La banalidad del mal: Las benévolas de Jonathan Littell

Cuando en 2007 aparece en España la novela Las BenévolasLes Bienveillantes en la versión original francesa, publicada en 2006), del estadounidense Jonathan Littell, llega a nuestro país precedida por el prestigio adquirido gracias a la concesión del Premio Goncourt y del Grand Prix de l’Académie Française. Escritores como Mario Vargas Llosa o Jorge Semprún remarcaron en su momento el acontecimiento literario que suponía su publicación, la cual, de alguna manera, pretendía ofrecer al público un punto de vista original y novedoso entre las muchísimas novelas que han abordado el tema del Holocausto.

Maximilian Aue, el protagonista, un antiguo oficial de las SS, pasados treinta años desde el final de la Segunda Guerra Mundial, seguro por el anonimato que le proporciona haber eludido los juicios, las condenas y la desnazificación de Alemania, es un hombre casado, con hijos, que lleva una existencia discreta y anodina en Francia. Como otros muchos miles de hombres y mujeres, tuvo la oportunidad de rehacer su vida y olvidar su participación como una pieza más del horrible engranaje que puso en marcha y consumó el genocidio de millones de judíos europeos.

Einsarzgruppen

Sin embargo, en un momento determinado de esa vida tranquila y sin sobresaltos, decide recordar su pasado e inicia, en primera persona, un larguísimo diálogo con el lector, a través del cual narra sus experiencias desde que, siendo un joven licenciado en derecho, ingresa como funcionario de la seguridad del régimen nazi, hasta que acaba convertido en oficial de las SS. El Dr. Aue vive la guerra desde sus escenarios más significativos: es testigo de los pogromos contra los judíos que se llevaban a cabo en las ciudades bálticas; forma parte de uno de los diversos Einsatzgruppen (unidades de matanza móviles) que operaban durante la invasión de la Unión Soviética con el cometido de “limpiar” de judíos las zonas conquistadas por la Wehrmacht en 1941, y que, mediante fusilamientos masivos, fueron responsables del asesinato de miles de hombres, mujeres y niños; interviene en la batalla de Stalingrado; conoce después la crudeza y la miseria de la ciudad ocupada de Lublin, en Polonia; es destinado a Auschwitz como supervisor en visita de inspección, en donde es testigo de las selecciones y de los métodos de exterminio en las cámaras de gas; vive los pavorosos bombardeos de 1944 en Berlín; y, finalmente, espera la llegada del Ejército Rojo en el Bunker de la Cancillería, de donde logra escapar hacia esa vida anónima. Jonathan Littell nos muestra a su personaje relacionándose e interactuando con personajes reales: Eichmann, Heydrich, Blobel, Frank, Globocnik, los médicos de Auschwitz e, incluso, con el mismo Hitler. Y todo esto, mostrando una confianza absoluta en la grandeza de su Nación, de su Volk, cambiando su fe en Dios por una fe en el líder, y, a lo sumo, ahogando en alcohol los remordimientos y la compasión que sabe que no puede sentir cuando cumple con lo que él cree que es su obligación, remordimientos que sólo se materializan en unos molestos vómitos cada vez que tiene que enfrentarse a la “penosa” tarea de dar muerte a los que considera enemigos de la patria, los judíos, el cuerpo que “infecta” y se nutre de la energía y la salud de la sociedad aria.

¿Cuál sería, entonces, esa visión original sobre el Holocausto que se supone que aporta Las benévolas? Contrariamente a lo que sucede en el resto de obras sobre el Holocausto, literarias o no, la novela de Jonathan Littell aborda el tema, no desde el punto de vista de las víctimas, sino del verdugo. Un verdugo que explica su historia de manera desapasionada, sin atisbo de culpa, apenas con algún retazo de compasión en momentos muy concretos. Alguien que habría llevado a cabo todas y cada una de las tareas que se le encomendaron con la misma frialdad y eficacia de haberse tratado de burocráticos asuntos jurídicos. Pero diría que aquí termina la pretendida originalidad de Jonathan Littell, precisamente en la opción por la voz narrativa representada por un SS y no por una víctima, por un superviviente.

Desde la primera página nos damos cuenta de que, en realidad, Las benévolas es un obra dual: en primer lugar, narra la historia de Maximilien Aue ligada estrechamente a los acontecimientos políticos y bélicos del periodo que abarca de 1941 a 1944. Sería ésta la parte más histórica y menos literaria de la novela, en realidad. En ella, Littell muestra que conoce a la perfección y que maneja con acierto la documentación y la bibliografía existente sobre el tema: desde autores como Christopher Browning (El batallón 101 y la solución final en Polonia), Daniel Jonah Goldhagen (Los verdugos voluntarios de Hitler), Vassili Grosman (Vida y destino), Gitta Sereny El trauma alemán) o Sebastian Haffner Alemania: Jeckyll y Hyde. 1939, el nazismo visto desde dentro), hasta los testimonios recogidos en cientos de documentales como Shoah, de Claude Lanzmann. Está claro, además, que se sirvió de estudios filológicos y antropológicos para construir algunos de los mejores pasajes de la novela, los que transcurren en Crimea, y que tienen como protagonista al pueblo de los Bergjuden.

Judíos húngaros esperando la selección en Auschwitz

Pero, sobre todo, la novela es deudora de la teoría sobre la “banalidad del mal”, que  Hannah Arendt, politóloga y filosófa alemana judía, desarrolló a raíz de su asistencia como periodista del The New Yorker al juicio contra Adolf Eichmann,  celebrado en Jerusalén en 1961. El Dr. Max Aue, como Eichmann, sería, según la teoría de Hannah Arendt, un tipo de criminal desconocido hasta el momento en que se produce el auge y desarrollo del nazismo, que habría actuado en unas circunstancias que le impedían saber que estaba actuando mal. No es capaz de reflexionar acerca de su comportamiento porque asume que está cumpliendo órdenes. Según Arendt, no dejaría de ser culpable de los crímenes cometidos, pero no podría ser juzgado como se juzga a un asesino al uso. Aue, también como Eichmann, cumplía órdenes, y las ejecutaba de la mejor manera que sabía, concienzudamente, de la misma manera que lo hubiera hecho si en lugar de supervisar la organización de un campo de exterminio le hubiesen encargado controlar la producción en una granja o en una fábrica. Aue no era un antisemita convencido o un fanático, ni siquiera tenía sentimientos reales y concretos en contra de los judíos, algo que Eichmann quiso dejar claro en su juicio. Y sin embargo, ninguno de los dos será capaz de experimentar un verdadero sentimiento de culpa, porque en aquellos momentos, el mal sufre un proceso de banalización tal, que nada es reprochable si se hace en cumplimiento de un sagrado deber para con la patria.

En segundo lugar, tenemos la ficción propiamente dicha, la historia de Max Aue, que, en mi opinión, es muchísimo menos interesante. La propia construcción del personaje, en el que Jonathan Littell ha combinado todas las características que imaginaríamos en un nazi arquetípico, adolece de falta de verosimilitud: homosexual, incestuoso, odia a su madre e idealiza la figura del padre, culto, interesado por la cultura clásica (el título de la novela hace referencia a las Euménides, las diosas de la venganza que aparecen en la Orestiada de Esquilo y que persiguen a Orestes para vengar la muerte de Clitemnestra, su madre) y por la filosofía, apasionado por la música (las casi 1.000 páginas del libro se dividen en 7 largas secciones, “Tocata”, “Alemandas I y II”, “Courante”, “Zarabanda”, “Minueto (en rondós)”, “Aire” y “Giga”, todas ellas, excepto la primera, con nombre de danzas propias de los siglos XVI y XVII). Parece que esa historia vital sirva sólo de hilo conductor para hacernos pasar a través de los escenarios que configuraron la terrible experiencia del Holocausto.

En resumen, Las benévolas podría ser considerada una novela histórica excelentemente documentada, que, más allá de su interés literario, discutible en cualquier caso, parece querer convencernos de que todos nosotros, en circunstancias excepcionales, podríamos ser susceptibles de acabar llevando a cabo las mayores atrocidades e infamias, sin ser siquiera conscientes de ello, sin experimentar el más mínimo sentimiento de culpa, como producto de esa aterradora “banalidad del mal”.

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