Estoy hasta el gorro de manifiestos lingüísticos

La invasión, la colonización y la ocupación, así como otros casos de subordinación política, económica y social, implican a menudo la imposición directa de una lengua ajena o, al menos, la distorsión del valor de las lenguas y la aparición de actitudes lingüísticas jerarquizantes que afectan la lealtad lingüística de los hablantes.

Declaración Universal de Derechos Lingüísticos

Uno de los elementos primordiales del nacionalismo español político es su visión de la cultura y de la lengua castellanas como las predominantes en el territorio del estado y, por tanto, un menosprecio más o menos velado, dependiendo de la época o del color político de los gobernantes, del resto de de lenguas y culturas que son propias de “las otras” nacionalidades históricas en España. En Cataluña estamos acostumbrados a los manifiestos que, en nombre de una supuesta libertad, reclaman una mayor presencia del castellano en la sociedad, sobre todo en la enseñanza. Se presenta al castellano (o “español”) como una lengua con poca presencia social, a los castellanoparlantes prácticamente como víctimas perseguidas por los opresores catalanes, y la enseñanza de la lengua castellana de segunda categoría. Reclamando el derecho a expresarse en “español”, que es legítimo y constitucional, estos manifiestos esconden o maquillan una consideración del catalán como lengua no apta para todas las funciones sociales, así como un deseo de que exista una enseñanza lingüística monolingüe. Nos hablan de bilingüismo, pero no nos engañemos, el bilingüismo no favorece nunca a las lenguas minoritarias, por el contrario, las minoriza y arrincona. Los firmantes de estos manifiestos conocen a la perfección cómo funciona cualquier proceso de sustitución lingüística: cuando una lengua con un mayor número de hablantes, representante de una cultura mayoritaria y unida al poder político compite en un territorio con otra lengua minoritaria, aunque sea la propia de ese territorio, el resultado lógico es la sustitución lingüística, la desaparición de una lengua y, por tanto, de una cultura. Desde la introducción del latín en los territorios de la Península Ibérica y la desaparición de las lenguas pre-romanas (excepto el euskera), hasta casos mucho más cercanos, como la agonía del bretón o el occitano en Francia, o del gaélico en Irlanda, el resultado final es el mismo. Ni siquiera hace falta que la lengua del poder se imponga y la lengua minoritaria se persiga, sólo es cuestión de tener un poco de paciencia, de reclamar un bilingüismo supuestamente equitativo y constitucional, y al cabo de dos o tres generaciones, la sustitución lingüística se ha consumado.

A pesar de todos los agravios que esos manifiestos aducen contra la política lingüística en Cataluña, la realidad indiscutible es que el aprendizaje del castellano está asegurado en todos los niveles educativos y nadie acaba 4 º de ESO sin saber hablar y escribir correctamente esta lengua, a pesar de las historias y los rumores que circulan fuera de Cataluña. Curiosamente, no podemos decir lo mismo en relación al conocimiento y uso del catalán, y sólo hay que echar mano de las estadísticas para confirmar este extremo. Otro dato significativo: los resultados de Selectividad de Lengua castellana siempre son mejores que los de Lengua catalana.

Los derechos de todas las comunidades lingüísticas son iguales e independientes de la consideración política o jurídica de lenguas oficiales, regionales o minoritarias.

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El último de estos manifiestos reivindicativos es el Manifiesto por la lengua común. Los que lo firman, encabezados por Fernando Savater y Vargas Llosa, piden que entre todas las lenguas que se hablan en el estado, se constate que el castellano es la lengua española por antonomasia. El manifiesto comienza diciendo que el castellano es la lengua española superior (cuando se usan estos calificativos en este país, ya podemos echarnos a temblar) al resto de idiomas que se hablan en España, considerándolas de segunda categoría y menos útiles. El castellano-español aparece como la lengua de la alta cultura, de la comunicación, de la ciencia. Incluso insisten en que tiene una serie de valores que no tienen las otras tres lenguas (euskera, catalán y gallego). Nada, que ya lo decía Diderot: Parlez français au sage.

Este manifiesto esconde, intencionadamente, unos hechos que son irrefutables: las lenguas, por sí mismas, desde un punto de vista estrictamente lingüístico, no son más importantes unas que otras. Cuando una lengua gana en hablantes o va ocupando ámbitos sociales de uso, es por causas políticas y de poder económico, no hay valores que valgan. A lo largo de la historia, lenguas como el castellano o el francés han jugado el rol que hoy en día tiene el inglés, porque los estados en los que se hablaban dominaban el panorama político o eran una potencia económica. El porcentaje de personas en el mundo que hoy sabe hablar inglés es superior al de hace 25 o 30 años y lo es por razones de prestigio lingüístico. ¿O acaso el inglés tiene unos “valores intrínsecos diferentes y “superiores” al castellano, al alemán, al japonés o al portugués?

La mayoría de las lenguas amenazadas del mundo pertenecen a comunidades no soberanas y uno de los factores principales que impiden el desarrollo de estas lenguas y aceleran el proceso de sustitución lingüística son la falta de autogobierno y la política de los Estados que imponen su estructura político-administrativa y su lengua.

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La gran mayoría de castellanoparlantes del estado español que no viven en un territorio con una lengua propia diferente al castellano, perciben como anómala cualquier situación lingüística que no responda a la igualdad 1 estado = 1 sola lengua. Quieren hacernos creer que desconocen que existen casos como el de Bélgica, Suiza o Canadá, en donde esta cuestión se ha resuelto de manera diferente a la que se decidió en España a partir de 1978. Seguro que preferirían que, como ha sucedido en Francia, las lenguas minoritarias del territorio fuesen consideradas “curiosidades” folclóricas, incluso dialectos (“patois”, les llaman allí, con una carga despectiva evidente), sin ningún tipo de reconocimiento oficial. Esto precisamente es lo que se pretende desde el nacionalismo español centralista: partiendo de argumentos erróneos, como el prestigio o el número de hablantes, desprestigiar y minorizar al resto de lenguas del estado, porque para ellos resulta natural que el castellano sea el “español”, la lengua común y oficial de todo el territorio. No son capaces de ver que lo es por razones de expansión política y territorial, porque la historia es la que es, pero no porque el castellano, como lengua estrictamente hablando, sea mejor que cualquier otra. Está claro, sin embargo, que en el momento de redactar la Constitución, inmersos en una delicadísima transición política que se podía torcer en cualquier momento, se tuvieron que hacer concesiones (por las dos partes, evidentemente), y desde el centralismo castellanoparlante no se creyeron en ningún momento la realidad plurilingüística y pluricultural del estado, pero tuvieron que “tragar” con ello, dadas las circunstancias.

Podríamos hacer un ejercicio de historia-ficción: imaginemos que el Tercer Reich, aquél que había de durar 1.000 años, hubiera acabado dominando Europa e imponiendo definitivamente su lengua y pautas culturales en los países invadidos. Imaginemos también que por motivo de esta hipotética invasión militar y política, el estado español también hubiera sido colonizado lingüística y culturalmente por Alemania. Como resultado, el alemán se impondría como lengua, sería obligatorio en todos los ámbitos públicos y oficiales, se perseguiría al castellano, se le arrinconaría a la cocina y al dormitorio lingüísticos, la lengua de los vencedores se enseñaría en las escuelas como lengua única, se usaría como lengua exclusiva en los medios de comunicación y en la literatura. Saber alemán resultaría indispensable para promocionarse profesionalmente. Habría, además, un adoctrinamiento que insistiría en los “valores intrínsecos” de la lengua alemana despreciando la lengua propia del territorio conquistado. Aunque la sociedad se resistiera a abandonar el uso del castellano, al cabo de 200 o 300 años, la “germanización” sería efectiva. Me gustaría saber qué defenderían los Savater y Vargas Llosa de turno. ¿Que el alemán es la lengua superior de España y que el castellano es una lengua de segunda categoría? ¿Que aquellos que han conservado la lengua propia son separatistas, insolidarios, terroristas en potencia? ¿Que la única lengua apta para la cultura, la ciencia, la prensa, etc., es el alemán? ¿Hablarían del castellano como “lengua-pijama”, tal como lo hacen del euskera, del catalán o del gallego? Seamos sinceros: ninguna comunidad lingüística acepta una lengua que no es la propia de manera voluntaria, sino por imposición, por motivos políticos o porque es la lengua del poder económico.

Toda comunidad tiene derecho a codificar, estandarizar, preservar, desarrollar y promover su sistema lingüístico, sin interferencias inducidas o forzadas.

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Los nacionalistas españoles se estremecen cuando se les presentan argumentos históricos en contra de sus convicciones lingüísticas, parece que tienen fobia a conocer cuál ha sido la realidad histórica de este país (desgraciadamente, este mal lo sufren no sólo en relación a las lenguas). No quieren ni oír hablar del tema. Pero les guste o no, hay una realidad que no pueden ignorar (aunque sí falsear o manipular, por supuesto). A partir del siglo XVI, la creación de los estados europeos demandaba una unificación política, lingüística e incluso religiosa. El castellano es adoptado como la lengua de la monarquía hispana si bien no se puede hablar de una imposición de esta lengua en aquellos territorios que tenían una lengua propia distinta al menos durante los siglos XVI y XVII, con la dinastía Habsburgo. Pero tampoco les hará falta, porque la castellanización avanza lenta pero implacable por razones de prestigio y de deseo de asimilación a la monarquía. No será hasta el reinado de Felipe V, con el Decreto de Nueva Planta, cuando se prohíba el uso público y oficial de la lengua catalana, cuando cualquier manifestación de cultura no castellana se persiga duramente. Y a partir de aquí, excepto durante el brevísimo paréntesis de la Segunda República, ésta ha sido la realidad con la que han tenido que enfrentarse los territorios con una lengua y una cultura propias diferentes del castellano: persecución o, en el mejor de los casos, minorización y menosprecio. Y nos guste o no, ésa es la realidad histórica de la pretendida riqueza cultural y lingüística del Estado español. Y en Catalunya hacemos como que nos creemos que desde la mayoría castellanoparlante se la creen, aunque sabemos que lo que se esconde detrás de este concepto tan democrático es la voluntad de uniformizar cultural y lingüísticamente todo el territorio, empezando por querer imponer un equitativo, democrático y engañoso bilingüismo. O aduciendo argumentos como la “inversión en capital lingüístico”, es decir, mezclar la cultura con la economía. Por eso, porque es superfluo invertir en lenguas pijama, si queremos comprar un DVD de una película, no siempre lo tenemos disponible en catalán. Lo mismo ocurre con los estrenos de cine y con los juguetes interactivos o educativos. O si queremos leer en catalán el último best-seller, tenemos que pagar alrededor de 6 o 7 euros más que si compramos la edición castellana. Los nacionalistas españoles se enorgullecen del aumento de hablantes del castellano , claro, pero es que no se tiene otra opción, ya se encargan ellos. Cuando se hacen esfuerzos para normalizar las culturas y las lenguas propias de Cataluña, de Euzkadi, de Galicia, entonces aparecen periódicamente manifiestos que denuncian una supuesta persecución del castellano. En Cataluña eso nos parece tan surrealista que no sabemos si subirnos por las paredes o echarnos a reír. Encima de cornudos, apaleados, porque parece que hablamos catalán con ánimo de molestar a los castellanoparlantes y que por tener una cultura o una lengua diferentes, sería necesario que estuviéramos pidiéndoles disculpas cada día.  Pero los que vivimos en Cataluña, seamos o no catalanes de nacimiento e independientemente de cuál sea nuestra lengua propia, sin saberlo, hacemos nuestras las palabras de Popper cuando escribía Si se quiere que continúe el progreso de la razón y que sobreviva la racionalidad humana, nunca deberemos inmiscuirnos en la variedad de los individuos y de sus opiniones, finalidades o propósitos (excepto en los casos extremos en que la libertad política esté en peligro). Incluso los llamamientos (que tanto satisfacen desde el punto de vista emotivo) a una “tarea común”, aunque sea de lo más excelente, no son sino llamamientos al abandono de las diferentes opiniones éticas, al abandono a las críticas mutuas y de los debates que estas opiniones generan. Al final, son llamamientos que nos quieren hacer renunciar al pensamiento racional. Llamadnos pragmáticos…

La enseñanza debe de estar siempre al servicio de la diversidad lingüística y cultural, y de las relaciones armoniosas entre diferentes comunidades lingüísticas de todo el mundo.

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Los manifiestos lingüísticos no hacen mella en la inmensa mayoría de la sociedad catalana, sea cual sea la lengua materna de las personas. A lo sumo, nos producen cierto hastío, porque sabemos que la batalla contra la desinformación mediática está perdida. Da igual que expliquemos que en Cataluña nadie rechaza el uso del castellano, que la gente habla una u otra lengua sin más problemas, incluso durante el curso de una misma conversación con personas diferentes. Que no nos salen sarpullidos si alguien nos pregunta una dirección en castellano ni dejamos de servir a un cliente en una cafetería por la lengua en que nos hable. Que podemos leer y escribir en las dos lenguas y que ojalá todos pudiéramos leer y escribir en diez lenguas más. Que la inmensa mayoría de padres no se opone a que sus hijos sean escolarizados en catalán porque a lo largo de todos los años de educación, las horas de lengua catalana y de lengua castellana se igualan (3 horas de catalán y 3 horas de castellano en la ESO) y que el conocimiento de la lengua castellana está garantizado. Que los niños en las aulas, en el patio de las escuelas, en la calle, hablan la lengua que les apetece y nadie los persigue o alecciona. Y aquellos padres que firman manifiestos en contra de la presencia del catalán en las escuelas, son los que acaban prefiriendo matricular a sus hijos en el Liceo Francés, en el Colegio Suizo o en cualquiera de las escuelas privadas americanas, aunque sepan que la lengua mayoritaria que van a oír durante las clases sea el francés, el alemán o el inglés, no el castellano. Así que no engañan a nadie: su actitud no es favorable a la escolarización en castellano, sino contraria a la consideración del catalán como lengua normalizada en todos los ámbitos.

Siempre he pensado que conocer idiomas es abrir ventanas al mundo, a diferentes maneras de entender la realidad, ya que te pone al alcance culturas muy diversas. Despreciar una lengua es despreciar una cultura. Y como decía Ovidi Montllor, a quien le molesta que se hable, se escriba o se piense en catalán, en realidad, le molesta que se hable, se escriba y se piense. Y que nadie se engañe: el desarrollo de una lengua no se hace en función de los “valores intrínsecos” de que habla el Manifiesto de la lengua común, sino en función de mayorías y de imposición de criterios. No hay peor ciego que el que no quiere ver: la situación lingüística actual de España es consecuencia de azares políticos, como en todas partes, de leyes restrictivas, resultado de imposiciones y de persecuciones. Si después de todo esto, la cultura y la lengua catalanas no han desaparecido ante el empuje castellanizador, es de suponer que deben tener más valores “intrínsecos” de los que presuponen y desearían los que firman este manifiesto.

El universalismo debe basarse en una concepción de la diversidad lingüística y cultural que supere a la vez las tendencias homogeneizadoras y las tendencias al aislamiento exclusivista.

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Este nacionalismo lingüístico español encuentra eco no sólo entre la derecha, sino también entre la izquierda, en amplios sectores del PSOE y de Izquierda Unida. Parece que, independientemente de cuál sea la opción política, parece natural que el castellano tenga una preeminencia sobre el resto de lenguas, que sea vehicular en la enseñanza y que si es necesario modificar la Constitución (que por otras cuestiones parece intocable) y los estatutos de autonomía, se haga. En Cataluña, mientras tanto, acostumbrados a este tipo de manifiestos, se continúa afirmando que la cuestión lingüística no es percibida como un problema para la inmensa mayoría de la sociedad, sea catalanoparlante o castellanoparlante (estos se llevan la peor parte, porque son considerados como a “renegados” cada vez que intentan explicarlo). Pero como es sabido, el conflicto se atiza siempre desde fuera, por parte de quienes no han vivido nunca en Cataluña ni conocen su realidad lingüística. Y se nos siguen poniendo los ojos como platos cuando escuchamos afirmaciones del tipo: “Si entras en un bar o en una cafetería, si no sabes catalán, no te atienden”, “La gente no te contesta si les preguntas una dirección en castellano “o” No te entienden si llamas a un organismo oficial y hablas en castellano, te cuelgan el teléfono “. Hacer este tipo de afirmaciones, además de demostrar una perversidad de intenciones clarísima, demuestra que no se conoce la realidad social en Cataluña, el porcentaje de población castellanoparlante o bilingüe ni tampoco, el carácter abierto y cosmopolita de la inmensa mayoría de la sociedad catalana, sea cual sea su lengua materna. Pero esto, desgraciadamente, no lograremos hacérselo entender… Así que mejor que nos lo tomemos a risa.

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Del Barça al nacionalismo español

La semana pasada, navegando por la red para buscar qué se había escrito acerca del partido Barça-Inter, acabé leyendo, sin quererlo ni buscarlo, una serie de comentarios, escritos por seguidores o aficionados del Real Madrid que todavía estaban en fase de éxtasis, cómo no, al saber que el Barça no jugaría la final de la Champions en el Bernabeu. Se les notaba aliviados porque los seguidores barcelonistas no profanarían el templo del fútbol madridista ni las calles de su ciudad. Incluso, en el día siguiente al partido, vi por televisión como grupos de seguidores del Real Madrid lo celebraban en Cibeles. Ya se sabe cómo son las rivalidades futbolísticas y no me sorprendieron determinados comentarios, más allá de la constatación de que, a veces, el ser humano disfruta más de los fracasos de su rival que de los éxitos propios, recordemos aquello de “el perfume más agradable es el del cadáver de nuestro enemigo”. Probablemente, si se hubiera dado la situación inversa, numerosos barcelonistas habrían hecho más o menos lo mismo, aquí también tenemos nuestro grupo de aficionados que, si no gana el Barça, se consuelan con las derrotas del Real Madrid. No sé si esto debe pasar entre todas las aficiones de equipos con rivalidades deportivas similares, es posible.

Pero la cuestión que llamó mi atención fue el tono extremadamente agresivo, grosero, resentido, empapado de menosprecio y de prejuicios de aquellas palabras, no sólo contra el FC. Barcelona y su afición, sino contra todo lo que tuviese relación con Catalunya y los catalanes.  Esos comentarios no celebraban una victoria de su equipo, sino la derrota de su eterno rival, pero lo que en realidad les alegraba era que entendían que aquello era una derrota de los catalanes. Parecía como si, en realidad, se hubiese jugado la final de una confrontación entre España y los “putos catalanes de mierda”. Allí no tenía cabida el fútbol, el Inter no pintaba nada. Eran ellos, los españoles, quienes habían ganado no sé qué batalla contra Catalunya y los catalanes. Eso fue precisamente lo que me sorprendió, no porque me sintiera especialmente ofendida como seguidora del Barça o como catalana (este estadio creo que por aquí lo tenemos más que superado por repetitivo), sino porque entendí que no se trataba de provocaciones orquestadas por los cerebros extremistas y enfermizos de siempre, alimentados de tópicos seculares, como una epidemia recurrente que aparece cada cierto tiempo y que los catalanes confiamos en que no se extienda entre la población sana. Aquello era un estado de opinión que ya no tiene nada que ver con el fútbol y que, como la enfermedad de que hablaba, infecta cada vez sectores más amplios de la sociedad española.

No es nada nuevo, ya lo sé. La identificación “Barça-Catalunya-nacionalismo” es antigua, como antiguos eran algunos de los tópicos y prejuicios anticatalanes que estaba leyendo. Como antigua es la actitud flemática que adopté y que es la que impera mayoritariamente en Catalunya: pensar que los prejuicios son fruto del desconocimiento y de la falta de cultura. No sé si somos ingenuos o estoicos, pero es cierto que siempre hemos creído que la actitud anticatalana se alimenta de una mezcla de tópicos, de rumores malintencionados, y que sólo personas ignorantes y fanáticas pueden darles crédito sin sonrojarse. Ahora, después de pensarlo con detenimiento, pienso que sí, que pecamos de ingenuos. Porque estos tópicos no sólo son opiniones sin fundamento y que expresan de la manera más visible, chillona, exaltada y, evidentemente, grosera, el viejo sentimiento anticatalán, el de siempre, el de toda la vida, que no es un invento franquista, el que nos considera separatistas, insolidarios, egoístas, avaros, antipáticos, cerrados en nosotros mismos, interesados… Es el anticatalanismo que raya extremos a veces  casi patológicos, explotado sabiamente no sólo por la extrema derecha, que al fin y al cabo es lo que podríamos esperar, sino por todo el espectro político español, de extremo a extremo. En ese momento tomé conciencia que lo que se está extendiendo por la sociedad española es precisamente lo que, si les preguntásemos, jurarían rechazar con toda vehemencia: el nacionalismo, un nacionalismo español radical y muchísimo más excluyente que el resto de los nacionalismos periféricos (vasco y catalán, sobre todo).

No entiendo, si no, por qué en un partido de fútbol entre el Barça y el Real Madrid, los seguidores de este equipo agitan banderas españolas, por ejemplo. Quién excluye a quién? Ésta es la gran paradoja: critican el supuesto separatismo catalán, pero a la vez, perciben a los catalanes como diferentes, como no “españoles”. Y pienso, además, que la mayoría de nacionalistas españoles no tienen conciencia de serlo o bien se niegan a admitir que lo son.

Manipulación, propaganda y exaltación, éste es el peligroso combinado que se está sirviendo para alimentar el nuevo nacionalismo español, tanto desde la derecha como desde la izquierda. Y observo que el mensaje arraiga, desde las más altas instancias políticas y culturales hasta la gente de la calle. Hay que ser español y sentirse orgulloso. De aquí la gran inversión mediática que se está llevando a cabo para encontrar elementos cohesionadores de la sociedad española que constituyan un motivo de orgullo, que acaben con ese sentimiento de inferioridad que se arrastra desde hace siglos, como, por ejemplo, la selección de fútbol, “la Roja”, con todo el despliegue de publicidad, espacio ilimitado en las televisiones, concentraciones urbanas, eslógans (Podemos, Vamos a desafiar al mundo, Disfruta de la Roja), etc, todo ello animado por los últimos éxitos deportivos. Imagino que el objetivo último no se escapa a nadie medianamente perspicaz.

Otro elemento que tiene que cohesionar a todos los españoles es la lengua, el elemento cultural identificativo por excelencia de toda comunidad humana. Los nacionalistas españoles econocen en el “español” una superioridad y unos valores que la sitúan por encima del resto de lenguas que se hablan en el estado, que minusvaloran y no perciben como parte de un patrimonio cultural común.   

Y aún así, no hay una percepción general de la existencia de este nacionalismo español, lo cual es lógico, ya que el nacionalismo es la ideología que demonizan y rechazan de plano. Porque su nacionalismo no parte de una uniformidad étnica o de una identidad histórica, por eso no aceptarían ser etiquetados como nacionalistas. Al contrario, se presentan como defensores de la democracia y de la estricta legalidad constitucional que no excluye a nadie. Pero defendiendo la esencia de lo “español” hay implícita una exclusión de todo aquél que no pueda o no quiera ser considerado como tal.

Es un nacionalismo que dice valorar y proteger la “pluralidad cultural” española, pero que no se la cree, para ellos, la riqueza cultural española es más bien “folklórica”, porque “España es Una”, no nos equivoquemos. Defienden la superioridad del español y si no se atreven a afirmar que el catalán o el gallego son dialectos (con el vasco no se atreven, es evidente), es porque una aseveración de este calibre despide un tufo a franquismo rancio e ignorante que es lo que precisamente necesitan obviar.

Y yo, mientras tanto, no acabo de entender determinadas cuestiones:

–      Por qué desde España se respeta y se entienden los nacionalismos en los países bálticos, en la antigua Yugoslavia, en el Kurdistán o en las antiguas repúblicas soviéticas, pero se rechaza el nacionalismo vasco, catalán o gallego.

–      Por qué son capaces de comprender la diferencia entre nación y estado y el concepto de nación sin estado en los casos palestino o saharaui, pero se cierran en banda cuando la cuestión la tienen en casa.

–      Por qué quieren vender la idea de España como una nación, cuando España no tiene una unidad histórica, lingüística y cultural única, hasta los nacionalistas españoles más radicales son capaces de darse cuenta de ello, otra cosa es que quieran admitirlo.

–      Por qué no se les pasaría por la cabeza minusvalorar lenguas como el islandés (unos 300.000 hablantes, aproximadamente), el danés (6 millones de hablantes), el finlandés (5 millones de hablantes), el noruego (5 millones de hablantes), el lituano (4 millones de hablantes), el estonio (1 millón de hablantes), el letón (1 millón y medio de hablantes), el albanés (6 millones de hablantes)… Pero, en cambio, consideran que el catalán, con 7 millones de hablantes y 3 millones más que lo entienden aunque no lo hablen habitualmente, es una lengua pijama, una lengua para estar por casa, que se tendría que usar sólo en el ámbito familiar y coloquial.

–      Por qué los políticos de este país niegan ser nacionalistas aunque sus actitudes y su discurso lo desmienten? Tanto la derecha como la izquierda españolas remarcan el carácter no excluyente de la nación española, mientras que los nacionalismos parece que lo son por definición. Pero, de momento, quedan excluídos todos aquellos que se permiten cuestionar el concepto de unidad nacional. Y pienso que esto no es una opinión subjetiva porque, como he dicho anteriormente, basta con observar las banderas españolas en los partidos de fútbol, las manifestaciones anticatalanas con cualquier excusa (trasvases, etc), los comentarios insultantes, los boicots a los productos catalanes, los manifiestos a favor del uso del castellano en Cataluña, creando polémica y agravios, como si fuese precisamente esta lengua la que estuviese amenazada y necesitase ser objeto de protección. Esta actitud se mantiene contra un “enemigo”, un adversario, contra aquellos con quien se tienen agravios no resueltos, pero de ninguna manera contra los que se cree que forman parte del mismo grupo o de la misma nación.

Cuando en 1916 preguntaron a Rovira i Virgili, uno de los más importantes ideológos del catalanismo, qué pensaban los catalanes sobre los españoles, respondió: “Si usted me pregunta si los catalanes odian a España, le diré que no; si me pregunta si aman a España, le diré que tampoco”.  Esto no es ni bueno ni malo, es una postura muy catalana, teniendo en cuenta los pocos motivos que históricamente se han tenido en Catalunya para sentirse queridos y valorados por los españoles. Pero ahora, y a tenor de las circunstancias, tendríamos que hacer un ejercicio de sinceridad y preguntarnos: ¿Quién excluye a quién? ¿Quién odia a quién?.

Los nuevos vampiros (II): la saga Crepúsculo

En su saga formada por cuatro novelas ( Crepúsculo, Luna nueva, Eclipse, Amanecer), Stephanie Meyer crea dos tipos de vampiros bien diferenciados respecto a los que integran la “familia” Cullen, entre los cuales destaca Edward, el protagonista. Se llaman a ellos mismos “vegetarianos”, porque han jurado no beber sangre humana (recordemos que Anne Rice hace que Louis, uno de los vampiros protagonistas de Entrevista con el vampiro, sobreviva durante algún tiempo alimentándose con sangre de animales). Los Cullen, de cuando en cuando, salen de cacería y beben sangre de ciervos y otros animales. Sus ojos cambian de color según si están sedientos o saciados de sangre. Cuando necesitan alimentarse, sus ojos adquieren el típico e inquietante tono rojizo de los vampiros que conocemos a través del cine. Si se han alimentado, los ojos de esas criaturas son de color dorado.

Los protagonistas de esas novelas viven en un pueblo, Forks, que se caracteriza por tener un clima húmedo y poquísimas horas de sol a lo largo del año. Contrariamente a los vampiros “tradicionales”, viven de día, aunque no pueden exponerse directamente a la luz del sol.. Si esto sucediese, no esperemos que se deshagan y queden convertidos en cenizas y que estallen y se descompongan en un montón de líquidos gelatinosos. Los vampiros de Meyer adoptan un aspecto radiante, como si estuviesen cubiertos de miles de cristales, lo cual tampoco no pasaría desapercibido para sus vecinos humanos. Es más, como el mismo protagonista se encarga de explicar, la especie vampírica no duerme i se ríe de los tópicos sobre su descanso en ataúdes dentro de criptas húmedas y polvorientas. Los habitantes de Forks, a pesar de la aparente normalidad de los Cullen, intuyen que son diferentes, aunque nunca adivinarían lo diferentes que pueden llegar a ser.

Los vampiros de Stephanie Meyer no sienten repugnancia por los símbolos sagrados. Así que cuando entramos en su mundo literario, tenemos que olvidarnos de las cruces, el agua bendita y las invocaciones exorcísticas. También de otros remedios caseros contra los vampiros, como el ajo. De esto podemos deducir que estos nuevos vampiros son prácticamente indestructibles, llegado el caso, a no ser que nos acercásemos a ellos blandiendo una estaca.

Los Cullen necesitan un gran autocontrol para no lanzarse a la yugular de sus vecinos y cuantos más años lleven siendo vampiros, más domada tienen su naturaleza. El padre incluso ejerce de médico en un hospital, por tanto, su contacto con la sangre es casi diario.

El segundo grupo de vampiros creados por Meyer son los que reciben el nombre de “rastreadores” y son los que más se parecen a la concepción del vampiro clásico. Vagan por el  mundo en parejas o, como máximo, en grupos de tres. Su única obsesión es rastrear posibles víctimas.

En este mundo vampírico imperan unas reglas de comportamiento, la más importante de las cuales es no dar a conocer su condición a los humanos, regla que se rompe, naturalmente, cuando el inmortal Edward Cullen y la tímida y algo torpe Bella Swann se conocen y se enamoran. Así pues, Stephanie Meyer avanza en un paso más en la caracterización “humanizada” de sus vampiros. Que Edward Cullen mantenga una relación amorosa con una chica mortal evidencia que los Cullen no tienen nada que ver con los vampiros tradicionales de la literatura. Edward, que fue convertido en vampiro cuando tenía 17 años, experimenta las mismas sensaciones y sentimientos que cualquier adolescente enamorado, aunque él, con sus 101 años, sabe lo peligrosa que puede ser esa relación. Mientras que en Entrevista con el vampiro, la pequeña Claudia se malenta porque nunca podrá crecer, en la saga Crepúsculo es Bella, la novia de Edward, quien llega a desear ser convertida en vampira porque mientras ella irá cumpliendo años de manera inexorable, Edward será siempre un adolescente de 17 años.

Mezclar la figura del vampiro con las emociones humanas parece que es rentable. Lo demuestran los millones de libros leídos, tanto de las novelas de Anne Rice como de Stephanie Meyer. El público actual prefiera un vampiro que arrastre su dolor y su condena durante toda la eternidad, que un monstruo completo y sin paliativos como Drácula, exento de sentimientos, con un único objetivo: matar. Ésta es la figura  que creó Bram Stoker a finales del siglo XIX y no sólo queda lejos de las criaturas ideadas por Rice y Meyer, sino también de la imagen del famoso conde que Francis Ford Coppola nos ofrecía en su famosa película Bram Stoker’s Dracula, un éxito tanto de público como de crítica.  En ella, no sólo hay un intento de explicación del origen de la transformación del guerrero cristiano en el monstruo diabólico (Drácula reniega de Dios porque se siente traicionado por Él cuando su esposa se suicida), sino que hace que, bajo la maldad sin paliativos, nazca el sentimiento de amor por Mina, personificación de la esposa muerta. Probablemente, esto resulta más conmovedor y más humano que lo que nos narra Stoker (¿quién no se ha emocionado ante la escena de amor en que Drácula-Gary Oldman le confiesa a Mina-Wynona Ryder que ha cruzado “océanos de tiempo” por ella?). En la novela de Stoker, Drácula utiliza a Mina simplemente como señuelo, como un cebo para cazar a los hombres que la quieren y la protegen.

Tener preferencia por cualquiera de las novelas que se han comentado más arriba es, en definitiva, cuestión de gustos, de intereses, incluso del humor que se tenga a la hora de escoger entre unas y otras. Lo que es indudable es que la novela de Stoker representa, desde el punto de vista literario y narrativo, una entidad compleja y nueva en el mmento de su publicación. Su estructura narrativa, como novela coral en la cual se mezclan y se cruzan personajes e historias, supuso una innovación en la novelística de finales del siglo XIX. Ensayar con una verdadera polifonía textual (diarios, notas taquigráficas, supuestos extractos de noticias periodísticas) puede resultar pesado para algunos lectores, pero no se le puede negar a Stoker su mérito y atrevimiento.

Para gustos, colores, que dicen algunos. Pero sin querer que ésta sea una opinión taxativa, diría que Drácula de Stoker es un clásico del género de terror. Las novelas de Rice y de Meyer son otra cosa. A Anne Meyer se le tiene que reconocer el mérito de haber sabido “humanizar” la figura del vampiro sin que éste perdiera lo que le es característico. Stephanie Meyer, en cambio, queriendo ir más allá, pierde de vista, a medida que avanza la saga, cuál es la condición sobrenatural de sus protagonistas, es decir, el vampiro cada vez cede más terreno al adolescente enamorado. Esto no es ningún crimen, por supuesto, pero ya no estaríamos hablando de novelas de vampiros.

Los nuevos vampiros (I): de Stoker a Stephanie Meyer

Después de leer los libros que forman la exitosa saga Crepúsculo (y supongo que todos estamos de acuerdo que éxito no s sinónimo de calidad, pero tampoco son incompatibles), parece indudable que su autora, Stephanie Meyer, cuando decidió dar vida a los personajes vampíricos de sus obras, conocía a la perfección las características más destacables que Anne Rice, hace más de tres décadas, imaginó para sus personajes de su Entrevista con el vampiro. Estas características los alejaban de la imagen arquetípica que hasta entonces éxistía de esos no-muertos en la literutura o el cine.

Hasta ese momento, el modelo del vampiro literario era Drácula, el personaje de la novela homónima de Bram Stoker publicada en 1897. Aunque se cree que Stoker recurrió a las leyendas de origen eslavo sobre el personaje de Vlad Tepeš, lo cierto es que sus referentes remiten a la tradición escrita. El primer autor que se aproxima al mito del vampiro, como ser inmortal, nocturno, el no-muerto sediento de sangre humana, condenado a la vida eterna, fue Goethe con La novia de Corinto. Por tanto, el mito de raíz popular y, por tanto, oral, queda enmarcado dentro de la literatura del Romanticismo, movimiento caracterizado por el deseo de recuperación de los mitos y leyendas de tradición popular. No hay duda de que Stoker tenía que conocer obras como El vampiro de John Polidori, pero parece aceptado que la influencia más inmediata sobre la novela Drácula proviene de Carmilla, de Sheridan Le Fanu, publicada en 1872. Las novelas que, en mayor o menor medida sirven de modelo a Stoker tienen en común mostrarnos a un vampiro con unas características muy definitorias y que han pasado a formar parte de nuestro imaginario literario y, más tarde, cinematográfico.

  • El vampiro, como encarnación del mal, asimilado al diablo y enemigo de Cristo. De aquí su repugnancia por todo lo que es sagrado y que tiene la virtud de poder luchar contra su poder infernal (crucifijos, agua bendita, etc)
  • El vampiro es un ser nocturno y sólo durante la noche tiene el poder de atacar a los humanos. Durante el día, el vampiro duerme.
  • El vampiro necesita descansar en un ataúd sobre tierra de su país natal. En cualquier otro lugar, el descanso le está prohibido.
  • Su único afán es conseguir nuevas víctimas para saciar su sed de sangre, en primer lugar, y también para aumentar las legiones de criaturas infernales a través de las cuales domina el mundo.
  • No hay nada de humano en este ser. Su condición de inmortal no le pesa, y su etapa de antiguo humano no es ni una carga ni un lastre del pasado.
  • El vampiro odia al género humano, ya que los hombres son sus enemigos naturales.

El cambio básico que fue capaz de operar Anne Rice con los protagonistas de su novela, Louis y Lestat, tiene que ver con la esencia de lo que, tradicionalmente, ha sido y ha representado un vampiro. Aunque Louis acaba resignándose a ser lo que es, nunca disfruta con ello, como sí sucede en el caso de Lestat. Mientras que éste último se siente poderoso y privilegiado, la inmortalidad es un premio y no un castigo, Louis siente repulsión por el ser en que se ha convertido. No olvida que fue un hombre, que amaba a una mujer y que ésta murió, que era joven y tenía grandes esperanzas puestas en el futuro. Louis no puede soportar ser una criatura que, para sobrevivir, tiene que sembrar el terror y la muerte entre los humanos. Incluso, durante un tiempo, intenta alimentarse únicamente de la sangre de los animales (no podemos perder de vista este detalle, ya que será recuperado por Stephanie Meyer en sus novelas). Lestat le echa en cara su debilidad, es decir, que sea demasiado humano, se ríe de él porque no sabe aprovechar las ventajas, la fuerza y el poder que le proporciona su inmortalidad. Para Lestat, ser inmortal es sinónimo de poder, para Louis, de tormento eterno.

Anne Rice, además, introduce otra novedad: con el personaje de Claudia, una vampira que era una niña cuando fue convertida y que, mientras su mente madurará y será la de una adulta que, además vivirá eternamente, su cuerpo siempre será el de una niña. Claudia, como Louis, se odiará cuando llegue a ser consciente que está atrapada para toda la eternidad en un cuerpo infantil. Y como Louis, odiará a aquél que los creó, es decir, Lestat. El tema del paso del tiempo, obviamente diferente para los humanos que para los vampiros, es otro de los elementos que Meyer desarrolla en la segunda novela de la saga, Luna nueva. Así, pues, las diferencias entre los vampiros clásicos y los personajes de Entrevista con el vampiro de Anne Rice son evidentes, porque estos últimos son capaces de experimentar sentimientos absolutamente humanos, de recordar su pasado y torturarse al hacerlo, de sentir compasión por sus víctimas y repulsión por lo que son.

Sangre fresca

 

Después del exitoso resurgimiento del mito del vampiro que ha experimentado la literatura en los últimos años, sobre todo en el ámbito de la literatura juvenil, la televisión no podía mantenerse al margen de este fenómeno. Si millones de jóvenes y no tan jóvenes se habían “enganchado” a las peripecias de los vampiros de Stephanie Meyer en la saga Crepúsculo, era de esperar que una serie televisiva que contara con el mismo ingrediente básico (vampiros que viven entre los humanos y se relacionan con ellos) tuviera el mismo tirón de público. Esto debió pensar Alan Ball, guionista de la exitosa Six feet under (A dos metros bajo tierra) y que se llevó el Óscar al mejor guión por American Beauty, cuando cayó en sus manos la novela Dead until Dark, de Charlaine Harris, primera entrega de la saga The Southern Vampire Mysteries. Ball, que ya había trabajado con la cadena por cable HBO con su Six feet under, firmó un nuevo contrato para crear una serie televisiva con la que esperaba repetir el éxito de la anterior.

El personaje del vampiro, que ya había sufrido una primera reelaboración por parte de Anne Rice en Entrevista con el vampiro, gracias a las novelas de Stephanie Meyer había llegado a un punto tal de humanización que evitaba consumir sangre humana y era capaz de enamorarse. No todos los vampiros habían pasado por esa transformación, por supuesto, pero sí algunos, los buenos vampiros “vegetarianos”, espectacularmente atractivos como sólo puede serlo un vampiro, y románticos hasta el sacrificio. Si Stoker levantara la cabeza… Pero no olvidemos que las novelas de la saga Crepúsculo fueron pensadas en un principio para un público adolescente. Charlaine Harris, sin embargo, partía de la misma idea, pero dirigida a lectores adultos. Sus vampiros habían salido de la cripta y se hacían presentes entre los humanos gracias al descubrimiento de un nuevo producto, la sangre artificial, comercializada con el nombre de “True Blood” (Sangre fresca), que podían consumir sin verse obligados a buscar cada noche nuevas víctimas con que alimentarse. Este hecho conllevará disensiones entre las comunidades de vampiros de todo el mundo, existen los partidarios de integrarse en la sociedad humana y, por tanto, reivindicar sus derechos como ciudadanos, y los que se niegan a renegar de su condición y sólo aparentemente conviven en armonía con los mortales, a los que no dudan en seducir (y parece ser que a muchos les encanta ser seducidos por un vampiro) y clavarles los incisivos en la yugulara la primera ocasión. Entre los humanos también hay división de opiniones: algunos, pocos en realdad, aceptan públicamente a los vampiros y piensan que, consumiendo “True Blood”, pueden llevar una vida relativamente normal;  otros sienten aversión por estas criaturas y las evitan, marginan o, en el peor de los casos, se organizan para destruirlas.

Hasta aquí, no parece que la historia ofrezca demasiadas novedades con respecto a los relatos de vampiros publicados en los últimos tiempos. Pero sí las hay y creo que, definitivamente, es por eso que True Blood resulta atrayente. En primer lugar, la acción de las novelas de Charlaine Harris y de su adaptación televisiva está ambientada en el sur de los EEUU, en un pequeño pueblo imaginario llamado Bon Temps, Louisiana, una comunidad conservadora que todavía arrastra problemas de convivencia social e intercultural y en la que siguen latiendo los valores del antiguo “deep South”. En este contexto, los vampiros que intentan llevar una existencia más o menos normal, dentro de sus posibilidades, serán tratados como los nuevos “negros”,  se los sitúa por debajo de ellos en el escalafón social (y esto, en el sur racista y clasista es mucho decir), y no nos pasa por alto que detrás del enfrentamiento entre vampiros y humanos subyace el antiguo drama de la aceptación o del rechazo del que es diferente porque no pertenece a la raza o a la cultura dominantes, da igual que hablemos de negros o de vampiros.

La cabecera de la serie, que es una verdadera joya, muestra a todo el que tenga ojos para verlo, el trasfondo que vamos a encontrar: racismo y rechazo a las minorías, las curiosas o controvertidas (según se mire) costumbres religiosas sureñas, entre las cuales no puede faltar el vudú traído por los antiguos esclavos, referencias continuas a la sangre, un modo de vida todavía ligado a la naturaleza, y sexo, mucho más sexo y más explícito del que estamos acostumbrados a ver en las series americanas. Éste es, con toda probabilidad, uno de los ingredientes que han asegurado el éxito de True Blood, sexo entre humanos y vampiros sin los problemas físicos y morales planteados por Stephanie Meyer en sus novelas, sexo entre vampiros, sexo entre humanos, en todas sus variantes. Y esto, enmarcado en una comunidad hipócrita en sus costumbres y con un evidente peso de la religión, no deja de tener su morbo.

La protagonista de True Blood es Soockie Stackhouse (Anna Paquin), una joven camarera con dotes telepáticos, que conocerá a Bill Compton (Stephen Moyer), uno de los vampiros “socializados” y consumidores de sangre artificial. Como era de esperar, acabarán enamorándose y enfrentándose a todos aquellos que desaprueban las relaciones entre humanos y vampiros, o lo que es lo mismo, entre dos “razas” diferentes. (¿a qué me suena?). El hermano de Soockie, Jason, es uno de los más reacios a aceptar que esos seres inmortales entren en su bar favorito y se sienten en la mesa de al lado, y mucho menos, que uno de ellos se acueste con su hermana. (¿os suena también?). De hecho, la primera temporada en torno a un asesino en serie que se dedica a matar a las mujeres demasiado aficionadas a las proezas amatorias de los vampiros.

Junto con Soockie, los principales personajes humanos son Tara, la amiga negra de la protagonista, de extracción social muy humilde, hija de una alcohólica, incapaz de conservar un empleo y que fracasa en todas sus relaciones amorosas porque se empeña en enamorarse del hombre equivocado…, en fin, todo aquello lo que se espera que sea una chica negra en el sur; Sam, el dueño de Merlotte’s, el bar donde trabaja Soockie, un personaje que poco a poco demostrará que no es lo que parece ser, algo reacio a aceptar la posibilidad de “integración” de los vampiros y que siente animadversión por Bill, no porque sea un vampiro sino por celos puros y duros;  Lafayette, el primo gay de Tara, cocinero en el Merlotte’s y en sus ratos libres traficante de V, que no es otra cosa que sangre de vampiro, una potente droga ilegal  que se consigue cuando algunos humanos desaprensivos se dedican a drenar a los inmortales despistados; y Jason, el hermano de Soockie, un caradura simpático, mujeriego, enganchado al V, que se ve envuelto como sospechoso por los asesinatos de dos mujeres, y que en la segunda temporada de la serie se convierte en adepto de una iglesia sectaria antivampírica, al más puro estilo americano, con su predicador televisivo y corrupto incluído.

El grupo de vampiros protagonistas está encabezado por Bill Compton, un soldado confederado de la Guerra de Secesión, que, 160 años atrás, al regresar a su casa tras la derrota del Sur, fue convertido por una aparentemente desvalida viuda de guerra. Es de agradecer que este vampiro enamorado de una humana no sea un personaje tan almibarado y arrebatadoramente romántico como el protagonista de la saga Crepúsculo, tiene sus arranques y saca los colmillos cuando es necesario, ya sea contra los humanos o contra sus propios congéneres. El antagonista de Bill Compton es Eric Northman, un vampiro de 1000 años, extraordinariamente poderoso, excéptico en lo que a la integración se refiere y que no tiene la “True Blood” como base principal de su dieta (¿quién, pudiendo comer de cuando en cuando sus manjares preferidos, se conformaría con vivir sólo a base de barritas dietéticas?). Dentro del mundo jerarquizado de los vampiros, Eric, que en su vida humana fue un guerrero germánico, es “sheriff” de la zona, controla a todos aquellos que caen bajo su jurisdicción y sólo rinde cuentas a su creador, el vampiro Godric, al que le une una profunda lealtad. Además, es copropietario del bar de vampiros “Fangtasia”, al que acuden también los humanos que desean experimentar emociones “extremas”. Este vampiro arrogante, frío e implacable, con un atractivo irresistible, establece un extraño vínculo con Soockie Stackhouse que en la segunda temporada irá derivando hacia un romance, pero que me da en la nariz que en la tercera no acabará de cuajar, porque Eric es un vampiro de pies a cabeza, por supuesto, y Soockie, en absoluto inmune a los encantos del chico malo pero con sentimientos ((aunque sean sentimientos de vampiro), no será capaz de romper su lealtad hacia Bill.

A lo sumo, al menos en la segunda temporada, lo hace protagonista de sus sueños eróticos. Me consta que muchos de los seguidores de la serie lamentan profundamente que Soockie no vaya más allá del deseo onírico con Eric, porque la química entre estos dos personajes es indudable y uno de los ingredientes que han mantenido la atención de los telespectadores de la segunda temporada en España ha sido esperar cómo se resolvía esa tensión sexual entre Eric Northman y Soockie Stackhouse.

Mientras que la primera entrega de la serie se caracteriza por primar la trama de misterio y detectivesca, la segunda temporada es mucho más “sobrenatural” y más extrema en todos los aspectos apuntados en la primera. Se conocen los orígenes de los protagonistas vampiros, quién es quién y por qué.  Los papeles principales no se limitan a Bill y Soockie, sino que cobran muchísima más importancia los personajes de Tara, Lafayette, Sam y Eric. Además, aparece en Bon Temps un extraño personaje femenino, un lobo con piel de cordero, una ménade disfrazada de trabajadora social dispuesta a ayudar a la inadaptada Tara, que acabará convirtiendo el pueblo en una especie de bacanal continua bajo los efectos de un sortilegio contra el cual no podrán actuar ni los poderosos vampiros.

¿Estamos ante una serie de éxito premeditado, pensado y que aprovecha el tirón vampírico del momento? Sin duda, pero es evidente que no se trata de Buffy, la cazavampiros, detrás de eso hay mucho más. Tiene que haberlo, si tenemos en cuenta el palmarés de premios y nominaciones que han conseguido sus guionistas y actores. Aún sin considerar ese punto, que tampoco es definitivo, buena parte de su éxito, insisto, radicoa en determinados mensajes, muy subliminales a veces, incluso sólo a nivel visual, de esta serie, como el debate en torno a la legalización del matrimonio entre vampiros y humanos. (me sigue sonando) o las apariciones televisivas de la representante del partido en pro de los derechos de los vampiros, un guiño clarísimo a los argumentos esgrimidos en los años 60 a favor de los derechos civiles de la población negra.

Para acabar, el vídeo de los créditos de inicio de la serie, espléndido, tanto visualmente como por su tema Bad things, interpretado por Jace Everett.

 

La banalidad del mal: Las benévolas de Jonathan Littell

Cuando en 2007 aparece en España la novela Las BenévolasLes Bienveillantes en la versión original francesa, publicada en 2006), del estadounidense Jonathan Littell, llega a nuestro país precedida por el prestigio adquirido gracias a la concesión del Premio Goncourt y del Grand Prix de l’Académie Française. Escritores como Mario Vargas Llosa o Jorge Semprún remarcaron en su momento el acontecimiento literario que suponía su publicación, la cual, de alguna manera, pretendía ofrecer al público un punto de vista original y novedoso entre las muchísimas novelas que han abordado el tema del Holocausto.

Maximilian Aue, el protagonista, un antiguo oficial de las SS, pasados treinta años desde el final de la Segunda Guerra Mundial, seguro por el anonimato que le proporciona haber eludido los juicios, las condenas y la desnazificación de Alemania, es un hombre casado, con hijos, que lleva una existencia discreta y anodina en Francia. Como otros muchos miles de hombres y mujeres, tuvo la oportunidad de rehacer su vida y olvidar su participación como una pieza más del horrible engranaje que puso en marcha y consumó el genocidio de millones de judíos europeos.

Einsarzgruppen

Sin embargo, en un momento determinado de esa vida tranquila y sin sobresaltos, decide recordar su pasado e inicia, en primera persona, un larguísimo diálogo con el lector, a través del cual narra sus experiencias desde que, siendo un joven licenciado en derecho, ingresa como funcionario de la seguridad del régimen nazi, hasta que acaba convertido en oficial de las SS. El Dr. Aue vive la guerra desde sus escenarios más significativos: es testigo de los pogromos contra los judíos que se llevaban a cabo en las ciudades bálticas; forma parte de uno de los diversos Einsatzgruppen (unidades de matanza móviles) que operaban durante la invasión de la Unión Soviética con el cometido de “limpiar” de judíos las zonas conquistadas por la Wehrmacht en 1941, y que, mediante fusilamientos masivos, fueron responsables del asesinato de miles de hombres, mujeres y niños; interviene en la batalla de Stalingrado; conoce después la crudeza y la miseria de la ciudad ocupada de Lublin, en Polonia; es destinado a Auschwitz como supervisor en visita de inspección, en donde es testigo de las selecciones y de los métodos de exterminio en las cámaras de gas; vive los pavorosos bombardeos de 1944 en Berlín; y, finalmente, espera la llegada del Ejército Rojo en el Bunker de la Cancillería, de donde logra escapar hacia esa vida anónima. Jonathan Littell nos muestra a su personaje relacionándose e interactuando con personajes reales: Eichmann, Heydrich, Blobel, Frank, Globocnik, los médicos de Auschwitz e, incluso, con el mismo Hitler. Y todo esto, mostrando una confianza absoluta en la grandeza de su Nación, de su Volk, cambiando su fe en Dios por una fe en el líder, y, a lo sumo, ahogando en alcohol los remordimientos y la compasión que sabe que no puede sentir cuando cumple con lo que él cree que es su obligación, remordimientos que sólo se materializan en unos molestos vómitos cada vez que tiene que enfrentarse a la “penosa” tarea de dar muerte a los que considera enemigos de la patria, los judíos, el cuerpo que “infecta” y se nutre de la energía y la salud de la sociedad aria.

¿Cuál sería, entonces, esa visión original sobre el Holocausto que se supone que aporta Las benévolas? Contrariamente a lo que sucede en el resto de obras sobre el Holocausto, literarias o no, la novela de Jonathan Littell aborda el tema, no desde el punto de vista de las víctimas, sino del verdugo. Un verdugo que explica su historia de manera desapasionada, sin atisbo de culpa, apenas con algún retazo de compasión en momentos muy concretos. Alguien que habría llevado a cabo todas y cada una de las tareas que se le encomendaron con la misma frialdad y eficacia de haberse tratado de burocráticos asuntos jurídicos. Pero diría que aquí termina la pretendida originalidad de Jonathan Littell, precisamente en la opción por la voz narrativa representada por un SS y no por una víctima, por un superviviente.

Desde la primera página nos damos cuenta de que, en realidad, Las benévolas es un obra dual: en primer lugar, narra la historia de Maximilien Aue ligada estrechamente a los acontecimientos políticos y bélicos del periodo que abarca de 1941 a 1944. Sería ésta la parte más histórica y menos literaria de la novela, en realidad. En ella, Littell muestra que conoce a la perfección y que maneja con acierto la documentación y la bibliografía existente sobre el tema: desde autores como Christopher Browning (El batallón 101 y la solución final en Polonia), Daniel Jonah Goldhagen (Los verdugos voluntarios de Hitler), Vassili Grosman (Vida y destino), Gitta Sereny El trauma alemán) o Sebastian Haffner Alemania: Jeckyll y Hyde. 1939, el nazismo visto desde dentro), hasta los testimonios recogidos en cientos de documentales como Shoah, de Claude Lanzmann. Está claro, además, que se sirvió de estudios filológicos y antropológicos para construir algunos de los mejores pasajes de la novela, los que transcurren en Crimea, y que tienen como protagonista al pueblo de los Bergjuden.

Judíos húngaros esperando la selección en Auschwitz

Pero, sobre todo, la novela es deudora de la teoría sobre la “banalidad del mal”, que  Hannah Arendt, politóloga y filosófa alemana judía, desarrolló a raíz de su asistencia como periodista del The New Yorker al juicio contra Adolf Eichmann,  celebrado en Jerusalén en 1961. El Dr. Max Aue, como Eichmann, sería, según la teoría de Hannah Arendt, un tipo de criminal desconocido hasta el momento en que se produce el auge y desarrollo del nazismo, que habría actuado en unas circunstancias que le impedían saber que estaba actuando mal. No es capaz de reflexionar acerca de su comportamiento porque asume que está cumpliendo órdenes. Según Arendt, no dejaría de ser culpable de los crímenes cometidos, pero no podría ser juzgado como se juzga a un asesino al uso. Aue, también como Eichmann, cumplía órdenes, y las ejecutaba de la mejor manera que sabía, concienzudamente, de la misma manera que lo hubiera hecho si en lugar de supervisar la organización de un campo de exterminio le hubiesen encargado controlar la producción en una granja o en una fábrica. Aue no era un antisemita convencido o un fanático, ni siquiera tenía sentimientos reales y concretos en contra de los judíos, algo que Eichmann quiso dejar claro en su juicio. Y sin embargo, ninguno de los dos será capaz de experimentar un verdadero sentimiento de culpa, porque en aquellos momentos, el mal sufre un proceso de banalización tal, que nada es reprochable si se hace en cumplimiento de un sagrado deber para con la patria.

En segundo lugar, tenemos la ficción propiamente dicha, la historia de Max Aue, que, en mi opinión, es muchísimo menos interesante. La propia construcción del personaje, en el que Jonathan Littell ha combinado todas las características que imaginaríamos en un nazi arquetípico, adolece de falta de verosimilitud: homosexual, incestuoso, odia a su madre e idealiza la figura del padre, culto, interesado por la cultura clásica (el título de la novela hace referencia a las Euménides, las diosas de la venganza que aparecen en la Orestiada de Esquilo y que persiguen a Orestes para vengar la muerte de Clitemnestra, su madre) y por la filosofía, apasionado por la música (las casi 1.000 páginas del libro se dividen en 7 largas secciones, “Tocata”, “Alemandas I y II”, “Courante”, “Zarabanda”, “Minueto (en rondós)”, “Aire” y “Giga”, todas ellas, excepto la primera, con nombre de danzas propias de los siglos XVI y XVII). Parece que esa historia vital sirva sólo de hilo conductor para hacernos pasar a través de los escenarios que configuraron la terrible experiencia del Holocausto.

En resumen, Las benévolas podría ser considerada una novela histórica excelentemente documentada, que, más allá de su interés literario, discutible en cualquier caso, parece querer convencernos de que todos nosotros, en circunstancias excepcionales, podríamos ser susceptibles de acabar llevando a cabo las mayores atrocidades e infamias, sin ser siquiera conscientes de ello, sin experimentar el más mínimo sentimiento de culpa, como producto de esa aterradora “banalidad del mal”.