Sangre fresca

 

Después del exitoso resurgimiento del mito del vampiro que ha experimentado la literatura en los últimos años, sobre todo en el ámbito de la literatura juvenil, la televisión no podía mantenerse al margen de este fenómeno. Si millones de jóvenes y no tan jóvenes se habían “enganchado” a las peripecias de los vampiros de Stephanie Meyer en la saga Crepúsculo, era de esperar que una serie televisiva que contara con el mismo ingrediente básico (vampiros que viven entre los humanos y se relacionan con ellos) tuviera el mismo tirón de público. Esto debió pensar Alan Ball, guionista de la exitosa Six feet under (A dos metros bajo tierra) y que se llevó el Óscar al mejor guión por American Beauty, cuando cayó en sus manos la novela Dead until Dark, de Charlaine Harris, primera entrega de la saga The Southern Vampire Mysteries. Ball, que ya había trabajado con la cadena por cable HBO con su Six feet under, firmó un nuevo contrato para crear una serie televisiva con la que esperaba repetir el éxito de la anterior.

El personaje del vampiro, que ya había sufrido una primera reelaboración por parte de Anne Rice en Entrevista con el vampiro, gracias a las novelas de Stephanie Meyer había llegado a un punto tal de humanización que evitaba consumir sangre humana y era capaz de enamorarse. No todos los vampiros habían pasado por esa transformación, por supuesto, pero sí algunos, los buenos vampiros “vegetarianos”, espectacularmente atractivos como sólo puede serlo un vampiro, y románticos hasta el sacrificio. Si Stoker levantara la cabeza… Pero no olvidemos que las novelas de la saga Crepúsculo fueron pensadas en un principio para un público adolescente. Charlaine Harris, sin embargo, partía de la misma idea, pero dirigida a lectores adultos. Sus vampiros habían salido de la cripta y se hacían presentes entre los humanos gracias al descubrimiento de un nuevo producto, la sangre artificial, comercializada con el nombre de “True Blood” (Sangre fresca), que podían consumir sin verse obligados a buscar cada noche nuevas víctimas con que alimentarse. Este hecho conllevará disensiones entre las comunidades de vampiros de todo el mundo, existen los partidarios de integrarse en la sociedad humana y, por tanto, reivindicar sus derechos como ciudadanos, y los que se niegan a renegar de su condición y sólo aparentemente conviven en armonía con los mortales, a los que no dudan en seducir (y parece ser que a muchos les encanta ser seducidos por un vampiro) y clavarles los incisivos en la yugulara la primera ocasión. Entre los humanos también hay división de opiniones: algunos, pocos en realdad, aceptan públicamente a los vampiros y piensan que, consumiendo “True Blood”, pueden llevar una vida relativamente normal;  otros sienten aversión por estas criaturas y las evitan, marginan o, en el peor de los casos, se organizan para destruirlas.

Hasta aquí, no parece que la historia ofrezca demasiadas novedades con respecto a los relatos de vampiros publicados en los últimos tiempos. Pero sí las hay y creo que, definitivamente, es por eso que True Blood resulta atrayente. En primer lugar, la acción de las novelas de Charlaine Harris y de su adaptación televisiva está ambientada en el sur de los EEUU, en un pequeño pueblo imaginario llamado Bon Temps, Louisiana, una comunidad conservadora que todavía arrastra problemas de convivencia social e intercultural y en la que siguen latiendo los valores del antiguo “deep South”. En este contexto, los vampiros que intentan llevar una existencia más o menos normal, dentro de sus posibilidades, serán tratados como los nuevos “negros”,  se los sitúa por debajo de ellos en el escalafón social (y esto, en el sur racista y clasista es mucho decir), y no nos pasa por alto que detrás del enfrentamiento entre vampiros y humanos subyace el antiguo drama de la aceptación o del rechazo del que es diferente porque no pertenece a la raza o a la cultura dominantes, da igual que hablemos de negros o de vampiros.

La cabecera de la serie, que es una verdadera joya, muestra a todo el que tenga ojos para verlo, el trasfondo que vamos a encontrar: racismo y rechazo a las minorías, las curiosas o controvertidas (según se mire) costumbres religiosas sureñas, entre las cuales no puede faltar el vudú traído por los antiguos esclavos, referencias continuas a la sangre, un modo de vida todavía ligado a la naturaleza, y sexo, mucho más sexo y más explícito del que estamos acostumbrados a ver en las series americanas. Éste es, con toda probabilidad, uno de los ingredientes que han asegurado el éxito de True Blood, sexo entre humanos y vampiros sin los problemas físicos y morales planteados por Stephanie Meyer en sus novelas, sexo entre vampiros, sexo entre humanos, en todas sus variantes. Y esto, enmarcado en una comunidad hipócrita en sus costumbres y con un evidente peso de la religión, no deja de tener su morbo.

La protagonista de True Blood es Soockie Stackhouse (Anna Paquin), una joven camarera con dotes telepáticos, que conocerá a Bill Compton (Stephen Moyer), uno de los vampiros “socializados” y consumidores de sangre artificial. Como era de esperar, acabarán enamorándose y enfrentándose a todos aquellos que desaprueban las relaciones entre humanos y vampiros, o lo que es lo mismo, entre dos “razas” diferentes. (¿a qué me suena?). El hermano de Soockie, Jason, es uno de los más reacios a aceptar que esos seres inmortales entren en su bar favorito y se sienten en la mesa de al lado, y mucho menos, que uno de ellos se acueste con su hermana. (¿os suena también?). De hecho, la primera temporada en torno a un asesino en serie que se dedica a matar a las mujeres demasiado aficionadas a las proezas amatorias de los vampiros.

Junto con Soockie, los principales personajes humanos son Tara, la amiga negra de la protagonista, de extracción social muy humilde, hija de una alcohólica, incapaz de conservar un empleo y que fracasa en todas sus relaciones amorosas porque se empeña en enamorarse del hombre equivocado…, en fin, todo aquello lo que se espera que sea una chica negra en el sur; Sam, el dueño de Merlotte’s, el bar donde trabaja Soockie, un personaje que poco a poco demostrará que no es lo que parece ser, algo reacio a aceptar la posibilidad de “integración” de los vampiros y que siente animadversión por Bill, no porque sea un vampiro sino por celos puros y duros;  Lafayette, el primo gay de Tara, cocinero en el Merlotte’s y en sus ratos libres traficante de V, que no es otra cosa que sangre de vampiro, una potente droga ilegal  que se consigue cuando algunos humanos desaprensivos se dedican a drenar a los inmortales despistados; y Jason, el hermano de Soockie, un caradura simpático, mujeriego, enganchado al V, que se ve envuelto como sospechoso por los asesinatos de dos mujeres, y que en la segunda temporada de la serie se convierte en adepto de una iglesia sectaria antivampírica, al más puro estilo americano, con su predicador televisivo y corrupto incluído.

El grupo de vampiros protagonistas está encabezado por Bill Compton, un soldado confederado de la Guerra de Secesión, que, 160 años atrás, al regresar a su casa tras la derrota del Sur, fue convertido por una aparentemente desvalida viuda de guerra. Es de agradecer que este vampiro enamorado de una humana no sea un personaje tan almibarado y arrebatadoramente romántico como el protagonista de la saga Crepúsculo, tiene sus arranques y saca los colmillos cuando es necesario, ya sea contra los humanos o contra sus propios congéneres. El antagonista de Bill Compton es Eric Northman, un vampiro de 1000 años, extraordinariamente poderoso, excéptico en lo que a la integración se refiere y que no tiene la “True Blood” como base principal de su dieta (¿quién, pudiendo comer de cuando en cuando sus manjares preferidos, se conformaría con vivir sólo a base de barritas dietéticas?). Dentro del mundo jerarquizado de los vampiros, Eric, que en su vida humana fue un guerrero germánico, es “sheriff” de la zona, controla a todos aquellos que caen bajo su jurisdicción y sólo rinde cuentas a su creador, el vampiro Godric, al que le une una profunda lealtad. Además, es copropietario del bar de vampiros “Fangtasia”, al que acuden también los humanos que desean experimentar emociones “extremas”. Este vampiro arrogante, frío e implacable, con un atractivo irresistible, establece un extraño vínculo con Soockie Stackhouse que en la segunda temporada irá derivando hacia un romance, pero que me da en la nariz que en la tercera no acabará de cuajar, porque Eric es un vampiro de pies a cabeza, por supuesto, y Soockie, en absoluto inmune a los encantos del chico malo pero con sentimientos ((aunque sean sentimientos de vampiro), no será capaz de romper su lealtad hacia Bill.

A lo sumo, al menos en la segunda temporada, lo hace protagonista de sus sueños eróticos. Me consta que muchos de los seguidores de la serie lamentan profundamente que Soockie no vaya más allá del deseo onírico con Eric, porque la química entre estos dos personajes es indudable y uno de los ingredientes que han mantenido la atención de los telespectadores de la segunda temporada en España ha sido esperar cómo se resolvía esa tensión sexual entre Eric Northman y Soockie Stackhouse.

Mientras que la primera entrega de la serie se caracteriza por primar la trama de misterio y detectivesca, la segunda temporada es mucho más “sobrenatural” y más extrema en todos los aspectos apuntados en la primera. Se conocen los orígenes de los protagonistas vampiros, quién es quién y por qué.  Los papeles principales no se limitan a Bill y Soockie, sino que cobran muchísima más importancia los personajes de Tara, Lafayette, Sam y Eric. Además, aparece en Bon Temps un extraño personaje femenino, un lobo con piel de cordero, una ménade disfrazada de trabajadora social dispuesta a ayudar a la inadaptada Tara, que acabará convirtiendo el pueblo en una especie de bacanal continua bajo los efectos de un sortilegio contra el cual no podrán actuar ni los poderosos vampiros.

¿Estamos ante una serie de éxito premeditado, pensado y que aprovecha el tirón vampírico del momento? Sin duda, pero es evidente que no se trata de Buffy, la cazavampiros, detrás de eso hay mucho más. Tiene que haberlo, si tenemos en cuenta el palmarés de premios y nominaciones que han conseguido sus guionistas y actores. Aún sin considerar ese punto, que tampoco es definitivo, buena parte de su éxito, insisto, radicoa en determinados mensajes, muy subliminales a veces, incluso sólo a nivel visual, de esta serie, como el debate en torno a la legalización del matrimonio entre vampiros y humanos. (me sigue sonando) o las apariciones televisivas de la representante del partido en pro de los derechos de los vampiros, un guiño clarísimo a los argumentos esgrimidos en los años 60 a favor de los derechos civiles de la población negra.

Para acabar, el vídeo de los créditos de inicio de la serie, espléndido, tanto visualmente como por su tema Bad things, interpretado por Jace Everett.

 

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