Mujeres y literatura: las pioneras

En el año 1928, la escritora inglesa Virginia Woolf fue invitada a dar en Cambridge dos conferencias sobre el tema “La mujer y la novela”. En su libro Una habitación propia (1929) nos cuenta cómo acudió al Museo Británico y encontró miles de libros sobre la mujer, pero todos escritos por hombres. Ante este hecho hubiera sido fácil pensar que la literatura es cosa de hombres y que las mujeres se han limitado a ser instigadoras de la creación literaria, pero no creadoras, parte del objeto producido, pero raramente productoras del mismo. Partiendo de esta premisa, la palabra que mejor definiría, aparentemente, el papel de la mujer en la historia de la literatura universal sería ausencia. No se podría ignorar, por supuesto, la existencia de algunas mujeres escritoras que han dejado su impronta en el campo literario, las mujeres con cerebro de hombre a las que aludía Simone de Beauvoir. Pero precisamente esas mujeres no negarían la ausencia a que nos referimos, sino que, en todo caso, permitirían sustituir la palabra ausencia por excepcionalidad. Samuel Bennet, en su obra Our Women: Chapters on Sex-Discord, escribió: “() Con la posible excepción de Emily Brontë, ninguna novelista de sexo femenino ha producido una novela que iguale las grandes novelas escritas por hombres (…) Si bien es verdad que un pequeño porcentaje de mujeres son inteligentes como los hombres, en conjunto, la inteligencia es una especialidad masculina. No hay duda de que algunas mujeres son geniales, pero la suya es una genialidad inferior a la de Shakespeare, Newton, Miguel Ángel, Beethoven, Tolstoi. Además, la capacidad intelectual mediana de las mujeres parece muy inferior.” Añadiríamos, entonces, otro concepto que se aplicó a las mujeres que intentaron abrirse camino en un espacio que, durante siglos, fue prácticamente monopolio de los hombres: incapacidad. Para hablar en términos actuales, la literatura femenina fue considerada como un producto de serie B y, por tanto, marginal.

Si bien la mujer tardó siglos en reivindicar el espacio que le correspondía en el campo de la creación literaria, no cabe duda de que la literatura popular fue creada y transmitida en buena parte por mujeres. Esta literatura, bien ligada al ciclo vital o bien de temática amorosa, se caracteriza por ser, además de anónima, oral. Aparece aquí una de las primeras explicaciones para entender esa presencia casi excepcional de mujeres escritoras desde los inicios de las literaturas europeas occidentales hasta hace poco más de 150 años: el difícil acceso de la mujer a la educación y a la cultura letrada. La feminización indiscutible de la literatura popular oral demuestra que, aunque el genio creativo existía entre las mujeres, haberlas mantenido apartadas de la cultura escrita explicaría esa escasez secular de mujeres escritoras. Mientras que los hombres acudían a la universidad, sus hermanas ni siquieran podían pisar sus jardines, es decir, tenían que ser, en el mejor de los casos, autodidactas. Además, durante siglos, se consideró que la mujer no necesitaba saber leer o escribir para desarrollar las tareas que tenía asignadas en función de su sexo y que tener esos conocimientos constituía un peligro, una ventana abierta al mundo exterior, una forma de rebelión.

Es de nuevo Virginia Woolf en Una habitación propia quien nos da las claves sobre qué necesitarían las mujeres para poder competir con los hombres como creadoras de literatura: unas guineas y una habitación propia, es decir, algo de dinero (que proporciona independencia y acceso a la cultura) y una habitación cerrada a cal y canto, un espacio propio, no sólo entendido como un lugar físico individualizado y separado, sino también como un espacio vital, en el que la mujer pudiera ser dueña de su tiempo. Sus reflexiones apuntaban ya a una demanda de emancipación respecto de la tutela del padre o del esposo que todavía a principios del siglo XX sufría cualquier mujer, instalada en una minoría de edad mental permanente. Y si leyendo las reflexiones de Virginia Woolf no podemos evitar pensar que para la mujer la escritura profesional sería una especie de lujo burgués, es evidente que el mismo esquema se reproduce cuando estudiamos los casos de esas verdaderas pioneras de la literatura pensada y creada en femenino: en una inmensa mayoría, se trata de mujeres que, fuera cual fuera su estado (religiosas, solteras, casadas) pertenecían a estamentos sociales privilegiados, lo cual les garantizaba cierto acceso a la cultura y un apoyo económico. Éste sería el caso de Safo, la primera mujer escritora de obra conocida de la literatura occidental, de las refinadas poetisas que vivían en los harenes de Al-Andalus, como la conocida Wallada, o de las trobairitz, nobles occitanas del siglo XII, mujeres que cantaban al amor y al deseo que sentían por sus amantes con atrevimiento y cortesía, que tenían amplios conocimientos de música y que competían de igual a igual con los trobadores masculinos. Sus poesías sorprenden por su realismo y por sus referencias explícitas al amor carnal. Entre ellas destacan Beatriz, condesa de Dia, o Azalais de Porcairagues.

Trobairitz

A medida que avanzan los siglos, en la Edad Media y hasta el siglo XVII, la mayoría de mujeres que desarrollaron una actividad como escritoras pertenecen mayoritariamente al estamento religioso. La Iglesia condenaba determinados géneros y temas literarios y, por supuesto, consideraba que la mujer que se atreviera a escribir debía hacerlo bajo el amparo de su condición de religiosa o de una familia noble e influyente y, desde luego, sobre temas cuanto menos mundanos, mejor. Sería éste el caso de mujeres como Hrotsvitha, considerada la escritora más sobresaliente de la Alta Edad Media; o de Hildegarda de Bingen, la abadesa del siglo XII; de Catalina de Siena o de místicas como Teresa de Jesús o Sor Juana Inés de la Cruz. Aquellas mujeres que no habían abrazado la vida monástica, escriben igualmente sobre temas religiosos o, si no es así, sobre cuestiones que competían al rol que desempeñaban en la sociedad: el de esposas y, sobre todo, el de madres. Así son frecuentes las obras de mujeres dirigidas a sus hijos, en las que abundan los consejos de todo tipo, desde cómo gobernar un territorio a cómo gobernar una casa noble, pasando por consejos de tipo médico. No podríamos hablar aquí de literatura de ficción, sino de obras pertenecientes al género didáctico. Dhuoda, noble del siglo IX, sería una de sus representantes, aunque posiblemente el caso más notable sea el de Cristina de Pizán, hija de un médico y astrólogo italiano que vivió en la corte del rey Carlos V de Francia a principios del siglo XV.

Christine de Pizan

Cristina se educó en la corte y en su formación tuvieron un peso importantísimo las ideas de su padre sobre la necesidad de educar a las hijas. Cuando enviudó siendo muy joven y se encontró con tres niños a los que mantener, se puso a escribir como único medio de ganarse la vida. Nos encontramos ante el primer caso de mujer escritora profesional. Sus obras más importantes son La ciudad de las damas y Referente a mujeres famosas, escritas en 1404 y 1405 respectivamente. Ya en el siglo XVII, Madame de Sevigné escribió una serie de cartas a su hija, entre 1671 y 1696, en las que se pueden leer descripciones de la frívola corte de Luís XIV, comentarios acerca de sus preocupaciones afectivas o religiosas, su amargura por la separación de su hija o la angustia por la fugacidad del tiempo.

Aunque el XVIII es el siglo de la Ilustración, de la defensa de la libertad y de la igualdad, la mujer no consigue todavía situarse en el mismo plano que los hombres escritores. Si bien se alzan voces a favor del derecho a la educación de las niñas y jóvenes, ésta continúa circunscrita a ámbitos sociales privilegiados. Sin embargo, la mujer ya no será simplemente la protagonista de la literatura moralista y misógina o bien el objeto de deseo de la literatura amorosa escrita por hombres, sino que se le reconoce el derecho a leer, a codearse con los filósofos de la época en los salones literarios, a tener opinión, a conocer. El paradigma de la escritora del siglo XVIII podría ser Madame de Staël, alma de los principales salones literarios de París, relacionada con pensadores y políticos de la época y buena conocedora de sus obras. En su novela Delphine (1802) preconiza ya la libertad de elección sentimental por encima de los convencionalismos sociales.

A lo largo del siglo XIX asistimos al fenómeno de las mujeres que empiezan a plantearse decididamente su derecho a escribir y a que su literatura sea valorada según los mismos parámetros que la de sus compañeros masculinos. Me refiero a escritoras como Mary Shelley, Jane Austen, George Sand, a las hermanas Brontë, a Cecilia Böhl de Faber, a Colette o a Víctor Català, entre otras. Estas mujeres tuvieron que escoger entre tres opciones para poder ejercer como escritoras en toda la extensión del término que su época les permitía:

Masculinizarse, negar su condición de mujeres y asumir una identidad masculina, a través del uso de un pseudónimo o del apellido del esposo. Sería el caso de la escritora francesa Aurore Lucile Dupin, conocida como George Sand; de las hermanas Brontë, Charlotte, Emily y Anne quienes, en sus inicios literarios, utilizaron los pseudónimos de Currer, Ellis y Acton Bell, respectivamente. La española Cecilia Böhl de Faber, autora de La gaviota, publicó sus obras con el sobrenombre masculino de Fernán Caballero. Mary Wollstonecraft, la jovencísima autora de Frankenstein, cambió su apellido por el de su compañero sentimental y posteriormente marido, el poeta Percy Shelley. La novelista Caterina Albert, máxima representante de la novela rural modernista en lengua catalana con obras como Solitud o Drames rurals, tenía que firmar con el pseudónimo de Víctor Català. La novelista francesa Claudine Colette (1873-1954) se vio obligada a vivir la humillación de ver algunas de sus obras firmadas por su esposo, quien, además, no tenía escrúpulo alguno de mantener esa mentira y jactarse de un éxito literario que no era suyo

Describir en sus novelas vidas femeninas “impropias”, “marginales”, que no seguían el camino marcado, que sirvieran de revulsivo y a la vez de ejemplo conminatorio para el resto de las mujeres, como el personaje de la esposa loca de Rochester en Jane Eyre, de Charlotte Brontë, el de Catherine Earnshaw en Cumbres Borrascosas, de su hermana Emily, o el de la infanticida en la obra homónima de Víctor Català.

Crear una literatura estrictamente “femenina” hecha por y para mujeres en la cual no se pusiera en entredicho ninguno de los valores sociales imperantes. Nos servirían como ejemplo las novelas de Jane Austen, quien durante mucho tiempo fue acusada, incluso por otras mujeres escritoras, como Emily Brontë, de desarrollar una literatura de “saloncito”, de desconocer el mundo que había más allá de las paredes de su casa, aunque afortunadamente, la crítica moderna ha sabido reinvindicar el estilo, el humor, la ironía e incluso la crítica social que, siempre de manera muy tangencial, contienen las novelas de esta escritora inglesa.

Así pues, el camino que la mujer ha tenido que recorrer hasta ser considerada una profesional de la literatura ha estado sembrado de obstáculos: el dificilísimo acceso a la cultura escrita, unido a una infravaloración de la capacidad creativa de la mujer serían los principales y los más penosos de superar. Por esta razón, la tenacidad, el esfuerzo, hasta el atrevimiento que demostraron estas pioneras de la literatura merece que su obra sea conocida, reivindicada y valorada.

 

True Blood, tras finalizar la tercera temporada: friends don’t let friends drink friends

Una advertencia para los hipotéticos lectores que pueda tener esta entrada: resulta muy difícil, más bien diría que imposible, escribir un comentario sobre un libro, una película o una serie televisiva sin dar información sobre los mismos. Como no era capaz de opinar o comentar sin desvelar determinados detalles, he optado por escribir lo que me apetecía y como me apetecía, advirtiendo, eso sí, que la entrada contiene referencias a situaciones y personajes de las tres temporadas de True Blood que podrían perjudicar el interés y el nivel de intriga de aquellas personas que no han seguido la serie. O sea, que lo que sigue tendría que estar plagado de spoilers. Quien avisa no es traidor.

True Blood es una serie que parece no dejar indiferente a nadie: unos la aman, otros la odian y muchos, diría que los que más, esperan ansiosamente cada uno de sus episodios mientras se preguntan por qué razón están tan “enganchados” a una serie bastante irregular en calidad y con unos altibajos más que evidentes en cuanto a interés argumental. Ahora, tras finalizar su tercera temporada, seguramente habrá una redistribución en  la composición de estos tres grupos: los que son fans incondicionales de la serie lo seguirán siendo, porque si no se sintieron decepcionados con la segunda temporada, difícilmente renegarán de ella  tras la tercera, que a mi entender, ha reconciliado bastante a sus seguidores con las historias y los personajes de True Blood. No sé si va a hacerse más numeroso el grupo de los que odian esta serie  protagonizada por vampiros y humanos que se relacionan siempre en un dificílisimo equilibrio. Mientras tanto, yo me mantengo en la tercera categoría, apuesto a que la más numerosa.

A buen seguro que no debo ser la única persona que durante estas vacaciones ha dedicado unas horas a seguir la tercera temporada de la famosa serie televisiva True Blood, basada (cada vez más libremente) en las novelas The Southern Vampire Mysteries de la estadounidense Charlaine Harris. Los capítulos de esta tercera entrega, que se estrenó en EEUU en Junio, ya han circulado por Internet durante todo el verano, lo que ha permitido visualizarlos on line o por descarga directa.

True Blood es la adaptación de Alan Ball (A dos metros bajo tierra, American Beauty) para la pequeña pantalla de las aventuras y desventuras de Sookie Stackhouse, una camarera telépata que vive en una pequeña y conservadora comunidad del norte de Louisiana. Sookie ve alterada su anodina existencia cuando, gracias a la fabricación por parte de los japoneses de una sangre sintética, comercializada con la marca True Blood, los vampiros del mundo, después de milenios de ocultación y de verse condenados a matar para  prolongar su “no vida”, deciden “salir del ataúd” y declarar que, no siendo ya una amenaza para los humanos, pueden convivir con ellos y reclaman sus “derechos civiles”. Cuando una noche aparece en el Merlotte’s, el bar donde trabaja, Bill Compton, un vampiro partidario de la “adaptación”, se abre para Sookie la existencia de un mundo sobrenatural, más allá de lo que vemos y percibimos por los sentidos,  poblado por seres que hasta ese momento se ocultaban tras la sombría cortina de lo mítico,  en el imaginario terrorífico de los humanos o en las páginas de las novelas de terror. Los vampiros de True Blood, que aparentemente ya no van a necesitar desgarrar yugulares cada noche para alimentarse, están más cerca del glamour de una estrella del rock que de la figura  siniestra del No Muerto imaginado por Stoker, aquél que se levanta cada noche del ataúd depositado en una cripta húmeda y maloliente. Los nuevos vampiros se relacionan con los humanos, regentan negocios y dirigen partidos políticos. Pero Sookie descubrirá que es imposible vestir al lobo con piel de cordero y que los vampiros, por muy atractivos y encantadores que puedan parecer en sus esfuerzos por “normalizar” su condición, no pueden sustraerse a lo que conforma su verdadera naturaleza: el instinto depredador.

Dicen los detractores de True Blood que esta serie sólo puede gustar a fanáticos de la figura del vampiro o a descerebrados adictos al gore y al sexo explícito gratuito. Pues hay que ver, y yo pensando durante años que era un poco más profunda que todo eso… Pero sí, es cierto, True Blood puede no  gustar a quien no experimente, si no fascinación, al menos una mínima curiosidad por la figura del no-muerto. Ya sea en los rincones más recónditos de las leyendas ancestrales, en las páginas de la novela gótica o en las pantallas cinematográficas, el vampiro, un ser oscuro y maldito, sediento de sangre humana que lo mantiene en una torturante frontera entre la vida y la muerte y que es a la vez su fuerza y su atractivo, pero también su maldición eterna, es uno de los personajes que más interés ha despertado y despierta entre el público. Unos envidian su poder, otros le temen y, en el fondo, todos lo compadecen.  ¿Os habéis planteado alguna vez que no debe ser nada fácil eso de vivir eternamente esclavo de la muerte ajena para mantener la propia vida?

Acerca de la estética gore, diría que el nombre de la serie no puede engañar a nadie: en ella hay sangre, mucha, y fresca. ¿Qué se puede esperar de una serie sobre vampiros? Al fin y al cabo, no era demasiado creíble esa imagen clásica de Bela Lugosi o de Christopher Lee clavando los incisivos a una asustada muchacha en plena yugular y saliendo de ésta un modesto hilillo de sangre ¿o no? Tampoco pretendo negar que algunas escenas son en exceso sangrientas (confieso que prefiero ver morir a un vampiro deshaciéndose en limpias cenizas que estallando en borbotones de sangre y tejidos blandos), pero el hiperrealismo es propio también de otras muchas producciones cinematográficas o televisivas y nadie las ha calificado de “gore”. Por lo que respecta al sexo más o menos explícito o más o menos gratuito, creo que el erotismo y la sexualidad son inherentes al mito del vampiro, el ser que fascina al humano, lo lleva más allá de las reglas morales y le permite romper tabúes. No se le puede escapar a nadie que el hundimiento de los incisivos en la carne de otro ser no deja de ser una referencia sexual clara. Mezclar la sangre, correr por las venas del otro es una imagen amorosa y pasional usada a menudo en literatura. Allan Ball, el guionista de True Blood, explicita este universo erótico y seductor que envuelve al vampiro y lo sitúa en la sociedad actual, con sus usos y costumbres sexuales. Ni más ni menos. Que esas escenas nos puedan parecer gratuitas o explícitas dependerá de la sensibilidad de cada uno. A mí, particularmente, no me lo parecen, cualquier película española contiene más sexo gratuito que True Blood. Ahora mismo pienso también en una serie como Los Tudor, que la Primera de TVE ha estado emitiendo en prime time después de haber pasado también por Digital Plus. Sus escenas de sexo explícito no tienen nada que envidiar a las de True Blood, aunque claro está, el sexo entre reyes, reinas y nobles tiene mucho más glamour, dónde vas a parar. Recuerdo en concreto una escena en que Enrique VIII, al que da vida un Jonathan Rhys-Meyer definitivamente demasiado atractivo para el papel, aliviaba manualmente su deseo por una todavía inalcanzable Ana Bolena, mientras un discreto criado, apartaba la vista mientras sostenía una especie de palangana, dorada y regia, por supuesto, para recoger el producto final de semejante operación. Mi cerebro y mis ojos tardaron ni se sabe en ponerse de acuerdo para decodificar lo que estaba sucediendo en la pantalla, tan increíble me pareció. Si eso no es gratuito, que baje Dios y lo vea.

No voy a negar que tras una prometedora primera temporada y una segunda entrega más bien floja, en conjunto, y tan surrealista en ocasiones que se acercaba peligrosamente a lo risible, continúo preguntándome qué debe tener True Blood para “enganchar” a tantos millones de seguidores, entre ellos yo misma (hace tiempo que intento explicarme por qué todavía continúo experimentando esa extraña fascinación por esta serie, a ver si al final va a resultar que realmente pertenezco al grupo de los descerebrados adictos al gore y al sexo gratuito…), aun cuando su calidad ha mostrado bastantes altibajos. Es evidente que la “moda vampírica” de que tanto se habla, iniciada con la saga Crepúsculo, ha tenido mucho que ver. Pero True Blood marca una diferencia clara con el resto de productos televisivos, cinematográficos y literarios que tienen como protagonistas a los vampiros y que invaden las pantallas y las librerías desde hace unos años. True Blood sería, por decirlo de alguna manera, la versión socarrona y ligera de cascos de la puritana Crepúsculo. En fin, ya lo dice la canción de Jace Everett en el estupendo opening de la serie: I wanna do bad things with you

Y a propósito de Crepúsculo, parece que su autora, Stephanie Meyer, no fue tan original como se cree cuando imaginó una nueva clase de vampiros, que son capaces de sobrevivir sin alimentarse de los humanos. La idea ya se insinúa en Entrevista con el vampiro, de Anne Rice, anterior en más de dos décadas a las famosas novelas de Meyer, en la cual Louis, recién convertido en no-muerto, rechaza atacar a los seres humanos para beber su sangre y se alimenta, en un principio, sólo de animales, lo que provoca el desprecio de Lestat, su creador. Esta idea toma forma en otra famosa saga vampírica, The Vampire Diaries, de L.J. Smith, cuyas novelas fueron publicados por primera vez en 1991, y que han llegado también a la pequeña pantalla. En ellas, un vampiro casi adolescente, Stephan Salvatore, como el protagonista masculino de Crepúsculo, consume sangre animal y ama a una humana. Stephan tiene un hermano, Damon, también vampiro, que se niega a renunciar al poder, a la fuerza y al atractivo que le confiere la sangre humana y desprecia a Stephan como Lestat despreciaba a Louis en las novelas de Rice. L.J. Smith, que escribió sus novelas pensando en un potencial público adolescente, imagina, además, un triángulo amoroso entre Stephan, su novia humana, Elena, y el perverso e irresistible Damon, el “chico malo pero no tanto“.

The Vampire diaries

Esto nos recuerda, salvando las distancias, por supuesto, al triángulo Bill-Sookie-Eric en True Blood (y en su versión más descafeinada y apta para todos los públicos, a la relación de la protagonista de la saga Crepúsculo con el vampiro Edward y el hombre-lobo Jacob). Así que si tuviéramos que otorgar el título de “creadora de vampiros humanizados”, sin duda tendríamos que entregárselo a L.J.Smith, a pesar de que sea Stephanie Meyer la que haya cosechado los mayores éxitos con sus novelas.

Sookie y Eric

Sookie y Bill

Entre L.J.Smith y Stephanie Meyer se situarían las novelas de Charlaine Harris, que constituyen la base de la trama argumental de True Blood, aunque la adaptación que está llevando a cabo Allan Ball sea cada vez más libre y personal. El universo que imagina Charlaine Harris en sus novelas, su historia de amor entre una camarera un poco paleta, pero con poderes telepáticos, y un vampiro que quiere, aparentemente, reintegrarse en la sociedad después de más de 140 años de sangrientas correrías nocturnas, parecía no haber despertado la atención de los lectores por estos lares. Pero todo ha cambiado tras la llegada a las pantallas de True Blood. La mezcla de terror, de lo sobrenatural, de intriga, humor negro, mala leche, erotismo, sarcasmo y romanticismo de esta serie, que cuenta además con unos personajes mucho más complejos que los creados por L.J.Smith y Meyer, han atraído a un público adulto que no siempre se sentía cómodo con esas sagas de vampiros adolescentes.

En su primera temporada se entrecruzaban dos tramas principales: por una parte, la incorporación de los vampiros a la sociedad después de siglos de oscuridad y secretismo, y por otra, los asesinatos de una serie de mujeres que tienen en común haberse relacionado con vampiros. Cuando los conflictos entre vampiros y humanos empiezan a sucederse, se hace evidente una clara referencia al tradicional rechazo sureño de la población afroamericana. Conocer la ideología altamente endogámica imperante en el Sur, su manera de vivir, sus mitos y tradiciones es fundamental para entender la primera temporada de True Blood.

Los no-muertos aparecen organizados, además, en una compleja jerarquía o sistema social, que es uno de los elementos más novedosos e interesantes de la serie, ya que hasta entonces, el vampiro era un depredador que actuaba solo y que carecía totalmente de sentimientos o de instinto social, no ya no con los humanos, por supuesto, sino incluso con sus congéneres. Los vampiros se alinean en dos bandos, los partidarios de la “socialización” (unos más sinceramente que otros) y los que no creen en ella y se niegan a renunciar al poder y a la fuerza que les otorga la sangre humana. Hay un magistrado y unos sheriffs que controlan la comunidad vampírica y que hacen cumplir sus particulares leyes. El personaje de Bill Compton, lleno de contradicciones y en continua lucha, debatiéndose entre su deseo de llevar una vida “normal” al lado de Sookie y la influencia de los vampiros que le recuerdan constantemente a quién debe lealtad y cuál es su verdadera naturaleza, lo convierten en una especie de paria para ambos grupos, humanos y vampiros, ya que no llega a ser aceptado por los primeros y sufre el rechazo y el recelo de los segundos. En esta primera temporada se introduce el personaje de Eric Northman, el sheriff de la Zona 5 a la que pertenece Louisiana, un vampiro vikingo que tiene más de 1.000 años y que irá cobrando importancia a medida que se suceden los capítulos por su antagonismo con Bill Compton.

Eric regenta un bar de vampiros llamado Fangtasia , junto con Pam, su socia y, a la vez, “hija vampírica”, ya que él fue su creador. Pam es una vampira toda elegancia y glamour, con inclinaciones lésbicas, fría y calculadora pero dotada de una ironía y un humor negro impagables. Sus diálogos son de lo mejor de la serie.

La trama misteriosa que se teje alrededor de los asesinatos de mujeres resulta mucho más tradicional que el imaginario verdaderamente original que recicla el mito del vampiro y lo adapta a los nuevos cánones imperantes. Sirve, básicamente, para dotar de vida al personaje del hermano de Sookie, Jason Stackhouse, una especie de semental todo músculos y poco cerebro, que se convierte en el principal sospechoso de esos crímenes.

Si algo tiene que agradecer Charlaine Harris a Allan Ball, el guionista de la serie, es que recupere algunos personajes secundarios de la novela, caracterizados de manera superficial, y les otorgue forma y contenido, profundidad psicológica. Éste sería el caso de Jason, que obtiene protagonismo en la serie desde la primera temporada. Particularmente pienso que ha sido un acierto de Alan Ball, ya que da mucho juego y lo sigue dando en las temporadas posteriores, a pesar de que esta opinión no la suscriban todos los seguidores de True Blood.

Lo mismo sucede con el personaje de Tara, la huraña e irascible mejor amiga de Sookie, quien en las novelas aparece siempre de manera muy tangencial y se nos describe como una chica algo frívola, dueña de una tienda de moda y que frecuenta la compañía de vampiros ricos. En la serie, sin embargo, Tara es una muchacha negra, hija de una alcohólica y que no consigue llevar una vida estable, ni desde el punto de vista personal ni profesional. A diferencia de la Tara literaria, en la serie, el personaje es reacio a las relaciones con vampiros y no oculta su antipatía por el novio no-muerto de su mejor amiga. En True Blood, Tara será uno de los personajes imprescindibles, llegando a protagonizar una de las tramas que se desarrollan en la segunda temporada, con algunos momentos memorables.

Otro de los personajes recuperados por Allan Ball para la serie es Lafayette Reynolds, el cocinero gay del Merlotte’s, que es asesinado al cabo de pocas páginas de haberse iniciado la primera de las novelas de Harris, Muerto hasta el anochecer. Lafayette se convierte, por obra y gracia del guionista de True Blood en primo de Tara y traficante de V, la sangre de vampiro, una droga ilegal a la cual muchos humanos se han convertido en adictos. Sus efectos serían una combinación entre los de la Viagra, el LSD y la pócima que Panorámix prepara para Astérix. Obviamente, para conseguirla, los traficantes tienen que contar con vampiros bien dispuestos a ser drenados, lo que lógicamente no sucede, o bien atraer con alguna artimaña a los no-muertos para dejarlos secos. Eso, a la luz de las nuevas leyes producto de la incorporación de los vampiros en la sociedad humana, se considera un delito y el vial de sangre de vampiro se cotiza a precios muy elevados en el mercado de la droga. ¿Queréis un elemento temático más actual que éste?

En conjunto, al menos en cuanto a la caracterización de personajes se refiere, la serie televisiva ha salido ganando en relación a las novelas. Hoyt Fortenberry, el amigo íntimo de Jason Stackhouse, el policia Andy Bellefleur y su primo Terry, o Arlene, la camarera compañera de Sookie, ya en la primera temporada se convierten en piezas fundamentales de la trama argumental de la serie, mientras que en las novelas no son más que meras comparsas.

Hoyt

Arlene

En la segunda temporada, Allan Ball crea nuevos personajes, como el de la vampiresa Jessica Hamby, una joven que es convertida por Bill Compton como compensación por haber matado a otro vampiro. Reconozco que siento una especial debilidad por Jessica, inexperta y angustiada por su nueva condición de no-muerta, sin saber cómo controlar el poder que esto le otorga y todavía absolutamente ligada a los sentimientos humanos, como el del que se experimenta con el primer amor, que ella encuentra en Hoyt Fortenberry.

Jessica Hamby

Hoyt y Jessica

En la segunda entrega, True Blood apuesta definitivamente por lo sobrenatural: si resulta que los vampiros existen ¿por qué no pueden ser reales otras criaturas que hasta entonces sólo aparecerían en nuestras pesadillas? El pueblecito de Bon Temps parece ser terreno abonado para las experiencias con seres de otra naturaleza y allí nadie es lo que aparenta ser. Tal vez el caso más chocante sea el de Sam Merlotte, el dueño del bar donde trabaja Sookie, que es un cambiante, es decir, alguien que puede transformarse en un animal.

Sam Merlotte

En el caso de Sam, este cambio se traduce en un inofensivo perrito collie, que corretea por el bosque. Pero la existencia de los cambiantes anuncia ya la existencia de otros mucho menos inocentes y simpáticos: los hombres lobo. Era de esperar ¿acaso no son los enemigos acérrimos de los vampiros? Tendríamos que esperar a la tercera temporada, sin embargo, para verlos en acción e involucrando a Sookie en sus especiales y tensas relaciones con los no-muertos.

Confieso que la segunda temporada de True Blood podría haber sido una decepción completa de no ser porque de las dos tramas que desarrolla, una de ellas logró finalmente reconciliarme con la historia y sus personajes. Pero fue durante este tiempo cuando pensaba más menudo que a ver qué hacía yo esperando el siguiente capítulo si aquello se había convertido en algo parecido a un grotesco esperpento. Los doce capítulos que forman la segunda entrega se mueven entre dos historias: la trama de la Iglesia del Sol y del vampiro Godric, que se desarrolla en Dallas,  y la historia de la Ménade Maryann, que tiene lugar en Bon Temps y que convierte ese aparentemente apacible y conservador pueblecito sureño en una bacanal continua.

Los doce capítulos que la forman se inician con otro conflicto entre Sookie y Bill, cuando ella descubre que ha convertido a la adolescente Jessica en vampira y que, al ser su creador, ésta va a estar bajo su cuidado. La enamorada camarera empieza a sospechar que su amado novio vampiro puede estar ocultándole más secretos que la existencia de una vampira rebelde e inexperta.

Por otra parte, Sookie es atacada en el bosque por un extraño ser que ella describe después como un “toro humano”, que le desgarra la espalda inoculándole un veneno mortal. Sólo logra sobrevivir gracias a que su amado Bill la lleva al Fangtasia, el bar de vampiros propiedad de Eric Northman, para pedir que la curen, cuando se da cuenta que él, con su sangre vampírica  no puede hacerlo. Eric solicitará los servicios de la extraña doctora Ludwig, quien salvará la vida de Sookie, pero ella quedará en deuda con Eric. Y éste sabrá recordarle en el momento oportuno que le debe una.

En la primera historia, Sookie es convocada por el vampiro Eric, el superior de su novio Bill Compton, para viajar a Dallas donde ha desaparecido Godric, el sheriff de la zona 9. Godric es un vampiro romano que, además, fue el creador de Eric y al que éste profesa una lealtad y un cariño que sorprenden en el frío e implacable no-muerto vikingo. Los vampiros sospechan que Godric ha podido ser secuestrado por los miembros de una nueva organización religiosa, la Iglesia del Sol, dirigida por el reverendo Newlin, cuyo único objetivo es, en nombre de Dios, limpiar de vampiros la faz de la tierra. Sookie, con sus poderes telepáticos, se supone que puede infiltrarse en la Iglesia y descubrir cuál ha sido la suerte de Godric. Este personaje será uno de los alicientes de la segunda temporada. Después de 2.000 años, Godric nos mostrará cómo puede llegar a cansar eso de ser inmortal y de tener que vivir toda la eternidad rodeado de oscuridad y sembrando el mal y la muerte.

Godric

Maryann

En relación a la segunda de las tramas argumentales, a día de hoy aún no he acabado de entender el porqué de la historia de Maryann Forbes. Tenía claro que una ménade es un personaje mitológico griego, una especie de acólito del dios Dionisio. Las ménades podían ser humanas o no y, al ser poseídas por el dios, se volvían locas, por lo que se dedicaban a adorarle continuamente en un estado de desvarío orgiástico, frenético y salvaje, abusando del vino y del sexo más violento. Parece ser también que las ménades tenían bastante mal carácter y que vagaban por los bosques medio desnudas en busca de posibles víctimas, a las que no dudaban en descuartizar y comer después de hacerlas participar en verdaderas maratones de baile, vino, sustancias alucinógenas y sexo frenético y descontrolado, todo en honor al dios. Así que mientras Sookie está en Dallas ayudando a los vampiros, llega al pueblo Maryann Forrester, uno de estos personajes mitológicos violentos, irracionales y descontrolados. Primero se presenta como una asistente social o trabajadora familiar que ayuda a Tara, siempre angustiada, insatisfecha y traumatizada, para atraerla a su casa, hacer que se enamore de un atractivo y enigmático joven que recibe el absurdo nombre de Eggs y, finalmente, utilizarla en sus oscuros planes. Después descubrimos que esa mujer fue la amante ocasional de un Sam Merlotte adolescente con el que tiene una deuda que saldar, y no precisamente económica. Y cuando se quieren dar cuenta, todo el pueblo cae bajo el influjo de Maryann, quien despierta en los habitantes de Bon Temps sus más bajos instintos y las más oscuras pasiones: si alguien les promete que liberándose de sus inhibiciones, dando rienda suelta a sus deseos más recónditos y dejándose ir en una locura de alcohol y sexo van a lograr estar más cerca de la divinidad, es lógico que los conservadores y reprimidos habitantes de Bon Temps caigan en un estado de locura colectiva y se pongan al servicio de la salvaje y, por qué no decirlo, grotesca Maryann.

Si continué adelante con la segunda temporada fue porque a través de la primera de las tramas argumentales se nos descubre poco a poco quién es quién en la comunidad vampírica, cómo fueron convertidos Eric y Bill, su organización jerárquica y su sistema de lealtades. Inquietante y premonitoria fue la aparición de la vampira Lorena, la creadora de Bill, quien después de 140 años, alberga contra él una mezcla de amor antiguo y de ataque de cuernos. Y los vampiros resentidos y despechados pueden ser muy peligrosos.

Lorena y Bill Compton

Pero lo más interesante son los momentos relacionados con la Iglesia del Sol, que funciona como tantas y tantas organizaciones religiosas sectarias americanas. Sus dirigentes, el reverendo Newlin y su mujer Sarah, son la encarnación perfecta de esos telepredicadores tan famosos en EEUU, que pueden llevar a sus adeptos a cometer cualquier despropósito, incluso el más violento, llevados por el fanatismo religioso.

El reverendo Newlin y Sarah

Y la cosa se complica cuando es Jason, el ligón y más bien corto de entendederas hermano de Sookie quien, después de ver la luz y con la mejor de las intenciones, se hace adepto de la Iglesia antivampírica y se traslada a Dallas para ser adoctrinado y entrenado para convertirse en una especie de Buffy, pero en masculino y con la Biblia en la mano.

Otro de los alicientes de la segunda temporada es, sin duda alguna, la ambigua relación que se establece entre Eric y Sookie. Unidos por lo que podría llamarse un lazo de sangre (no vamos a desvelar ahora cómo se produce esta unión sanguínea entre los dos), Eric será capaz de conocer los pensamientos, estados de ánimo y deseos de Sookie, lo que la hace francamente vulnerable ante ese vampiro calculador y aparentemente sin escrúpulos. Pero lo más curioso es que esos intercambios sanguíneos provocan también que Sookie experimente inconfesables deseos eróticos hacia el vampiro vikingo y lo convierta en protagonista de sus fantasías y sueños.

El personaje de Eric Northman, que ya empezó a cobrar relevancia a finales de la segunda temporada, se convierte a lo largo de la segunda en uno de los personajes con más fuerza de la serie. Frío, calculador e implacable, no cree en absoluto en la integración de los vampiros en la sociedad humana y sólo aparenta aceptarla por los beneficios que ésta puede reportarle: dinero, al poder hacer negocios con los humanos, y , además, comida fácil, ya que no son pocos los hombres y mujeres que desean ser mordidos por un no-muerto atractivo e importante como Eric.

El vampiro vikingo tiene a lo largo de los capítulos de la segunda entrega momentos realmente inolvidables: destacaría aquél en que aparece con el cabello lleno de papel de plata mientras se está haciendo unas mechas, descuartiza sin pestañear a un hombre y, después, preocupado por su aspecto después de esa orgía de sangre, pregunta a Lafayette, a quien mantiene prisionero, si se ha manchado el pelo.

A diferencia de Bill Compton, quien siempre parece dispuesto a vender su imagen de vampiro honesto, que lucha por mantener sus frágiles sentimientos humanos y que afrontaría la muerte verdadera y definitiva antes que consentir que alguien hiciera daño o perjudicara a Sookie, Eric Northman no tiene reparos en mostrarse como un ser hedonista, calculador, orgulloso de su naturaleza vampírica, implacable y frío. Posee, sin embargo, un afiladísimo sentido del humor y una ironía demoledora que nos ha regalado a los seguidores de True Blood con algunos de los momentos dignos de recordar de esta serie. Su relación con Sookie es ambigua y así se mantiene durante toda la tercera temporada: la necesita porque sus poderes telepáticos pueden serle de utilidad, pero hay ocasiones en que no esconde la atracción que siente por ella y que, en un principio, parece ser algo meramente físico. Eric no duda en engañar a Sookie para compartir su sangre con ella y así poder controlar sus pensamientos. Además, Eric, consciente de su atractivo y muy pagado de si mismo, parece realmente sorprendido de que la camarera prefiera al taciturno Bill Compton y no dudará en jugar sucio siempre que pueda para llevarla a su terreno (o lo que es lo mismo, a su cama). Sin embargo, a medida que transcurren los episodios de la segunda temporada, seremos testigos de los sentimientos de lealtad de Eric respecto a Godric, su creador, o a sus esfuerzos, no siempre convincentemente guiados por el interés, por ayudar a Sookie. En realidad, parece que quien siempre da el primer paso para sacar a la intrépida Sookie de los numerosos líos en los que se mete es el calculador y aparentemente egoista Eric, y no su novio, el honesto, recto y aburrido consumidor de sangre sintética. Pero como sucede en el mundo real, tampoco en el de los vampiros las cosas son siempre lo que aparentan ser.

Parece que Allan Ball, el guionista de la serie, tiene un inexplicable (al menos por el momento) interés por mostrarnos a un Bill Compton más honesto, transparente y enamorado que la misma Charlaine Harris, su creadora literaria. Mientras que en las novelas, el amor de Bill por Sookie no tarda en mostrarse menos desinteresado de lo que parecía al principio, en la serie parece haberse apostado por una especie de tour de force bastante equilibrado entre los dos vampiros, no sólo en lo que respecta a su interés por la camarera de Bon Temps. Por otra parte, la innegable atracción que siente Sookie por Eric, en la serie se quiere dejar bien claro que es debida al lazo de sangre que la une con ese vampiro, y que ella misma se siente incómoda con esos pensamientos.

Sin embargo, en las novelas, la intrépida Sookie es mucho más “descocada” que en la versión televisiva y la imagen de Eric aparece a menudo en su subconsciente, pero también en ocasiones en sus pensamientos absolutamente conscientes. Esa ambigúedad, ese estira y afloja constante entre Eric y Sookie, la lucha que ella libra entre lo que le dicta el corazón y lo que los instintos le sugieren, la ambivalencia de sus sentimientos respecto a esos dos vampiros, es una de las bazas que mantiene el interés por la serie y que sus responsables han seguido jugando a lo largo de la tercera temporada. Y parece que, por el momento, los fans de la serie son más favorables al “chico malo” que al “novio oficial”. Añadir que me sumo a todas aquéllas (y aquéllos, por qué no) que siguen sorprendiéndose de lo extrañamente atractivo que puede resultar ese Eric, incluso vestido de mujer, con papel de plata en la cabeza o vistiendo algo tan poco glamuroso como las camisetas de tirantes o las chándals brillantes. rematados por mocasines Atractivos aparte, es de destacar como borda el papel el sueco Alexander Skarsgård.

 

Alexander Skarsgård

Parece ser que el actor sueco se presentó al cásting para interpretar el papel de Bill Compton, pero que otro proyecto lo alejó por un tiempo de las pruebas de True Blood. Al final, cuando pudo volver a presentarse, el papel del novio vampiro de Sookie Stackhouse había ido a parar a manos del inglés Stephen Moyer, así que tuvo que “conformarse” con el papel de Eric, que en principio era secundario. Definitivamente, tanto Alexander Skarsgård como los seguidores de la serie creo que hemos salido ganando con el cambio.

Stephen Moyer caracterizado como Bill Compton

En la segunda temporada también aparece por primera vez el personaje de Sophie-Anne, la Reina de los vampiros de Louisiana, una exquisita, elegante, sexualmente ambigua y cruel vampiresa que controla a los no-muertos de la zona y que utiliza a sus “súbditos”, entre ellos a Eric, para llevar a cabo negocios poco honestos a espaldas del Magistrado, la máxima autoridad vampírica. Sí, es cierto que la existencia de sheriffs vampiros ya era como mínimo curioso. Que hubiera un Magistrado que controlaba y castigaba a los no-muertos díscolos o que se veían envueltos en cualquier actividad que hiciera vulnerables al resto de sus congéneres ante los humanos podía digerirse. Pero lo de la Reina ya me superó. Y eso que no sabía todavía lo que me deparaba la tercera temporada en cuanto a seres regios se refiere…

Sophie-Anne

La segunda de las tramas, ya lo he dicho más arriba, me pareció sencillamente grotesca. La existencia de un ser mitológico que se pasea por los bosques cercanos a Bon Temps acompañada de un cerdo (no, no sé qué pintaba el cerdo en esa historia) y que se sirve de los incautos humanos para llevar a cabo un sacrificio que le retorne al dios de sus amores entre bacanales desenfrenadas es más de lo que podía soportar. Tal vez lo único interesante en la historia de Maryann Forbes sea que nos muestra cómo las personas que son sometidas a una educación estricta y a unas normas sociales asfixiantes pueden, en nombre de un supuesto amor por la divinidad, llegar a cometer los actos más inexplicables y atroces cuando estos quedan “santificados” y justificados por la religión. Parece que se da a entender que los humanos no hemos superado todavía el estadio de las pulsiones más básicas, que la crueldad o la lujuría, el instinto asesino, la irracionalidad, en suma, laten en nuestro interior con una fuerza tan extrema que se desbordan en el momento en que algo o alguien nos asegura que romper las normas morales y sociales que nos mantienen precariamente en un estado de cierta racionalidad es lo bueno, lo adecuado, lo “santo”.  Y esa misma lectura parece desprenderse de algunos de los momentos relacionados con la Iglesia del Sol. Pero es sólo una impresión personal, por supuesto.

Cuando se empezó a hablar de la tercera temporada de True Blood, justo al acabar la segunda, lo que destacaba la crítica era que en esa tercera entrega Sookie iba a tener experiencias con otros seres de otras naturalezas además de con los vampiros, y estaba claro que se iba a tratar de hombres-lobo, y que iba a haber mucho más sexo que en la anterior temporada. Teniendo en cuenta que había quedado más que saturada en relación a individuos y experiencias sobrenaturales, pensé que los límites aceptables en una serie que no fuera estrictamente de ciencia-ficción estaban más que superados. Lo de Sam Merlotte convirtiéndose en perro me costó de admitir, pero la historia de Maryann Forbes, con sus bacanales y sacrificios que no tenían nada que envidiar a los del mismísimo Calígula, ya me pareció que atentaban contra la inteligencia de cualquier espectador. Si además se iban a sumar los licántropos, algo lógico, de cualquier forma, porque no hay historia de vampiros que se precie sin la presencia de sus sempiternos enemigos, y parecía que la cosa no se iba a acabar aquí, me planteé seriamente abandonar True Blood a pesar de los momentos interesantes, divertidos e inteligentes que me había brindado. En cuanto a ese tan traído y llevado contenido sexual que parecía que se iba a incrementar en los nuevos episodios, no fue algo que me hiciera decantar a la hora de seguir la serie o no. Realmente, lo original de True Blood y por lo que era seguida por millones de espectadores no radicaba precisamente en sus escenas de sexo más explícito de lo que estamos acostumbrados a ver por televisión. No creo que nadie siga esta serie o deje de verla por este motivo. Lo que echaba en falta era la frescura y la originalidad de la primera temporada, su capacidad de crítica social acerca de la situación de las minorías. La integración de los vampiros, un colectivo considerado peligroso e indeseable, que gracias a los avances científicos podría controlar su necesidad natural de matar y llegar a coexistir con los humanos, me pareció una metáfora perfecta de la situación de otros grupos, desde los afroamericanos a los homosexuales. Insisto en que esa misma crítica parece mantenerse en relación a la trama argumental que gira en torno a la Iglesia del Sol y a sus fanáticos miembros, incluso en la risible historia de la ménade Maryann podemos buscar, e incluso encontrar, cierto atisbo de crítica sobre muchas cuestiones relacionadas con la fe. Pero lo que era evidente es que la línea argumental de la primera temporada había desaparecido o, al menos, había quedado muy atenuada.

¿Podemos buscarle un encaje, una justificación al sexo en todo esto? Sí y no. Podemos entenderlo como un rechazo del puritanismo o de las convenciones sociales. Los vampiros no tienen normas al respecto, sus instintos naturales no se someten a ningún control social, moral o religioso. Hacen lo que desean hacer y toman lo que les apetece en todo momento. Por eso el sexo para ellos parece ser algo infinitamente menos ritualizado o ligado a convenciones  y estados emocionales que para los humanos. Ese mismo estado de falta de control de los instintos que experimentan los vampiros es al que llegan los habitantes de Bon Temps que participan en los rituales orgiásticos de la ménade.  Incluso diría en relación al tan traído y llevado contenido sexual de la serie que se trata simplemente de un sano ejercicio audiovisual y tampoco hay que darle tanta importancia. Vuelvo a decir que en televisión he visto escenas que le van a la par a las de True Blood y en un horario poco adecuado.

True Blood es una serie gamberra, visualmente y por su contenido. Y su  gancho, si es que podemos hablar en esos términos, no sólo tiene que ver con su contenido sexual. La serie está pensada y hecha sin tabúes, qué duda cabe, pero tampoco es la mescolanza sin sentido de sexo y sangre que pretenden algunos. En ella se habla de prejuicios, de exclusión, de la complejidad de los sentimientos humanos, en resumen, y se hace, no siempre, pero sí en buena parte de su trama, de una manera transgresora, original y divertida, tanto desde el punto de vista argumental como visual. Por eso True Blood está a años luz de las películas y series de vampiros con que nos han bombardeado en los últimos tiempos. Y por esa razón, cuando la tercera temporada de la serie se inició en los EEUU y empezaron a circular por la red los episodios correspondientes, decidí que merecía que olvidara alguna de las decepciones que me había llevado con la segunda entrega y valorar qué nos ofrecía Allan Ball en esos 12 nuevos capítulos. Y es posible que en mi decisión pesara también el hecho de que estaba en puertas de las vacaciones y que iba a tener mucho más tiempo para perder delante de la pantalla de un ordenador.

En el último capítulo de la segunda temporada, Bill Compton, el novio vampiro de la telépata y a veces un poco viciosilla Sookie Stackhouse, desaparece la misma noche en que iba a pedirle que formalizaran su relación (por lo visto, en algún estado del país el matrimonio entre humanos y vampiros se había legalizado. Eso nos recuerda a algo, supongo). Pero Sookie se queda compuesta y sin novio y, por supuesto, en el inicio de la tercera temporada debe pedir ayuda al atractivo, irónico y narcisista Eric para poder localizarlo.

Alcide y Sookie

Empezarán entonces sus aventuras en Jackson, la capital del estado de Mississipi, donde Russell Edgington, el rey vampiro de ese territorio, el más antiguo de los no-muertos, poderoso y casi indestructible, parece que tiene prisionero a Bill. El personaje del rey de Mississipi, interpretado por un genial Denis O’Hare, es un vampiro de 3.000 años, radical en sus opiniones acerca de los pobres humanos, vanidoso, narcisista, cruel como se supone que tiene que ser un no-muerto, egoista y ansioso de poder y de sangre, pero a la vez  capaz de amar como sólo los vampiros que llevan miles de años recorriendo el mundo son capaces de hacerlo. Una pregunta inquietante: ¿podría convertirse Eric en un segundo Russell Edgington si llegase a  “no vivir” 2.000 años más? Creo no equivocarme si digo que Russell se convierte en el verdadero protagonista de la temporada.  Con el permiso de Bill, de Sookie e incluso del impagable Eric, Edgington es el personaje más interesante de la nueva temporada. En su búsqueda de Bill, Sookie contará también con la ayuda de Alcide Hervaux, un licántropo que, cómo no, engrosará el grupo de seres de dos naturalezas que se sienten irremediablemente (e inexplicablemente algunas veces) atraídos por la camarera. Y que aumentará en algunos momentos la temperatura corporal de la camarera, a pesar de sus lprotestas de lealtad hacia su novio vampiro desaparecido. Mientras, Eric se introduce en la “corte” de Russell, se une a su camarilla de lacayos atractivos y musculosos y, con su habitual pragmatismo y falta de escrúpulos, seduce tanto al rey como a su consorte, el frívolo y divertido vampiro Talbot,  para averiguar, entre otras cuestiones, qué ha pasado con Bill.

Russell y Talbot

En los primeros capítulos de la nueva temporada ya quedan claras unas cuantas cuestiones: que Sookie iba a acabar, como siempre, apaleada y drenada, esta vez por unos vampiros poco amigos de la famosa integración. Los miembros de la Iglesia del Sol dirían que se lo tiene bien merecido por esa afición suya de buscarse amigos poco recomendables. Cualquiera podía darse cuenta de que era cuestión de tiempo, porque las cosas no pintaban nada bien estando Russell Edginton por el medio. Además, Bill, como hubiera dicho mi abuela, no era “trigo limpio”, algo estaba ocultando, y su relación con la camarera de Bon Temps tenía alguna finalidad oculta más allá de sus arrebatos erótico-sanguíneos. Y ya era hora de que el gentleman Bill empezase a mostrar, apenas a asomar su verdadera cara, sigo sin entender por qué ese interés de los responsables de True Blood por mantener a la protagonista ciega de amor por el señor Compton, si no es para seguir manteniendo  el triángulo Eric-Sookie-Bill y, por consiguiente, el interés del telespectador por saber cómo se resuelve la “tensión sexual no resulta”, como se dice ahora, entre el vikingo y la protagonista femenina. Se hacía evidente, también, que el interés del vampiro vikingo Eric para encontrar al novio desaparecido de Sookie no era en absoluto altruista (cómo iba a serlo, viniendo de él): Eric sabía más acerca de los secretos de Bill de lo que la enamorada Sookie podía imaginar y, además, parecía tener alguna cuenta personal que saldar con el poderoso rey de Mississipi. Acerca de los hombres-lobo, su relación con los no-muertos iba a ir más allá de una salvaje, sangrienta y sana rivalidad, que es a lo que nos tienen acostumbrados en las películas de género: aquí iban a entrar en juego licántropos “buenos”, como Alcide, y otros que no lo eran tanto, como Debbie Pelt, su salvaje, descontrolada y celosa novia.

Russell Edgington

Debbie Pelt

Volveríamos a encontrarnos con antiguos conocidos, como Lorena, la vampira que creó a Bill, lo cual no auguraba nada bueno. Y conoceríamos a Franklin, el vampiro psicópata, que nos brinda algunos de los momentos más delirantes (y angustiantes) de esta tercera temporada (estupenda la actuación de James Frain, aunque cada vez que aparecía en pantalla, a pesar de sus ojos de loco y de sus colmillos ensangrentados, no podía evitar volver a ver a Thomas Cronwell, interpretado impecablemente por el mismo actor en Los Tudor).

Franklin Mott

Tara y Franklin

Otras tramas secundarias, como la de la familia cambia-formas de Sam Merlotte (el padre y la madre son impresentables, pero el hermanito que le ha caído en suerte acaba resultando insoportable, a pesar de que al principio daba hasta penita y todo),  así como las informaciones acerca de su turbio pasado, o la de Jason Stackhouse y su novia Crystal son, eso, secundarias, algo aburridas y da la sensación de que sirven de “relleno”. En las novelas de Charlaine Harris, la primera de ellas ni siquiera aparece, por lo que resulta ser una invención de Allan Ball.  En relación a la segunda, en las novelas tiene muchísima más importancia que en la serie y los personajes de la pequeña pero salvaje comunidad de Hotshoot, incluída la aparentemente dulce Crystal, ocupan un lugar destacado en la lista de personajes sobrenaturales o medio sobrenaturales de ese universo paralelo que ha creado la escritora estadounidense formado por vampiros, hombres-lobo, cambia-formas… y hadas. Que ya es lo último, no me lo negaréis. La tercera temporada también desvela el secreto de la existencia de estos seres que siempre habíamos asociado a los cuentos infantiles y que aparecen por Bon Temps con la misma naturalidad que por las páginas de La Cenicienta o La bella durmiente.  Y se les acaban sumando las brujas y los brujos, como podremos ver en la tercera entrega de la serie, aunque no se pueda tener demasiado claro, todavía, qué papel van a jugar, si no es que se han leído las novelas de Harris. Hay mundos más allá, pero según True Blood, están en éste. ¿No podría Sookie tener amigos un poco más “normales”? Porque Arlene (en plan Mia Farrow en Rosemary’s baby) o Lafayette y su nuevo novio Jesús tampoco son, que digamos, paradigmas de “normalidad” y equilibrio. Y mucho menos  la irascible y amarga Tara, que recupera en los nuevos capítulos un lugar bastante destacado y que no va a mejorar su estado mental después de eso.

Y volviendo a los comentarios del inicio, es cierto, en esta nueva temporada hay mucha sangre y mucho sexo. De hecho, esta tercera temporada rezuma ambigüedad sexual por todos sus poros. Aunque era algo patente desde los primeros capítulos, se confirma que la bisexualidad y la homosexualidad son algo inherente a la naturaleza vampírica. ¿Tendrá que ver eso con el hecho de que lleven siglos o incluso milenios de cama en cama? Ni idea.

Las luchas por el poder vampírico, las venganzas programadas durante mil años, los secretos inconfesables, y las decepciones anunciadas consiguen reanimar en buena medida el interés suscitado por los primeros capítulos de la serie, aunque no siempre. La tercera temporada tiene un inicio muy prometedor, pero pierde fuelle más o menos a la mitad para recuperarlo en los capítulos finales. Pero creo que se logra, en general, reconciliar al espectador con True Blood después de una segunda temporada muy irregular.  Así que de nuevo pasaré el tiempo que queda hasta Junio de 2011 esperando el inicio de la cuarta temporada y preguntándome, con menos frecuencia, eso sí, qué tendrá esta serie para tenerme tan “enganchada”.

 

Los nuevos vampiros (II): la saga Crepúsculo

En su saga formada por cuatro novelas ( Crepúsculo, Luna nueva, Eclipse, Amanecer), Stephanie Meyer crea dos tipos de vampiros bien diferenciados respecto a los que integran la “familia” Cullen, entre los cuales destaca Edward, el protagonista. Se llaman a ellos mismos “vegetarianos”, porque han jurado no beber sangre humana (recordemos que Anne Rice hace que Louis, uno de los vampiros protagonistas de Entrevista con el vampiro, sobreviva durante algún tiempo alimentándose con sangre de animales). Los Cullen, de cuando en cuando, salen de cacería y beben sangre de ciervos y otros animales. Sus ojos cambian de color según si están sedientos o saciados de sangre. Cuando necesitan alimentarse, sus ojos adquieren el típico e inquietante tono rojizo de los vampiros que conocemos a través del cine. Si se han alimentado, los ojos de esas criaturas son de color dorado.

Los protagonistas de esas novelas viven en un pueblo, Forks, que se caracteriza por tener un clima húmedo y poquísimas horas de sol a lo largo del año. Contrariamente a los vampiros “tradicionales”, viven de día, aunque no pueden exponerse directamente a la luz del sol.. Si esto sucediese, no esperemos que se deshagan y queden convertidos en cenizas y que estallen y se descompongan en un montón de líquidos gelatinosos. Los vampiros de Meyer adoptan un aspecto radiante, como si estuviesen cubiertos de miles de cristales, lo cual tampoco no pasaría desapercibido para sus vecinos humanos. Es más, como el mismo protagonista se encarga de explicar, la especie vampírica no duerme i se ríe de los tópicos sobre su descanso en ataúdes dentro de criptas húmedas y polvorientas. Los habitantes de Forks, a pesar de la aparente normalidad de los Cullen, intuyen que son diferentes, aunque nunca adivinarían lo diferentes que pueden llegar a ser.

Los vampiros de Stephanie Meyer no sienten repugnancia por los símbolos sagrados. Así que cuando entramos en su mundo literario, tenemos que olvidarnos de las cruces, el agua bendita y las invocaciones exorcísticas. También de otros remedios caseros contra los vampiros, como el ajo. De esto podemos deducir que estos nuevos vampiros son prácticamente indestructibles, llegado el caso, a no ser que nos acercásemos a ellos blandiendo una estaca.

Los Cullen necesitan un gran autocontrol para no lanzarse a la yugular de sus vecinos y cuantos más años lleven siendo vampiros, más domada tienen su naturaleza. El padre incluso ejerce de médico en un hospital, por tanto, su contacto con la sangre es casi diario.

El segundo grupo de vampiros creados por Meyer son los que reciben el nombre de “rastreadores” y son los que más se parecen a la concepción del vampiro clásico. Vagan por el  mundo en parejas o, como máximo, en grupos de tres. Su única obsesión es rastrear posibles víctimas.

En este mundo vampírico imperan unas reglas de comportamiento, la más importante de las cuales es no dar a conocer su condición a los humanos, regla que se rompe, naturalmente, cuando el inmortal Edward Cullen y la tímida y algo torpe Bella Swann se conocen y se enamoran. Así pues, Stephanie Meyer avanza en un paso más en la caracterización “humanizada” de sus vampiros. Que Edward Cullen mantenga una relación amorosa con una chica mortal evidencia que los Cullen no tienen nada que ver con los vampiros tradicionales de la literatura. Edward, que fue convertido en vampiro cuando tenía 17 años, experimenta las mismas sensaciones y sentimientos que cualquier adolescente enamorado, aunque él, con sus 101 años, sabe lo peligrosa que puede ser esa relación. Mientras que en Entrevista con el vampiro, la pequeña Claudia se malenta porque nunca podrá crecer, en la saga Crepúsculo es Bella, la novia de Edward, quien llega a desear ser convertida en vampira porque mientras ella irá cumpliendo años de manera inexorable, Edward será siempre un adolescente de 17 años.

Mezclar la figura del vampiro con las emociones humanas parece que es rentable. Lo demuestran los millones de libros leídos, tanto de las novelas de Anne Rice como de Stephanie Meyer. El público actual prefiera un vampiro que arrastre su dolor y su condena durante toda la eternidad, que un monstruo completo y sin paliativos como Drácula, exento de sentimientos, con un único objetivo: matar. Ésta es la figura  que creó Bram Stoker a finales del siglo XIX y no sólo queda lejos de las criaturas ideadas por Rice y Meyer, sino también de la imagen del famoso conde que Francis Ford Coppola nos ofrecía en su famosa película Bram Stoker’s Dracula, un éxito tanto de público como de crítica.  En ella, no sólo hay un intento de explicación del origen de la transformación del guerrero cristiano en el monstruo diabólico (Drácula reniega de Dios porque se siente traicionado por Él cuando su esposa se suicida), sino que hace que, bajo la maldad sin paliativos, nazca el sentimiento de amor por Mina, personificación de la esposa muerta. Probablemente, esto resulta más conmovedor y más humano que lo que nos narra Stoker (¿quién no se ha emocionado ante la escena de amor en que Drácula-Gary Oldman le confiesa a Mina-Wynona Ryder que ha cruzado “océanos de tiempo” por ella?). En la novela de Stoker, Drácula utiliza a Mina simplemente como señuelo, como un cebo para cazar a los hombres que la quieren y la protegen.

Tener preferencia por cualquiera de las novelas que se han comentado más arriba es, en definitiva, cuestión de gustos, de intereses, incluso del humor que se tenga a la hora de escoger entre unas y otras. Lo que es indudable es que la novela de Stoker representa, desde el punto de vista literario y narrativo, una entidad compleja y nueva en el mmento de su publicación. Su estructura narrativa, como novela coral en la cual se mezclan y se cruzan personajes e historias, supuso una innovación en la novelística de finales del siglo XIX. Ensayar con una verdadera polifonía textual (diarios, notas taquigráficas, supuestos extractos de noticias periodísticas) puede resultar pesado para algunos lectores, pero no se le puede negar a Stoker su mérito y atrevimiento.

Para gustos, colores, que dicen algunos. Pero sin querer que ésta sea una opinión taxativa, diría que Drácula de Stoker es un clásico del género de terror. Las novelas de Rice y de Meyer son otra cosa. A Anne Meyer se le tiene que reconocer el mérito de haber sabido “humanizar” la figura del vampiro sin que éste perdiera lo que le es característico. Stephanie Meyer, en cambio, queriendo ir más allá, pierde de vista, a medida que avanza la saga, cuál es la condición sobrenatural de sus protagonistas, es decir, el vampiro cada vez cede más terreno al adolescente enamorado. Esto no es ningún crimen, por supuesto, pero ya no estaríamos hablando de novelas de vampiros.

Los nuevos vampiros (I): de Stoker a Stephanie Meyer

Después de leer los libros que forman la exitosa saga Crepúsculo (y supongo que todos estamos de acuerdo que éxito no s sinónimo de calidad, pero tampoco son incompatibles), parece indudable que su autora, Stephanie Meyer, cuando decidió dar vida a los personajes vampíricos de sus obras, conocía a la perfección las características más destacables que Anne Rice, hace más de tres décadas, imaginó para sus personajes de su Entrevista con el vampiro. Estas características los alejaban de la imagen arquetípica que hasta entonces éxistía de esos no-muertos en la literutura o el cine.

Hasta ese momento, el modelo del vampiro literario era Drácula, el personaje de la novela homónima de Bram Stoker publicada en 1897. Aunque se cree que Stoker recurrió a las leyendas de origen eslavo sobre el personaje de Vlad Tepeš, lo cierto es que sus referentes remiten a la tradición escrita. El primer autor que se aproxima al mito del vampiro, como ser inmortal, nocturno, el no-muerto sediento de sangre humana, condenado a la vida eterna, fue Goethe con La novia de Corinto. Por tanto, el mito de raíz popular y, por tanto, oral, queda enmarcado dentro de la literatura del Romanticismo, movimiento caracterizado por el deseo de recuperación de los mitos y leyendas de tradición popular. No hay duda de que Stoker tenía que conocer obras como El vampiro de John Polidori, pero parece aceptado que la influencia más inmediata sobre la novela Drácula proviene de Carmilla, de Sheridan Le Fanu, publicada en 1872. Las novelas que, en mayor o menor medida sirven de modelo a Stoker tienen en común mostrarnos a un vampiro con unas características muy definitorias y que han pasado a formar parte de nuestro imaginario literario y, más tarde, cinematográfico.

  • El vampiro, como encarnación del mal, asimilado al diablo y enemigo de Cristo. De aquí su repugnancia por todo lo que es sagrado y que tiene la virtud de poder luchar contra su poder infernal (crucifijos, agua bendita, etc)
  • El vampiro es un ser nocturno y sólo durante la noche tiene el poder de atacar a los humanos. Durante el día, el vampiro duerme.
  • El vampiro necesita descansar en un ataúd sobre tierra de su país natal. En cualquier otro lugar, el descanso le está prohibido.
  • Su único afán es conseguir nuevas víctimas para saciar su sed de sangre, en primer lugar, y también para aumentar las legiones de criaturas infernales a través de las cuales domina el mundo.
  • No hay nada de humano en este ser. Su condición de inmortal no le pesa, y su etapa de antiguo humano no es ni una carga ni un lastre del pasado.
  • El vampiro odia al género humano, ya que los hombres son sus enemigos naturales.

El cambio básico que fue capaz de operar Anne Rice con los protagonistas de su novela, Louis y Lestat, tiene que ver con la esencia de lo que, tradicionalmente, ha sido y ha representado un vampiro. Aunque Louis acaba resignándose a ser lo que es, nunca disfruta con ello, como sí sucede en el caso de Lestat. Mientras que éste último se siente poderoso y privilegiado, la inmortalidad es un premio y no un castigo, Louis siente repulsión por el ser en que se ha convertido. No olvida que fue un hombre, que amaba a una mujer y que ésta murió, que era joven y tenía grandes esperanzas puestas en el futuro. Louis no puede soportar ser una criatura que, para sobrevivir, tiene que sembrar el terror y la muerte entre los humanos. Incluso, durante un tiempo, intenta alimentarse únicamente de la sangre de los animales (no podemos perder de vista este detalle, ya que será recuperado por Stephanie Meyer en sus novelas). Lestat le echa en cara su debilidad, es decir, que sea demasiado humano, se ríe de él porque no sabe aprovechar las ventajas, la fuerza y el poder que le proporciona su inmortalidad. Para Lestat, ser inmortal es sinónimo de poder, para Louis, de tormento eterno.

Anne Rice, además, introduce otra novedad: con el personaje de Claudia, una vampira que era una niña cuando fue convertida y que, mientras su mente madurará y será la de una adulta que, además vivirá eternamente, su cuerpo siempre será el de una niña. Claudia, como Louis, se odiará cuando llegue a ser consciente que está atrapada para toda la eternidad en un cuerpo infantil. Y como Louis, odiará a aquél que los creó, es decir, Lestat. El tema del paso del tiempo, obviamente diferente para los humanos que para los vampiros, es otro de los elementos que Meyer desarrolla en la segunda novela de la saga, Luna nueva. Así, pues, las diferencias entre los vampiros clásicos y los personajes de Entrevista con el vampiro de Anne Rice son evidentes, porque estos últimos son capaces de experimentar sentimientos absolutamente humanos, de recordar su pasado y torturarse al hacerlo, de sentir compasión por sus víctimas y repulsión por lo que son.

La banalidad del mal: Las benévolas de Jonathan Littell

Cuando en 2007 aparece en España la novela Las BenévolasLes Bienveillantes en la versión original francesa, publicada en 2006), del estadounidense Jonathan Littell, llega a nuestro país precedida por el prestigio adquirido gracias a la concesión del Premio Goncourt y del Grand Prix de l’Académie Française. Escritores como Mario Vargas Llosa o Jorge Semprún remarcaron en su momento el acontecimiento literario que suponía su publicación, la cual, de alguna manera, pretendía ofrecer al público un punto de vista original y novedoso entre las muchísimas novelas que han abordado el tema del Holocausto.

Maximilian Aue, el protagonista, un antiguo oficial de las SS, pasados treinta años desde el final de la Segunda Guerra Mundial, seguro por el anonimato que le proporciona haber eludido los juicios, las condenas y la desnazificación de Alemania, es un hombre casado, con hijos, que lleva una existencia discreta y anodina en Francia. Como otros muchos miles de hombres y mujeres, tuvo la oportunidad de rehacer su vida y olvidar su participación como una pieza más del horrible engranaje que puso en marcha y consumó el genocidio de millones de judíos europeos.

Einsarzgruppen

Sin embargo, en un momento determinado de esa vida tranquila y sin sobresaltos, decide recordar su pasado e inicia, en primera persona, un larguísimo diálogo con el lector, a través del cual narra sus experiencias desde que, siendo un joven licenciado en derecho, ingresa como funcionario de la seguridad del régimen nazi, hasta que acaba convertido en oficial de las SS. El Dr. Aue vive la guerra desde sus escenarios más significativos: es testigo de los pogromos contra los judíos que se llevaban a cabo en las ciudades bálticas; forma parte de uno de los diversos Einsatzgruppen (unidades de matanza móviles) que operaban durante la invasión de la Unión Soviética con el cometido de “limpiar” de judíos las zonas conquistadas por la Wehrmacht en 1941, y que, mediante fusilamientos masivos, fueron responsables del asesinato de miles de hombres, mujeres y niños; interviene en la batalla de Stalingrado; conoce después la crudeza y la miseria de la ciudad ocupada de Lublin, en Polonia; es destinado a Auschwitz como supervisor en visita de inspección, en donde es testigo de las selecciones y de los métodos de exterminio en las cámaras de gas; vive los pavorosos bombardeos de 1944 en Berlín; y, finalmente, espera la llegada del Ejército Rojo en el Bunker de la Cancillería, de donde logra escapar hacia esa vida anónima. Jonathan Littell nos muestra a su personaje relacionándose e interactuando con personajes reales: Eichmann, Heydrich, Blobel, Frank, Globocnik, los médicos de Auschwitz e, incluso, con el mismo Hitler. Y todo esto, mostrando una confianza absoluta en la grandeza de su Nación, de su Volk, cambiando su fe en Dios por una fe en el líder, y, a lo sumo, ahogando en alcohol los remordimientos y la compasión que sabe que no puede sentir cuando cumple con lo que él cree que es su obligación, remordimientos que sólo se materializan en unos molestos vómitos cada vez que tiene que enfrentarse a la “penosa” tarea de dar muerte a los que considera enemigos de la patria, los judíos, el cuerpo que “infecta” y se nutre de la energía y la salud de la sociedad aria.

¿Cuál sería, entonces, esa visión original sobre el Holocausto que se supone que aporta Las benévolas? Contrariamente a lo que sucede en el resto de obras sobre el Holocausto, literarias o no, la novela de Jonathan Littell aborda el tema, no desde el punto de vista de las víctimas, sino del verdugo. Un verdugo que explica su historia de manera desapasionada, sin atisbo de culpa, apenas con algún retazo de compasión en momentos muy concretos. Alguien que habría llevado a cabo todas y cada una de las tareas que se le encomendaron con la misma frialdad y eficacia de haberse tratado de burocráticos asuntos jurídicos. Pero diría que aquí termina la pretendida originalidad de Jonathan Littell, precisamente en la opción por la voz narrativa representada por un SS y no por una víctima, por un superviviente.

Desde la primera página nos damos cuenta de que, en realidad, Las benévolas es un obra dual: en primer lugar, narra la historia de Maximilien Aue ligada estrechamente a los acontecimientos políticos y bélicos del periodo que abarca de 1941 a 1944. Sería ésta la parte más histórica y menos literaria de la novela, en realidad. En ella, Littell muestra que conoce a la perfección y que maneja con acierto la documentación y la bibliografía existente sobre el tema: desde autores como Christopher Browning (El batallón 101 y la solución final en Polonia), Daniel Jonah Goldhagen (Los verdugos voluntarios de Hitler), Vassili Grosman (Vida y destino), Gitta Sereny El trauma alemán) o Sebastian Haffner Alemania: Jeckyll y Hyde. 1939, el nazismo visto desde dentro), hasta los testimonios recogidos en cientos de documentales como Shoah, de Claude Lanzmann. Está claro, además, que se sirvió de estudios filológicos y antropológicos para construir algunos de los mejores pasajes de la novela, los que transcurren en Crimea, y que tienen como protagonista al pueblo de los Bergjuden.

Judíos húngaros esperando la selección en Auschwitz

Pero, sobre todo, la novela es deudora de la teoría sobre la “banalidad del mal”, que  Hannah Arendt, politóloga y filosófa alemana judía, desarrolló a raíz de su asistencia como periodista del The New Yorker al juicio contra Adolf Eichmann,  celebrado en Jerusalén en 1961. El Dr. Max Aue, como Eichmann, sería, según la teoría de Hannah Arendt, un tipo de criminal desconocido hasta el momento en que se produce el auge y desarrollo del nazismo, que habría actuado en unas circunstancias que le impedían saber que estaba actuando mal. No es capaz de reflexionar acerca de su comportamiento porque asume que está cumpliendo órdenes. Según Arendt, no dejaría de ser culpable de los crímenes cometidos, pero no podría ser juzgado como se juzga a un asesino al uso. Aue, también como Eichmann, cumplía órdenes, y las ejecutaba de la mejor manera que sabía, concienzudamente, de la misma manera que lo hubiera hecho si en lugar de supervisar la organización de un campo de exterminio le hubiesen encargado controlar la producción en una granja o en una fábrica. Aue no era un antisemita convencido o un fanático, ni siquiera tenía sentimientos reales y concretos en contra de los judíos, algo que Eichmann quiso dejar claro en su juicio. Y sin embargo, ninguno de los dos será capaz de experimentar un verdadero sentimiento de culpa, porque en aquellos momentos, el mal sufre un proceso de banalización tal, que nada es reprochable si se hace en cumplimiento de un sagrado deber para con la patria.

En segundo lugar, tenemos la ficción propiamente dicha, la historia de Max Aue, que, en mi opinión, es muchísimo menos interesante. La propia construcción del personaje, en el que Jonathan Littell ha combinado todas las características que imaginaríamos en un nazi arquetípico, adolece de falta de verosimilitud: homosexual, incestuoso, odia a su madre e idealiza la figura del padre, culto, interesado por la cultura clásica (el título de la novela hace referencia a las Euménides, las diosas de la venganza que aparecen en la Orestiada de Esquilo y que persiguen a Orestes para vengar la muerte de Clitemnestra, su madre) y por la filosofía, apasionado por la música (las casi 1.000 páginas del libro se dividen en 7 largas secciones, “Tocata”, “Alemandas I y II”, “Courante”, “Zarabanda”, “Minueto (en rondós)”, “Aire” y “Giga”, todas ellas, excepto la primera, con nombre de danzas propias de los siglos XVI y XVII). Parece que esa historia vital sirva sólo de hilo conductor para hacernos pasar a través de los escenarios que configuraron la terrible experiencia del Holocausto.

En resumen, Las benévolas podría ser considerada una novela histórica excelentemente documentada, que, más allá de su interés literario, discutible en cualquier caso, parece querer convencernos de que todos nosotros, en circunstancias excepcionales, podríamos ser susceptibles de acabar llevando a cabo las mayores atrocidades e infamias, sin ser siquiera conscientes de ello, sin experimentar el más mínimo sentimiento de culpa, como producto de esa aterradora “banalidad del mal”.