Estoy hasta el gorro de manifiestos lingüísticos

La invasión, la colonización y la ocupación, así como otros casos de subordinación política, económica y social, implican a menudo la imposición directa de una lengua ajena o, al menos, la distorsión del valor de las lenguas y la aparición de actitudes lingüísticas jerarquizantes que afectan la lealtad lingüística de los hablantes.

Declaración Universal de Derechos Lingüísticos

Uno de los elementos primordiales del nacionalismo español político es su visión de la cultura y de la lengua castellanas como las predominantes en el territorio del estado y, por tanto, un menosprecio más o menos velado, dependiendo de la época o del color político de los gobernantes, del resto de de lenguas y culturas que son propias de “las otras” nacionalidades históricas en España. En Cataluña estamos acostumbrados a los manifiestos que, en nombre de una supuesta libertad, reclaman una mayor presencia del castellano en la sociedad, sobre todo en la enseñanza. Se presenta al castellano (o “español”) como una lengua con poca presencia social, a los castellanoparlantes prácticamente como víctimas perseguidas por los opresores catalanes, y la enseñanza de la lengua castellana de segunda categoría. Reclamando el derecho a expresarse en “español”, que es legítimo y constitucional, estos manifiestos esconden o maquillan una consideración del catalán como lengua no apta para todas las funciones sociales, así como un deseo de que exista una enseñanza lingüística monolingüe. Nos hablan de bilingüismo, pero no nos engañemos, el bilingüismo no favorece nunca a las lenguas minoritarias, por el contrario, las minoriza y arrincona. Los firmantes de estos manifiestos conocen a la perfección cómo funciona cualquier proceso de sustitución lingüística: cuando una lengua con un mayor número de hablantes, representante de una cultura mayoritaria y unida al poder político compite en un territorio con otra lengua minoritaria, aunque sea la propia de ese territorio, el resultado lógico es la sustitución lingüística, la desaparición de una lengua y, por tanto, de una cultura. Desde la introducción del latín en los territorios de la Península Ibérica y la desaparición de las lenguas pre-romanas (excepto el euskera), hasta casos mucho más cercanos, como la agonía del bretón o el occitano en Francia, o del gaélico en Irlanda, el resultado final es el mismo. Ni siquiera hace falta que la lengua del poder se imponga y la lengua minoritaria se persiga, sólo es cuestión de tener un poco de paciencia, de reclamar un bilingüismo supuestamente equitativo y constitucional, y al cabo de dos o tres generaciones, la sustitución lingüística se ha consumado.

A pesar de todos los agravios que esos manifiestos aducen contra la política lingüística en Cataluña, la realidad indiscutible es que el aprendizaje del castellano está asegurado en todos los niveles educativos y nadie acaba 4 º de ESO sin saber hablar y escribir correctamente esta lengua, a pesar de las historias y los rumores que circulan fuera de Cataluña. Curiosamente, no podemos decir lo mismo en relación al conocimiento y uso del catalán, y sólo hay que echar mano de las estadísticas para confirmar este extremo. Otro dato significativo: los resultados de Selectividad de Lengua castellana siempre son mejores que los de Lengua catalana.

Los derechos de todas las comunidades lingüísticas son iguales e independientes de la consideración política o jurídica de lenguas oficiales, regionales o minoritarias.

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El último de estos manifiestos reivindicativos es el Manifiesto por la lengua común. Los que lo firman, encabezados por Fernando Savater y Vargas Llosa, piden que entre todas las lenguas que se hablan en el estado, se constate que el castellano es la lengua española por antonomasia. El manifiesto comienza diciendo que el castellano es la lengua española superior (cuando se usan estos calificativos en este país, ya podemos echarnos a temblar) al resto de idiomas que se hablan en España, considerándolas de segunda categoría y menos útiles. El castellano-español aparece como la lengua de la alta cultura, de la comunicación, de la ciencia. Incluso insisten en que tiene una serie de valores que no tienen las otras tres lenguas (euskera, catalán y gallego). Nada, que ya lo decía Diderot: Parlez français au sage.

Este manifiesto esconde, intencionadamente, unos hechos que son irrefutables: las lenguas, por sí mismas, desde un punto de vista estrictamente lingüístico, no son más importantes unas que otras. Cuando una lengua gana en hablantes o va ocupando ámbitos sociales de uso, es por causas políticas y de poder económico, no hay valores que valgan. A lo largo de la historia, lenguas como el castellano o el francés han jugado el rol que hoy en día tiene el inglés, porque los estados en los que se hablaban dominaban el panorama político o eran una potencia económica. El porcentaje de personas en el mundo que hoy sabe hablar inglés es superior al de hace 25 o 30 años y lo es por razones de prestigio lingüístico. ¿O acaso el inglés tiene unos “valores intrínsecos diferentes y “superiores” al castellano, al alemán, al japonés o al portugués?

La mayoría de las lenguas amenazadas del mundo pertenecen a comunidades no soberanas y uno de los factores principales que impiden el desarrollo de estas lenguas y aceleran el proceso de sustitución lingüística son la falta de autogobierno y la política de los Estados que imponen su estructura político-administrativa y su lengua.

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La gran mayoría de castellanoparlantes del estado español que no viven en un territorio con una lengua propia diferente al castellano, perciben como anómala cualquier situación lingüística que no responda a la igualdad 1 estado = 1 sola lengua. Quieren hacernos creer que desconocen que existen casos como el de Bélgica, Suiza o Canadá, en donde esta cuestión se ha resuelto de manera diferente a la que se decidió en España a partir de 1978. Seguro que preferirían que, como ha sucedido en Francia, las lenguas minoritarias del territorio fuesen consideradas “curiosidades” folclóricas, incluso dialectos (“patois”, les llaman allí, con una carga despectiva evidente), sin ningún tipo de reconocimiento oficial. Esto precisamente es lo que se pretende desde el nacionalismo español centralista: partiendo de argumentos erróneos, como el prestigio o el número de hablantes, desprestigiar y minorizar al resto de lenguas del estado, porque para ellos resulta natural que el castellano sea el “español”, la lengua común y oficial de todo el territorio. No son capaces de ver que lo es por razones de expansión política y territorial, porque la historia es la que es, pero no porque el castellano, como lengua estrictamente hablando, sea mejor que cualquier otra. Está claro, sin embargo, que en el momento de redactar la Constitución, inmersos en una delicadísima transición política que se podía torcer en cualquier momento, se tuvieron que hacer concesiones (por las dos partes, evidentemente), y desde el centralismo castellanoparlante no se creyeron en ningún momento la realidad plurilingüística y pluricultural del estado, pero tuvieron que “tragar” con ello, dadas las circunstancias.

Podríamos hacer un ejercicio de historia-ficción: imaginemos que el Tercer Reich, aquél que había de durar 1.000 años, hubiera acabado dominando Europa e imponiendo definitivamente su lengua y pautas culturales en los países invadidos. Imaginemos también que por motivo de esta hipotética invasión militar y política, el estado español también hubiera sido colonizado lingüística y culturalmente por Alemania. Como resultado, el alemán se impondría como lengua, sería obligatorio en todos los ámbitos públicos y oficiales, se perseguiría al castellano, se le arrinconaría a la cocina y al dormitorio lingüísticos, la lengua de los vencedores se enseñaría en las escuelas como lengua única, se usaría como lengua exclusiva en los medios de comunicación y en la literatura. Saber alemán resultaría indispensable para promocionarse profesionalmente. Habría, además, un adoctrinamiento que insistiría en los “valores intrínsecos” de la lengua alemana despreciando la lengua propia del territorio conquistado. Aunque la sociedad se resistiera a abandonar el uso del castellano, al cabo de 200 o 300 años, la “germanización” sería efectiva. Me gustaría saber qué defenderían los Savater y Vargas Llosa de turno. ¿Que el alemán es la lengua superior de España y que el castellano es una lengua de segunda categoría? ¿Que aquellos que han conservado la lengua propia son separatistas, insolidarios, terroristas en potencia? ¿Que la única lengua apta para la cultura, la ciencia, la prensa, etc., es el alemán? ¿Hablarían del castellano como “lengua-pijama”, tal como lo hacen del euskera, del catalán o del gallego? Seamos sinceros: ninguna comunidad lingüística acepta una lengua que no es la propia de manera voluntaria, sino por imposición, por motivos políticos o porque es la lengua del poder económico.

Toda comunidad tiene derecho a codificar, estandarizar, preservar, desarrollar y promover su sistema lingüístico, sin interferencias inducidas o forzadas.

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Los nacionalistas españoles se estremecen cuando se les presentan argumentos históricos en contra de sus convicciones lingüísticas, parece que tienen fobia a conocer cuál ha sido la realidad histórica de este país (desgraciadamente, este mal lo sufren no sólo en relación a las lenguas). No quieren ni oír hablar del tema. Pero les guste o no, hay una realidad que no pueden ignorar (aunque sí falsear o manipular, por supuesto). A partir del siglo XVI, la creación de los estados europeos demandaba una unificación política, lingüística e incluso religiosa. El castellano es adoptado como la lengua de la monarquía hispana si bien no se puede hablar de una imposición de esta lengua en aquellos territorios que tenían una lengua propia distinta al menos durante los siglos XVI y XVII, con la dinastía Habsburgo. Pero tampoco les hará falta, porque la castellanización avanza lenta pero implacable por razones de prestigio y de deseo de asimilación a la monarquía. No será hasta el reinado de Felipe V, con el Decreto de Nueva Planta, cuando se prohíba el uso público y oficial de la lengua catalana, cuando cualquier manifestación de cultura no castellana se persiga duramente. Y a partir de aquí, excepto durante el brevísimo paréntesis de la Segunda República, ésta ha sido la realidad con la que han tenido que enfrentarse los territorios con una lengua y una cultura propias diferentes del castellano: persecución o, en el mejor de los casos, minorización y menosprecio. Y nos guste o no, ésa es la realidad histórica de la pretendida riqueza cultural y lingüística del Estado español. Y en Catalunya hacemos como que nos creemos que desde la mayoría castellanoparlante se la creen, aunque sabemos que lo que se esconde detrás de este concepto tan democrático es la voluntad de uniformizar cultural y lingüísticamente todo el territorio, empezando por querer imponer un equitativo, democrático y engañoso bilingüismo. O aduciendo argumentos como la “inversión en capital lingüístico”, es decir, mezclar la cultura con la economía. Por eso, porque es superfluo invertir en lenguas pijama, si queremos comprar un DVD de una película, no siempre lo tenemos disponible en catalán. Lo mismo ocurre con los estrenos de cine y con los juguetes interactivos o educativos. O si queremos leer en catalán el último best-seller, tenemos que pagar alrededor de 6 o 7 euros más que si compramos la edición castellana. Los nacionalistas españoles se enorgullecen del aumento de hablantes del castellano , claro, pero es que no se tiene otra opción, ya se encargan ellos. Cuando se hacen esfuerzos para normalizar las culturas y las lenguas propias de Cataluña, de Euzkadi, de Galicia, entonces aparecen periódicamente manifiestos que denuncian una supuesta persecución del castellano. En Cataluña eso nos parece tan surrealista que no sabemos si subirnos por las paredes o echarnos a reír. Encima de cornudos, apaleados, porque parece que hablamos catalán con ánimo de molestar a los castellanoparlantes y que por tener una cultura o una lengua diferentes, sería necesario que estuviéramos pidiéndoles disculpas cada día.  Pero los que vivimos en Cataluña, seamos o no catalanes de nacimiento e independientemente de cuál sea nuestra lengua propia, sin saberlo, hacemos nuestras las palabras de Popper cuando escribía Si se quiere que continúe el progreso de la razón y que sobreviva la racionalidad humana, nunca deberemos inmiscuirnos en la variedad de los individuos y de sus opiniones, finalidades o propósitos (excepto en los casos extremos en que la libertad política esté en peligro). Incluso los llamamientos (que tanto satisfacen desde el punto de vista emotivo) a una “tarea común”, aunque sea de lo más excelente, no son sino llamamientos al abandono de las diferentes opiniones éticas, al abandono a las críticas mutuas y de los debates que estas opiniones generan. Al final, son llamamientos que nos quieren hacer renunciar al pensamiento racional. Llamadnos pragmáticos…

La enseñanza debe de estar siempre al servicio de la diversidad lingüística y cultural, y de las relaciones armoniosas entre diferentes comunidades lingüísticas de todo el mundo.

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Los manifiestos lingüísticos no hacen mella en la inmensa mayoría de la sociedad catalana, sea cual sea la lengua materna de las personas. A lo sumo, nos producen cierto hastío, porque sabemos que la batalla contra la desinformación mediática está perdida. Da igual que expliquemos que en Cataluña nadie rechaza el uso del castellano, que la gente habla una u otra lengua sin más problemas, incluso durante el curso de una misma conversación con personas diferentes. Que no nos salen sarpullidos si alguien nos pregunta una dirección en castellano ni dejamos de servir a un cliente en una cafetería por la lengua en que nos hable. Que podemos leer y escribir en las dos lenguas y que ojalá todos pudiéramos leer y escribir en diez lenguas más. Que la inmensa mayoría de padres no se opone a que sus hijos sean escolarizados en catalán porque a lo largo de todos los años de educación, las horas de lengua catalana y de lengua castellana se igualan (3 horas de catalán y 3 horas de castellano en la ESO) y que el conocimiento de la lengua castellana está garantizado. Que los niños en las aulas, en el patio de las escuelas, en la calle, hablan la lengua que les apetece y nadie los persigue o alecciona. Y aquellos padres que firman manifiestos en contra de la presencia del catalán en las escuelas, son los que acaban prefiriendo matricular a sus hijos en el Liceo Francés, en el Colegio Suizo o en cualquiera de las escuelas privadas americanas, aunque sepan que la lengua mayoritaria que van a oír durante las clases sea el francés, el alemán o el inglés, no el castellano. Así que no engañan a nadie: su actitud no es favorable a la escolarización en castellano, sino contraria a la consideración del catalán como lengua normalizada en todos los ámbitos.

Siempre he pensado que conocer idiomas es abrir ventanas al mundo, a diferentes maneras de entender la realidad, ya que te pone al alcance culturas muy diversas. Despreciar una lengua es despreciar una cultura. Y como decía Ovidi Montllor, a quien le molesta que se hable, se escriba o se piense en catalán, en realidad, le molesta que se hable, se escriba y se piense. Y que nadie se engañe: el desarrollo de una lengua no se hace en función de los “valores intrínsecos” de que habla el Manifiesto de la lengua común, sino en función de mayorías y de imposición de criterios. No hay peor ciego que el que no quiere ver: la situación lingüística actual de España es consecuencia de azares políticos, como en todas partes, de leyes restrictivas, resultado de imposiciones y de persecuciones. Si después de todo esto, la cultura y la lengua catalanas no han desaparecido ante el empuje castellanizador, es de suponer que deben tener más valores “intrínsecos” de los que presuponen y desearían los que firman este manifiesto.

El universalismo debe basarse en una concepción de la diversidad lingüística y cultural que supere a la vez las tendencias homogeneizadoras y las tendencias al aislamiento exclusivista.

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Este nacionalismo lingüístico español encuentra eco no sólo entre la derecha, sino también entre la izquierda, en amplios sectores del PSOE y de Izquierda Unida. Parece que, independientemente de cuál sea la opción política, parece natural que el castellano tenga una preeminencia sobre el resto de lenguas, que sea vehicular en la enseñanza y que si es necesario modificar la Constitución (que por otras cuestiones parece intocable) y los estatutos de autonomía, se haga. En Cataluña, mientras tanto, acostumbrados a este tipo de manifiestos, se continúa afirmando que la cuestión lingüística no es percibida como un problema para la inmensa mayoría de la sociedad, sea catalanoparlante o castellanoparlante (estos se llevan la peor parte, porque son considerados como a “renegados” cada vez que intentan explicarlo). Pero como es sabido, el conflicto se atiza siempre desde fuera, por parte de quienes no han vivido nunca en Cataluña ni conocen su realidad lingüística. Y se nos siguen poniendo los ojos como platos cuando escuchamos afirmaciones del tipo: “Si entras en un bar o en una cafetería, si no sabes catalán, no te atienden”, “La gente no te contesta si les preguntas una dirección en castellano “o” No te entienden si llamas a un organismo oficial y hablas en castellano, te cuelgan el teléfono “. Hacer este tipo de afirmaciones, además de demostrar una perversidad de intenciones clarísima, demuestra que no se conoce la realidad social en Cataluña, el porcentaje de población castellanoparlante o bilingüe ni tampoco, el carácter abierto y cosmopolita de la inmensa mayoría de la sociedad catalana, sea cual sea su lengua materna. Pero esto, desgraciadamente, no lograremos hacérselo entender… Así que mejor que nos lo tomemos a risa.

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