Enseñar el Holocausto a los jóvenes
03/04/2011 2 comentarios
La sociedad española, y no sé si afirmar que aún más particularmente la catalana, vive desde hace unos años una verdadera obsesión por colocar etiquetas, sobre todo políticas, a diestro y siniestro. Y una de las más utilizadas en estos últimos años ha sido la de “fascista”, aplicada a cualquier persona que osara levantar una voz discrepante en relación a la postura, “políticamente correcta”, en relación a lo que se supone que es la manera “progresista” de entender las relaciones con el Estado de Israel y, por extensión, a cualquier tema vinculado con el judaísmo y los judíos, sean o no ciudadanos israelíes. No caeré en la tentación de etiquetar yo también afirmando que la política oficial de los partidos que han gobernado Catalunya hasta hace unos meses, o la del que todavía gobierna desde Madrid, ha estado marcada por una orientación antisemita. Seré más suave y diré que ha sido “tensa”, “fría” o “indiferente” al tratar o enfrentarse a todo lo relacionado con Israel, las comunidades judías del país o su cultura que, en definitiva, es también, en buena parte, y aunque esto no guste a muchos, parte importante de nuestra.
Como no quisiera etiquetar, tendría que obviar el hecho de que en nuestro país hemos tenido que asistir a la visión, lo tengo que decir, lamentable, de contemplar a algunos de los miembros del antiguo equipo de gobierno catalán participando en una manifestación, pretendidamente en nombre de la paz, donde se gritaban consignas a favor de una organización terrorista, Hamas, y se levantaban pistolas simbólicamente antiisraelíes. O gritando a una cantante, Noa, sólo por ser ciudadana de un estado, Israel, actitud que está más en la línea de las discriminatorias leyes de Nüremberg, ideadas por los nazis, que en la que se esperaría que fuera la actuación de personas que se autodenominan de izquierdas y que, por tanto, se cuelgan la etiqueta de solidarios, pacifistas y progresistas. Siempre he dicho que me gustaría saber si habrían ido a insultar a Bruce Springsteen si hubiera venido a cantar a Barcelona en el momento en que los EEUU decidieron invadir Irak. Fuera etiquetas, así que debería pasar por alto el intento de anulación de los actos en conmemoración a las víctimas del Holocausto de 2009 como respuesta al ataque israelí en Gaza, mezclando groseramente la política totalmente discutible de Israel respecto al conflicto con el pueblo palestino con el Holocausto del pueblo judío, que ha marcado trágicamente la historia humana. Y defendiendo explícitamente unos gobiernos autoritarios y corruptos. A algunos de los progresistas y pacifistas miembros del gobierno del Tripartito (podría decir “pijoprogres”, pero no me gustaría que me pusieran la etiqueta de “pepera” por utilizar este calificativo, porque no lo soy y Dios me libre de serlo nunca ) les debió parecer que no era lo bastante políticamente correcto sentarse junto a judíos que viven y trabajan en nuestro país, muchos de ellos desde hace generaciones, y les debía incomodar recordar a los más de 6 millones de hombres, mujeres y niños inocentes que fueron víctimas del mayor genocidio organizado y sistemático que ha sufrido ningún pueblo a lo largo de la historia de la humanidad. Y quizá tampoco debería acordarme del malestar profundo de la comunidad judía de Barcelona en relación a la postura del Memorial Democrático, organismo dependiente de la Conselleria de Interior y que entonces tenía, mira por dónde, a Joan Saura al frente. Ponedme la etiqueta que os apetezca, no importa, pero creo que llevábamos demasiados años mezclando “el culo con las témporas”.
Con la llegada de CIU al gobierno de la Generalitat parece que cambiarán muchas cosas y me temo que algunas de ellas no nos gustarán a los ciudadanos, ni siquiera a los que votaron el partido de Artur Mas con el convencimiento de que estos cambios eran necesarios. No hablaré aquí de las medidas que ya nos afectan directamente en nuestro día a día político, económico y laboral, ya sabemos que “pintan bastos” y no es la la finalidad de este escrito. Me refiero a un cambio que es posible que pase desapercibido para muchos, pero que considero que es un paso importante en la forma de presentar la historia a los chicos y chicas catalanes: la importancia y la necesidad de enseñar lo que fue la Shoah, el Holocausto a nuestros alumnos de secundaria. Y, sobre todo, de enseñarlo “per se”, como un hecho que merece un estudio individual, no solo como uno de los capítulos de la Segunda Guerra Mundial, sino como el episodio de la historia de los seres humanos que ha marcado de manera más trágica y trascendental nuestro devenir como tales.

El Holocausto no se puede enseñar de la misma manera que se enseña el desembarco de Normandía o el Pacto Berlín-Moscú, porque si bien su momento álgido tiene lugar en el marco de una guerra mundial, es producto de una ideología antisemita y judeófoba que existía mucho antes de la guerra. Es cierto que el conflicto bélico favoreció y propició el antisemitismo eliminador que soñaban los nazis, pero este ya existía bien arraigado en el pensamiento de sus dirigentes y en la sociedad alemana y de otros países europeos desde el siglo XIX como “solución final” a lo que se denominaba “el problema judío”.

El alcalde de Sort y diputado en el Parlamento por CIU, Agustí López, presentó una Propuesta de Resolución para que fuera discutida y votada en la Comisión de Educación y Universidades para que el Gobierno llegue a acuerdos con Casa Sefarad, organismo dependiente del Ministerio de Asuntos exteriores, de forma que los profesores de secundaria (en principio parece que serían los encargados de la materia de historia) puedan formarse para enseñar a sus alumnos qué fue el Holocausto y cuál ha sido su repercusión en la historia de la humanidad. A partir de la enseñanza del Holocausto a los chicos y chicas catalanes, se podría abordar también el conocimiento de otros genocidios practicados a lo largo del siglo XX.
López expuso que “el conocimiento de la historia de la humanidad es uno de los fundamentos de la cultura” y, a la vez, “una herramienta imprescindible para el libre desarrollo del ideario de la gente joven con el objetivo de propiciar la reflexión y el espíritu crítico”. En este sentido, subraya que “hay episodios históricos que hay que mantener presentes para evitar que caigan en el pozo del olvido y, sirvan de recordatorio de los errores del pasado”.
El subrayado y la negrita son míos, está claro, porque considero claves las palabras “libre desarrollo del ideario de la gente joven” y “hay que mantener presentes”. Sólo el conocimiento de los hechos nos permitirá formarnos una opinión propia y libre de interferencias políticas actuales. Por otro lado, los seis millones de judíos muertos durante el Holocausto, por el simple hecho de ser judíos, merecen que la Shoah no se banalice ni se equipare con cualquiera de los conflictos actuales, que son territoriales, no lo olvidamos, en que el Estado de Israel está inmerso. Todo hombre y mujer de bien no puede avalar algunas de las políticas desarrolladas por Israel con relación a los palestinos. Sin embargo, ¿qué relación directa tienen con la Shoah? Posiblemente si no hubiera existido judeofobia, persecución, pogroms y, al cabo del camino, la “Solución Final”, los judíos seguirían viviendo mayoritariamente en Europa, en donde se habían instalado desde hacía centenares de años. Solo si somos capaces de entender esto y dejar de lado esta nueva y pervertida visión del Holocausto, instrumentalizada y politizada a que estamos asistiendo, si podemos contemplar los hechos con los ojos limpios, entendiendo que no existe persecución de ningún pueblo a lo largo de la historia de los hombres que pueda equipararse a la que sufrieron los judíos durante el nazismo, entenderemos esta propuesta de CIU (que está en la línea de lo que se está llevando a cabo en otros muchos países) y desvincularla de lecturas políticas.
Enseñar el Holocausto es la mejor prevención contra la mentalidad genocida que anida, posiblemente latente, en el subconsciente de millones de personas en el mundo. Estoy convencida que estudiar el Holocausto puede crear una conciencia entre nuestros estudiantes sobre los genocidios contemporáneos, fortalecer una cultura en la cual se entiendan como necesarias las políticas de prevención de persecuciones de seres humanos por otros seres humanos por razón de religión, raza, ideas políticas u orientación sexual. En resumen, empezar a creernos que la educación en derechos humanos es urgente, sobre todo en la sociedad en que nos ha tocado vivir, global y diversificada, y en que el mestizaje está presente. En una sociedad como la catalana, donde la educación en valores parece que sea la finalidad última de la enseñanza, me parece como mínimo sospechoso que las lecciones que se pueden sacar del estudio del Holocausto se ignoren y que su enseñanza haya quedado reducida, en algunos proyectos editoriales, a unas referencias puramente históricas y estadísticas en libros cada vez más exiguos en cuanto al contenido. Esto en el mejor de los casos: a menudo los planes de estudios ignoran el valor de transmitir a los niños y niñas las enseñanzas y los valores que pueden adquirir estudiando qué fue El Holocausto. Además, no son pocos los casos en que se manipula estos mismos niños y niñas. Porque no hay nada más fácil que “encauzar” la opinión y el criterio de los más jóvenes, precisamente porque les faltan los conocimientos y el espíritu crítico que tendrán que modelar su visión sobre el mundo y los hombres.
Postales a la Embajada israelí en favor de la paz. ¿Educación en valores o manipulación?
Quizás me equivoco, pero yo no sé ver de otro modo que como una manipulación lo que pasó hace poco más de un año en el colegio público El Castillo de Almoines, en la comarca de la Safor (Valencia) cuando alumnos de 4º de Primaria (9-10 años), siguiendo una iniciativa promovida por Amnistía Internacional y seguida por otros centros educativos del Estado español, enviaron postales a la embajada de Israel pidiendo una solución pacífica al conflicto que este país mantiene con los palestinos. Parece ser que algunas de estas postales contenían frases o preguntas que los israelíes consideraron ofensivas. Algunos de estos estudiantes preguntaban que “por qué mataban niños” ,”por qué mataban por dinero” , afirmaban que “quienes tenían que marchar de aquella tierra en disputa eran los israelíes” e incluían frases como “marchd a otro país donde os acepten”. ¡Cómo me recuerda esto a las palabras de Amos Oz ! El escritor israelí, Premio Príncipe de Asturias y uno de los pacifistas más destacados de su país, explica en su libro Una historia de amor y oscuridad que, siendo un niño, en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, veía pintadas en Jerusalén en las cuales podía leerse “Judíos, marchad de aquí“. Paradójicamente, el padre de Amos *Oz le había explicado que su familia y la de su madre, judíos llegados de Rusia, Lituania y Ucrania, habían dejado Europa precisamente porque las paredes del viejo continente se habían llenado con la frase “Judíos, marchad a Palestina“. Marchad a Palestina, marchad de aquí, marchad a otro país donde os acepten. “Marchad”, esta es la palabra clave: no os queremos ni aquí ni allá, por lo tanto, no existáis. Nos quieren hacer creer que estas palabras nacieron de las “ideas propias” que tienen niños de 9 y 10 años sobre el tema y que en ningún momento los profesores los “ayudaron” a escribir las postales o les dieron algún tipo de información que los llevara a escribir estas frases. Permitidme que lo dude. De todas maneras, la respuesta de profesores, padres y dirección del colegio fue considerar la reacción del gobierno israelí de “desproporcionada”. Quizás si una iniciativa de este tipo se hubiera llevado a cabo en relación a otros gobiernos, que persiguen a los opositores políticos, los encarcelan y torturan, privan a las mujeres y a las niñas de sus derechos fundamentales como seres humanos, reclutan niños para ir a la guerra, lapidan mujeres que se atreven a enamorarse de un hombre que no es el suyo, etc, etc, la respuesta en las calles de nuestras ciudades hubiera sido contundente. Con el acompañamiento habitual de estos pseudoprogres que últimamente pretenden convertirse en la voz de nuestra conciencia.
Antisemitismo y Holocausto. ¿Qué se enseña a nuestros estudiantes?
Difícilmente se pueden enseñar o transmitir valores o ideas en las cuales no se cree. Por eso no nos extrañemos cuando queda patente que en este país, las actitudes antisemitas crecen de manera alarmante, como constatan medios de comunicación de orientación ideológica muy diversa estos últimos días:
La crisis dispara el odio antijudío en España (El País)
La comunidad judía advierte de un aumento del antisemitismo en España (El Mundo)
Alerta de un aumento del antisemitismo en España en el último año (Xornal.com)
En este país todavía no hemos entendido que el antisemitismo ha sido, y todavía es, la escuela del odio. España no se considera antisemita (sí antisionista y sí, sin ninguna duda, antiisraelita, ¡¡si somos los abanderados europeos de las políticas anti-Israel!!). Pero ¿antisemita? ¡Por favor, no! Por eso, porque aquí ni se entiende ni se ha entendido nunca que el odio a los judíos ha marcado durante toda la historia de la humanidad la entrada en zona de peligro en cuanto a los derechos de las personas, no nos importan estas advertencias, como no nos ha importado demasiado el Holocausto, qué fue, cuál es su origen, sus causas, ni qué enseñanzas podemos obtener de esta tragedia. Nos mantenemos al margen porque España no lo vivió directamente. No va con nosotros. Pero en cambio, esta misma España, con una comunidad judía que no llega a 40.000 personas, comunidad que, por otro lado, es prácticamente invisible, es el país de Europa donde se están produciendo más muestras de antisemitismo en los últimos años. Con el beneplácito, además, de buena parte de la intelectualidad, la clase política y del “famoseo”. ¿Qué opináis de estas viñetas publicadas al País por Romeu o por El Roto?



Fijaos en el judío arquetípico que aparece en la primera caricatura. ¿No os parece que haría las delicias de Julius Streicher, el más groseramente antisemita entre los nazis? Streicher no hubiera dudado en fichar Romeu como dibujante para Der Stürmer, el panfleto antisemita de cabecera del régimen hitleriano. ¿Cómo es posible que, a estas alturas, se utilicen todavía estos estereotipos para denunciar hechos que nada tienen que ver con los judíos como pueblo, ni en el pasado ni en la actualidad?

Mientras que Naciones Unidas defiende la enseñanza del Holocausto como herramienta fundamental para prevenir futuras políticas genocidas, aquí nos dedicamos a banalizarlo, a pervertirlo mezclando cuestiones políticas contemporáneas que no tienen ninguna relación con lo que fue la Shoah. “Spain is different”, incluso en esto, porque en su rechazo de todo lo que es judío, es capaz de unir a la extrema derecha con la izquierda que se considera moderna, progresista, avanzada, solidaria y un largo etcétera de etiquetas políticamente correctas. Es muy curioso.
Israel se equivoca cada día con su política respecto a los palestinos, pero no seamos hipócritas ni maniqueos: tampoco los palestinos ni los que los apoyan trabajan para la paz entre los dos pueblos, puesto que los dos juegan al mismo juego, y si uno de los dos consigue imponerse sobre el otro, será esta una victoria pírrica. Pero no es de esto de lo que estamos hablando, que quede claro. Insisto en que equiparar el Holocausto con la política desarrollada por el Estado de Israel es perverso, aunque esta política signifique para muchos muerte y miseria. Por desgracia, como en todos los conflictos políticos que han sido y serán en este mundo. Pero etiquetar de “nazi” la política del Estado de Israel denota, o bien una absoluta falta de conocimiento del que era y perseguía el nazismo, no sólo contra los judíos, sino contra todos aquellos pueblos que no respondían a su idea de pureza racial o contra los individuos que no encajaban dentro de la categoría considerada socialmente adecuada, o bien una total, absoluta y deliberada manipulación de los hechos históricos.

Enseñar el Holocausto: romper mitos, desarrollar la capacidad de empatía, poner nombre y cara a las cifras
Muchos países han establecido programas de educación sobre el Holocausto de manera obligatoria para la escuela secundaria. La idea es que esta enseñanza abre las puertas a un estudio más amplio sobre los peligros de la xenofobia, el racismo y la intolerancia. Nadie tendría nada que objetar a estas iniciativas que irían encaminadas a formar ciudadanos comprometidos con la defensa de la paz y de los derechos humanos, futuros hombres y mujeres que sean capaces de tener ideas propias, de denunciar, si así lo creen conveniente, las políticas del Estado de Israel, pero también el terrorismo de Hamas. Que no banalicen la tragedia más terrible que ha sufrido la humanidad ni la justifiquen en nombre de la política de un Estado formado mayoritariamente por judíos. Estudiar el Holocausto no solo tendría una dimensión política, como si todo hubiera sido producto de un delirio nazi, sino que permitiría reflexionar sobre la crueldad humana, sobre los peligros del silencio ante las injusticias, tendría que servir para inculcar en los más jóvenes el concepto de empatía y una ética de la compasión.
Se tiene que aprender del Holocausto y, por eso, hay que aprender el Holocausto. Y muchos de los profesores de nuestro país no tienen la formación necesaria ni en un aspecto ni en otro. No es culpa suya, obviamente, sino de la actitud general que ante este hecho capital de la historia se ha tenido en este país. La manera como se enseña en los colegios e institutos depende, en buena medida, del interés personal de cada profesor, mayoritariamente desde la asignatura de Historia, sin tener en cuenta que se puede abordar también desde la literatura o el arte. Incluso en estos casos, se tiende a relacionar el odio a los judíos con un periodo histórico y político concreto, el nazismo alemán, y no se explica, quizás por desconocimiento, que la Shoah fue posible porque también en otros países existía estos rechazo en los judíos, y que sin la colaboración activa y no pocas veces entusiasta de miles de personas anónimas, no hubiera sido posible, no al menos no de la manera sistemática, eficaz, casi industrializada con que se llevó a cabo el exterminio de buena parte de los judíos europeos.
Si se quiere ser riguroso con la historia y mantener una cierta ética, no se puede enseñar que el conflicto palestino-israelí es similar a la aniquilación deliberada, planificada y sistemática de las dos terceras partes de los judíos de Europa. Y esto no es negar de ninguna forma el derecho a la existencia de los palestinos como pueblo, ni es cerrar los ojos ante la política israelí ni blindar a su gobierno ante las críticas. Decir que la construcción del muro de seguridad es equiparable a la reclusión de los judíos en ghettos, privados de cualquier medio de subsistencia, asediados, perseguidos, acorralados, es volver a matar simbólicamente a las víctimas, es banalizar el mal, como decía Hannah Arendt.
Es necesario que enseñamos a nuestros jóvenes a romper mitos. No podemos hacerles creer que no se podía ofrecer resistencia ante la política genocida nazi. Es necesario que sepan que mientras en Polonia fueron exterminados el 99% de los judíos, en Dinamarca se salvaron el 99%. Tienen que saber que incluso a los soldados y miembros de los batallones policiales y de los einsatzgruppen encargados de llevar a cabo las masacres en Polonia y a la Unión Soviética, donde los judíos eran asesinados a miles mediante el método del fusilamiento y enterrados en fosas comunes, se les daba la oportunidad de no participar, de no disparar si no se veían capaces de ello. Poquísimos aceptaban este ofrecimiento, a pesar de que está demostrado que nunca se tomaron represalias contra estos alemanes que no pudieron disparar cara a cara contra inocentes, la mayoría, mujeres, ancianos y niños. Tienen que aprender que ante la injusticia, tan culpable es el perpetrador como el que calla y no actúa.
Los alumnos de colegios e institutos deberían saber que el Holocausto era conocido a grandes rasgos, al menos desde 1941, por las democracias occidentales. Y que el mundo cerró los ojos ante esta tragedia. Nadie salió a la calle a pedir a sus gobiernos, por ejemplo, que bombardearan las líneas ferroviarias que permitían que los trenes cargados con miles de judíos llegaran cada día a Treblinka, Sobibór, Majdanek, Belzec, Chelmno o Auschwitz. Ningún país quería hacerse cargo de los judíos que abandonaban Alemania asediados por el nazismo. La pretendidamente culta y neutral Suiza fue la responsable de la medida de marcar con la J de “judío” los documentos de identidad de las personas que pretendían cruzar las fronteras huyendo del destino terrible que los nazis les habían reservado.

Y lo más importante, tenemos que enseñar que el Holocausto fue posible porque el mundo ha perpetuado durante 2.000 años la judeofòbia, sí, esta que campa por España tranquilamente, la que destilan las caricaturas de algunos periódicos, las declaraciones de diseñadores borrachos y las palabras de niños que escriben postales en nombre de la paz (dicen que los niños y los borrachos dicen la verdad), la que hace afirmar a un alto porcentaje de la población española que los judíos dominan el mundo, la política, la cultura, el mundo de los negocios, que todos los judíos son ricos, racialmente diferentes, algo así como una quinta columna social. ¡Pero si la inmensa mayoría de los españoles no ha conocido un judío en su vida! El nazismo, pues, no crea la judeofobia, Hitler no descubre nada, sino que permite que esta judeofobia se canalice y se “legitime”. Los nazis no eran monstruos, ni psicópatas . Millones de alemanes, miles de personas en otros países participaron activamente en la destrucción de los judíos europeos. Eran personas normales, ciudadanos ejemplares, padres y madres que tenían hijos, hijos que querían a sus padres, de todas las extracciones sociales y culturales. Todos y cada uno de nosotros, pues, podríamos ser víctimas o victimarios. El Holocausto no se puede entender ni se puede racionalizar. No tenía explicación entonces, no la tiene ahora, no es comparable con nada de lo vivido por el ser humano. Entender esto es la mejor prevención para el futuro.
Enseñar el Holocausto es enseñar a desarrollar la capacidad de empatía. Si los millones de hombres y mujeres que participaron en él hubieran tenido esta capacidad de ponerse en el lugar del otro, de ver a los judíos como seres humanos, de ver en los niños a los cuales disparaban la imagen de sus hijos, el régimen nazi no hubiera sido capaz, por él mismo, de llevar a cabo el exterminio sistemático de más de seis millones de personas. Para conseguir esto, hace falta que pongamos caras y nombres a las víctimas. Normalmente, cuando se habla del Holocausto en las escuelas se presentan cifras, volumen de víctimas, imágenes que son tan terribles que acaban para anestesiar a los jóvenes contra la tragedia. Es importante hacerles entender que aquellas personas que fueron encerradas en ghettos, deportadas y gaseadas, obligadas a trabajar como esclavas, fusiladas y enterradas en fosas comunes, habían sido, un día, como ellos, como sus padres, como sus hermanos pequeños. Tenían una vida, un trabajo, iban a la escuela, como ellos, como sus padres, como sus amigos. Ante esto, podemos prevenirlos contra quienes fomentan los prejuicios, el odio racial o religioso, los estereotipos. Podrán entender que el silencio y la apatía son tan culpables como la mano ejecutora. Que los valores democráticos y los derechos humanos no se sostienen solos, que hay que trabajar para mantenerlos. Tenemos que conseguir que reflexionen contra el abuso de poder y hacerles ver que naciones consideradas modernas y cultas pueden crear las condiciones para exterminar a millones de seres humanos. Y estos seres humanos no son sólo números dentro de estadísticas, sino que eran personas, con vida, con rostro, como ellos.



Y ahora sí, después de esto, ponedme la etiqueta que os apetezca.
En el año 1928, la escritora inglesa Virginia Woolf fue invitada a dar en Cambridge dos conferencias sobre el tema “La mujer y la novela”. En su libro Una habitación propia (1929) nos cuenta cómo acudió al Museo Británico y encontró miles de libros sobre la mujer, pero todos escritos por hombres. Ante este hecho hubiera sido fácil pensar que la literatura es cosa de hombres y que las mujeres se han limitado a ser instigadoras de la creación literaria, pero no creadoras, parte del objeto producido, pero raramente productoras del mismo. Partiendo de esta premisa, la palabra que mejor definiría, aparentemente, el papel de la mujer en la historia de la literatura universal sería ausencia. No se podría ignorar, por supuesto, la existencia de algunas mujeres escritoras que han dejado su impronta en el campo literario, las mujeres con cerebro de hombre a las que aludía Simone de Beauvoir. Pero precisamente esas mujeres no negarían la ausencia a que nos referimos, sino que, en todo caso, permitirían sustituir la palabra ausencia por excepcionalidad. Samuel Bennet, en su obra Our Women: Chapters on Sex-Discord, escribió: “(…) Con la posible excepción de Emily Brontë, ninguna novelista de sexo femenino ha producido una novela que iguale las grandes novelas escritas por hombres (…) Si bien es verdad que un pequeño porcentaje de mujeres son inteligentes como los hombres, en conjunto, la inteligencia es una especialidad masculina. No hay duda de que algunas mujeres son geniales, pero la suya es una genialidad inferior a la de Shakespeare, Newton, Miguel Ángel, Beethoven, Tolstoi. Además, la capacidad intelectual mediana de las mujeres parece muy inferior.” Añadiríamos, entonces, otro concepto que se aplicó a las mujeres que intentaron abrirse camino en un espacio que, durante siglos, fue prácticamente monopolio de los hombres: incapacidad. Para hablar en términos actuales, la literatura femenina fue considerada como un producto de serie B y, por tanto, marginal.
































True Blood es la adaptación de Alan Ball (A dos metros bajo tierra, American Beauty) para la pequeña pantalla de las aventuras y desventuras de Sookie Stackhouse, una camarera telépata que vive en una pequeña y conservadora comunidad del norte de Louisiana. Sookie ve alterada su anodina existencia cuando, gracias a la fabricación por parte de los japoneses de una sangre sintética, comercializada con la marca True Blood, los vampiros del mundo, después de milenios de ocultación y de verse condenados a matar para prolongar su “no vida”, deciden “salir del ataúd” y declarar que, no siendo ya una amenaza para los humanos, pueden convivir con ellos y reclaman sus “derechos civiles”. Cuando una noche aparece en el Merlotte’s, el bar donde trabaja, Bill Compton, un vampiro partidario de la “adaptación”, se abre para Sookie la existencia de un mundo sobrenatural, más allá de lo que vemos y percibimos por los sentidos, poblado por seres que hasta ese momento se ocultaban tras la sombría cortina de lo mítico, en el imaginario terrorífico de los humanos o en las páginas de las novelas de terror. Los vampiros de True Blood, que aparentemente ya no van a necesitar desgarrar yugulares cada noche para alimentarse, están más cerca del glamour de una estrella del rock que de la figura siniestra del No Muerto imaginado por Stoker, aquél que se levanta cada noche del ataúd depositado en una cripta húmeda y maloliente. Los nuevos vampiros se relacionan con los humanos, regentan negocios y dirigen partidos políticos. Pero Sookie descubrirá que es imposible vestir al lobo con piel de cordero y que los vampiros, por muy atractivos y encantadores que puedan parecer en sus esfuerzos por “normalizar” su condición, no pueden sustraerse a lo que conforma su verdadera naturaleza: el instinto depredador.
Acerca de la estética gore, diría que el nombre de la serie no puede engañar a nadie: en ella hay sangre, mucha, y fresca. ¿Qué se puede esperar de una serie sobre vampiros? Al fin y al cabo, no era demasiado creíble esa imagen clásica de Bela Lugosi o de Christopher Lee clavando los incisivos a una asustada muchacha en plena yugular y saliendo de ésta un modesto hilillo de sangre ¿o no? Tampoco pretendo negar que algunas escenas son en exceso sangrientas (confieso que prefiero ver morir a un vampiro deshaciéndose en limpias cenizas que estallando en borbotones de sangre y tejidos blandos), pero el hiperrealismo es propio también de otras muchas producciones cinematográficas o televisivas y nadie las ha calificado de “gore”. Por lo que respecta al sexo más o menos explícito o más o menos gratuito, creo que el erotismo y la sexualidad son inherentes al mito del vampiro, el ser que fascina al humano, lo lleva más allá de las reglas morales y le permite romper tabúes. No se le puede escapar a nadie que el hundimiento de los incisivos en la carne de otro ser no deja de ser una referencia sexual clara. Mezclar la sangre, correr por las venas del otro es una imagen amorosa y pasional usada a menudo en literatura. Allan Ball, el guionista de True Blood, explicita este universo erótico y seductor que envuelve al vampiro y lo sitúa en la sociedad actual, con sus usos y costumbres sexuales. Ni más ni menos. Que esas escenas nos puedan parecer gratuitas o explícitas dependerá de la sensibilidad de cada uno. A mí, particularmente, no me lo parecen, cualquier película española contiene más sexo gratuito que True Blood. Ahora mismo pienso también en una serie como Los Tudor, que la Primera de TVE ha estado emitiendo en prime time después de haber pasado también por Digital Plus. Sus escenas de sexo explícito no tienen nada que envidiar a las de True Blood, aunque claro está, el sexo entre reyes, reinas y nobles tiene mucho más glamour, dónde vas a parar. Recuerdo en concreto una escena en que Enrique VIII, al que da vida un Jonathan Rhys-Meyer definitivamente demasiado atractivo para el papel, aliviaba manualmente su deseo por una todavía inalcanzable Ana Bolena, mientras un discreto criado, apartaba la vista mientras sostenía una especie de palangana, dorada y regia, por supuesto, para recoger el producto final de semejante operación. Mi cerebro y mis ojos tardaron ni se sabe en ponerse de acuerdo para decodificar lo que estaba sucediendo en la pantalla, tan increíble me pareció. Si eso no es gratuito, que baje Dios y lo vea.





Lo mismo sucede con el personaje de Tara, la huraña e irascible mejor amiga de Sookie, quien en las novelas aparece siempre de manera muy tangencial y se nos describe como una chica algo frívola, dueña de una tienda de moda y que frecuenta la compañía de vampiros ricos. En la serie, sin embargo, Tara es una muchacha negra, hija de una alcohólica y que no consigue llevar una vida estable, ni desde el punto de vista personal ni profesional. A diferencia de la Tara literaria, en la serie, el personaje es reacio a las relaciones con vampiros y no oculta su antipatía por el novio no-muerto de su mejor amiga. En True Blood, Tara será uno de los personajes imprescindibles, llegando a protagonizar una de las tramas que se desarrollan en la segunda temporada, con algunos momentos memorables.
Otro de los personajes recuperados por Allan Ball para la serie es Lafayette Reynolds, el cocinero gay del Merlotte’s, que es asesinado al cabo de pocas páginas de haberse iniciado la primera de las novelas de Harris, Muerto hasta el anochecer. Lafayette se convierte, por obra y gracia del guionista de True Blood en primo de Tara y traficante de V, la sangre de vampiro, una droga ilegal a la cual muchos humanos se han convertido en adictos. Sus efectos serían una combinación entre los de la Viagra, el LSD y la pócima que Panorámix prepara para Astérix. Obviamente, para conseguirla, los traficantes tienen que contar con vampiros bien dispuestos a ser drenados, lo que lógicamente no sucede, o bien atraer con alguna artimaña a los no-muertos para dejarlos secos. Eso, a la luz de las nuevas leyes producto de la incorporación de los vampiros en la sociedad humana, se considera un delito y el vial de sangre de vampiro se cotiza a precios muy elevados en el mercado de la droga. ¿Queréis un elemento temático más actual que éste?











El vampiro vikingo tiene a lo largo de los capítulos de la segunda entrega momentos realmente inolvidables: destacaría aquél en que aparece con el cabello lleno de papel de plata mientras se está haciendo unas mechas, descuartiza sin pestañear a un hombre y, después, preocupado por su aspecto después de esa orgía de sangre, pregunta a Lafayette, a quien mantiene prisionero, si se ha manchado el pelo.

Sin embargo, en las novelas, la intrépida Sookie es mucho más “descocada” que en la versión televisiva y la imagen de Eric aparece a menudo en su subconsciente, pero también en ocasiones en sus pensamientos absolutamente conscientes. Esa ambigúedad, ese estira y afloja constante entre Eric y Sookie, la lucha que ella libra entre lo que le dicta el corazón y lo que los instintos le sugieren, la ambivalencia de sus sentimientos respecto a esos dos vampiros, es una de las bazas que mantiene el interés por la serie y que sus responsables han seguido jugando a lo largo de la tercera temporada. Y parece que, por el momento, los fans de la serie son más favorables al “chico malo” que al “novio oficial”. Añadir que me sumo a todas aquéllas (y aquéllos, por qué no) que siguen sorprendiéndose de lo extrañamente atractivo que puede resultar ese Eric, incluso vestido de mujer, con papel de plata en la cabeza o vistiendo algo tan poco glamuroso como las camisetas de tirantes o las chándals brillantes. rematados por mocasines Atractivos aparte, es de destacar como borda el papel el sueco Alexander Skarsgård.


Cuando se empezó a hablar de la tercera temporada de True Blood, justo al acabar la segunda, lo que destacaba la crítica era que en esa tercera entrega Sookie iba a tener experiencias con otros seres de otras naturalezas además de con los vampiros, y estaba claro que se iba a tratar de hombres-lobo, y que iba a haber mucho más sexo que en la anterior temporada. Teniendo en cuenta que había quedado más que saturada en relación a individuos y experiencias sobrenaturales, pensé que los límites aceptables en una serie que no fuera estrictamente de ciencia-ficción estaban más que superados. Lo de Sam Merlotte convirtiéndose en perro me costó de admitir, pero la historia de Maryann Forbes, con sus bacanales y sacrificios que no tenían nada que envidiar a los del mismísimo Calígula, ya me pareció que atentaban contra la inteligencia de cualquier espectador. Si además se iban a sumar los licántropos, algo lógico, de cualquier forma, porque no hay historia de vampiros que se precie sin la presencia de sus sempiternos enemigos, y parecía que la cosa no se iba a acabar aquí, me planteé seriamente abandonar True Blood a pesar de los momentos interesantes, divertidos e inteligentes que me había brindado. En cuanto a ese tan traído y llevado contenido sexual que parecía que se iba a incrementar en los nuevos episodios, no fue algo que me hiciera decantar a la hora de seguir la serie o no. Realmente, lo original de True Blood y por lo que era seguida por millones de espectadores no radicaba precisamente en sus escenas de sexo más explícito de lo que estamos acostumbrados a ver por televisión. No creo que nadie siga esta serie o deje de verla por este motivo. Lo que echaba en falta era la frescura y la originalidad de la primera temporada, su capacidad de crítica social acerca de la situación de las minorías. La integración de los vampiros, un colectivo considerado peligroso e indeseable, que gracias a los avances científicos podría controlar su necesidad natural de matar y llegar a coexistir con los humanos, me pareció una metáfora perfecta de la situación de otros grupos, desde los afroamericanos a los homosexuales. Insisto en que esa misma crítica parece mantenerse en relación a la trama argumental que gira en torno a la Iglesia del Sol y a sus fanáticos miembros, incluso en la risible historia de la ménade Maryann podemos buscar, e incluso encontrar, cierto atisbo de crítica sobre muchas cuestiones relacionadas con la fe. Pero lo que era evidente es que la línea argumental de la primera temporada había desaparecido o, al menos, había quedado muy atenuada.
True Blood es una serie gamberra, visualmente y por su contenido. Y su gancho, si es que podemos hablar en esos términos, no sólo tiene que ver con su contenido sexual. La serie está pensada y hecha sin tabúes, qué duda cabe, pero tampoco es la mescolanza sin sentido de sexo y sangre que pretenden algunos. En ella se habla de prejuicios, de exclusión, de la complejidad de los sentimientos humanos, en resumen, y se hace, no siempre, pero sí en buena parte de su trama, de una manera transgresora, original y divertida, tanto desde el punto de vista argumental como visual. Por eso True Blood está a años luz de las películas y series de vampiros con que nos han bombardeado en los últimos tiempos. Y por esa razón, cuando la tercera temporada de la serie se inició en los EEUU y empezaron a circular por la red los episodios correspondientes, decidí que merecía que olvidara alguna de las decepciones que me había llevado con la segunda entrega y valorar qué nos ofrecía Allan Ball en esos 12 nuevos capítulos. Y es posible que en mi decisión pesara también el hecho de que estaba en puertas de las vacaciones y que iba a tener mucho más tiempo para perder delante de la pantalla de un ordenador.






