Argumentos “científicos” que avalan la postura vaticana contra el uso del preservativo en África

Hoy, navegando por Internet, llego por casualidad, que es como se hacen los mejores “hallazgos”, a este vídeo, que reproduce un fragmento de un informativo de Intereconomía. En él, se apoya, cómo no, la postura vaticana surgida a raíz de las declaraciones de Ratzinger en contra del uso del preservativo hechas durante su viaje a África en 2009.

Todos sabemos cuál es el tipo de “desinformación” que ofrece este canal y todos los medios que forman parte de su mismo lobby, como TeleMadrid o Libertad Digital y ramificaciones varias. Si no habéis entrado nunca en Libertad Digital o en blogs que le son afines, como el de Fernando Díaz Villanueva, uno de los cerebros “brillantes” y “preclaros” de los intelectualoides ultraderechistas que ejercen de colaboradores y voceros del PP, echad un vistazo, aunque advierto que tiene efectos secundarios graves, como el engarrotamiento cerebral súbito o el desprendimiento ocular severo, entre otros).

http://www.diazvillanueva.com/2009/07/mejor-un-buen-d.html

Somos muchos los que tenemos asumido que practican, con total impunidad y con una absoluta falta de ética periodística, numerosas campañas de intoxicación que abarcan todos los ámbitos. Son fascistas militantes y sin complejos, xenófobos y racistas. Ultraliberales, neoconservadores que siguen apoyando con total descaro las prácticas económicas que han llevado al mundo a esta crisis sin precedentes.

Por lo que respecta a la política nacional, fomentan la catalanofobia más grosera, basándose en el insulto y la mentira, en un nacionalismo español “de botijo”, excluyente y con ínfulas imperiales. Como no compartimos su visión de España, somos simplemente “chusma”:

www.libertaddigital.com/opinion/agapito-maestre/de-vuelta-a-la-aldea-55713/

Este vídeo, además, muestra su ultracatolicismo fanático y totalmente alejado de la actitud de millones de católicos honestos, su irresponsabilidad y desprecio por la vida y el futuro de millones de hombres, mujeres y niños africanos.

Después de asistir a tan ridícula y evidente muestra de manipulación informativa, podemos indignarnos o partirnos de risa, pero no perdamos de vista que los diferentes medios de comunicación que forman este lobby periodístico, político y económico (sus ramificaciones empresariales son amplias) constituyen el principal alimento “informativo” (por llamarlo de alguna manera) de millones de ciudadanos del estado español.

Lo que no entiendo es cómo no han añadido al final, y como quien no quiere la cosa, que la culpa del sida en África es de Zapatero o de los catalanes… Están perdiendo facultades.

Y como sabemos cómo las gastan los de Intereconomía y acólitos (http://qkantton.wordpress.com/2010/07/23/la-gestapo-de-intereconomia/), si se produce la “muerte súbita” de mi blog a manos de trolls fascistas y chivatos, ya sabéis a causa de quién, cómo ha sido y por qué.

(1)    Descubrí la basura informativa de este periodista e historiador “vocacional” (¡!) a través de Lu y de su blog Say what you want (http://justsaywhatyouwant.wordpress.com/2010/07/19/economia-i-independencia/)

El celibato obligatorio en la Iglesia Católica o cómo se pretende poner barreras ficticias a lo que es natural

Aunque los abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes católicos no son nada nuevo, desde hace unos meses, la aparición de casos de pederastia entre el clero han cobrado las dimensiones de escándalo. Las denuncias, que aumentan cada día en países como Irlanda, EEUU, Alemania, Portugal o Austria, entre otros, están salpicando a la jerarquía vaticana, incluso al mismo Papa Ratzinger, acusado de conocer y silenciar casos de abusos a menores en su diócesis cuando era arzobispo de Munich. Aunque en algunos países la Iglesia se ha apresurado a pedir disculpas y a ofrecer su colaboración para investigar estos casos (en España la postura de la Iglesia ha sido, como siempre, ambigua), todos sabemos que la única solución es que la Iglesia abandone su estrategia tradicional en estos casos, que siempre ha sido la de ocultar los hechos, acallar a las víctimas y a sus familias y, como mucho, trasladar a los sacerdotes pedófilos a otras parroquias. A raíz de estos hechos, no son pocas las voces que ponen en duda la legitimidad de la propia Iglesia, ya que sus actuaciones traicionan su discurso en materia de moral sexual. Los culpables no son sólo los sacerdotes que cometieron los abusos, los que a día de hoy los siguen cometiendo, sin duda, sino la institución que los ha ocultado y que, por tanto, se ha convertido en su cómplice.

Los abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes han vuelto a poner de actualidad el debate sobre la conveniencia del celibato obligatorio.  Muchas son las voces que se preguntan: ¿Habría menos sacerdotes pedófilos si el celibato no fuera una imposición? A este respecto, creo que se tendrían que hacer una consideración importante: los casos de pederastia no sólo afectan a los sacerdotes, sino que, desgraciadamente, los protagonizan individuos de cualquier extracción social, formación académica, nivel económico u orientación sexual. Y con esto no pretendo eximir a los sacerdotes y a la institución que representan de sus responsabilidades. No podemos saber cuántos de estos pederastas no habrían llegado a serlo de haber vivido una sexualidad madura y plena, no creo que tampoco podamos afirmar rotundamente que el celibato es la causa primera y única de la pederastia en el seno de la Iglesia Católica. Pero sí que es seguro que el celibato, con lo que supone de anulación, represión y sublimación del instinto sexual humano, juega un factor decisivo en el perfil del sacerdote pederasta. No es descabellado pensar, por lo tanto, que reprimir y cukpabilizar una manifestación de la naturaleza humana como es la sexualidad, abone el terreno para la neurosis y, en consecuencia, dé lugar a conductas sexuales patológicas.

¿Por qué la Iglesia Católica sigue manteniendo el celibato obligatorio para sus sacerdotes? Parece claro que los objetivos podrían resumirse en dos:

– A través de una malinterpretación intencionada del Nuevo Testamento, la Iglesia logra imponer su voluntad de manera absoluta sobre el clero y, por extensión y a través de él, sobre los fieles. Se asume como realidad un hecho que históricamente no puede ser demostrado, el celibato de Jesús, cuestión que, por poco que se conozca el Judaísmo del Segundo Templo, resulta poco verosímil. Cualquier judío célibe a la edad de 30 años, que aproximadamente son los que los Evangelios dicen que tenía Jesús cuando inició su ministerio público, hubiera sido denostado y aislado por su comunidad.

 –  Con la ley del celibato obligatorio, la Iglesia lleva a cabo un abuso de poder y de control económico.

Cuando a un sacerdote católico se le pregunta por qué deben ser célibes, si su respuesta es “oficialista”, nos responderá probablemente que para asemejarse a Jesucristo, que lo fue. Además, el hecho de no tener pareja o familia propia, permite que el sacerdote se dedique a su tarea pastoral sin interferencias externas. Si ésta es la doctrina que se imparte en los seminarios, está claro que la Iglesia obliga a estos hombres a ser célibes confundiendo gravemente lo que es la vocación humana de muchos de ellos de servir a Dios con lo que sería un “don divino”, la abstinencia, reservado, por lo que demuestra la experiencia, a poquísimas personas. Recordemos las palabras de Pablo en la Primera Epístola a los Corintios, 7:1-9:

En cuanto a las cosas que me escribisteis, bueno le sería al hombre no tocar mujer; pero a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido. El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el maridoNo os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración; y volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia. Más esto digo por vía de concesión, no por mandamiento. Quisiera más bien que todos los hombres fuesen como yo; pero cada uno tiene su propio don de Dios, uno a la verdad de un modo, y otro de otro. Digo, pues, a los solteros y a las viudas, que bueno les fuera quedarse como yo; pero si no tienen don de continencia, cásense, pues mejor es casarse que estarse quemando.

La moral sexual que defiende la Iglesia Católica nace de una visión perversa y nada humana del sexo. La idea de la práctica sexual sin fines reproductivos es cierto que no es patrimonio del Catolicismo, ya que es el Judaísmo, origen indudable del Cristianismo en tantos aspectos, la religión que defiende que cualquier actividad sexual fuera del matrimonio, entendiendo el matrimonio como la relación humana óptima para llevar a cabo esa función reproductiva, es contraria a la moral. El parecido entre Judaísmo y Cristianismo en este terreno no va más allá, pues mientras en el Talmud son múltiples los fragmentos en los que se explica al hombre y a la mujer judíos la necesidad de vivir una sexualidad plena y rica precisamente para lograr una buena armonía matrimonial, el Cristianismo da un giro y acaba presentando el ascetismo y el celibato como las mejores opciones de vida para aquellos que quieran sentirse “en gracia”, es decir, más cercanos a la divinidad. Ascetismo y celibato que repugnan la esencia misma del Judaísmo. Lo que nunca tomó el Cristianismo del Judaísmo es esa necesidad de sublimar los impulsos sexuales que son tan absolutamente humanos. Poniendo un ejemplo bíblico: ¿no es realmente perversa esa interpretación católica, tan falseante del Cantar de los Cantares del Antiguo Testamento, como si fuera algo puramente místico, cuando lo que se exalta en ese libro es el amor integral humano sin más?

Es cierto que las religiones, al menos las monoteístas, rechazan cualquier práctica sexual no encaminada a perpetuar la especie, probablemente por la necesidad original de las sociedades en las que nacen de lograr su propia superviviencia en condiciones adversas. Sólo hay que recordar el episodio bíblico de Onán. O la desesperación de las esposas de los patriarcas hebreos ante la esterilidad. Pero en ninguna de las otras dos religiones monoteístas se ha insistido tanto como en el Cristianismo, en concreto, en el Catolicismo, para conseguir lo que hoy llamaríamos una auténtica sublimación freudiana de las pulsiones sexuales. la Iglesia Católica habla de “humanizar” la actividad sexual, y no puedo evitar preguntarme cómo es posible que se haga esa afirmación tan peligrosa cuando la Iglesia, al menos en su jerarquía, lleva siglos desechando algo que es completamente natural en los seres humanos. Ya decía Kant que la santidad no es de este mundo.

El verdadero problema es que la moral católica oficialista ha caído siempre en el error de querer imponer sus normas, que parecen prescritas por una especie de “elegidos” al resto de la “miserable” y “pecadora” humanidad. Es una moral hecha por “elegidos” para “elegidos”, perfectamente respetable, por supuesto, pero es particular, privativa sólo de quienes voluntariamente la acepten. La Iglesia prescribe unos mandamientos universales y absolutos: “no matar” y “no robar”, por ejemplo, pero también otros relativos a opciones vitales singulares, como “no fornicar”, “no cometer adulterio” o “no desear a la mujer del prójimo”. Y otro error, propio de cualquier religión, es creer que su verdad no es sólo la suya, sino la verdad con mayúsculas. Y la docencia católica no podemos olvidar que ha extendido esta doctrina moral entre millones de personas. Pero está claro que no vale para todos ellos. Al menos, no en la misma medida. Mientras que a los sacerdotes católicos se les exige algo tan inhumano como que sean célibes, al resto se les exige que practiquen una castidad absolutamente angélica: que el sexo no sea una fuente de placer, sino simplemente el medio insustituible, mientras los avances científicos no han decidido otra cosa, para la procreación. Pero en realidad, se sigue considerando como algo sucio, instintivo y animal, impropio de los seres humanos, hechos a imagen y semejanza de Dios.

Esta moral, fue revitalizada por Juan Pablo II a pesar de los claros esfuerzos que se hicieron en su momento, a partir del Concilio Vaticano II, para modernizar y “humanizar” la visión de la Iglesia sobre este tema. Sin embargo, nunca ha conseguido que los hombres y las mujeres cambiemos nuestras inclinaciones o tendencias sexuales, sino que ha afectado, en mayor o menor medida, a todos aquellos que de un modo u otro, se consideran católicos. Incluso a los que no se definen como tales. Y está claro que han logrado el efecto contrario.

Dejando a un lado la postura “oficial” de la Iglesia para justificar la imposición del celibato obligatorio, creo que hay motivos económicos e incluso más “emocionales” para mantener el celibato todavía en la actualidad entre sacerdotes y religiosos católicos.
 Por una parte, imagino que debe ser un excelente medio de control que ha permitido a la jerarquía ejercer un poder completo sobre los clérigos, ya que, aislándolos emocionalmente del resto de hombres y mujeres, la Iglesia se asegura que mantengan una fidelidad y una dependencia completas. Algo parecido a lo que sucede a los miembros de las sectas: dependencia emocional a causa del “aislamiento” y dependencia económica. Además, ninguna empresa puede contar con una “plantilla de trabajadores” a tiempo total y con sueldos tan bajos (me refiero aquí a aquellos religiosos y religiosas que desempeñan labores en hospitales, escuelas, en las misiones, etc) como la Iglesia Católica . Podría añadir que la Iglesia, negando a los sacerdotes que contraigan matrimonio y que tengan hijos, parece poner en práctica una estrategia claramente economicista que le permite abaratar costos de mantenimiento de sus miembros consagrados. Imagino también que obligándolos al celibato, la institución ha ido incrementando su patrimonio.

En resumen, cuando Pablo VI, en su encíclica “Sacerdotalis Coelibatus” de 1967 viene a decir algo así como que el motivo de imponer el celibato obligatorio a sacerdotes y religiosos es que mantegan una relación más íntima con Cristo y con la Iglesia, en beneficio de la humanidad, da la sensación de que la única beneficiada de esa “relación más íntima” es la propia Iglesia como institución.

Siguiendo con las ventajas económicas que la ley del celibato obligatorio reporta a la Iglesia Católica, habría que tener en cuenta también la imposibilidad de heredar los bienes de un sacerdote por parte de los posibles hijos que éste pudiera tener, así como las donaciones patrimoniales de feligreses ricos, como fue de práctica común a lo largo de los siglos. No existiendo familia que pudiese heredar, la única beneficiara de este patrimonio sería la Iglesia. Resulta más plausible pensar que éste es uno de los motivos reales, y no tanto las consideraciones morales, por los cuales la Iglesia Católica tomó la decisión de declarar ilegítimos a los hijos de los sacerdotes, ya que de este modo les cerraban las puertas a la posibilidad de heredar los posibles bienes del padre.

En sucesivos concilios se legisló en contra de que los sacerdotes testaran a favor de sus hijos o sus mujeres. Y está claro que cuando se legisla en contra o a favor de una realidad, es que esa realidad existe. Por lo tanto, los clérigos tenían “concubinas” e hijos. Y existía el peligro de que sus propiedades pasaran a manos de estos y no a las arcas de la Iglesia.

No creo que a nadie se le escapen los motivos por los cuales, a pesar de que el Concilio Vaticano II aceptó el sacerdocio de hombres casados católicos de rito oriental, el rito latino insiste en negar esa posibilidad, que creo que debería ser opcional, y se prefieren guardar hipócritamente las formas, ya que es imposible creer que pueda mantenerse un celibato estricto por parte de la mayoría de clérigos y religiosos. Nadie puede poner barreras ficticias a lo que es natural. El celibato, impuesto en nombre de ese misticismo que los acerca a Dios, atenta, desde cualquier punto de vista, contra los principios fundamentales de la naturaleza.

El Judaísmo, el Islam, las iglesias cristianas reformadas, el catolicismo de rito oriental defienden que los rabinos, los imanes, los pastores y sacerdotes sean hombres casados, con una familia, que vivan inmersos en la realidad cotidiana, porque eso es beneficioso para su labor pastoral, porque pueden entender los problemas de las comunidades en las cuales prestan sus servicios religiosos. Eso impide, además, que se sientan parte de una especie de “casta” privilegiada, especial y diferente al resto de los mortales. Curiosamente, la Iglesia Católica expone motivos diametralmente opuestos para lograr esa eficacia pastoral. La comunión espiritual, única y exclusivamente con Dios, la ausencia de “cargas terrenales”, beneficia la labor del sacerdote. De ahí la represión de las pulsiones sexuales que tienen que llevar a cabo los miembros del clero católico, la sublimación de la sexualidad, como precio para ponerse totalmente a disposición de Dios, para servir más y mejor a la Iglesia.

No me atrevo a afirmar si la opcionalidad del celibato entre los sacerdotes disminuiría los casos de pedofilia. Pero lo que sí tengo claro es que ofreciéndoles la posibilidad de disfrutar de una sexualidad plena y madura, sin ocultaciones ni mentiras, sin dolorosos e inhumanos ascetismos, haría de muchísimos sacerdotes personas más equilibradas y cercanas a los fieles a los cuales tienen que servir de guía espiritual.