28 de Noviembre: ¿las elecciones de la abstención?

Queda una semana para las elecciones autonómicas y todavía estoy dándole vueltas a la cabeza sobre cuál será el contenido de la papeleta que debería depositar en la urna el próximo Domingo 28. Y lo que es peor: por primera vez me estoy planteando seriamente la abstención, opción que siempre he rechazado y he combatido, aunque solo sea por la obligación moral que entiendo que tengo con todos aquellos que lucharon para hacer posible que pudiéramos expresar nuestra voluntad en el marco de un sistema democrático. Porque este sentimiento lo tengo muy presente y porque sé que Catalunya se juega mucho en estas elecciones, sigo haciéndome estas reflexiones: sé que debería ir a votar, pero la abstención me tienta. Y no es por desinterés o por irresponsabilidad, como podréis suponer, sino porque estoy confundida. Y decepcionada. Y cabreada. Y no debo ser la única. No sé si el resto de los que son llamados a las urnas el 28 de Noviembre han votado nunca en estas condiciones. Para mí, al menos, es una novedad.

Estas elecciones deberían servir para estampar en las narices de los políticos, los de dentro y los de fuera, el cabreo, la decepción y el malestar de los catalanes, sentimientos que no solo están provocados por los cuatro últimos años de gobierno del Tripartito, sino por la actuación política hacia Catalunya de los partidos estatales, de los que gobiernan y de los que querrían hacerlo. La crisis económica, sus repercusiones y la manera cómo se están gestionando también serán determinantes en la decisión de los votantes y, por tanto, jugarán un papel importante en los resultados que salgan de estos comicios. En este sentido, estoy convencida de que lo que expresamos los catalanes en las urnas servirá, en buena parte, como precedente de lo que puede suceder en las próximas elecciones generales. Ir a votar en un país que vive la peor crisis económica que hemos conocido la mayoría no es el mejor de los escenarios. De esto, y también de la cuestión de la inmigración sacarán votos baratos y populistas partidos como Plataforma per Catalunya y el propio Partido Popular. Los partidos que defienden postulados xenófobos y racistas, que hasta ahora estaban más o menos camuflados, ya levantan la voz y quedarán totalmente al descubierto después de estas elecciones, si tienen razón las encuestas que les otorgan representación parlamentaria. No me sorprende, porque esta es también la sintonía que está sonando en otros países europeos. ¿Qué pienso al respecto? No estoy de acuerdo con lo que dijo la candidata del PP en Catalunya, Alicia Sánchez-Camacho, en el sentido de que “En Catalunya no cabemos todos. Pero tampoco apoyo la actitud política con la que se ha gestionado la cuestión de la inmigración desde hace una década, con despreocupación, sin ninguna previsión, considerando a los inmigrantes como piezas de un tablero económico que servían mientras tenían una función y que después nos sacamos de encima cuando no sirven. Como en todo, también en este caso se ha gobernado y legislado sin ningún tipo de previsión, sin prever los costes económicos y sociales y sin aprender de la realidad de nuestros vecinos europeos. Y eso puede comportar que tengamos que ver a individuos de extrema derecha sentados en escaños de nuestro parlamento, una imagen que yo quisiera reservada sólo para los pesadillas.

Otra cuestión que tendrá un peso evidente en estas elecciones, pienso que debería ser una de las más determinantes, es el modelo de relación que los catalanes queremos tener con el Estado español. En resumen, cómo se repartirá el voto independentista en un momento en que esta opción empieza a salir del ámbito más o menos emocional y se convierte en una opción que una parte importante de los catalanes consideramos viable, tras constatar, porque nos lo han dejado bien claro, que no tenemos cabida en el proyecto autonómico español, que por otra parte está cerrado y superado. El voto independentista, que desde siempre había sido representado por Esquerra Republicana de Catalunya, respondía mayoritariamente a cuestiones identitarias con las que no se sentían representados una parte de quienes viven y trabajan en Catalunya (ésta es la definición de “catalán” que un día dio Jordi Pujol). Pero es obvio que amplios sectores de la sociedad catalana han entendido que aquél “Adiós España” que se vio y se escuchó en la manifestación del 10 de Julio va más allá y responde a cuestiones no sólo de identidad . La opción independentista creo que ahora mismo es mucho más plural porque, por suerte o por desgracia, las razones que los catalanes podemos tener para desear formar parte de un nuevo estado son muchas. Y aunque Montilla hable de la “desafección” de los catalanes hacia España, yo diría que es más bien al contrario. Si dejamos de lado cuestiones tan importantes como son el derecho de los pueblos a decidir y a gestionar su futuro, la situación de agonía cultural y lingüística en que nos encontramos o los agravios históricos no resueltos (de ello, en España no quieren oír ni hablar, porque dicen que siempre hacemos el llorica y que ya es suficiente), hay muchísimas razones por las que cualquier persona que viva en Catalunya, sea nacida o no aquí, puede querer vivir en un país mejor. Pero los españolistas, a los que ya les parece bien el modelo de relación con el estado que tenemos actualmente, son los que, precisamente, utilizan sólo cuestiones identitarias para defender su postura. Porque se sienten muy españoles, centralistas y monolingües, porque el castellano es para ellos la única lengua con valores superiores (como afirmaban sin ningún rubor los firmantes del último Manifiesto por la Lengua, el Nobel Vargas Llosa entre ellos, por cierto), porque mola mucho pasearse con la camiseta de La Roja, aceptan que el Estado español someta a Catalunya a un expolio fiscal descarado e inmoral. Las cifras cantan, aunque ellos quieran mirar hacia otro lado. No quieren saber nada del déficit fiscal o de la falta de inversiones en infraestructuras. Seguro que se sienten muy bien cuando, después de pagar unas autopistas que están más que pagadas, se levanta la barrera de los peajes y no se acuerdan de las fantásticas autovías gratuitas de que gozan otras comunidades . Lo único que les molesta es que los rótulos de esta misma autopista están en catalán y en castellano: ¿por qué no sólo en castellano si estamos en España? No tienen ni idea, ni creo que les importe, de cuál es el futuro que se dibuja para sus hijos, de cuál es la política estatal con respecto a la concesión de becas (los estudiantes catalanes reciben sólo el 5% del total, mientras que los estudiantes madrileños se llevan el 57%). Si dejaran de lado si se sienten más españoles que catalanes o sólo españoles, entenderían que si tuviéramos una seguridad social propia nuestra renta per cápita anual, también la suya, aumentaría en casi unos 3.000 € anuales. No sé si por cuestiones puramente identitarias se puede admitir que el 70 % de los trenes considerados obsoletos circulen por Catalunya. O que se construya un aeropuerto como el de Ciudad Real, por donde no pasa ni Dios, mientras que las inversiones en el aeropuerto de El Prat son de sólo 12,7 millones de euros frente a los 300 invertidos en Barajas. Si una persona vive y trabaja en Catalunya, paga aquí sus impuestos, no en Albacete, en Mérida o Jaén, no puede aceptar agravios como el que se cometió con el AVE, por poner un ejemplo. Si yo tuviera que ir a vivir a las Quimbambas, por muy catalana que me pueda sentir, lo que querría es que la vida en las Quimbambas fuera lo mejor posible, sin perjudicar ni menospreciar a nadie, pero trabajaría y lucharía por hacer del país Quimbambil el mejor lugar para vivir. Y eso no quita que pudiera entrar en éxtasis si escuchara “Els Segadors” (que os aseguro que no sería el caso, no he sido nunca persona de veleidades folclóricas) o que colgara en el balcón una senyera cada fiesta de guardar. Si esto no se entiende, cualquier argumento que se presente será inútil. Pero para los partidos españolistas, para la últimamente llamada “caverna mediática”, que no es nueva, sino la de siempre, todo esto es lloriquear y hacerse la víctima. También puede que sea necesario explicar de manera clara estas cifras a aquellos que viviendo en Cataluña, trabajando, pagando sus impuestos, continúan exhibiendo un nacionalismo español incomprensible. Porque el Estado español los está perjudicando, a ellos o a los que son catalanes desde hace treinta generaciones. Se ve que les gusta ser cornudos y apaleados (en catalán, el refrán es “ser cornudo y pagar la bebida, y nunca mejor dicho). Pero hay un importante sector de la ciudadanía catalana que sin haber comulgado del todo con el independentismo hasta ahora, entienden este discurso economicista, que tristemente, en tiempos de crisis, es el que más preocupa. Sobran los despropósitos como el de Puigcercós diciendo que Madrid es una fiesta fiscal y en Andalucía no paga impuestos ni Dios. La primera parte de la afirmación parece tener algo de fundamento, viendo como Ruiz Gallardón ha tenido que ir con el rabo entre piernas a pedirle a Rodríguez Zapatero una refinanciación de la deuda del Ayuntamiento madrileño. En cuanto a los andaluces, está claro que pagan impuestos, es obvio. Pero lo que reciben a cambio de sus impuestos es infinitamente superior a lo que se recibe aquí, donde la cantidad que pagamos es también infinitamente superior. Pero, ¡es verdad! Decir eso es ser insolidarios. Pues yo diría que admitir que esto suceda en nombre del patriotismo españolista es ser imbéciles. Basta de demonizar al nacionalismo que desde el centro llaman “periférico” cuando los españoles practican el nacionalismo más rancio y excluyente. Basta de identificarlo con el fascismo y de comparar los partidos independentistas con la Liga Norte italiana, cuando desde el nacionalismo se ha luchado siempre por el progreso y la democracia. Las razones para optar por el voto independentista son muchas: las identitarias (asfixia cultural y lingüística, derecho a la autodeterminación) y las económicas y sociales. Podemos elegir las que queramos. A mí me afectan todas. Hay que estar ciego para no ver lo que interesa a España de Catalunya. Se llenan la boca hablando de España como de una “gran familia”, pero por lo visto, hay hijos de primera e hijos de segunda. ¿Quién querría formar parte de una familia donde se siente despreciado? Creo que el tiempo en que Catalunya ha hecho de motor de España tiene que acabar. Que arranquen de una vez, pero sin mi dinero.

Tras la manifestación del 10 de Julio parecía que algo se movía en Catalunya, que la voluntad de reafirmación y de plantar cara era firme. Por primera vez me planteaba dar mi voto a un partido independentista. Ahora ya no estoy tan segura de ello, no porque mis ideas hayan cambiado, sino porque no acabo de sentirme cómoda con ninguno de los tres partidos que representan esta opción. ERC ha estado en el Tripartito durante dos legislaturas y solo nos ha demostrado que, como siempre, acaba traicionándose a sí misma, que ya es lo último. Y los dos nuevos grupos que hacen suya de manera clara y abierta la opción por la independencia, Reagrupament y Solidaritat Catalana, mucho me temo que contribuirán a fragmentar el voto que escoja esta alternativa. Decepcionante, en definitiva.

Artur Mas, al frente de CiU, se apunta ahora al discurso más o menos independentista. Es sospechoso, como mínimo, cuando CiU no ha hablado nunca claro al respecto. Y por eso no me lo creo. Nos guste o no, tenemos todos los números para ver a Artur Mas instalado en el Palau de la Generalitat. Los primeros que lo tienen claro son los del PSC, que se han dedicado a reírse de él sistemáticamente y a utilizar medios muy poco elegantes para descalificar al candidato convergente, empezando por el eslogan “Artur Mas de lo mismo” y continuando con el vídeo en el que, al ritmo de la canción “Despeinado”, de un tal Palito Ortega, hacen un recorrido por la trayectoria política de Mas a través de diferentes estilos de peinados. Feo y poco serio, si se me permite decirlo. El ingenio que gastan lo podrían aplicar a explicarnos cómo piensan solucionar el follón económico y social en que nos han metido en estos últimos cuatro años. O a intentar justificar su absoluta sumisión a los dictados del PSOE, traicionando sus propias decisiones, lo que han votado en el Parlamento de Catalunya, que han acabado convirtiendo en un Parlamento de juguete. Qué nivel … Y no, no defiendo a Mas, porque me parece que no representa ninguna opción de cambio. Vuelvo a decirlo: no me lo creo en casi ninguna de sus propuestas electorales. Y todos sabemos, además, que si no llega a la mayoría absoluta, entraremos de nuevo en la política de pactos. Los pactos de CiU con el PP ya los conocemos. Y un pacto CiU-PSC, que es bastante más plausible de lo que muchos creen, acabaría haciendo el país ingobernable. Pero parece que las alternativas de gobierno están totalmente atomizadas entre Montilla y Mas, que serían los únicos con posibilidades reales de llegar a la Generalitat.

Ni me planteo dar mi voto al PSC, tengo tantos motivos para no hacerlo que os aburriría, pero correré el riesgo y os daré unas cuantas. Porque en contra de lo que debería haber hecho, no ha sabido defender los intereses de las clases medias y trabajadoras. Porque es totalmente subsidiario de los dictados del PSOE y ha traicionado a gran parte de sus bases en Catalunya. Porque ha permitido que nos convirtamos en una colonia y encima, tenemos que estar satisfechos de ello. Porque si de verdad es un partido de izquierdas y que trabaja para los menos favorecidos, debería darse cuenta de que el modelo de relación con el Estado español que defienden perjudica precisamente a las clases populares, a los trabajadores, a los pequeños empresarios autónomos, a los profesionales liberales, a los funcionarios, a todos aquellos que no llegan a final de mes y que tienen que subvencionar un Estado en quiebra. Porque su discurso cobarde y pseudocatalanista ya no engaña a nadie. Porque han hecho la peor gestión de la crisis económica que se podría imaginar y porque pretende comprar votos con proyectos como el de la subvención a los nini’s que me parece inmoral. Y porque, off the record, algunos de los políticos más destacados del partido, los que representan el sector tradicionalmente más catalanista, los más maragallianos, por decirlo de alguna manera, critican de manera clara la gestión política de este hombre que ha llegado a presidente de la Generalitat sin más aval que haber sido siempre el perro fiel de su amo, del que ha tocado en cada momento.

Los partidos como el de la expopular Montserrat Nebrera, el engendro llamado “Ciutadans” (las encuestas les otorgan un escaño más que en 2006, y eso produce arcadas) o el españolista UPyD de Rosa Díez (que acabaremos viendo apoltronada en las filas del PP haciéndole la competencia en casposidad a la mismísima Esperanza Aguirre si su proyecto no le acaba de funcionar, y si no, al tiempo) es obvio que sacarán votos de este sector que antepone las cuestiones identitarias a su bienestar económico y social. Son aquellos que juran y perjuran que los castellanoparlantes son perseguidos, que el castellano no se habla en Catalunya, que estamos llevando a cabo una especie de limpieza étnica simbólica, que se sienten felices con la camiseta de La Roja y el “torito” en el coche “tuneao”, que mienten como bellacos y lo saben, que fomentan la discordia, el malestar, el enfrentamiento y los estereotipos. Aunque esto les cueste 60 millones de euros diarios. Estos partidos sacarán votos “populacheros”, en el mismo sentido que Plataforma per Catalunya lo puede hacer explotando el tema de la inmigración.

Ante todo esto, no sé si a alguien le puede sorprender que la abstención sea la alternativa escogida por, dicen, entre un 40% y un 55% del electorado. La tendencia abstencionista afirman que favorece a Mas y a los partidos independentistas, ya que si la participación fuera baja, Solidaritat podría tener representación parlamentaria. No me fío mucho de las encuestas, pero como la voluntad abstencionista suele estar oculta, es probable que el porcentaje sea más alto de lo previsto. Y estoy segura de que el grueso de esta abstención lo nutrirán personas que han sido tradicionalmente votantes del PSC. Porque están hasta las narices, porque “pasan”, en definitiva. Las mismas encuestas dicen también que todavía hay entre un 35% y un 40% de indecisos, de potenciales electores que aún no han decidido su voto. Entre ellos, yo misma

Me gustaría poder “pasar”, abstenerme, pero sigue pareciéndome irresponsable. Quisiera tener las ideas más claras, ser un poco más crédula, no sentirme avergonzada por la campaña que están llevando a cabo algunos partidos para los que parece que más que electores seamos simplemente “audiencia”, espectadores de un ridículo “Gran Hermano “. Me parece lamentable el orgasmo que en su publicidad dicen los del PSC que nos provocará votar Montilla. Pues mira qué bien. Me avergüenza escuchar las descalificaciones gruesas y poco elegantes que se dirigen unos a otros, tener que contemplar a la pandilla de “Ciutadans” en pelotas, no doy crédito al videojuego pepero donde se dispara contra inmigrantes. No se está haciendo campaña política, sino publicidad pura y dura.

¿Comprendéis por qué me tienta la abstención?

 

Manifestación del 10-J: una semana después

Ayer se cumplió una semana de la manifestación que con el lema “Som una nació, nosaltres decidim” (Somos una nación, nosotros decidimos) convocó a los catalanes a salir a la calle para expresar su rechazo a la sentencia del Tribunal Constitucional que recortaba el Estatut aprobado en referéndum hace cuatro años. Asumo que he escrito una introducción neutra y objetiva, y lo he hecho de manera totalmente intencionada. Porque después de una semana, los comentarios, las reflexiones y las críticas ya han extendido por la red y por los medios de comunicación sus dosis pertinentes de política, sentimiento nacionalista (español y catalán ), análisis histórico, manipulación informativa, ironía y mala leche.

Tenía que digerirlo antes de ponerme a escribir, aunque durante esta semana sí que he dejado algún comentario a opiniones y reflexiones de otros bloggers (algunos de una lucidez que me ha impactado ).

http://1mes1iguala3.wordpress.com/2010/07/14/no-els-espereu-no-hi-seran/ 

Ha sido una semana durante la cual he procurado seguir lo que se decía en la prensa y en la televisión. He hablado del tema en casa, con los amigos y conocidos, he escuchado a los que fueron a la manifestación y a los que no acudieron, he valorado sus motivos y los he contrastado con los míos, los que sí que hicieron que me decidiera a estar en medio del Passeig de Gràcia un Sábado por la tarde a 36 º de temperatura. He recordado las conversaciones que mantuve aquella tarde con personas que no conocía de nada mientras esperábamos que la famosa cabecera de la manifestación se moviera (dos horas parados entre las calles Provença y Mallorca dan para mucho). Como si estuviera haciendo una digestión lenta, me he tomado mi tiempo antes de lanzarme a la piscina y dar mi visión de los hechos.

Los que estaban y los que no estaban

Durante los días inmediatamente anteriores a la manifestación, se hacía evidente la existencia de un sentimiento de “duda” sobre si responder o no a la convocatoria.  Parecía que algunos tenían muy claros los motivos para actuar en un sentido o en otro. Había los que no se sentían representados por el lema de la cabecera (Som una nació) y también los que oscilaban entre un sentimiento “de traición” a Catalunya si se quedaban en casa a mirar la manifestación por la tele, iban a la playa o preferían sentarse en una terraza a tomar unas cervezas, y el disgusto por una convocatoria que consideraban politizada y con una finalidad claramente electoralista que, decían, los manipulaba y utilizaba. El espectáculo dado por los políticos a raíz del lema de la manifestación, de la posición que debían ocupar en la cabecera o detrás de qué bandera tenían que caminar imagino que no los ayudó a aclararse. De todas maneras, empiezo a ver claro, después de una semana, que los que rechazaban la rentabilidad política de la manifestación han sido los que, en definitiva, hicieron una clarísima lectura en clave política, antes incluso de haber tenido lugar la manifestación. Quien consideraba Òmnium una sucursal de Convergència i Unió, calculaba cuántos votos daría la manifestación a Esquerra Republicana, imaginaba el papel posterior que tendrían los políticos, es obvio que no, que no tenían claro por qué se tenía que salir a la calle. Sin embargo, la postura de quienes respondieron a la convocatoria como la de quienes decidieron no hacerlo es totalmente respetable y legítima, sólo hay que tener claro de verdad por qué sí o por qué no. E intentar no caer en demagogias fáciles .

Yo sí estuve allí

Quizás porque me pudo más el corazón que la cabeza. Y me alegro, era una sensación que tenía un poco olvidada. Estuve allí a pesar de los políticos o precisamente por su causa. Porque no quería que fueran ellos quienes representaran en exclusiva la voz de un porcentaje importante de la ciudadanía. Ciertamente, estos políticos que encabezaban la manifestación no eran unos compañeros de viaje muy cómodos, eso si que era fácil de percibir, no lo eran ni siquiera para los que militan en uno u otro partido .

Pienso que no me equivoco si afirmo que la inmensa mayoría de los que estábamos allí, parados, sin avanzar porque la cabecera “política” no se movía, no nos sentíamos representados por esos políticos, no era por ellos que soportábamos aquel calor de pie cuando podríamos haber estado en la playa o en el sofá de casa con el aire acondicionado, haciendo cábalas sobre las repercusiones políticas, las ulteriores alianzas, los bailes de cifras de asistentes, la reacción española, todo lo que se ha ido escribiendo ya a lo largo de una semana sobre todo por parte de quien lo miró por televisión o, directamente, ni lo vio. Esa imagen que ahora me parece llena de connotaciones tan significativas, la de los políticos parados y la gente esperando, pero con ganas de avanzar, de seguir adelante, de llegar al final, la formábamos personas que no nos sentíamos comprometidos por una lealtad política, militante o electoralista. A la mayoría nos había podido el corazón, un sentimiento difícil de explicar. Allí había gente mayor y gente joven, parejas con niños, catalanes hijos de catalanes y catalanes hijos de inmigrantes, independentistas y gente que no acababa de ver claro lo de IN-DE-INDEPENDENCIA, que se oyó repetidamente esa tarde, gente que habla catalán en casa y gente que tiene el español como lengua materna, los que leen El País y los que leen La Vanguardia, los que al día siguiente seguirían la final del Mundial y animarían a “la Roja” y los que no lo harían, los que habían tenido claro desde el principio que tenían que estar allí aquella tarde y los que habían tenido dudas hasta el último momento. Allí había un millón largo de personas, guste o no, Aguantando un calor infernal, avanzando tres o cuatro pasos en una hora, llenando el Passeig de Gràcia y las calles adyacentes con banderas o ”estelades”, pero compartiendo un mismo sentimiento y una misma finalidad: el rechazo a una sentencia que nos decía que sólo somos y existimos en función de una categoría que es la superior, la de los españoles, la única real y legítima, que a pesar de haber dos lenguas oficiales, sólo existe la obligación de saber una, el español, que nos niega cualquier derecho histórico y nos dice que cualquier derecho que tengamos deriva únicamente de una constitución votada hace 31 años. Si algo se respiraba allí era la pluralidad y la diversidad de esa sociedad que se estaba moviendo, desde planteamientos ideológicos distintos: los independentistas, los que nunca se habían planteado la ruptura con el estado español, los que incluso apoyarían un estado federalista, los que estuvieron en la manifestación de 1977 y los que nunca antes habían asistido a ninguna. Los ancianos, incluso algunos en sillas de ruedas, los jóvenes y los niños con sus padres. De manera cívica y tranquila, todos respondíamos a una situación que nos cerraba puertas, blindaba nuestras posibilidades políticas y nos devolvía un estatut peor que el de 1979. No se podía seguir ignorando el sentir de una gran parte de la sociedad catalana.

Baile de cifras

Lamentable el espectáculo que se ha dado jugando con las cifras de asistentes a la manifestación con el único objetivo de restar legitimidad a la voz de los que estábamos allí. Durante la manifestación, cuando veíamos los helicópteros sobrevolando el Passeig de Gràcia y que se suponía que estaban calculando la participación, hacíamos bromas entre nosotros sobre este tema, basándonos en los datos que escuchábamos por la radio: ” Cifras de participación : según la organización, 1.500.000 millones; según la Guardia Urbana, 1.100.000; según el periódico El País, 800.000 manifestantes, según El Mundo, cuatro exaltados separatistas”. Cuando llegamos a la Plaza Tetuán, casi a las nueve de la noche, sudados y derrotados y con los pies que no nos los sentíamos, nos sentamos en un bar para recuperarnos. Fue entonces cuando alguien dijo: “Según El Mundo, casi un millón de manifestantes” . Bueno, si El Mundo era capaz de reconocer esa cifra, estaba claro que se había superado, comentamos. Entonces ¿de donde salen los números que corren por Internet y por algunos medios de comunicación? Y aún más ¿por qué en las versiones en línea de determinados periódicos o en sitios web donde se comparten noticias se centran sólo en el número de participantes en la manifestación?

Pues porque no interesa saber qué se reivindicaba, no han hecho ni el intento de recoger las opiniones de la gente que llenaba las calles de Barcelona esa tarde. Para algunos, todo parece haber quedado reducido a un infantil baile de cifras. Hay quien nos remite a la empresa Lince, que hace una serie de cálculos, partiendo de las hectáreas que se supone que ocupábamos los manifestantes, multiplicado por el número de personas que, dicen, caben en un m2 y que daría una cifra de 56.000 manifestantes (permitidme una sonrisa displicente, eso no se lo cree nadie que haya estado en la manifestación, que haya visto las imágenes televisadas y las fotos) Otros, sacándose los datos directamente de la manga, consideran imposible el número de 1 millón de personas, porque en Barcelona “nunca ha salido un millón de personas a manifestarse” (poca memoria deben tener o están muy mal informados, si no recuerdan la manifestación de 1977 o la del NO a la guerra, por poner sólo dos ejemplos). Yo aporto otro dato: a Barcelona llegaron 900 autocares procedentes de otras poblaciones . Si pensamos que un vehículo de este tipo tiene una capacidad para 55 personas, estaríamos hablando de cifras de entre 45.000 y 50.000 personas que llegaron en autocar. Si hacemos caso a Lince, las 6.000 restantes se tendrían que repartir entre ciudadanos residentes en Barcelona más los de fuera de la ciudad que llegaron con otros medios de transporte. ¿Quién se cree eso? No vale la pena discutir sobre este tema, pero al menos, si manipulan, que lo hagan de manera un poco sutil, no tan torpemente.

Lamentable y añado que bochornosa esta actitud, mucho más cuando se adopta desde Catalunya, donde sí se han visto las imágenes por televisión y, las fotos, donde sí se sabe a qué hora se hicieron los recuentos (casi a las 20.30h cuando la mayoría de los manifestantes llevábamos más de 2 horas de pie y ya se sabía que la cabecera se había deshecho ante la imposibilidad de llegar a Tetuán). Juegan a este juego los que han visto que las calles adyacentes estaban llenas hasta los topes, que por delante de la cabecera la gente colapsaba la Gran Vía y la Plaza Tetuán y por eso no se podía avanzar.

Escribir es gratis y crear polémica a través de la manipulación un ejercicio muy practicado en la red. Los que han manipulado la información saben que quizás no éramos un millón y medio, pero tampoco 500.000, 56.000 o cuatro amigos que no teníamos nada mejor que hacer. Por eso, de lo único que se hablaba en los medios de comunicación estatal era de cifras. También por eso, ese robot parlante que se llama Alicia Sánchez Camacho, con su tono de cassette grabada, lo primero que hizo cuando le pulsaron la tecla Play fue comparar cifras en relación a los que salieron a celebrar el triunfo de la selección en el Mundial. Nada nuevo, sin embargo. Son los de siempre, los de “España se rompe” colaborando activamente en la fractura. Como han hecho desde el momento en que fueron conscientes de que el discurso anticatalán les hacía ganar votos.

Pero algo se está moviendo en la sociedad catalana y todos somos conscientes de ello, incluso los que fingen mirar hacia otro lado. El problema es que no acabamos de tener claras las consecuencias. De ahí que haya sido necesario hacer el esfuerzo de desviar la atención, de quitarle importancia, de fingir que se miraba hacia otro lado. Pero como dijo Joan Ridao : “España no escucha y es sorda , pero Cataluña no ha enmudecido“.

Tratamiento informativo

No sé qué me esperaba el Domingo cuando puse la televisión al mediodía para ver qué se comentaba en los canales estatales sobre la manifestación. Era consciente de que ese mismo día la selección española de fútbol jugaba por primera vez en su historia una final de un mundial. Desengañémonos, el país estaba en plena euforia, tanto futbolística (lógico, por otra parte) como patriótica (no pude evitar una sonrisa triste al oír a un hombre que, casi llorando, decía que ahora sí que se sentía orgulloso de ser español, gracias a los éxitos de “la Roja”). Pero a pesar de estar preparada, no podía creerme lo que vi y escuché: la manifestación se trataba totalmente “de pasada” ( el informativo de mediodía que le dedicó más tiempo fue el de Cuatro, con apenas dos minutos) y se empezaba la noticia con el incidente del intento de agresión a Montilla. Como si éste hubiera sido el tono de la manifestación, el enfrentamiento y la violencia. Con tono neutro se hablaba de una manifestación en Barcelona para protestar contra la sentencia del Tribunal Constitucional que recortaba el Estatuto de Autonomía de Catalunya. Y nada más. Dedicaron más tiempo a hablar del pulpo Paul, que acertaba los ganadores de los partidos del mundial y que había predicho la victoria española .

Parece que tendremos que volver la época de nuestros padres o abuelos, cuando para saber qué pasaba de verdad en nuestro país se debía recurrir a la prensa extranjera. Es triste, sin duda. Triste y vergonzoso el tratamiento que se ha hecho de la manifestación del 10 de Julio en los medios españoles, con pretendida indiferencia y calculado desprecio, si lo comparamos con la información que dieron The Washgington Post, Sidney Morning Herald, Le Figaro, BBC World Service, CNN e, incluso, Al Jazeera. Probablemente los turistas que desde las terrazas de La Pedrera fotografiaban la manifestación estuvieron mejor informados que los ciudadanos del Estado español.

¿Qué piensan de todo esto en España?

Después de la resaca mundialista, parece que se empiezan a dar por enterados de que algo pasó en Catalunya una tarde de Sábado del mes de Julio. Después de tenernos que tragar una cobertura exhaustiva de la llegada de la selección a la patria, de la recepción en el Palacio Real, del recorrido en autocar, de ver y escuchar celebraciones y declaraciones en los pueblos natales de todos y cada uno de los jugadores, de enterararnos de que el Acuario de Madrid ha ofrecido un buen pico para que el pulpo Paul viva de ahora en adelante en sus instalaciones (la mejor manera de gastarse el dinero en tiempos de crisis, evidentemente), parece que por fin toca mover ficha. Y todos lo están haciendo de la manera más previsible, por lo que me doy cuenta que, mal que nos pese, tenemos los políticos que nos merecemos.

Seguramente, la gran mayoría se estará rompiendo las vestiduras ante esta fiebre “independentista” que creen que, de manera absolutamente injustificada, nos ha entrado de pronto a los catalanes. Continuaremos siendo los enemigos de la ” indisoluble unidad de España”, nada nuevo, porque ya somos egoístas, insolidarios, favorecedores de la fractura social, separatistas, inventores de mitos y mentiras nacionalistas, etc, etc. Todo esto mientras pasean orgullosamente su nacionalismo español, que paradójicamente siempre ha negado su condición, pero que muestra ahora su cara más exacerbada a raíz de la reciente exhibición patriótica consecuencia de los triunfos de “la Roja ” (mal asunto cuando por el único que pueden sentirse orgullosos de ser españoles es por las victorias de la selección de fútbol). Sentirse español y defenderlo no es intrínsecamente negativo, como tampoco lo es sentirse francés, escocés o búlgaro. O catalán, y defenderlo. ¿Por qué, entonces, demonizan un nacionalismo y exaltan otro? ¿Por qué es malo que una sociedad plural haya salido a la calle a expresar su derecho a querer ser lo que quiere ser, de manera cívica y tranquila, mientras que es digno de aplauso que otros salgan a exhibir su orgullo españolista? ¿Quién puede decirme qué soy y cómo me he de sentir? Pretenden que retrocedamos 30 años, quieren imponernos un sentimiento de pertenencia que no todos experimentamos. Y, además, es probable que los que sí la experimentan, no quieran que se les marque desde fuera cómo lo deben hacer . Y yo no puedo más que recordar aquella canción de Lluís Llach que decía: “I ens fem contrabandistes mentre no descobreixin detectors pels secrets del cor” (Y nos convertimos en contrabandistas mientras no se descubran detectores para los secretos del corazón).

Para otros, no tenemos ningún derecho a cuestionar la decisión del Tribunal Constitucional, su interpretación de la ley. No nos escucharían aunque les dijéramos que es precisamente eso, la interpretación que han hecho una serie de magistrados de un tribunal que está bajo sospecha, que funciona a pesar de las irregularidades que todos conocemos, y que se ha convertido en el instrumento-títere de un partido, el PP, que recurre a él cada vez con más frecuencia siempre que las cosas no salen a su gusto.

También he oído voces que deslegitiman el Estatut votado en el 2006 debido al porcentaje de población que participó en el referéndum, el 48,85%, con un resultado de 73,90% de votos a favor del texto. ¿Por qué no recordamos cifras de participación en otras elecciones, como las del Parlamento europeo? En las elecciones celebradas en 2004, el porcentaje de españoles que votaron fue del 45,14% . En las de 2009, de un 44,9% . ¿Ha habido alguien que se haya atrevido a cuestionar su validez?

Fuera de Catalunya explotarán la idea “España se rompe”, de un lado a otro del espectro político. No sé por qué aquí todavía tenemos la idea, evidentemente equivocada, de que las izquierdas (PSOE, IU) serán más favorables a las aspiraciones catalanas. No. Todos juntos venderán en público la idea de la fragmentación de la “nación española” y sacarán la pertinente rentabilidad en número de votos. Porque nos guste o no, el discurso anticatalán funciona, en la derecha y en la izquierda. Y todos y cada uno de ellos intentará contribuir a esta ruptura con el fin de poder presentarse como salvadores de la últimamente tan famosa “unidad”. En Catalunya ya nos ha quedado claro que esta “unidad ” no es más que sinónimo de inmovilismo.

Reflexiones “a posteriori”

La cabecera de la manifestación defendía el derecho a la autodeterminación (“Somos una nación, nosotros decidimos” ) y viendo el mar de “estelades” y lo que decían muchísimas pancartas parece que el independentismo era la opción política dominante entre los participantes. Cuando parece que desde el Estado español se cierran puertas, se blindan competencias, se ponen límites que ellos consideran inamovibles y se da por cerrado el proceso del estado de las autonomías, para muchos ésta es la única salida. Sin embargo, no todo el mundo, ni mucho menos, era partidario de la opción soberanista. Lo que creo que es realmente destacable es que los partidos políticos, las organizaciones sindicales y empresariales, las entidades ciudadanas y cívicas, el conjunto de la sociedad hiciera un llamamiento para que la gente asistiera en masa a la manifestación. Después, cada uno tendrá sus propias ideas y una postura concreta hacia el independentismo.

No se puede obviar, sin embargo, que las cifras que dan las últimas encuestas ( CIS, ICSP , UOC ) oscilan desde un 35 % hasta un 50% de los ciudadanos catalanes favorables a la independencia. Es un dato. Ahora bien, ¿llegaremos a saber qué porcentaje real tendría esta opción en número de votos? Si España considera que Catalunya, mayoritariamente, no quiere una ruptura con el estado español, ¿por qué tienen tanto miedo de preguntarnos? Pero lo que realmente hay que reconocer es que los catalanes no quieren detenerse ante las puertas cerradas o los límites impuestos. Si la vía estatutaria se considera finiquitada, se tendrán que buscar otras opciones.

El independentismo, por lo que se respira en Catalunya en los últimos tiempos, ya no es una opción de jóvenes idealistas, de “maulets” exaltados o de abuelos nostálgicos. Se ha instalado en la sociedad catalana como una opción política más, un porcentaje considerable de la sociedad catalana entiende la existencia de un estado catalán como una solución, el Adéu Espanya que se veía en la manifestación no era una frase tan simbólica como algunos quieren creer, eso lo sabemos los que nos movemos por la calle y hablamos con la gente. A pesar de que desde el PP se hable del “Circo independentista”. Conociendo sus estrategias, ni siquiera consdierarían la opción de abordar el tema si no estuvieran realmente preocupados por lo que parece que se está cociendo. La separación del estado español consigue cada día más adeptos entre grupos sociales que tienen un peso específico: periodistas, intelectuales, artistas, escritores, y detrás se están construyendo propuestas, ya no es una cuestión indefinida y sentimental. La opción independentista crece, eso es evidente y no sólo a nivel sentimental: si el estado de las autonomías no puede ir más allá, ¿la separación es inevitable? Veremos cuál será la traducción política de este sentimiento el día que la población vaya a votar. Pero aquellas pancartas de “Estoy hasta los cojones” o el famoso ” Adiós Espanya” mostraban que buena parte de la ciudadanía ha llegado a la conclusión de que la relación con España se encuentra en un callejón sin salida y que esta situación se ha favorecido precisamente por los que predican de manera incansable “la indisoluble unidad de la nación española”. Curiosamente, predican la unidad pero con sus palabras, hechos y actitudes, favorecen la fractura.

No sé si en Catalunya se producirá un divorcio entre la ciudadanía y la clase política. El sentimiento de estafa y de humillación se atribuía a la actuación tanto de los políticos catalanes como estatales. Lo que se pide a partir de ahora es una actuación seria y coherente. Que tomen la temperatura a la sociedad catalana y sepan qué se pide. Y a partir de ahí, que elaboren un proyecto, con unos objetivos, que habrá que discutir para saber realmente hacia dónde queremos ir y qué obstáculos nos podemos encontrar por el camino. Lo que han hecho hasta ahora ha sido el proceso contrario, primero han hecho las leyes y después, se han dado cuenta de los problemas y los obstáculos para llevarlas a la práctica. Por ello, es normal, es lógico y esperable que los ciudadanos les pregunten por qué no se respeta lo que votaron. Me temo que nos haría falta una clase política de un nivel infinitamente superior al que tenemos, por tanto, y observando cómo han ido posicionándose en estos días posteriores a la manifestación, no pongo demasiadas esperanzas en una actuación política seria y coherente, si es que tiene que venir de los políticos que dicen representarnos.

Esperaba que en la manifestación se sintiera de manera más palpable el rechazo contra los políticos: contra el PP, responsable de habernos llevado a esta situación, jugando sucio como siempre contra Catalunya, llevando al Constitucional el estatuto catalán mientras aceptan sin problemas el valenciano o el andaluz , con muchísimas similitudes; contra el PSOE y el PSC, por hacer creer a los ciudadanos que si el estatuto se aprobaba y refrendaba,  no había obstáculos para su desarrollo; contra CIU, por su indefinición tradicional, por fluctuar hacia un lado y hacia otro, por no hablar claro ni definirse, también como siempre. Contra Iniciativa, porque vete a saber qué hacían, allí (más o menos como los del PSC). Contra ERC, porque , como ir en todo momento a la contra es habitual en ellos, defendían un estatuto para el que habían pedido el NO en las urnas. En definitiva, vuelvo a repetir, fue una manifestación desvinculada de los políticos, donde quizás sí prevaleció el sentimiento sobre la razón. Pero es necesario que los políticos empiecen a tomar nota. Aquí y fuera, porque lo que se respiraba aquel Sábado es que no estamos ante una cuestión que afecte o interese sólo a “cuatro exaltados separatistas”.

No debemos dejar que esta situación fracture nuestra sociedad, más allá de un divorcio claro con un sector social que no quiere vivir en Catalunya, porque ni siquiera sabe dónde vive. Aquellos que en las periferias de nuestras ciudades no entienden que defender los intereses catalanes es defender también “sus” intereses, los que tras la victoria española de la selección gritaban “catalufos de mierda”, “viva Franco” (y probablemente no saben ni la fecha de inicio de la guerra civil española) o ” Catalunya es España”. De estos no se puede esperar nada, harían el mismo triste papel en la sociedad aquí que en Soria o en Sevilla, desgraciadamente. Representan un nacionalismo español “de botijo”, violento en potencia por ignorante. No sabemos qué modelo de país quieren, si es que ellos mismos lo saben, cosa que dudo. Pero el resto, independentistas o no, nacionalistas o no, tendremos que pedir a nuestros representantes políticos que tengan la capacidad de crear herramientas sociales, educativas, económicas, empresariales y estructurales que nos defiendan. No podemos esperar que esto nos llegue desde fuera, no seamos ingenuos.

Desearía también que esta coherencia y seriedad que pedimos a nuestros políticos la demostráramos todos y, sobre todo, los medios de comunicación, que como siempre, están haciendo un papel muy sucio. Que se deje de tergiversar el lenguaje, porque la comodidad o la cobardía no significan “seny”, el tan traído y llevado buen juicio  y sentido común catalán porque nacionalismo no es sinónimo de regionalismo ni nos pueden hacer creer que el federalismo no tiene nada que ver con el españolismo. Como cientos de miles de ciudadanos que salieron a la calle el pasado Sábado (sí, cientos de miles, mal que le pese a Lince o a quien sea, ya estoy harta que al anticatalanismo se le llame pluralidad, cohesión social o unidad.

¿Con quién se supone que debemos sentirnos unidos? ¿Con aquellos que nos devuelven un estatuto peor que el de 1979? ¿Con los que, después de engañar a los ciudadanos de Catalunya, callan, por lo tanto, otorgan? Somos catalanes, señores, pero no gilipollas. 

Estoy hasta el gorro de manifiestos lingüísticos

La invasión, la colonización y la ocupación, así como otros casos de subordinación política, económica y social, implican a menudo la imposición directa de una lengua ajena o, al menos, la distorsión del valor de las lenguas y la aparición de actitudes lingüísticas jerarquizantes que afectan la lealtad lingüística de los hablantes.

Declaración Universal de Derechos Lingüísticos

Uno de los elementos primordiales del nacionalismo español político es su visión de la cultura y de la lengua castellanas como las predominantes en el territorio del estado y, por tanto, un menosprecio más o menos velado, dependiendo de la época o del color político de los gobernantes, del resto de de lenguas y culturas que son propias de “las otras” nacionalidades históricas en España. En Cataluña estamos acostumbrados a los manifiestos que, en nombre de una supuesta libertad, reclaman una mayor presencia del castellano en la sociedad, sobre todo en la enseñanza. Se presenta al castellano (o “español”) como una lengua con poca presencia social, a los castellanoparlantes prácticamente como víctimas perseguidas por los opresores catalanes, y la enseñanza de la lengua castellana de segunda categoría. Reclamando el derecho a expresarse en “español”, que es legítimo y constitucional, estos manifiestos esconden o maquillan una consideración del catalán como lengua no apta para todas las funciones sociales, así como un deseo de que exista una enseñanza lingüística monolingüe. Nos hablan de bilingüismo, pero no nos engañemos, el bilingüismo no favorece nunca a las lenguas minoritarias, por el contrario, las minoriza y arrincona. Los firmantes de estos manifiestos conocen a la perfección cómo funciona cualquier proceso de sustitución lingüística: cuando una lengua con un mayor número de hablantes, representante de una cultura mayoritaria y unida al poder político compite en un territorio con otra lengua minoritaria, aunque sea la propia de ese territorio, el resultado lógico es la sustitución lingüística, la desaparición de una lengua y, por tanto, de una cultura. Desde la introducción del latín en los territorios de la Península Ibérica y la desaparición de las lenguas pre-romanas (excepto el euskera), hasta casos mucho más cercanos, como la agonía del bretón o el occitano en Francia, o del gaélico en Irlanda, el resultado final es el mismo. Ni siquiera hace falta que la lengua del poder se imponga y la lengua minoritaria se persiga, sólo es cuestión de tener un poco de paciencia, de reclamar un bilingüismo supuestamente equitativo y constitucional, y al cabo de dos o tres generaciones, la sustitución lingüística se ha consumado.

A pesar de todos los agravios que esos manifiestos aducen contra la política lingüística en Cataluña, la realidad indiscutible es que el aprendizaje del castellano está asegurado en todos los niveles educativos y nadie acaba 4 º de ESO sin saber hablar y escribir correctamente esta lengua, a pesar de las historias y los rumores que circulan fuera de Cataluña. Curiosamente, no podemos decir lo mismo en relación al conocimiento y uso del catalán, y sólo hay que echar mano de las estadísticas para confirmar este extremo. Otro dato significativo: los resultados de Selectividad de Lengua castellana siempre son mejores que los de Lengua catalana.

Los derechos de todas las comunidades lingüísticas son iguales e independientes de la consideración política o jurídica de lenguas oficiales, regionales o minoritarias.

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El último de estos manifiestos reivindicativos es el Manifiesto por la lengua común. Los que lo firman, encabezados por Fernando Savater y Vargas Llosa, piden que entre todas las lenguas que se hablan en el estado, se constate que el castellano es la lengua española por antonomasia. El manifiesto comienza diciendo que el castellano es la lengua española superior (cuando se usan estos calificativos en este país, ya podemos echarnos a temblar) al resto de idiomas que se hablan en España, considerándolas de segunda categoría y menos útiles. El castellano-español aparece como la lengua de la alta cultura, de la comunicación, de la ciencia. Incluso insisten en que tiene una serie de valores que no tienen las otras tres lenguas (euskera, catalán y gallego). Nada, que ya lo decía Diderot: Parlez français au sage.

Este manifiesto esconde, intencionadamente, unos hechos que son irrefutables: las lenguas, por sí mismas, desde un punto de vista estrictamente lingüístico, no son más importantes unas que otras. Cuando una lengua gana en hablantes o va ocupando ámbitos sociales de uso, es por causas políticas y de poder económico, no hay valores que valgan. A lo largo de la historia, lenguas como el castellano o el francés han jugado el rol que hoy en día tiene el inglés, porque los estados en los que se hablaban dominaban el panorama político o eran una potencia económica. El porcentaje de personas en el mundo que hoy sabe hablar inglés es superior al de hace 25 o 30 años y lo es por razones de prestigio lingüístico. ¿O acaso el inglés tiene unos “valores intrínsecos diferentes y “superiores” al castellano, al alemán, al japonés o al portugués?

La mayoría de las lenguas amenazadas del mundo pertenecen a comunidades no soberanas y uno de los factores principales que impiden el desarrollo de estas lenguas y aceleran el proceso de sustitución lingüística son la falta de autogobierno y la política de los Estados que imponen su estructura político-administrativa y su lengua.

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La gran mayoría de castellanoparlantes del estado español que no viven en un territorio con una lengua propia diferente al castellano, perciben como anómala cualquier situación lingüística que no responda a la igualdad 1 estado = 1 sola lengua. Quieren hacernos creer que desconocen que existen casos como el de Bélgica, Suiza o Canadá, en donde esta cuestión se ha resuelto de manera diferente a la que se decidió en España a partir de 1978. Seguro que preferirían que, como ha sucedido en Francia, las lenguas minoritarias del territorio fuesen consideradas “curiosidades” folclóricas, incluso dialectos (“patois”, les llaman allí, con una carga despectiva evidente), sin ningún tipo de reconocimiento oficial. Esto precisamente es lo que se pretende desde el nacionalismo español centralista: partiendo de argumentos erróneos, como el prestigio o el número de hablantes, desprestigiar y minorizar al resto de lenguas del estado, porque para ellos resulta natural que el castellano sea el “español”, la lengua común y oficial de todo el territorio. No son capaces de ver que lo es por razones de expansión política y territorial, porque la historia es la que es, pero no porque el castellano, como lengua estrictamente hablando, sea mejor que cualquier otra. Está claro, sin embargo, que en el momento de redactar la Constitución, inmersos en una delicadísima transición política que se podía torcer en cualquier momento, se tuvieron que hacer concesiones (por las dos partes, evidentemente), y desde el centralismo castellanoparlante no se creyeron en ningún momento la realidad plurilingüística y pluricultural del estado, pero tuvieron que “tragar” con ello, dadas las circunstancias.

Podríamos hacer un ejercicio de historia-ficción: imaginemos que el Tercer Reich, aquél que había de durar 1.000 años, hubiera acabado dominando Europa e imponiendo definitivamente su lengua y pautas culturales en los países invadidos. Imaginemos también que por motivo de esta hipotética invasión militar y política, el estado español también hubiera sido colonizado lingüística y culturalmente por Alemania. Como resultado, el alemán se impondría como lengua, sería obligatorio en todos los ámbitos públicos y oficiales, se perseguiría al castellano, se le arrinconaría a la cocina y al dormitorio lingüísticos, la lengua de los vencedores se enseñaría en las escuelas como lengua única, se usaría como lengua exclusiva en los medios de comunicación y en la literatura. Saber alemán resultaría indispensable para promocionarse profesionalmente. Habría, además, un adoctrinamiento que insistiría en los “valores intrínsecos” de la lengua alemana despreciando la lengua propia del territorio conquistado. Aunque la sociedad se resistiera a abandonar el uso del castellano, al cabo de 200 o 300 años, la “germanización” sería efectiva. Me gustaría saber qué defenderían los Savater y Vargas Llosa de turno. ¿Que el alemán es la lengua superior de España y que el castellano es una lengua de segunda categoría? ¿Que aquellos que han conservado la lengua propia son separatistas, insolidarios, terroristas en potencia? ¿Que la única lengua apta para la cultura, la ciencia, la prensa, etc., es el alemán? ¿Hablarían del castellano como “lengua-pijama”, tal como lo hacen del euskera, del catalán o del gallego? Seamos sinceros: ninguna comunidad lingüística acepta una lengua que no es la propia de manera voluntaria, sino por imposición, por motivos políticos o porque es la lengua del poder económico.

Toda comunidad tiene derecho a codificar, estandarizar, preservar, desarrollar y promover su sistema lingüístico, sin interferencias inducidas o forzadas.

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Los nacionalistas españoles se estremecen cuando se les presentan argumentos históricos en contra de sus convicciones lingüísticas, parece que tienen fobia a conocer cuál ha sido la realidad histórica de este país (desgraciadamente, este mal lo sufren no sólo en relación a las lenguas). No quieren ni oír hablar del tema. Pero les guste o no, hay una realidad que no pueden ignorar (aunque sí falsear o manipular, por supuesto). A partir del siglo XVI, la creación de los estados europeos demandaba una unificación política, lingüística e incluso religiosa. El castellano es adoptado como la lengua de la monarquía hispana si bien no se puede hablar de una imposición de esta lengua en aquellos territorios que tenían una lengua propia distinta al menos durante los siglos XVI y XVII, con la dinastía Habsburgo. Pero tampoco les hará falta, porque la castellanización avanza lenta pero implacable por razones de prestigio y de deseo de asimilación a la monarquía. No será hasta el reinado de Felipe V, con el Decreto de Nueva Planta, cuando se prohíba el uso público y oficial de la lengua catalana, cuando cualquier manifestación de cultura no castellana se persiga duramente. Y a partir de aquí, excepto durante el brevísimo paréntesis de la Segunda República, ésta ha sido la realidad con la que han tenido que enfrentarse los territorios con una lengua y una cultura propias diferentes del castellano: persecución o, en el mejor de los casos, minorización y menosprecio. Y nos guste o no, ésa es la realidad histórica de la pretendida riqueza cultural y lingüística del Estado español. Y en Catalunya hacemos como que nos creemos que desde la mayoría castellanoparlante se la creen, aunque sabemos que lo que se esconde detrás de este concepto tan democrático es la voluntad de uniformizar cultural y lingüísticamente todo el territorio, empezando por querer imponer un equitativo, democrático y engañoso bilingüismo. O aduciendo argumentos como la “inversión en capital lingüístico”, es decir, mezclar la cultura con la economía. Por eso, porque es superfluo invertir en lenguas pijama, si queremos comprar un DVD de una película, no siempre lo tenemos disponible en catalán. Lo mismo ocurre con los estrenos de cine y con los juguetes interactivos o educativos. O si queremos leer en catalán el último best-seller, tenemos que pagar alrededor de 6 o 7 euros más que si compramos la edición castellana. Los nacionalistas españoles se enorgullecen del aumento de hablantes del castellano , claro, pero es que no se tiene otra opción, ya se encargan ellos. Cuando se hacen esfuerzos para normalizar las culturas y las lenguas propias de Cataluña, de Euzkadi, de Galicia, entonces aparecen periódicamente manifiestos que denuncian una supuesta persecución del castellano. En Cataluña eso nos parece tan surrealista que no sabemos si subirnos por las paredes o echarnos a reír. Encima de cornudos, apaleados, porque parece que hablamos catalán con ánimo de molestar a los castellanoparlantes y que por tener una cultura o una lengua diferentes, sería necesario que estuviéramos pidiéndoles disculpas cada día.  Pero los que vivimos en Cataluña, seamos o no catalanes de nacimiento e independientemente de cuál sea nuestra lengua propia, sin saberlo, hacemos nuestras las palabras de Popper cuando escribía Si se quiere que continúe el progreso de la razón y que sobreviva la racionalidad humana, nunca deberemos inmiscuirnos en la variedad de los individuos y de sus opiniones, finalidades o propósitos (excepto en los casos extremos en que la libertad política esté en peligro). Incluso los llamamientos (que tanto satisfacen desde el punto de vista emotivo) a una “tarea común”, aunque sea de lo más excelente, no son sino llamamientos al abandono de las diferentes opiniones éticas, al abandono a las críticas mutuas y de los debates que estas opiniones generan. Al final, son llamamientos que nos quieren hacer renunciar al pensamiento racional. Llamadnos pragmáticos…

La enseñanza debe de estar siempre al servicio de la diversidad lingüística y cultural, y de las relaciones armoniosas entre diferentes comunidades lingüísticas de todo el mundo.

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Los manifiestos lingüísticos no hacen mella en la inmensa mayoría de la sociedad catalana, sea cual sea la lengua materna de las personas. A lo sumo, nos producen cierto hastío, porque sabemos que la batalla contra la desinformación mediática está perdida. Da igual que expliquemos que en Cataluña nadie rechaza el uso del castellano, que la gente habla una u otra lengua sin más problemas, incluso durante el curso de una misma conversación con personas diferentes. Que no nos salen sarpullidos si alguien nos pregunta una dirección en castellano ni dejamos de servir a un cliente en una cafetería por la lengua en que nos hable. Que podemos leer y escribir en las dos lenguas y que ojalá todos pudiéramos leer y escribir en diez lenguas más. Que la inmensa mayoría de padres no se opone a que sus hijos sean escolarizados en catalán porque a lo largo de todos los años de educación, las horas de lengua catalana y de lengua castellana se igualan (3 horas de catalán y 3 horas de castellano en la ESO) y que el conocimiento de la lengua castellana está garantizado. Que los niños en las aulas, en el patio de las escuelas, en la calle, hablan la lengua que les apetece y nadie los persigue o alecciona. Y aquellos padres que firman manifiestos en contra de la presencia del catalán en las escuelas, son los que acaban prefiriendo matricular a sus hijos en el Liceo Francés, en el Colegio Suizo o en cualquiera de las escuelas privadas americanas, aunque sepan que la lengua mayoritaria que van a oír durante las clases sea el francés, el alemán o el inglés, no el castellano. Así que no engañan a nadie: su actitud no es favorable a la escolarización en castellano, sino contraria a la consideración del catalán como lengua normalizada en todos los ámbitos.

Siempre he pensado que conocer idiomas es abrir ventanas al mundo, a diferentes maneras de entender la realidad, ya que te pone al alcance culturas muy diversas. Despreciar una lengua es despreciar una cultura. Y como decía Ovidi Montllor, a quien le molesta que se hable, se escriba o se piense en catalán, en realidad, le molesta que se hable, se escriba y se piense. Y que nadie se engañe: el desarrollo de una lengua no se hace en función de los “valores intrínsecos” de que habla el Manifiesto de la lengua común, sino en función de mayorías y de imposición de criterios. No hay peor ciego que el que no quiere ver: la situación lingüística actual de España es consecuencia de azares políticos, como en todas partes, de leyes restrictivas, resultado de imposiciones y de persecuciones. Si después de todo esto, la cultura y la lengua catalanas no han desaparecido ante el empuje castellanizador, es de suponer que deben tener más valores “intrínsecos” de los que presuponen y desearían los que firman este manifiesto.

El universalismo debe basarse en una concepción de la diversidad lingüística y cultural que supere a la vez las tendencias homogeneizadoras y las tendencias al aislamiento exclusivista.

Declaración Universal de Derechos Lingüísticos

Este nacionalismo lingüístico español encuentra eco no sólo entre la derecha, sino también entre la izquierda, en amplios sectores del PSOE y de Izquierda Unida. Parece que, independientemente de cuál sea la opción política, parece natural que el castellano tenga una preeminencia sobre el resto de lenguas, que sea vehicular en la enseñanza y que si es necesario modificar la Constitución (que por otras cuestiones parece intocable) y los estatutos de autonomía, se haga. En Cataluña, mientras tanto, acostumbrados a este tipo de manifiestos, se continúa afirmando que la cuestión lingüística no es percibida como un problema para la inmensa mayoría de la sociedad, sea catalanoparlante o castellanoparlante (estos se llevan la peor parte, porque son considerados como a “renegados” cada vez que intentan explicarlo). Pero como es sabido, el conflicto se atiza siempre desde fuera, por parte de quienes no han vivido nunca en Cataluña ni conocen su realidad lingüística. Y se nos siguen poniendo los ojos como platos cuando escuchamos afirmaciones del tipo: “Si entras en un bar o en una cafetería, si no sabes catalán, no te atienden”, “La gente no te contesta si les preguntas una dirección en castellano “o” No te entienden si llamas a un organismo oficial y hablas en castellano, te cuelgan el teléfono “. Hacer este tipo de afirmaciones, además de demostrar una perversidad de intenciones clarísima, demuestra que no se conoce la realidad social en Cataluña, el porcentaje de población castellanoparlante o bilingüe ni tampoco, el carácter abierto y cosmopolita de la inmensa mayoría de la sociedad catalana, sea cual sea su lengua materna. Pero esto, desgraciadamente, no lograremos hacérselo entender… Así que mejor que nos lo tomemos a risa.

Del Barça al nacionalismo español

La semana pasada, navegando por la red para buscar qué se había escrito acerca del partido Barça-Inter, acabé leyendo, sin quererlo ni buscarlo, una serie de comentarios, escritos por seguidores o aficionados del Real Madrid que todavía estaban en fase de éxtasis, cómo no, al saber que el Barça no jugaría la final de la Champions en el Bernabeu. Se les notaba aliviados porque los seguidores barcelonistas no profanarían el templo del fútbol madridista ni las calles de su ciudad. Incluso, en el día siguiente al partido, vi por televisión como grupos de seguidores del Real Madrid lo celebraban en Cibeles. Ya se sabe cómo son las rivalidades futbolísticas y no me sorprendieron determinados comentarios, más allá de la constatación de que, a veces, el ser humano disfruta más de los fracasos de su rival que de los éxitos propios, recordemos aquello de “el perfume más agradable es el del cadáver de nuestro enemigo”. Probablemente, si se hubiera dado la situación inversa, numerosos barcelonistas habrían hecho más o menos lo mismo, aquí también tenemos nuestro grupo de aficionados que, si no gana el Barça, se consuelan con las derrotas del Real Madrid. No sé si esto debe pasar entre todas las aficiones de equipos con rivalidades deportivas similares, es posible.

Pero la cuestión que llamó mi atención fue el tono extremadamente agresivo, grosero, resentido, empapado de menosprecio y de prejuicios de aquellas palabras, no sólo contra el FC. Barcelona y su afición, sino contra todo lo que tuviese relación con Catalunya y los catalanes.  Esos comentarios no celebraban una victoria de su equipo, sino la derrota de su eterno rival, pero lo que en realidad les alegraba era que entendían que aquello era una derrota de los catalanes. Parecía como si, en realidad, se hubiese jugado la final de una confrontación entre España y los “putos catalanes de mierda”. Allí no tenía cabida el fútbol, el Inter no pintaba nada. Eran ellos, los españoles, quienes habían ganado no sé qué batalla contra Catalunya y los catalanes. Eso fue precisamente lo que me sorprendió, no porque me sintiera especialmente ofendida como seguidora del Barça o como catalana (este estadio creo que por aquí lo tenemos más que superado por repetitivo), sino porque entendí que no se trataba de provocaciones orquestadas por los cerebros extremistas y enfermizos de siempre, alimentados de tópicos seculares, como una epidemia recurrente que aparece cada cierto tiempo y que los catalanes confiamos en que no se extienda entre la población sana. Aquello era un estado de opinión que ya no tiene nada que ver con el fútbol y que, como la enfermedad de que hablaba, infecta cada vez sectores más amplios de la sociedad española.

No es nada nuevo, ya lo sé. La identificación “Barça-Catalunya-nacionalismo” es antigua, como antiguos eran algunos de los tópicos y prejuicios anticatalanes que estaba leyendo. Como antigua es la actitud flemática que adopté y que es la que impera mayoritariamente en Catalunya: pensar que los prejuicios son fruto del desconocimiento y de la falta de cultura. No sé si somos ingenuos o estoicos, pero es cierto que siempre hemos creído que la actitud anticatalana se alimenta de una mezcla de tópicos, de rumores malintencionados, y que sólo personas ignorantes y fanáticas pueden darles crédito sin sonrojarse. Ahora, después de pensarlo con detenimiento, pienso que sí, que pecamos de ingenuos. Porque estos tópicos no sólo son opiniones sin fundamento y que expresan de la manera más visible, chillona, exaltada y, evidentemente, grosera, el viejo sentimiento anticatalán, el de siempre, el de toda la vida, que no es un invento franquista, el que nos considera separatistas, insolidarios, egoístas, avaros, antipáticos, cerrados en nosotros mismos, interesados… Es el anticatalanismo que raya extremos a veces  casi patológicos, explotado sabiamente no sólo por la extrema derecha, que al fin y al cabo es lo que podríamos esperar, sino por todo el espectro político español, de extremo a extremo. En ese momento tomé conciencia que lo que se está extendiendo por la sociedad española es precisamente lo que, si les preguntásemos, jurarían rechazar con toda vehemencia: el nacionalismo, un nacionalismo español radical y muchísimo más excluyente que el resto de los nacionalismos periféricos (vasco y catalán, sobre todo).

No entiendo, si no, por qué en un partido de fútbol entre el Barça y el Real Madrid, los seguidores de este equipo agitan banderas españolas, por ejemplo. Quién excluye a quién? Ésta es la gran paradoja: critican el supuesto separatismo catalán, pero a la vez, perciben a los catalanes como diferentes, como no “españoles”. Y pienso, además, que la mayoría de nacionalistas españoles no tienen conciencia de serlo o bien se niegan a admitir que lo son.

Manipulación, propaganda y exaltación, éste es el peligroso combinado que se está sirviendo para alimentar el nuevo nacionalismo español, tanto desde la derecha como desde la izquierda. Y observo que el mensaje arraiga, desde las más altas instancias políticas y culturales hasta la gente de la calle. Hay que ser español y sentirse orgulloso. De aquí la gran inversión mediática que se está llevando a cabo para encontrar elementos cohesionadores de la sociedad española que constituyan un motivo de orgullo, que acaben con ese sentimiento de inferioridad que se arrastra desde hace siglos, como, por ejemplo, la selección de fútbol, “la Roja”, con todo el despliegue de publicidad, espacio ilimitado en las televisiones, concentraciones urbanas, eslógans (Podemos, Vamos a desafiar al mundo, Disfruta de la Roja), etc, todo ello animado por los últimos éxitos deportivos. Imagino que el objetivo último no se escapa a nadie medianamente perspicaz.

Otro elemento que tiene que cohesionar a todos los españoles es la lengua, el elemento cultural identificativo por excelencia de toda comunidad humana. Los nacionalistas españoles econocen en el “español” una superioridad y unos valores que la sitúan por encima del resto de lenguas que se hablan en el estado, que minusvaloran y no perciben como parte de un patrimonio cultural común.   

Y aún así, no hay una percepción general de la existencia de este nacionalismo español, lo cual es lógico, ya que el nacionalismo es la ideología que demonizan y rechazan de plano. Porque su nacionalismo no parte de una uniformidad étnica o de una identidad histórica, por eso no aceptarían ser etiquetados como nacionalistas. Al contrario, se presentan como defensores de la democracia y de la estricta legalidad constitucional que no excluye a nadie. Pero defendiendo la esencia de lo “español” hay implícita una exclusión de todo aquél que no pueda o no quiera ser considerado como tal.

Es un nacionalismo que dice valorar y proteger la “pluralidad cultural” española, pero que no se la cree, para ellos, la riqueza cultural española es más bien “folklórica”, porque “España es Una”, no nos equivoquemos. Defienden la superioridad del español y si no se atreven a afirmar que el catalán o el gallego son dialectos (con el vasco no se atreven, es evidente), es porque una aseveración de este calibre despide un tufo a franquismo rancio e ignorante que es lo que precisamente necesitan obviar.

Y yo, mientras tanto, no acabo de entender determinadas cuestiones:

–      Por qué desde España se respeta y se entienden los nacionalismos en los países bálticos, en la antigua Yugoslavia, en el Kurdistán o en las antiguas repúblicas soviéticas, pero se rechaza el nacionalismo vasco, catalán o gallego.

–      Por qué son capaces de comprender la diferencia entre nación y estado y el concepto de nación sin estado en los casos palestino o saharaui, pero se cierran en banda cuando la cuestión la tienen en casa.

–      Por qué quieren vender la idea de España como una nación, cuando España no tiene una unidad histórica, lingüística y cultural única, hasta los nacionalistas españoles más radicales son capaces de darse cuenta de ello, otra cosa es que quieran admitirlo.

–      Por qué no se les pasaría por la cabeza minusvalorar lenguas como el islandés (unos 300.000 hablantes, aproximadamente), el danés (6 millones de hablantes), el finlandés (5 millones de hablantes), el noruego (5 millones de hablantes), el lituano (4 millones de hablantes), el estonio (1 millón de hablantes), el letón (1 millón y medio de hablantes), el albanés (6 millones de hablantes)… Pero, en cambio, consideran que el catalán, con 7 millones de hablantes y 3 millones más que lo entienden aunque no lo hablen habitualmente, es una lengua pijama, una lengua para estar por casa, que se tendría que usar sólo en el ámbito familiar y coloquial.

–      Por qué los políticos de este país niegan ser nacionalistas aunque sus actitudes y su discurso lo desmienten? Tanto la derecha como la izquierda españolas remarcan el carácter no excluyente de la nación española, mientras que los nacionalismos parece que lo son por definición. Pero, de momento, quedan excluídos todos aquellos que se permiten cuestionar el concepto de unidad nacional. Y pienso que esto no es una opinión subjetiva porque, como he dicho anteriormente, basta con observar las banderas españolas en los partidos de fútbol, las manifestaciones anticatalanas con cualquier excusa (trasvases, etc), los comentarios insultantes, los boicots a los productos catalanes, los manifiestos a favor del uso del castellano en Cataluña, creando polémica y agravios, como si fuese precisamente esta lengua la que estuviese amenazada y necesitase ser objeto de protección. Esta actitud se mantiene contra un “enemigo”, un adversario, contra aquellos con quien se tienen agravios no resueltos, pero de ninguna manera contra los que se cree que forman parte del mismo grupo o de la misma nación.

Cuando en 1916 preguntaron a Rovira i Virgili, uno de los más importantes ideológos del catalanismo, qué pensaban los catalanes sobre los españoles, respondió: “Si usted me pregunta si los catalanes odian a España, le diré que no; si me pregunta si aman a España, le diré que tampoco”.  Esto no es ni bueno ni malo, es una postura muy catalana, teniendo en cuenta los pocos motivos que históricamente se han tenido en Catalunya para sentirse queridos y valorados por los españoles. Pero ahora, y a tenor de las circunstancias, tendríamos que hacer un ejercicio de sinceridad y preguntarnos: ¿Quién excluye a quién? ¿Quién odia a quién?.