante años que era un poco más profunda que todo eso… Pero sí, es cierto, True Blood puede no  gustar a quien no experimente, si no fascinación, al menos una mínima curiosidad por la figura del no-muerto. Ya sea en los rincones más recónditos de las leyendas ancestrales, en las páginas de la novela gótica o en las pantallas cinematográficas, el vampiro, un ser oscuro y maldito, sediento de sangre humana que lo mantiene en una torturante frontera entre la vida y la muerte y que es a la vez su fuerza y su atractivo, pero también su maldición eterna, es uno de los personajes que más interés ha despertado y despierta entre el público. Unos envidian su poder, otros le temen y, en el fondo, todos lo compadecen.  ¿Os habéis planteado alguna vez que no debe ser nada fácil eso de vivir eternamente esclavo de la muerte ajena para mantener la propia vida?

Acerca de la estética gore, diría que el nombre de la serie no puede engañar a nadie: en ella hay sangre, mucha, y fresca. ¿Qué se puede esperar de una serie sobre vampiros? Al fin y al cabo, no era demasiado creíble esa imagen clásica de Bela Lugosi o de Christopher Lee clavando los incisivos a una asustada muchacha en plena yugular y saliendo de ésta un modesto hilillo de sangre ¿o no? Tampoco pretendo negar que algunas escenas son en exceso sangrientas (confieso que prefiero ver morir a un vampiro deshaciéndose en limpias cenizas que estallando en borbotones de sangre y tejidos blandos), pero el hiperrealismo es propio también de otras muchas producciones cinematográficas o televisivas y nadie las ha calificado de “gore”. Por lo que respecta al sexo más o menos explícito o más o menos gratuito, creo que el erotismo y la sexualidad son inherentes al mito del vampiro, el ser que fascina al humano, lo lleva más allá de las reglas morales y le permite romper tabúes. No se le puede escapar a nadie que el hundimiento de los incisivos en la carne de otro ser no deja de ser una referencia sexual clara. Mezclar la sangre, correr por las venas del otro es una imagen amorosa y pasional usada a menudo en literatura. Allan Ball, el guionista de True Blood, explicita este universo erótico y seductor que envuelve al vampiro y lo sitúa en la sociedad actual, con sus usos y costumbres sexuales. Ni más ni menos. Que esas escenas nos puedan parecer gratuitas o explícitas dependerá de la sensibilidad de cada uno. A mí, particularmente, no me lo parecen, cualquier película española contiene más sexo gratuito que True Blood. Ahora mismo pienso también en una serie como Los Tudor, que la Primera de TVE ha estado emitiendo en prime time después de haber pasado también por Digital Plus. Sus escenas de sexo explícito no tienen nada que envidiar a las de True Blood, aunque claro está, el sexo entre reyes, reinas y nobles tiene mucho más glamour, dónde vas a parar. Recuerdo en concreto una escena en que Enrique VIII, al que da vida un Jonathan Rhys-Meyer definitivamente demasiado atractivo para el papel, aliviaba manualmente su deseo por una todavía inalcanzable Ana Bolena, mientras un discreto criado, apartaba la vista mientras sostenía una especie de palangana, dorada y regia, por supuesto, para recoger el producto final de semejante operación. Mi cerebro y mis ojos tardaron ni se sabe en ponerse de acuerdo para decodificar lo que estaba sucediendo en la pantalla, tan increíble me pareció. Si eso no es gratuito, que baje Dios y lo vea.

No voy a negar que tras una prometedora primera temporada y una segunda entrega más bien floja, en conjunto, y tan surrealista en ocasiones que se acercaba peligrosamente a lo risible, continúo preguntándome qué debe tener True Blood para “enganchar” a tantos millones de seguidores, entre ellos yo misma (hace tiempo que intento explicarme por qué todavía continúo experimentando esa extraña fascinación por esta serie, a ver si al final va a resultar que realmente pertenezco al grupo de los descerebrados adictos al gore y al sexo gratuito…), aun cuando su calidad ha mostrado bastantes altibajos. Es evidente que la “moda vampírica” de que tanto se habla, iniciada con la saga Crepúsculo, ha tenido mucho que ver. Pero True Blood marca una diferencia clara con el resto de productos televisivos, cinematográficos y literarios que tienen como protagonistas a los vampiros y que invaden las pantallas y las librerías desde hace unos años. True Blood sería, por decirlo de alguna manera, la versión socarrona y ligera de cascos de la puritana Crepúsculo. En fin, ya lo dice la canción de Jace Everett en el estupendo opening de la serie: I wanna do bad things with you

Y a propósito de Crepúsculo, parece que su autora, Stephanie Meyer, no fue tan original como se cree cuando imaginó una nueva clase de vampiros, que son capaces de sobrevivir sin alimentarse de los humanos. La idea ya se insinúa en Entrevista con el vampiro, de Anne Rice, anterior en más de dos décadas a las famosas novelas de Meyer, en la cual Louis, recién convertido en no-muerto, rechaza atacar a los seres humanos para beber su sangre y se alimenta, en un principio, sólo de animales, lo que provoca el desprecio de Lestat, su creador. Esta idea toma forma en otra famosa saga vampírica, The Vampire Diaries, de L.J. Smith, cuyas novelas fueron publicados por primera vez en 1991, y que han llegado también a la pequeña pantalla. En ellas, un vampiro casi adolescente, Stephan Salvatore, como el protagonista masculino de Crepúsculo, consume sangre animal y ama a una humana. Stephan tiene un hermano, Damon, también vampiro, que se niega a renunciar al poder, a la fuerza y al atractivo que le confiere la sangre humana y desprecia a Stephan como Lestat despreciaba a Louis en las novelas de Rice. L.J. Smith, que escribió sus novelas pensando en un potencial público adolescente, imagina, además, un triángulo amoroso entre Stephan, su novia humana, Elena, y el perverso e irresistible Damon, el “chico malo pero no tanto“.

The Vampire diaries

Esto nos recuerda, salvando las distancias, por supuesto, al triángulo Bill-Sookie-Eric en True Blood (y en su versión más descafeinada y apta para todos los públicos, a la relación de la protagonista de la saga Crepúsculo con el vampiro Edward y el hombre-lobo Jacob). Así que si tuviéramos que otorgar el título de “creadora de vampiros humanizados”, sin duda tendríamos que entregárselo a L.J.Smith, a pesar de que sea Stephanie Meyer la que haya cosechado los mayores éxitos con sus novelas.

Sookie y Eric

Sookie y Bill

Entre L.J.Smith y Stephanie Meyer se situarían las novelas de Charlaine Harris, que constituyen la base de la trama argumental de True Blood, aunque la adaptación que está llevando a cabo Allan Ball sea cada vez más libre y personal. El universo que imagina Charlaine Harris en sus novelas, su historia de amor entre una camarera un poco paleta, pero con poderes telepáticos, y un vampiro que quiere, aparentemente, reintegrarse en la sociedad después de más de 140 años de sangrientas correrías nocturnas, parecía no haber despertado la atención de los lectores por estos lares. Pero todo ha cambiado tras la llegada a las pantallas de True Blood. La mezcla de terror, de lo sobrenatural, de intriga, humor negro, mala leche, erotismo, sarcasmo y romanticismo de esta serie, que cuenta además con unos personajes mucho más complejos que los creados por L.J.Smith y Meyer, han atraído a un público adulto que no siempre se sentía cómodo con esas sagas de vampiros adolescentes.

En su primera temporada se entrecruzaban dos tramas principales: por una parte, la incorporación de los vampiros a la sociedad después de siglos de oscuridad y secretismo, y por otra, los asesinatos de una serie de mujeres que tienen en común haberse relacionado con vampiros. Cuando los conflictos entre vampiros y humanos empiezan a sucederse, se hace evidente una clara referencia al tradicional rechazo sureño de la población afroamericana. Conocer la ideología altamente endogámica imperante en el Sur, su manera de vivir, sus mitos y tradiciones es fundamental para entender la primera temporada de True Blood.

Los no-muertos aparecen organizados, además, en una compleja jerarquía o sistema social, que es uno de los elementos más novedosos e interesantes de la serie, ya que hasta entonces, el vampiro era un depredador que actuaba solo y que carecía totalmente de sentimientos o de instinto social, no ya no con los humanos, por supuesto, sino incluso con sus congéneres. Los vampiros se alinean en dos bandos, los partidarios de la “socialización” (unos más sinceramente que otros) y los que no creen en ella y se niegan a renunciar al poder y a la fuerza que les otorga la sangre humana. Hay un magistrado y unos sheriffs que controlan la comunidad vampírica y que hacen cumplir sus particulares leyes. El personaje de Bill Compton, lleno de contradicciones y en continua lucha, debatiéndose entre su deseo de llevar una vida “normal” al lado de Sookie y la influencia de los vampiros que le recuerdan constantemente a quién debe lealtad y cuál es su verdadera naturaleza, lo convierten en una especie de paria para ambos grupos, humanos y vampiros, ya que no llega a ser aceptado por los primeros y sufre el rechazo y el recelo de los segundos. En esta primera temporada se introduce el personaje de Eric Northman, el sheriff de la Zona 5 a la que pertenece Louisiana, un vampiro vikingo que tiene más de 1.000 años y que irá cobrando importancia a medida que se suceden los capítulos por su antagonismo con Bill Compton.

Eric regenta un bar de vampiros llamado Fangtasia , junto con Pam, su socia y, a la vez, “hija vampírica”, ya que él fue su creador. Pam es una vampira toda elegancia y glamour, con inclinaciones lésbicas, fría y calculadora pero dotada de una ironía y un humor negro impagables. Sus diálogos son de lo mejor de la serie.

La trama misteriosa que se teje alrededor de los asesinatos de mujeres resulta mucho más tradicional que el imaginario verdaderamente original que recicla el mito del vampiro y lo adapta a los nuevos cánones imperantes. Sirve, básicamente, para dotar de vida al personaje del hermano de Sookie, Jason Stackhouse, una especie de semental todo músculos y poco cerebro, que se convierte en el principal sospechoso de esos crímenes.

Si algo tiene que agradecer Charlaine Harris a Allan Ball, el guionista de la serie, es que recupere algunos personajes secundarios de la novela, caracterizados de manera superficial, y les otorgue forma y contenido, profundidad psicológica. Éste sería el caso de Jason, que obtiene protagonismo en la serie desde la primera temporada. Particularmente pienso que ha sido un acierto de Alan Ball, ya que da mucho juego y lo sigue dando en las temporadas posteriores, a pesar de que esta opinión no la suscriban todos los seguidores de True Blood.

Lo mismo sucede con el personaje de Tara, la huraña e irascible mejor amiga de Sookie, quien en las novelas aparece siempre de manera muy tangencial y se nos describe como una chica algo frívola, dueña de una tienda de moda y que frecuenta la compañía de vampiros ricos. En la serie, sin embargo, Tara es una muchacha negra, hija de una alcohólica y que no consigue llevar una vida estable, ni desde el punto de vista personal ni profesional. A diferencia de la Tara literaria, en la serie, el personaje es reacio a las relaciones con vampiros y no oculta su antipatía por el novio no-muerto de su mejor amiga. En True Blood, Tara será uno de los personajes imprescindibles, llegando a protagonizar una de las tramas que se desarrollan en la segunda temporada, con algunos momentos memorables.

Otro de los personajes recuperados por Allan Ball para la serie es Lafayette Reynolds, el cocinero gay del Merlotte’s, que es asesinado al cabo de pocas páginas de haberse iniciado la primera de las novelas de Harris, Muerto hasta el anochecer. Lafayette se convierte, por obra y gracia del guionista de True Blood en primo de Tara y traficante de V, la sangre de vampiro, una droga ilegal a la cual muchos humanos se han convertido en adictos. Sus efectos serían una combinación entre los de la Viagra, el LSD y la pócima que Panorámix prepara para Astérix. Obviamente, para conseguirla, los traficantes tienen que contar con vampiros bien dispuestos a ser drenados, lo que lógicamente no sucede, o bien atraer con alguna artimaña a los no-muertos para dejarlos secos. Eso, a la luz de las nuevas leyes producto de la incorporación de los vampiros en la sociedad humana, se considera un delito y el vial de sangre de vampiro se cotiza a precios muy elevados en el mercado de la droga. ¿Queréis un elemento temático más actual que éste?

En conjunto, al menos en cuanto a la caracterización de personajes se refiere, la serie televisiva ha salido ganando en relación a las novelas. Hoyt Fortenberry, el amigo íntimo de Jason Stackhouse, el policia Andy Bellefleur y su primo Terry, o Arlene, la camarera compañera de Sookie, ya en la primera temporada se convierten en piezas fundamentales de la trama argumental de la serie, mientras que en las novelas no son más que meras comparsas.

Hoyt

Arlene

En la segunda temporada, Allan Ball crea nuevos personajes, como el de la vampiresa Jessica Hamby, una joven que es convertida por Bill Compton como compensación por haber matado a otro vampiro. Reconozco que siento una especial debilidad por Jessica, inexperta y angustiada por su nueva condición de no-muerta, sin saber cómo controlar el poder que esto le otorga y todavía absolutamente ligada a los sentimientos humanos, como el del que se experimenta con el primer amor, que ella encuentra en Hoyt Fortenberry.

Jessica Hamby

Hoyt y Jessica

En la segunda entrega, True Blood apuesta definitivamente por lo sobrenatural: si resulta que los vampiros existen ¿por qué no pueden ser reales otras criaturas que hasta entonces sólo aparecerían en nuestras pesadillas? El pueblecito de Bon Temps parece ser terreno abonado para las experiencias con seres de otra naturaleza y allí nadie es lo que aparenta ser. Tal vez el caso más chocante sea el de Sam Merlotte, el dueño del bar donde trabaja Sookie, que es un cambiante, es decir, alguien que puede transformarse en un animal.

Sam Merlotte

En el caso de Sam, este cambio se traduce en un inofensivo perrito collie, que corretea por el bosque. Pero la existencia de los cambiantes anuncia ya la existencia de otros mucho menos inocentes y simpáticos: los hombres lobo. Era de esperar ¿acaso no son los enemigos acérrimos de los vampiros? Tendríamos que esperar a la tercera temporada, sin embargo, para verlos en acción e involucrando a Sookie en sus especiales y tensas relaciones con los no-muertos.

Confieso que la segunda temporada de True Blood podría haber sido una decepción completa de no ser porque de las dos tramas que desarrolla, una de ellas logró finalmente reconciliarme con la historia y sus personajes. Pero fue durante este tiempo cuando pensaba más menudo que a ver qué hacía yo esperando el siguiente capítulo si aquello se había convertido en algo parecido a un grotesco esperpento. Los doce capítulos que forman la segunda entrega se mueven entre dos historias: la trama de la Iglesia del Sol y del vampiro Godric, que se desarrolla en Dallas,  y la historia de la Ménade Maryann, que tiene lugar en Bon Temps y que convierte ese aparentemente apacible y conservador pueblecito sureño en una bacanal continua.

Los doce capítulos que la forman se inician con otro conflicto entre Sookie y Bill, cuando ella descubre que ha convertido a la adolescente Jessica en vampira y que, al ser su creador, ésta va a estar bajo su cuidado. La enamorada camarera empieza a sospechar que su amado novio vampiro puede estar ocultándole más secretos que la existencia de una vampira rebelde e inexperta.

Por otra parte, Sookie es atacada en el bosque por un extraño ser que ella describe después como un “toro humano”, que le desgarra la espalda inoculándole un veneno mortal. Sólo logra sobrevivir gracias a que su amado Bill la lleva al Fangtasia, el bar de vampiros propiedad de Eric Northman, para pedir que la curen, cuando se da cuenta que él, con su sangre vampírica  no puede hacerlo. Eric solicitará los servicios de la extraña doctora Ludwig, quien salvará la vida de Sookie, pero ella quedará en deuda con Eric. Y éste sabrá recordarle en el momento oportuno que le debe una.

En la primera historia, Sookie es convocada por el vampiro Eric, el superior de su novio Bill Compton, para viajar a Dallas donde ha desaparecido Godric, el sheriff de la zona 9. Godric es un vampiro romano que, además, fue el creador de Eric y al que éste profesa una lealtad y un cariño que sorprenden en el frío e implacable no-muerto vikingo. Los vampiros sospechan que Godric ha podido ser secuestrado por los miembros de una nueva organización religiosa, la Iglesia del Sol, dirigida por el reverendo Newlin, cuyo único objetivo es, en nombre de Dios, limpiar de vampiros la faz de la tierra. Sookie, con sus poderes telepáticos, se supone que puede infiltrarse en la Iglesia y descubrir cuál ha sido la suerte de Godric. Este personaje será uno de los alicientes de la segunda temporada. Después de 2.000 años, Godric nos mostrará cómo puede llegar a cansar eso de ser inmortal y de tener que vivir toda la eternidad rodeado de oscuridad y sembrando el mal y la muerte.

Godric

Maryann

En relación a la segunda de las tramas argumentales, a día de hoy aún no he acabado de entender el porqué de la historia de Maryann Forbes. Tenía claro que una ménade es un personaje mitológico griego, una especie de acólito del dios Dionisio. Las ménades podían ser humanas o no y, al ser poseídas por el dios, se volvían locas, por lo que se dedicaban a adorarle continuamente en un estado de desvarío orgiástico, frenético y salvaje, abusando del vino y del sexo más violento. Parece ser también que las ménades tenían bastante mal carácter y que vagaban por los bosques medio desnudas en busca de posibles víctimas, a las que no dudaban en descuartizar y comer después de hacerlas participar en verdaderas maratones de baile, vino, sustancias alucinógenas y sexo frenético y descontrolado, todo en honor al dios. Así que mientras Sookie está en Dallas ayudando a los vampiros, llega al pueblo Maryann Forrester, uno de estos personajes mitológicos violentos, irracionales y descontrolados. Primero se presenta como una asistente social o trabajadora familiar que ayuda a Tara, siempre angustiada, insatisfecha y traumatizada, para atraerla a su casa, hacer que se enamore de un atractivo y enigmático joven que recibe el absurdo nombre de Eggs y, finalmente, utilizarla en sus oscuros planes. Después descubrimos que esa mujer fue la amante ocasional de un Sam Merlotte adolescente con el que tiene una deuda que saldar, y no precisamente económica. Y cuando se quieren dar cuenta, todo el pueblo cae bajo el influjo de Maryann, quien despierta en los habitantes de Bon Temps sus más bajos instintos y las más oscuras pasiones: si alguien les promete que liberándose de sus inhibiciones, dando rienda suelta a sus deseos más recónditos y dejándose ir en una locura de alcohol y sexo van a lograr estar más cerca de la divinidad, es lógico que los conservadores y reprimidos habitantes de Bon Temps caigan en un estado de locura colectiva y se pongan al servicio de la salvaje y, por qué no decirlo, grotesca Maryann.

Si continué adelante con la segunda temporada fue porque a través de la primera de las tramas argumentales se nos descubre poco a poco quién es quién en la comunidad vampírica, cómo fueron convertidos Eric y Bill, su organización jerárquica y su sistema de lealtades. Inquietante y premonitoria fue la aparición de la vampira Lorena, la creadora de Bill, quien después de 140 años, alberga contra él una mezcla de amor antiguo y de ataque de cuernos. Y los vampiros resentidos y despechados pueden ser muy peligrosos.

Lorena y Bill Compton

Pero lo más interesante son los momentos relacionados con la Iglesia del Sol, que funciona como tantas y tantas organizaciones religiosas sectarias americanas. Sus dirigentes, el reverendo Newlin y su mujer Sarah, son la encarnación perfecta de esos telepredicadores tan famosos en EEUU, que pueden llevar a sus adeptos a cometer cualquier despropósito, incluso el más violento, llevados por el fanatismo religioso.

El reverendo Newlin y Sarah

Y la cosa se complica cuando es Jason, el ligón y más bien corto de entendederas hermano de Sookie quien, después de ver la luz y con la mejor de las intenciones, se hace adepto de la Iglesia antivampírica y se traslada a Dallas para ser adoctrinado y entrenado para convertirse en una especie de Buffy, pero en masculino y con la Biblia en la mano.

Otro de los alicientes de la segunda temporada es, sin duda alguna, la ambigua relación que se establece entre Eric y Sookie. Unidos por lo que podría llamarse un lazo de sangre (no vamos a desvelar ahora cómo se produce esta unión sanguínea entre los dos), Eric será capaz de conocer los pensamientos, estados de ánimo y deseos de Sookie, lo que la hace francamente vulnerable ante ese vampiro calculador y aparentemente sin escrúpulos. Pero lo más curioso es que esos intercambios sanguíneos provocan también que Sookie experimente inconfesables deseos eróticos hacia el vampiro vikingo y lo convierta en protagonista de sus fantasías y sueños.

El personaje de Eric Northman, que ya empezó a cobrar relevancia a finales de la segunda temporada, se convierte a lo largo de la segunda en uno de los personajes con más fuerza de la serie. Frío, calculador e implacable, no cree en absoluto en la integración de los vampiros en la sociedad humana y sólo aparenta aceptarla por los beneficios que ésta puede reportarle: dinero, al poder hacer negocios con los humanos, y , además, comida fácil, ya que no son pocos los hombres y mujeres que desean ser mordidos por un no-muerto atractivo e importante como Eric.

El vampiro vikingo tiene a lo largo de los capítulos de la segunda entrega momentos realmente inolvidables: destacaría aquél en que aparece con el cabello lleno de papel de plata mientras se está haciendo unas mechas, descuartiza sin pestañear a un hombre y, después, preocupado por su aspecto después de esa orgía de sangre, pregunta a Lafayette, a quien mantiene prisionero, si se ha manchado el pelo.

A diferencia de Bill Compton, quien siempre parece dispuesto a vender su imagen de vampiro honesto, que lucha por mantener sus frágiles sentimientos humanos y que afrontaría la muerte verdadera y definitiva antes que consentir que alguien hiciera daño o perjudicara a Sookie, Eric Northman no tiene reparos en mostrarse como un ser hedonista, calculador, orgulloso de su naturaleza vampírica, implacable y frío. Posee, sin embargo, un afiladísimo sentido del humor y una ironía demoledora que nos ha regalado a los seguidores de True Blood con algunos de los momentos dignos de recordar de esta serie. Su relación con Sookie es ambigua y así se mantiene durante toda la tercera temporada: la necesita porque sus poderes telepáticos pueden serle de utilidad, pero hay ocasiones en que no esconde la atracción que siente por ella y que, en un principio, parece ser algo meramente físico. Eric no duda en engañar a Sookie para compartir su sangre con ella y así poder controlar sus pensamientos. Además, Eric, consciente de su atractivo y muy pagado de si mismo, parece realmente sorprendido de que la camarera prefiera al taciturno Bill Compton y no dudará en jugar sucio siempre que pueda para llevarla a su terreno (o lo que es lo mismo, a su cama). Sin embargo, a medida que transcurren los episodios de la segunda temporada, seremos testigos de los sentimientos de lealtad de Eric respecto a Godric, su creador, o a sus esfuerzos, no siempre convincentemente guiados por el interés, por ayudar a Sookie. En realidad, parece que quien siempre da el primer paso para sacar a la intrépida Sookie de los numerosos líos en los que se mete es el calculador y aparentemente egoista Eric, y no su novio, el honesto, recto y aburrido consumidor de sangre sintética. Pero como sucede en el mundo real, tampoco en el de los vampiros las cosas son siempre lo que aparentan ser.

Parece que Allan Ball, el guionista de la serie, tiene un inexplicable (al menos por el momento) interés por mostrarnos a un Bill Compton más honesto, transparente y enamorado que la misma Charlaine Harris, su creadora literaria. Mientras que en las novelas, el amor de Bill por Sookie no tarda en mostrarse menos desinteresado de lo que parecía al principio, en la serie parece haberse apostado por una especie de tour de force bastante equilibrado entre los dos vampiros, no sólo en lo que respecta a su interés por la camarera de Bon Temps. Por otra parte, la innegable atracción que siente Sookie por Eric, en la serie se quiere dejar bien claro que es debida al lazo de sangre que la une con ese vampiro, y que ella misma se siente incómoda con esos pensamientos.

Sin embargo, en las novelas, la intrépida Sookie es mucho más “descocada” que en la versión televisiva y la imagen de Eric aparece a menudo en su subconsciente, pero también en ocasiones en sus pensamientos absolutamente conscientes. Esa ambigúedad, ese estira y afloja constante entre Eric y Sookie, la lucha que ella libra entre lo que le dicta el corazón y lo que los instintos le sugieren, la ambivalencia de sus sentimientos respecto a esos dos vampiros, es una de las bazas que mantiene el interés por la serie y que sus responsables han seguido jugando a lo largo de la tercera temporada. Y parece que, por el momento, los fans de la serie son más favorables al “chico malo” que al “novio oficial”. Añadir que me sumo a todas aquéllas (y aquéllos, por qué no) que siguen sorprendiéndose de lo extrañamente atractivo que puede resultar ese Eric, incluso vestido de mujer, con papel de plata en la cabeza o vistiendo algo tan poco glamuroso como las camisetas de tirantes o las chándals brillantes. rematados por mocasines Atractivos aparte, es de destacar como borda el papel el sueco Alexander Skarsgård.

 

Alexander Skarsgård

Parece ser que el actor sueco se presentó al cásting para interpretar el papel de Bill Compton, pero que otro proyecto lo alejó por un tiempo de las pruebas de True Blood. Al final, cuando pudo volver a presentarse, el papel del novio vampiro de Sookie Stackhouse había ido a parar a manos del inglés Stephen Moyer, así que tuvo que “conformarse” con el papel de Eric, que en principio era secundario. Definitivamente, tanto Alexander Skarsgård como los seguidores de la serie creo que hemos salido ganando con el cambio.

Stephen Moyer caracterizado como Bill Compton

En la segunda temporada también aparece por primera vez el personaje de Sophie-Anne, la Reina de los vampiros de Louisiana, una exquisita, elegante, sexualmente ambigua y cruel vampiresa que controla a los no-muertos de la zona y que utiliza a sus “súbditos”, entre ellos a Eric, para llevar a cabo negocios poco honestos a espaldas del Magistrado, la máxima autoridad vampírica. Sí, es cierto que la existencia de sheriffs vampiros ya era como mínimo curioso. Que hubiera un Magistrado que controlaba y castigaba a los no-muertos díscolos o que se veían envueltos en cualquier actividad que hiciera vulnerables al resto de sus congéneres ante los humanos podía digerirse. Pero lo de la Reina ya me superó. Y eso que no sabía todavía lo que me deparaba la tercera temporada en cuanto a seres regios se refiere…

Sophie-Anne

La segunda de las tramas, ya lo he dicho más arriba, me pareció sencillamente grotesca. La existencia de un ser mitológico que se pasea por los bosques cercanos a Bon Temps acompañada de un cerdo (no, no sé qué pintaba el cerdo en esa historia) y que se sirve de los incautos humanos para llevar a cabo un sacrificio que le retorne al dios de sus amores entre bacanales desenfrenadas es más de lo que podía soportar. Tal vez lo único interesante en la historia de Maryann Forbes sea que nos muestra cómo las personas que son sometidas a una educación estricta y a unas normas sociales asfixiantes pueden, en nombre de un supuesto amor por la divinidad, llegar a cometer los actos más inexplicables y atroces cuando estos quedan “santificados” y justificados por la religión. Parece que se da a entender que los humanos no hemos superado todavía el estadio de las pulsiones más básicas, que la crueldad o la lujuría, el instinto asesino, la irracionalidad, en suma, laten en nuestro interior con una fuerza tan extrema que se desbordan en el momento en que algo o alguien nos asegura que romper las normas morales y sociales que nos mantienen precariamente en un estado de cierta racionalidad es lo bueno, lo adecuado, lo “santo”.  Y esa misma lectura parece desprenderse de algunos de los momentos relacionados con la Iglesia del Sol. Pero es sólo una impresión personal, por supuesto.

Cuando se empezó a hablar de la tercera temporada de True Blood, justo al acabar la segunda, lo que destacaba la crítica era que en esa tercera entrega Sookie iba a tener experiencias con otros seres de otras naturalezas además de con los vampiros, y estaba claro que se iba a tratar de hombres-lobo, y que iba a haber mucho más sexo que en la anterior temporada. Teniendo en cuenta que había quedado más que saturada en relación a individuos y experiencias sobrenaturales, pensé que los límites aceptables en una serie que no fuera estrictamente de ciencia-ficción estaban más que superados. Lo de Sam Merlotte convirtiéndose en perro me costó de admitir, pero la historia de Maryann Forbes, con sus bacanales y sacrificios que no tenían nada que envidiar a los del mismísimo Calígula, ya me pareció que atentaban contra la inteligencia de cualquier espectador. Si además se iban a sumar los licántropos, algo lógico, de cualquier forma, porque no hay historia de vampiros que se precie sin la presencia de sus sempiternos enemigos, y parecía que la cosa no se iba a acabar aquí, me planteé seriamente abandonar True Blood a pesar de los momentos interesantes, divertidos e inteligentes que me había brindado. En cuanto a ese tan traído y llevado contenido sexual que parecía que se iba a incrementar en los nuevos episodios, no fue algo que me hiciera decantar a la hora de seguir la serie o no. Realmente, lo original de True Blood y por lo que era seguida por millones de espectadores no radicaba precisamente en sus escenas de sexo más explícito de lo que estamos acostumbrados a ver por televisión. No creo que nadie siga esta serie o deje de verla por este motivo. Lo que echaba en falta era la frescura y la originalidad de la primera temporada, su capacidad de crítica social acerca de la situación de las minorías. La integración de los vampiros, un colectivo considerado peligroso e indeseable, que gracias a los avances científicos podría controlar su necesidad natural de matar y llegar a coexistir con los humanos, me pareció una metáfora perfecta de la situación de otros grupos, desde los afroamericanos a los homosexuales. Insisto en que esa misma crítica parece mantenerse en relación a la trama argumental que gira en torno a la Iglesia del Sol y a sus fanáticos miembros, incluso en la risible historia de la ménade Maryann podemos buscar, e incluso encontrar, cierto atisbo de crítica sobre muchas cuestiones relacionadas con la fe. Pero lo que era evidente es que la línea argumental de la primera temporada había desaparecido o, al menos, había quedado muy atenuada.

¿Podemos buscarle un encaje, una justificación al sexo en todo esto? Sí y no. Podemos entenderlo como un rechazo del puritanismo o de las convenciones sociales. Los vampiros no tienen normas al respecto, sus instintos naturales no se someten a ningún control social, moral o religioso. Hacen lo que desean hacer y toman lo que les apetece en todo momento. Por eso el sexo para ellos parece ser algo infinitamente menos ritualizado o ligado a convenciones  y estados emocionales que para los humanos. Ese mismo estado de falta de control de los instintos que experimentan los vampiros es al que llegan los habitantes de Bon Temps que participan en los rituales orgiásticos de la ménade.  Incluso diría en relación al tan traído y llevado contenido sexual de la serie que se trata simplemente de un sano ejercicio audiovisual y tampoco hay que darle tanta importancia. Vuelvo a decir que en televisión he visto escenas que le van a la par a las de True Blood y en un horario poco adecuado.

True Blood es una serie gamberra, visualmente y por su contenido. Y su  gancho, si es que podemos hablar en esos términos, no sólo tiene que ver con su contenido sexual. La serie está pensada y hecha sin tabúes, qué duda cabe, pero tampoco es la mescolanza sin sentido de sexo y sangre que pretenden algunos. En ella se habla de prejuicios, de exclusión, de la complejidad de los sentimientos humanos, en resumen, y se hace, no siempre, pero sí en buena parte de su trama, de una manera transgresora, original y divertida, tanto desde el punto de vista argumental como visual. Por eso True Blood está a años luz de las películas y series de vampiros con que nos han bombardeado en los últimos tiempos. Y por esa razón, cuando la tercera temporada de la serie se inició en los EEUU y empezaron a circular por la red los episodios correspondientes, decidí que merecía que olvidara alguna de las decepciones que me había llevado con la segunda entrega y valorar qué nos ofrecía Allan Ball en esos 12 nuevos capítulos. Y es posible que en mi decisión pesara también el hecho de que estaba en puertas de las vacaciones y que iba a tener mucho más tiempo para perder delante de la pantalla de un ordenador.

En el último capítulo de la segunda temporada, Bill Compton, el novio vampiro de la telépata y a veces un poco viciosilla Sookie Stackhouse, desaparece la misma noche en que iba a pedirle que formalizaran su relación (por lo visto, en algún estado del país el matrimonio entre humanos y vampiros se había legalizado. Eso nos recuerda a algo, supongo). Pero Sookie se queda compuesta y sin novio y, por supuesto, en el inicio de la tercera temporada debe pedir ayuda al atractivo, irónico y narcisista Eric para poder localizarlo.

Alcide y Sookie

Empezarán entonces sus aventuras en Jackson, la capital del estado de Mississipi, donde Russell Edgington, el rey vampiro de ese territorio, el más antiguo de los no-muertos, poderoso y casi indestructible, parece que tiene prisionero a Bill. El personaje del rey de Mississipi, interpretado por un genial Denis O’Hare, es un vampiro de 3.000 años, radical en sus opiniones acerca de los pobres humanos, vanidoso, narcisista, cruel como se supone que tiene que ser un no-muerto, egoista y ansioso de poder y de sangre, pero a la vez  capaz de amar como sólo los vampiros que llevan miles de años recorriendo el mundo son capaces de hacerlo. Una pregunta inquietante: ¿podría convertirse Eric en un segundo Russell Edgington si llegase a  “no vivir” 2.000 años más? Creo no equivocarme si digo que Russell se convierte en el verdadero protagonista de la temporada.  Con el permiso de Bill, de Sookie e incluso del impagable Eric, Edgington es el personaje más interesante de la nueva temporada. En su búsqueda de Bill, Sookie contará también con la ayuda de Alcide Hervaux, un licántropo que, cómo no, engrosará el grupo de seres de dos naturalezas que se sienten irremediablemente (e inexplicablemente algunas veces) atraídos por la camarera. Y que aumentará en algunos momentos la temperatura corporal de la camarera, a pesar de sus lprotestas de lealtad hacia su novio vampiro desaparecido. Mientras, Eric se introduce en la “corte” de Russell, se une a su camarilla de lacayos atractivos y musculosos y, con su habitual pragmatismo y falta de escrúpulos, seduce tanto al rey como a su consorte, el frívolo y divertido vampiro Talbot,  para averiguar, entre otras cuestiones, qué ha pasado con Bill.

Russell y Talbot

En los primeros capítulos de la nueva temporada ya quedan claras unas cuantas cuestiones: que Sookie iba a acabar, como siempre, apaleada y drenada, esta vez por unos vampiros poco amigos de la famosa integración. Los miembros de la Iglesia del Sol dirían que se lo tiene bien merecido por esa afición suya de buscarse amigos poco recomendables. Cualquiera podía darse cuenta de que era cuestión de tiempo, porque las cosas no pintaban nada bien estando Russell Edginton por el medio. Además, Bill, como hubiera dicho mi abuela, no era “trigo limpio”, algo estaba ocultando, y su relación con la camarera de Bon Temps tenía alguna finalidad oculta más allá de sus arrebatos erótico-sanguíneos. Y ya era hora de que el gentleman Bill empezase a mostrar, apenas a asomar su verdadera cara, sigo sin entender por qué ese interés de los responsables de True Blood por mantener a la protagonista ciega de amor por el señor Compton, si no es para seguir manteniendo  el triángulo Eric-Sookie-Bill y, por consiguiente, el interés del telespectador por saber cómo se resuelve la “tensión sexual no resulta”, como se dice ahora, entre el vikingo y la protagonista femenina. Se hacía evidente, también, que el interés del vampiro vikingo Eric para encontrar al novio desaparecido de Sookie no era en absoluto altruista (cómo iba a serlo, viniendo de él): Eric sabía más acerca de los secretos de Bill de lo que la enamorada Sookie podía imaginar y, además, parecía tener alguna cuenta personal que saldar con el poderoso rey de Mississipi. Acerca de los hombres-lobo, su relación con los no-muertos iba a ir más allá de una salvaje, sangrienta y sana rivalidad, que es a lo que nos tienen acostumbrados en las películas de género: aquí iban a entrar en juego licántropos “buenos”, como Alcide, y otros que no lo eran tanto, como Debbie Pelt, su salvaje, descontrolada y celosa novia.

Russell Edgington

Debbie Pelt

Volveríamos a encontrarnos con antiguos conocidos, como Lorena, la vampira que creó a Bill, lo cual no auguraba nada bueno. Y conoceríamos a Franklin, el vampiro psicópata, que nos brinda algunos de los momentos más delirantes (y angustiantes) de esta tercera temporada (estupenda la actuación de James Frain, aunque cada vez que aparecía en pantalla, a pesar de sus ojos de loco y de sus colmillos ensangrentados, no podía evitar volver a ver a Thomas Cronwell, interpretado impecablemente por el mismo actor en Los Tudor).

Franklin Mott

Tara y Franklin

Otras tramas secundarias, como la de la familia cambia-formas de Sam Merlotte (el padre y la madre son impresentables, pero el hermanito que le ha caído en suerte acaba resultando insoportable, a pesar de que al principio daba hasta penita y todo),  así como las informaciones acerca de su turbio pasado, o la de Jason Stackhouse y su novia Crystal son, eso, secundarias, algo aburridas y da la sensación de que sirven de “relleno”. En las novelas de Charlaine Harris, la primera de ellas ni siquiera aparece, por lo que resulta ser una invención de Allan Ball.  En relación a la segunda, en las novelas tiene muchísima más importancia que en la serie y los personajes de la pequeña pero salvaje comunidad de Hotshoot, incluída la aparentemente dulce Crystal, ocupan un lugar destacado en la lista de personajes sobrenaturales o medio sobrenaturales de ese universo paralelo que ha creado la escritora estadounidense formado por vampiros, hombres-lobo, cambia-formas… y hadas. Que ya es lo último, no me lo negaréis. La tercera temporada también desvela el secreto de la existencia de estos seres que siempre habíamos asociado a los cuentos infantiles y que aparecen por Bon Temps con la misma naturalidad que por las páginas de La Cenicienta o La bella durmiente.  Y se les acaban sumando las brujas y los brujos, como podremos ver en la tercera entrega de la serie, aunque no se pueda tener demasiado claro, todavía, qué papel van a jugar, si no es que se han leído las novelas de Harris. Hay mundos más allá, pero según True Blood, están en éste. ¿No podría Sookie tener amigos un poco más “normales”? Porque Arlene (en plan Mia Farrow en Rosemary’s baby) o Lafayette y su nuevo novio Jesús tampoco son, que digamos, paradigmas de “normalidad” y equilibrio. Y mucho menos  la irascible y amarga Tara, que recupera en los nuevos capítulos un lugar bastante destacado y que no va a mejorar su estado mental después de eso.

Y volviendo a los comentarios del inicio, es cierto, en esta nueva temporada hay mucha sangre y mucho sexo. De hecho, esta tercera temporada rezuma ambigüedad sexual por todos sus poros. Aunque era algo patente desde los primeros capítulos, se confirma que la bisexualidad y la homosexualidad son algo inherente a la naturaleza vampírica. ¿Tendrá que ver eso con el hecho de que lleven siglos o incluso milenios de cama en cama? Ni idea.

Las luchas por el poder vampírico, las venganzas programadas durante mil años, los secretos inconfesables, y las decepciones anunciadas consiguen reanimar en buena medida el interés suscitado por los primeros capítulos de la serie, aunque no siempre. La tercera temporada tiene un inicio muy prometedor, pero pierde fuelle más o menos a la mitad para recuperarlo en los capítulos finales. Pero creo que se logra, en general, reconciliar al espectador con True Blood después de una segunda temporada muy irregular.  Así que de nuevo pasaré el tiempo que queda hasta Junio de 2011 esperando el inicio de la cuarta temporada y preguntándome, con menos frecuencia, eso sí, qué tendrá esta serie para tenerme tan “enganchada”.

 

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