Pero, ¿a qué co…. estáis jugando en Madrid?

Es la pregunta que le he hecho esta semana a un cargo municipal del PSC tras asistir incrédula al bochornoso espectáculo que han protagonizado los diputados de este partido en el Congreso de los Diputados. Si el PSC tenía todavía algún crédito político, si mantenía una pizca de credibilidad, la acaba de perder por su actuación cobarde y electoralista: ¿qué otros adjetivos se merecen los que votan en Madrid en contra de una resolución que los diputados de su mismo partido habían aprobado en el Parlament de Catalunya?

Reconozco que mis expectativas en relación a cuál sería la posición del PSC cuando tuviera que hacer una traducción política de la respuesta que los ciudadanos catalanes habíamos dado el 10 de Julio a la resolución del Tribunal Constitucional sobre el Estatut no eran altas. Me preguntaba con escepticismo, también, si los partidos catalanes serían capaces de mantener la unidad que se juzgaba tan necesaria para mantener íntegro el texto del Estatuto. Sin embargo, un sector cada vez más amplio de la ciudadanía consideraba superada la vía estatutaria, porque si el estado de las autonomías no podía ir más allá, se tenían que buscar las alternativas que hicieran viable la existencia de Catalunya como nación. Los catalanes esperábamos, más con recelo que con expectación, lo que serían capaces de atar, coser o zurcir los políticos, aunque  ya lo he dicho antes, las miradas de miles de hombres y mujeres estaban puestas más allá de un estado español claustrofóbico y de una constitución estrecha donde ya nos habían advertido que no teníamos cabida fuera de su interpretación de lo que éramos y teníamos que ser en el futuro.

Parecía que los partidos, PSC, ERC, ICV- EUiA y CiU, superando sus diferencias y para mantener una coherencia con lo que habían defendido, consiguieron llegar a un acuerdo de mínimos para aprobar una resolución presentada por Montilla, que ratificaba el preámbulo de el Estatuto, sí, el famoso preámbulo que el Tribunal Constitucional había dejado sin validez política y que define Catalunya como una nación. El acuerdo se consiguió con 115 votos a favor y los previsibles 18 en contra de PP y Ciutadans. CiU y ERC dejaron claro que votaban la resolución por coherencia y para salvar la imagen unitaria de la clase política catalana. Puigcercós veía la resolución presentada por Montilla como “insuficiente”, pero Esquerra Republicana, en una línea a la que no nos tienen demasiado acostumbrados, justificó el voto favorable de su partido para no obstaculizar la unidad. Artur Mas también usaba la “coherencia” con el compromiso que su partido había adquirido y apoyó el texto presentado por el presidente de la Generalitat. La lectura que pudimos hacer, en definitiva, era que los políticos catalanes preferían apoyar una resolución que no gustaba a todos, pero que todos firmaban, antes que no dar respuesta alguna.

¿Serían capaces los partidos de, superando las diferencias, trabajar para este objetivo común? Si alguien nos hubiera hecho esta pregunta a todos los catalanes y catalanas a la vez, supongo que se habría extendido por el país una carcajada irónica e incrédula. Pero, en fin, la resolución de Montilla no era para lanzarse cohetes, todos los grupos que la firmaban, excepto el PSC, supongo , habrían dado más pasos adelante al tratar el tema del autogobierno, pero serviría para, desde una postura impecablemente democrática, desautorizar el TC, no renunciar a lo que, de entrada, nos parece irrenunciable (nuestra condición como nación, y, finalmente, para dejar solo al PPC, para aislarlo, igual que se hizo en 1978 con Alianza Popular cuando tenía que pactar la Constitución. Por cierto, las intrigas, los pactos, las puñaladas, el consenso tan alabado y también la falta de consenso tan olvidada, en definitiva, el proceso para aprobar el texto constitucional, éste que ahora parece intocable, inamovible, casi de inspiración divina (no hay más Dios que la Constitución y el PP y el TC son sus profetas), merecería un comentario aparte, tengo que acordarme de escribirlo algún día, porque no tiene desperdicio).

PPC y Ciutadans, por supuesto, se desmarcaron de esta resolución. Dolors Montserrat, la portavoz parlamentaria de los populares, afirmó que “sólo el PPC defiende la Constitución en Catalunya”, a la vez que acusaba Montilla “de excluirlo ” y de “movilizarse contra el Estado de derecho” . O sea, el discurso de siempre, ellos son los vigías de la legalidad constitucional y de la “indisoluble unidad de la nación española”. Albert Rivera, el presidente de ese engendro llamado Ciudadanos-Ciutadans, que me apuesto lo que queráis nació una noche en la que los “prestigiosos intelectuales catalanes” Félix de Azúa, Albert Boadella, Ivan Tubau y Arcadi Espada se les ddebía ir la mano con el Jack Daniels, declaró que la resolución presentada por Montilla incluía el preámbulo íntegro del Estatut que el TC había deslegitimado judicialmente .

¿Algo nuevo? No. ¿Se estaba haciendo política en la línea de siempre? Claro. Pero haber llegado a un acuerdo unitario entre los partidos catalanes ya era un paso, decían unos. Otros, nos encogíamos de hombros. Pero el escepticismo se cernía sobre la mente de todos los catalanes y catalanas, porque las cosas, cuando se toman con imperdibles o se zurcen, se acaban rompiendo. Esta unidad cogida con pinzas se rompió cuando el pasado 19 de jJlio los diputados del PSC en el Congreso rechazaron esta resolución que sus colegas habían aprobado en el Parlamento de Cataluña. Kafkiano, ¿no os parece? Estos diputados en los cuales muchos confiábamos que harían gestos y darían pasos para hacer sentir, al menos, la voz de los propios votantes del PSC comprometidos con un cambio de relaciones con el estado español (ya lo sabemos, que no sois independentistas, que no érais de los que el Sábado 10 de Julio gritábais IN-INDE-INDEPENDENCIA, pero estabais allí, ahora no intentéis justificar lo injustificable) se bajaron los pantalones (no sé si literalmente) y cedieron a las previsibles presiones de su amo, el PSOE. La pretendida unidad de los partidos catalanes como respuesta a la sentencia del estatuto se había hecho añicos en el Congreso. El grupo del PSC en el Congreso rechazó las tres propuestas de CiU, ERC e ICV, que añadían el texto literal de la declaración aprobada en el Parlamento. Pero lo que es más increíble, lo que no entiende se mire por donde se mire, es que el PSC presentó su propia proposición, pactada con el PSOE, que no incluía el texto que habían aprobado sus diputados en Catalunya. Es decir, lisa y llanamente, que votaron en contra de la resolución que Montilla había presentado días antes. Si alguien tenía esperanzas en el papel que el PSC podía jugar en un escenario político diferente para Catalunya, estaba muy equivocado. La sumisión al PSOE por no soltar su ubre electoralista correspondiente se ha hecho tan evidente que no comprendo cómo pueden, aún , ir por el mundo con la cabeza alta.

Según palabras del diputado Eduardo Madina, los socialistas han presentado un texto que reconoce la plena legitimidad del TC para emitir sentencia sobre los recursos que se presentaron contra el Estatuto (¿sí? ¿Este TC que tenemos tiene legitimidad para algo?) y nos recuerda la obligación de acatar su resolución, aunque admite que los catalanes tenemos derecho a opinar. Gracias, hombre, faltaría más. Queréis organizarnos la casa y encima no podemos ni dar nuestra opinión. Resumiendo, tenemos derecho a la pataleta, nos han dicho , pero no creamos que vamos a conseguir nada más. Y eso lo han votado los diputados del partido que gobierna Catalunya desde la Generalitat y en muchísimos ayuntamientos. ¿O tal vez no son ellos, en realidad, quienes gobiernan? Quizás esto será propio del juego político, sucio, la mayoría de veces. Para un ciudadano de a pie, es tener cara dura, ni más ni menos.

Josep Sánchez Llibre, en nombre de CiU, se reitera en la voluntad de su partido de defender el contenido del estatuto y considera que ningún tribunal puede decidir sobre las aspiraciones de autogobierno de Catalunya. Sí, de acuerdo, todo muy emotivo. Por su parte, Joan Tardà, portavoz de Esquerra Republicana declaró que como Catalunya parece no tener cabida en su interpretación de la Constitución, por no tener que cambiarla, pretenden cambiar Catalunya. Joan Herrera, de ICV, pedía compromisos y fechas, un calendario para desarrollar el estatuto y el autogobierno. Y yo me pregunto : ¿qué estatuto? ¿El que nos han devuelto? Y ¿qué autogobierno? ¿No nos han dejado bien clara la “indisoluble unidad”, etc, etc?

Desde el PSC parece que se levantan voces “críticas”que, dicen, defenderían un cambio de liderazgo y del tipo de relación establecido con el PSOE. Los nombres de dos consellers de la Generalitat, Joan Castells y Montserrat Tura, suenan insistentemente a cabeza de esta corriente crítica y catalanista dentro del PSC. Pero, de momento, lo que se muestra a los ciudadanos es que nadie cuestiona nada, no hay gestos públicos, sino política soterrada y estrategias internas. Están esperando las elecciones autonómicas de otoño y una previsible caída del PSC en número de votos y, como que “rodarán cabezas”, ése será el momento idóneo para poner sobre la mesa alternativas y cambios. Continúo diciendo que no es una política honesta ni transparente.

Por otra parte, el PSOE puede que ni se plantee que la política hecha por los socialistas catalanes le reste votos. Saben que un sector de sus votantes en Catalunya son ajenos a la cuestión del estatut. Y que si pierden votos, no será porque su electorado se sienta decepcionado por su política en esta cuestión concreta. Son conscientes de que muchos votantes del PSC votan este partido porque no pueden votar PSOE, votan a Montilla porque no han podido votar directamente Zapatero, como hace años no podían votar a Felipe. Si estos votantes les dan la espalda será como consecuencia de la crisis económica y de las cifras galopantes de paro, pero no por un mayor o menor autogobierno en Catalunya.

Mientras el PP se autoproclama como el mesías que debe llevar a los españoles por un camino común (cada vez más estrecho, pedregoso y humillante para los catalanes) y el PSOE, a pesar de los gestos “a posteriori”, ya dejó claro que las cosas le iban bien tal como estaban, el horizonte que se dibuja en Catalunya parece cada vez más nítido: el camino por donde nos quieren llevar no es el nuestro y no nos conduce a ninguna parte. Los políticos hacen gestos, pero no se mojan, no se definen, no nos dicen claramente cuáles son sus objetivos, tienen los ojos puestos en las elecciones y cruzan los dedos para que las vacaciones apaciguan los ánimos. Quizás tienen razón los que creen firmemente en la superación de los límites que nos han impuesto y tengamos que buscar voces nuevas que representen nuestras aspiraciones legítimas. Como ciudadanos posiblemente tendremos acostumbrarnos a un nuevo tipo de política, aquélla en la que tengamos una participación más directa y activa, como el proyecto realmente ilusionante de Solitaridat Catalana per la Independència (1), con voces tan lúcidas como la de Alfonso López-Tena. Pero eso, imagino, sería objeto de otro debate.

Este debate, finalmente, tendrá que resolverse en las urnas el próximo otoño. Y será necesario que meditemos con calma a quién le estamos cediendo las riendas de la situación cuando decidamos nuestro voto. Porque nuestras decisiones pasadas son las que han llevado al convencimiento a los españoles que Catalunya no tiene que aspirar a nada que sobrepase los límites de una administración política estatal formada por comunidades autónomas con un desarrollo más o menos uniforme. Si no entienden por què esto nos resulta insificiente es porque otorgamos nuestra representatividad a partidos que defienden que ése es el único marco institucional posible y lo han defendido de manera reiterada de extremo a extremo del espectro ideológico. ¿Por qué nos sorprende ahora que las instituciones españolas hagan prevalecer su legalidad jurídica para recortar del estatut todo lo que no está previsto en su marco legislativo?

Si decidimos ir a votar o nos abstenemos, y aquello que votemos es nuestra responsabilidad. Imaginémonos el escenario, el horizonte de que hablaba más arriba y reflexionemos sobre qué opciones políticas creen en lo que una parte importantísima de los catalanes creemos y, además, lo defenderán más allá de gestos emotivos. Y los que no estén de acuerdo, por supuesto, que actúen también en consecuencia. Pero si no somos conscientes del momento político e histórico que estamos viviendo y de la responsabilidad que supondrá meter una papeleta en las urnas precisamente en estas elecciones autonómicas, lo único que volveremos a tener es el derecho a la rabieta y a llenar, si eso nos consuela, las paredes de toda Catalunya de “senyeres” y “estelades”. Pero volveremos a estar metidos en el camino pedregoso y estrecho de la “España unida e indisoluble” amte los ojos de los que consideran que tenemos la obligación de “acatar” con más o menos resignación (allá cada uno con su capacidad de sacrificio y de paciencia) los límites que con tanta prepotencia y desconocimiento de nuestra realidad nos han marcado.

La cuestión es bien sencilla: si no encontramos salida a la situación a la cual nos ha conducido el estado español y hemos reivindicado lo que somos, lo que queremos y a lo que aspiramos desde posturas diversas, tendríamos que empezar a olvidarnos de los zurcidos y los parches que ahora pretenden ponernos, a posteriori, los que ahora se dan por enterados del “profundo malestar reinante en la sociedad catalana” y nos quieren convencer con interpretaciones positivas de la sentencia cuando ya habían dado por finiquitado el asunto. Por eso, nuestras decisiones futuras tendrían que ir en consonancia con nuestras reivindicaciones presentes y tendremos que ser capaces de escoger a los compañeros de viaje más idóneos.

(1) http://solidaritatcatalana.cat/

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