Los nuevos vampiros (II): la saga Crepúsculo

En su saga formada por cuatro novelas ( Crepúsculo, Luna nueva, Eclipse, Amanecer), Stephanie Meyer crea dos tipos de vampiros bien diferenciados respecto a los que integran la “familia” Cullen, entre los cuales destaca Edward, el protagonista. Se llaman a ellos mismos “vegetarianos”, porque han jurado no beber sangre humana (recordemos que Anne Rice hace que Louis, uno de los vampiros protagonistas de Entrevista con el vampiro, sobreviva durante algún tiempo alimentándose con sangre de animales). Los Cullen, de cuando en cuando, salen de cacería y beben sangre de ciervos y otros animales. Sus ojos cambian de color según si están sedientos o saciados de sangre. Cuando necesitan alimentarse, sus ojos adquieren el típico e inquietante tono rojizo de los vampiros que conocemos a través del cine. Si se han alimentado, los ojos de esas criaturas son de color dorado.

Los protagonistas de esas novelas viven en un pueblo, Forks, que se caracteriza por tener un clima húmedo y poquísimas horas de sol a lo largo del año. Contrariamente a los vampiros “tradicionales”, viven de día, aunque no pueden exponerse directamente a la luz del sol.. Si esto sucediese, no esperemos que se deshagan y queden convertidos en cenizas y que estallen y se descompongan en un montón de líquidos gelatinosos. Los vampiros de Meyer adoptan un aspecto radiante, como si estuviesen cubiertos de miles de cristales, lo cual tampoco no pasaría desapercibido para sus vecinos humanos. Es más, como el mismo protagonista se encarga de explicar, la especie vampírica no duerme i se ríe de los tópicos sobre su descanso en ataúdes dentro de criptas húmedas y polvorientas. Los habitantes de Forks, a pesar de la aparente normalidad de los Cullen, intuyen que son diferentes, aunque nunca adivinarían lo diferentes que pueden llegar a ser.

Los vampiros de Stephanie Meyer no sienten repugnancia por los símbolos sagrados. Así que cuando entramos en su mundo literario, tenemos que olvidarnos de las cruces, el agua bendita y las invocaciones exorcísticas. También de otros remedios caseros contra los vampiros, como el ajo. De esto podemos deducir que estos nuevos vampiros son prácticamente indestructibles, llegado el caso, a no ser que nos acercásemos a ellos blandiendo una estaca.

Los Cullen necesitan un gran autocontrol para no lanzarse a la yugular de sus vecinos y cuantos más años lleven siendo vampiros, más domada tienen su naturaleza. El padre incluso ejerce de médico en un hospital, por tanto, su contacto con la sangre es casi diario.

El segundo grupo de vampiros creados por Meyer son los que reciben el nombre de “rastreadores” y son los que más se parecen a la concepción del vampiro clásico. Vagan por el  mundo en parejas o, como máximo, en grupos de tres. Su única obsesión es rastrear posibles víctimas.

En este mundo vampírico imperan unas reglas de comportamiento, la más importante de las cuales es no dar a conocer su condición a los humanos, regla que se rompe, naturalmente, cuando el inmortal Edward Cullen y la tímida y algo torpe Bella Swann se conocen y se enamoran. Así pues, Stephanie Meyer avanza en un paso más en la caracterización “humanizada” de sus vampiros. Que Edward Cullen mantenga una relación amorosa con una chica mortal evidencia que los Cullen no tienen nada que ver con los vampiros tradicionales de la literatura. Edward, que fue convertido en vampiro cuando tenía 17 años, experimenta las mismas sensaciones y sentimientos que cualquier adolescente enamorado, aunque él, con sus 101 años, sabe lo peligrosa que puede ser esa relación. Mientras que en Entrevista con el vampiro, la pequeña Claudia se malenta porque nunca podrá crecer, en la saga Crepúsculo es Bella, la novia de Edward, quien llega a desear ser convertida en vampira porque mientras ella irá cumpliendo años de manera inexorable, Edward será siempre un adolescente de 17 años.

Mezclar la figura del vampiro con las emociones humanas parece que es rentable. Lo demuestran los millones de libros leídos, tanto de las novelas de Anne Rice como de Stephanie Meyer. El público actual prefiera un vampiro que arrastre su dolor y su condena durante toda la eternidad, que un monstruo completo y sin paliativos como Drácula, exento de sentimientos, con un único objetivo: matar. Ésta es la figura  que creó Bram Stoker a finales del siglo XIX y no sólo queda lejos de las criaturas ideadas por Rice y Meyer, sino también de la imagen del famoso conde que Francis Ford Coppola nos ofrecía en su famosa película Bram Stoker’s Dracula, un éxito tanto de público como de crítica.  En ella, no sólo hay un intento de explicación del origen de la transformación del guerrero cristiano en el monstruo diabólico (Drácula reniega de Dios porque se siente traicionado por Él cuando su esposa se suicida), sino que hace que, bajo la maldad sin paliativos, nazca el sentimiento de amor por Mina, personificación de la esposa muerta. Probablemente, esto resulta más conmovedor y más humano que lo que nos narra Stoker (¿quién no se ha emocionado ante la escena de amor en que Drácula-Gary Oldman le confiesa a Mina-Wynona Ryder que ha cruzado “océanos de tiempo” por ella?). En la novela de Stoker, Drácula utiliza a Mina simplemente como señuelo, como un cebo para cazar a los hombres que la quieren y la protegen.

Tener preferencia por cualquiera de las novelas que se han comentado más arriba es, en definitiva, cuestión de gustos, de intereses, incluso del humor que se tenga a la hora de escoger entre unas y otras. Lo que es indudable es que la novela de Stoker representa, desde el punto de vista literario y narrativo, una entidad compleja y nueva en el mmento de su publicación. Su estructura narrativa, como novela coral en la cual se mezclan y se cruzan personajes e historias, supuso una innovación en la novelística de finales del siglo XIX. Ensayar con una verdadera polifonía textual (diarios, notas taquigráficas, supuestos extractos de noticias periodísticas) puede resultar pesado para algunos lectores, pero no se le puede negar a Stoker su mérito y atrevimiento.

Para gustos, colores, que dicen algunos. Pero sin querer que ésta sea una opinión taxativa, diría que Drácula de Stoker es un clásico del género de terror. Las novelas de Rice y de Meyer son otra cosa. A Anne Meyer se le tiene que reconocer el mérito de haber sabido “humanizar” la figura del vampiro sin que éste perdiera lo que le es característico. Stephanie Meyer, en cambio, queriendo ir más allá, pierde de vista, a medida que avanza la saga, cuál es la condición sobrenatural de sus protagonistas, es decir, el vampiro cada vez cede más terreno al adolescente enamorado. Esto no es ningún crimen, por supuesto, pero ya no estaríamos hablando de novelas de vampiros.

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